17.3.15

Inundación en Córdoba: promenade

Cuestión que con Almendra fuimos ayer a La Quebrada, un pequeño poblado pegado a Río Ceballos. El pueblo está nada más que a dos horas y pico del centro de Córdoba, recorrido en el que no ves un carajo de campo y te cansás de recorrer avenidas. Pero una vez que llegás, sentís la diferencia: la gente es amable, el aire es más puro, y la tierra es más húmeda. Te toca desembarcar del Intercórdoba en una playa de estacionamiento que da a una especie de camping con mesitas justo abajo de una inmensa pared de cemento que tiene cuatro cascadas en caída continua: el Dique La Quebrada, que al lado de Yacyretá es un modesto hidromasaje. Pero bueno.
No tenía ganas de escribir esta entrada para comentar qué fue del día y medio de aislamiento, porque eso lo sabemos sólo ella y yo. Tampoco voy a contar cómo llegamos a ese lugar después de dos horas de caminata, en el que sólo había grillos y piedras. Caminamos mucho para asegurarnos de dejar atrás toda huella de intervención humana, y para que una vaca negra y vieja nos mastique los cierres de la carpa.

En realidad, el viaje de ida fue lo que más me impresionó.
Sabrá el patriota bien informado que en la primera oleada catastrófica de inundaciones, el sector de las Sierras Chicas fue el más golpeado. Ayer, el Gobernador Competente dio a conocer el cómputo de daños: 600 millones de pesos en pérdidas, 10 vidas humanas, 2 desaparecidos; cientos de kilómetros de calle, puentes, casas, comercios, etcétera. Los citadinos sentimos un chucho cuando imaginamos la magnitud del desastre (falazmente llamado) natural: y me parece muy bien, porque una transparencia en las consecuencias puede ayudar a dibujar una transparencia en las causas, que son fruto de políticas ambientales muy flojitas a lo largo de casi un siglo de malas decisiones.
Pero esto lo dejamos, digamos, a merced de la intelectualidad citadina; a los que estudiaron geografía, hidrografía, y todas las demás grafías. El papel prensa es como una especie de vidrio traslúcido en el que uno ve fotos espeluznantes, y se obliga a pensar en una posible solución.

Pero otra cosa es visualizar el escenario mismo. Al pasar por Villa Allende, Unquillo y Río Ceballos, es bastante impresionante ver cómo estructuras que vos imaginás tan firmes están arrancadas de cuajo. Primero ves un arco de fútbol torcido. Después ves un poste de luz literalmente caído, con una masa de cemento colgando al aire; después ves barandas de la ruta partidas al medio, costas despegadas, piedras enormes, árboles en medio de la vereda, puentes improvisados, y por último ves casas enteras con el piso hundido y el techo hecho mierda. Todo expuesto a la opinión pública al encontrarse en la banquina de la misma ruta que estás recorriendo con inocencia de turista. De esto hace ya un mes, y uno ve que la reconstrucción avanza con un ojo mirando al suelo y otro ojo mirando al cielo, porque la fragilidad de la obra está sometida a otro posible temporal.

En ese momento pensé en el vidrio del papel prensa, pero lo que realmente admiré fue a la gente heroica que, en un arranque de solidaridad casi instintivo, no esperaron a tener todos los datos porque ya salían con un balde a las sierras, para sacar barro de las casas que, puta suerte, estaban pegadas a la ribera. Todo esto mientras De La Sota respondía "no, gracias, todo está bajo control", y mientras Cordiez duplicaba y triplicaba el precio del agua mineral y las velas. Capaz bajo la lluvia todo parecía una confusión y todavía no se había logrado dirimir quiénes eran los culpables (de haberlos), pero a esa gente no le importó: antes que nada, vio al tipo cuya casa había sido arrastrada por el torrente salvaje de un río pelado, y acudió inmediatamente a sacar a baldazos el barro de un living que puede ser tu living o el mío. Y para eso no necesitó demasiada información, más de lo que necesitó un fuerte sentimiento de empatía con el damnificado en un país donde jamás existió Superman.
No hay mucho más para decir, supongo. No sé un carajo de política ni de gestión, pero de ahora en más no tengo ganas de masticar cháchara para saber qué es lo que hay que hacer: el verdadero bien se empieza a hacer a baldazos.


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