7.3.15

Sé tú mismo pero no seas siempre el mismo

Creo que hay que erradicar una creencia errónea de que el hombre está de alguna forma ligado en su identidad a las cosas que hace.
Me parece una magnificación excesiva. Y creo, de alguna forma u otra, que esta magnificación es la causa de bastantes malestares en el ser humano: tanto debido a su ansiedad por ajustarse a un estándar como a su aprensión por ser declarado culpable por delitos que todavía no cometió. El juicio sobre lo que uno es en vez de el juicio hacia lo que uno hace es una de las cosas más accesibles y más falaces a los ojos de El Otro, ese ser terco como una mula que vive en el planeta a nuestro lado y con el que, en el mejor de los casos, todos aprendemos a convivir.

Uno tiende a hacer cosas así o asá. ¿En qué parte del contrato se infiere que uno busca ser cosas? ("Sé tu mismo, pero no seas siempre el mismo", publica Carola que dice Gabriel O Pensador). Hasta donde puedo ver, todas las medianas y grandes decisiones de la vida están motivadas por un entrecruzamiento de circunstancias, efectos y vainas emocionales que muchas veces no se reducen a un solo adjetivo, pero que sólo el que lo vive lo capta. Todo sería el colmo de la transparencia, sino.
Si pensamos que es así, no aprendimos un carajo del postestructuralismo, el último gran esfuerzo serio de la academia para dejar de pajearse en su perorata incomprensible y sugerir nuestros vicios y nuestros malentendidos, como dando vuelta nuestro cuero para exponer la sangre y los tumores; los que engaú comprendimos la complejidad del mundo nos quedamos ahí, parados en la impresión vomitiva, porque nos olvidamos en el acto que nada es como pensamos porque es cansador acostumbrarse a pensar de otra forma.

La vida es más sencilla según puedo verlo desde acá. Los momentos donde sentí más seguridad y felicidad eran los momentos en los que no me sentía un monstruo o un genio por querer hacer tal o cual cosa sino que asimilaba con entereza mi condición de outcast, loquito, lobo estepario, visionario o ciego o algo así, con la dignidad que tiene una fuerza interna como la inanición o la ventolera, y sin la consideración a la pulsión poética del prójimo. Después de todo, todos somos cucarachas en el chiquero y ninguna tiene anteojos rayos X que puedan calar hondo en las emociones que no son suyas.
Pero en la conversación uno no lo hace notar. Porque uno no puede andar considerando explícitamente todo lo anterior so pretexto de un fair play nomás. Uno se desgasta de tanto hablar de sí mismo y empacha al otro, que también quiere hablar de sí mismo. El Otro siempre es medio tuerto, y no tiene ganas de escuchar TODOS los motivos por puro deporte; y aunque dijera que TIENE ganas de escuchar todos los motivos se pondría en piloto automático a la primera de cambio, en el momento en el que le estás contando de aquella experiencia traumática de la infancia o de aquella vez que, cuando se te pegó un chicle en el pelo, dijiste "Dios es un forro hijo de puta..."; todo eso para esperar a su turno de hablar y darte un veredicto (la más de las veces innecesario) que se reduce a un adjetivo: "¿por qué tenés que ser tan...?".

Así que la verdadera libertad es, en fin, poder actuar según cada uno sin detenernos en la mirada de El Otro, que nunca sabe una mierda de lo que SOMOS y POR QUÉ hacemos lo que hacemos; sabe un poquito, quizás, pero el Titanic no se hundió por los hielos de una cubetera.

Es en ese pequeño momento en el que hacemos un sacrificio y tratamos de establecer un contacto profundo con el otro cuando se multiplican los equívocos. Algo podemos salvar de ese puente hecho de palitos de helado, pero la mayoría de las veces todos vamos a hacer lo que se nos cante el orto, y no podemos jamás contar con que la reacción de El Otro nos va a facilitar la jugada...

Hasta entonces. Sean libres. Digamos.

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