31.3.15

Dylan y Ginsberg en la tumba de Jack Kerouac

Adoramos al rey Jack Kerouac (cuyo nombre leí por primera vez en la contratapa de un libro de Bukowski, que decía que la prosa de este último "lo había dejado muy atrás" al poeta beat - cosa para mí un poco falaz; cuyo nombre sentí nombrar por primera vez en voz alta por Manu, que es la misma persona que me invitó por primera vez un Camel, amor que pude abandonar tres años después).

De repente se da que Kerouac simboliza todo aquello con lo que soñamos los jóvenes hoy en día: viajar libre por ahí, lavar los platos con arena, escribir como se te canten las pelotas, caer borracho a las entrevistas, ser carilindo y musculoso y de paso también ser un iluminado boddhisattva; el tipo es perfecto por donde lo mires en una generación donde la perfección se busca fuera de esa "perfección" de las revistas, en una operación idealizante igualmente dable a fracasar.

Kerouac tuvo maestros, amigos y alumnos; murió de cirrosis a los 47 años en Florida, año 1969.


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