30.3.15

Te invito a un babyshower

Cuando me bajé del 72 enfrente del disco de la esquina de Fragueiro y Colón e hice media cuadra para el lado de Cañada, me encontré con Angie. Ella venía en sentido contrario con la luz de los toldos reflejando en sus ojos azules y en su cabello color bronce. Y le dije que venía pensando en ella. Era cierto, pero venía pensando de rebote, como tratando de organizar los pocos recursos que (siento que) tengo para llevar a cabo esto que me propuse hace medio año: sacar un fanzine, y sacarlo con la mayor urgencia posible para que la idea no se pudra ni se estanque. Henos aquí a finales de marzo y siento que está casi listo, o por lo menos lo estoy anticipando como si lo estuviera.
Fue allí donde, un poco para confirmar y un poco para agradecer su aguante, le comenté que me sentía embarazado de ocho meses y medio.

Nunca voy a saber lo que es un parto, pero una vez un científico de dudosa monta inventó una especie de escala del dolor (como Richter, pero aplicado a cosas como recibir una patada en las pelotas): supuestamente un parto es el equivalente a que te estiren las susodichas y te las pongan de moño en el cuello por algo así como veinte segundos. No suena nada agradable; y seguramente sería un perno para la raza humana si no hubiera toda una mística bastante benigna en torno a dar a luz un hijo.

Por eso, no quiero que me putee Phoebe Buffay: seguramente estar embarazado de un fanzine no es lo mismo que estar embarazado de trillizos. Pero Dios, que me impaciento igual: por lo menos siento los pies hinchados como si estuviera caminando sobre dos latas de picadillo, y mi cabeza me empieza a doler cada vez que pienso que me falta más de lo que tengo, cosa que es mentira demás pero uno siempre tiene esa sensación de no haber organizado todo el discurso antes de pararse en el atril.
Voy a hablar con una sinceridad objetiva, cueste lo que cueste. Estamos, sí, en la recta final. Pero le decía a Angie que no veo la hora de tenerlo ahí y verlo y decir "esto es lo mejor que me pasó", o por lo menos "esto es de lo más piola que me pasó hasta ahora", y poder mostrarles las fotos a sus primos, sus hermanos y sus muchísimos padres; una foto que tiene el plus de no ser una foto de un bebé llorón en Instagram, sino la foto de un fanzine recién salido del horno con noticias de actualidad que, para el número dos, será una pieza de colección o por lo menos servirá para envolver un maple de huevos; poco me importa, porque lo hecho hecho está y a otra cosa mariposa.

Pero bueno. Los proyectos tienen esto de que por momentos te sentís estancado sin saber por qué; y lo hermoso es que vos sabés que -a menos que el proyecto no signifique un carajo para vos para ponerte en movimiento-, a ese momento de arduo estancamiento sigue una avalancha de energía que se vuelca en operaciones y giros creativos aplicados al papel A4 que vos jamás sospechaste de vos mismo o de tus colegas; algo que capaz que el mundo haya visto, o no, pero que al menos vos sabés que es una especie de superación personal, y eso te da toda la satisfacción que necesitás para seguir probando a tu suerte, en un fanzine o en lo que sea.

Mientras tanto, y lo digo con franqueza, es una obsesión que callo. No hablo de esto porque no tengo nada para decir, pero sí que pienso mucho en eso. Y no me siento un fracaso. Es como si estuviera con el culo puesto en el elástico de una honda gigante y estuviera, poquito a poco, caminando para atrás con el miedo de decir "me voy a hacer pelota al caer, pero qué buena va a estar la subida..."*

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NOTA DEL EDITOR (o sea, del autor, del corrector y mbaeañá)

El fanzine ya tiene nombre (es lo último que se elige) y perfil de Facebook,
que todavía no nos sirve de mucho pero damos por supuesto que al menos
va a haber cuatro gatos locos gente interesada en lo que podamos informar.

Las señas en cuestión: Malandro Fanzine en Facebook.

Siempre buscamos colaboradores que tengan ganas de enviar su material
a malandrofanzine@gmail.com a cambio de un vinito,
una mención de honor y un gran abrazo.

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