21.3.15

Alegrate, porque esta canción no tiene fin

Se habrán dado cuenta que el otoño llegó en tiempo y forma. Poco después de las 12 de la noche se largó una pequeña lluvia en Córdoba y empezó a hacer fresco. Para las 7 de la mañana hacían 18 grados después de un día de calor húmedo e insoportable y ahora la que nos queda para este sábado nublado, tiempo perfecto para hacer cualquier cosa, es simplemente estar en casa leyendo y tomando café hasta que sea hora de abrigarse y salir a dar una vuelta. Al menos así lo veo yo, que no soy aficionado ni de ir al cine tres veces por día ni de jugar a las bochas.
Lo mejor que se me ocurre como gesto heroico para esta tarde fría y silenciosa es ponerme a escuchar una música tranqui y ordenar un poco el escritorio para poder reconciliarme con Sarmiento,como debería hacer. Todo esto mientras en Europa hay eclipses y en Buenos Aires un Lollapalooza; yo sé. Pero hoy no estoy para nadie. Muchas gracias.

Cuestión que siempre, en los días así, vuelvo a escuchar esta banda que me apasiona. Cuando hablo de ella, soy como esos locos que intentan convencer a todo el mundo que Obama o Beyoncé son reptilianos: no voy a parar de hincharte las pelotas hasta que te dé por convencido de que la apreciaste como debe ser apreciada. Hasta ahora mis únicas victorias tangibles al respecto fueron Rebo y Lucas: el primero publicó un disco de esta banda en su blog, como contaba tantas otras veces; Lucas, por su parte, se cargó el mismo disco en el celular para llevárselo de viaje pero nunca le pregunté qué le pareció, por miedo o qué se yo. Yo sigo sosteniendo firmemente, y Robert Plant y Robert Zimmerman y Devendra Obi Banhart están conmigo, en que es una de las bandas más hermosas que trajo a la tierra Dios, el gran community manager del universo.

Y como pasa (¡por suerte!) con bandas que te gustan y que en su momento fueron reconocidas, uno da con esos documentales perdidos en el tiempo que algún hippie rezagado sube a Youtube para que otros hippies, ya bien entrados en canas, se conmuevan diciendo que es lo más hermoso que escuchan desde el verano del amor.
Y las nuevas generaciones de hippies, o lo que sea que es esta nuestra generación sumamente ecléctica, miran al pasado por una ventanita virtual con una intención más que nada documental.
Pero es que este documental que estoy mirando es una verdadera pieza de arte, de belleza pura. No hay forma de que las personas de la banda sean tan lindas; y no facheros, como los Zeppelin en The Song Remains the Same, peli que te despierta (adrede, seguro) un poco de lujuria. Lindos: esa rara cualidad que refracta la virtud en la apariencia física.

La banda en cuestión es la Incredible String Band y el documental se llama Be Glad For This Song Has No Ending. Dura 48 minutos. Nadie que no sea un interesado en la banda se tomaría el trabajo de verlo, a menos que tenga mucho tiempo libre; y tiempo es justamente lo que escasea. Si tan sólo el día tuviera 48 horas, para que pudiéramos trabajar 36. Pero les digo que vale la pena. Al menos, si llegaron a leer hasta acá, se fumaron toda la entrada: algo bueno me habrán hecho decir. Por lo demás, la importancia que tuvo la banda es incalculable y su talento también, pero para eso está la Rolling Stone. Que los musicólogos hilen finito. Yo ya sé qué hacer de mi tardecita.

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