31.3.15

Dylan y Ginsberg en la tumba de Jack Kerouac

Adoramos al rey Jack Kerouac (cuyo nombre leí por primera vez en la contratapa de un libro de Bukowski, que decía que la prosa de este último "lo había dejado muy atrás" al poeta beat - cosa para mí un poco falaz; cuyo nombre sentí nombrar por primera vez en voz alta por Manu, que es la misma persona que me invitó por primera vez un Camel, amor que pude abandonar tres años después).

De repente se da que Kerouac simboliza todo aquello con lo que soñamos los jóvenes hoy en día: viajar libre por ahí, lavar los platos con arena, escribir como se te canten las pelotas, caer borracho a las entrevistas, ser carilindo y musculoso y de paso también ser un iluminado boddhisattva; el tipo es perfecto por donde lo mires en una generación donde la perfección se busca fuera de esa "perfección" de las revistas, en una operación idealizante igualmente dable a fracasar.

Kerouac tuvo maestros, amigos y alumnos; murió de cirrosis a los 47 años en Florida, año 1969.


30.3.15

Te invito a un babyshower

Cuando me bajé del 72 enfrente del disco de la esquina de Fragueiro y Colón e hice media cuadra para el lado de Cañada, me encontré con Angie. Ella venía en sentido contrario con la luz de los toldos reflejando en sus ojos azules y en su cabello color bronce. Y le dije que venía pensando en ella. Era cierto, pero venía pensando de rebote, como tratando de organizar los pocos recursos que (siento que) tengo para llevar a cabo esto que me propuse hace medio año: sacar un fanzine, y sacarlo con la mayor urgencia posible para que la idea no se pudra ni se estanque. Henos aquí a finales de marzo y siento que está casi listo, o por lo menos lo estoy anticipando como si lo estuviera.
Fue allí donde, un poco para confirmar y un poco para agradecer su aguante, le comenté que me sentía embarazado de ocho meses y medio.

Nunca voy a saber lo que es un parto, pero una vez un científico de dudosa monta inventó una especie de escala del dolor (como Richter, pero aplicado a cosas como recibir una patada en las pelotas): supuestamente un parto es el equivalente a que te estiren las susodichas y te las pongan de moño en el cuello por algo así como veinte segundos. No suena nada agradable; y seguramente sería un perno para la raza humana si no hubiera toda una mística bastante benigna en torno a dar a luz un hijo.

Por eso, no quiero que me putee Phoebe Buffay: seguramente estar embarazado de un fanzine no es lo mismo que estar embarazado de trillizos. Pero Dios, que me impaciento igual: por lo menos siento los pies hinchados como si estuviera caminando sobre dos latas de picadillo, y mi cabeza me empieza a doler cada vez que pienso que me falta más de lo que tengo, cosa que es mentira demás pero uno siempre tiene esa sensación de no haber organizado todo el discurso antes de pararse en el atril.
Voy a hablar con una sinceridad objetiva, cueste lo que cueste. Estamos, sí, en la recta final. Pero le decía a Angie que no veo la hora de tenerlo ahí y verlo y decir "esto es lo mejor que me pasó", o por lo menos "esto es de lo más piola que me pasó hasta ahora", y poder mostrarles las fotos a sus primos, sus hermanos y sus muchísimos padres; una foto que tiene el plus de no ser una foto de un bebé llorón en Instagram, sino la foto de un fanzine recién salido del horno con noticias de actualidad que, para el número dos, será una pieza de colección o por lo menos servirá para envolver un maple de huevos; poco me importa, porque lo hecho hecho está y a otra cosa mariposa.

Pero bueno. Los proyectos tienen esto de que por momentos te sentís estancado sin saber por qué; y lo hermoso es que vos sabés que -a menos que el proyecto no signifique un carajo para vos para ponerte en movimiento-, a ese momento de arduo estancamiento sigue una avalancha de energía que se vuelca en operaciones y giros creativos aplicados al papel A4 que vos jamás sospechaste de vos mismo o de tus colegas; algo que capaz que el mundo haya visto, o no, pero que al menos vos sabés que es una especie de superación personal, y eso te da toda la satisfacción que necesitás para seguir probando a tu suerte, en un fanzine o en lo que sea.

Mientras tanto, y lo digo con franqueza, es una obsesión que callo. No hablo de esto porque no tengo nada para decir, pero sí que pienso mucho en eso. Y no me siento un fracaso. Es como si estuviera con el culo puesto en el elástico de una honda gigante y estuviera, poquito a poco, caminando para atrás con el miedo de decir "me voy a hacer pelota al caer, pero qué buena va a estar la subida..."*

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NOTA DEL EDITOR (o sea, del autor, del corrector y mbaeañá)

El fanzine ya tiene nombre (es lo último que se elige) y perfil de Facebook,
que todavía no nos sirve de mucho pero damos por supuesto que al menos
va a haber cuatro gatos locos gente interesada en lo que podamos informar.

Las señas en cuestión: Malandro Fanzine en Facebook.

Siempre buscamos colaboradores que tengan ganas de enviar su material
a malandrofanzine@gmail.com a cambio de un vinito,
una mención de honor y un gran abrazo.

29.3.15

Esta tierra es tu tierra



Bueno, y resulta que el paisaje en Corrientes es siempre el mismo (por lo menos la última vez que fui no había cambiado mucho: estuve ahí veinte minutos porque se largaba una tormenta y yo no tenía paraguas ni toalla, sino apenas unas ganas terribles de meterme al río como si fuera un ciego indio frente al Ganges); pero cada tanto surge por ahí una foto que te sorprende otra vez, publicada por la mano gentil de algún diario en contacto permanente con los que gustan de experimentar con la lente. En este caso, la foto que publica El Litoral en esta mañana está atribuida a un fotógrafo llamado Matías Novas que eligió un ángulo que da cuenta de las dimensiones del ancho río, eliminando la costa detrás de él y dejando visible apenas un pequeño tramo del puente que la sugiere. Además de un juego de luces que combina dos planos paralelos: el cielo y el agua, que muchas veces se confunden si el agua viene limpia.

Por suerte los diafragmas y los obturadores han llegado a conquistar el Litoral, y estos a su vez han llegado a conquistar las redes sociales para mostrar un poco la belleza que tiene el Litoral a los ojos de provincias con otra clase de belleza igualmente digna; acaso encolumnados bajo la tendencia Edwin Harvey, que va más allá de la costa y de la playa para fotografiar desde el aire cardúmenes de peces nadando en el Paraná. La belleza del paisaje es inagotable: se moldea cada vez que se dibuja, se describe o se fotografía, operaciones de recorte por definición; y se la extraña cuando se la visita y se la abandona.

-clic para el post original-

23.3.15

Barthes, 2

Texto de placer: el que contenta, colma, da euforia; proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura. Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje.
Aquel que mantiene los dos textos en su campo y en su mano las riendas del placer y del goce es un sujeto anacrónico, pues participa al mismo tiempo y contradictoriamente en el hedonismo profundo de toda cultura (que penetra en él apaciblemente bajo la forma de un arte de vivir del que forman parte los libros antiguos) y en la destrucción de esa cultura: goza simultáneamente de la consistencia de su yo (es su placer) y de la búsqueda de su pérdida (es su goce). Es un sujeto dos veces escindido, dos veces perverso. 

Roland Barthes. "Clivaje".
 En: "El placer del texto y lección inaugural..."
En este blog: Barthes



21.3.15

Alegrate, porque esta canción no tiene fin

Se habrán dado cuenta que el otoño llegó en tiempo y forma. Poco después de las 12 de la noche se largó una pequeña lluvia en Córdoba y empezó a hacer fresco. Para las 7 de la mañana hacían 18 grados después de un día de calor húmedo e insoportable y ahora la que nos queda para este sábado nublado, tiempo perfecto para hacer cualquier cosa, es simplemente estar en casa leyendo y tomando café hasta que sea hora de abrigarse y salir a dar una vuelta. Al menos así lo veo yo, que no soy aficionado ni de ir al cine tres veces por día ni de jugar a las bochas.
Lo mejor que se me ocurre como gesto heroico para esta tarde fría y silenciosa es ponerme a escuchar una música tranqui y ordenar un poco el escritorio para poder reconciliarme con Sarmiento,como debería hacer. Todo esto mientras en Europa hay eclipses y en Buenos Aires un Lollapalooza; yo sé. Pero hoy no estoy para nadie. Muchas gracias.

Cuestión que siempre, en los días así, vuelvo a escuchar esta banda que me apasiona. Cuando hablo de ella, soy como esos locos que intentan convencer a todo el mundo que Obama o Beyoncé son reptilianos: no voy a parar de hincharte las pelotas hasta que te dé por convencido de que la apreciaste como debe ser apreciada. Hasta ahora mis únicas victorias tangibles al respecto fueron Rebo y Lucas: el primero publicó un disco de esta banda en su blog, como contaba tantas otras veces; Lucas, por su parte, se cargó el mismo disco en el celular para llevárselo de viaje pero nunca le pregunté qué le pareció, por miedo o qué se yo. Yo sigo sosteniendo firmemente, y Robert Plant y Robert Zimmerman y Devendra Obi Banhart están conmigo, en que es una de las bandas más hermosas que trajo a la tierra Dios, el gran community manager del universo.

Y como pasa (¡por suerte!) con bandas que te gustan y que en su momento fueron reconocidas, uno da con esos documentales perdidos en el tiempo que algún hippie rezagado sube a Youtube para que otros hippies, ya bien entrados en canas, se conmuevan diciendo que es lo más hermoso que escuchan desde el verano del amor.
Y las nuevas generaciones de hippies, o lo que sea que es esta nuestra generación sumamente ecléctica, miran al pasado por una ventanita virtual con una intención más que nada documental.
Pero es que este documental que estoy mirando es una verdadera pieza de arte, de belleza pura. No hay forma de que las personas de la banda sean tan lindas; y no facheros, como los Zeppelin en The Song Remains the Same, peli que te despierta (adrede, seguro) un poco de lujuria. Lindos: esa rara cualidad que refracta la virtud en la apariencia física.

La banda en cuestión es la Incredible String Band y el documental se llama Be Glad For This Song Has No Ending. Dura 48 minutos. Nadie que no sea un interesado en la banda se tomaría el trabajo de verlo, a menos que tenga mucho tiempo libre; y tiempo es justamente lo que escasea. Si tan sólo el día tuviera 48 horas, para que pudiéramos trabajar 36. Pero les digo que vale la pena. Al menos, si llegaron a leer hasta acá, se fumaron toda la entrada: algo bueno me habrán hecho decir. Por lo demás, la importancia que tuvo la banda es incalculable y su talento también, pero para eso está la Rolling Stone. Que los musicólogos hilen finito. Yo ya sé qué hacer de mi tardecita.

18.3.15

Himmelb(l)au: una entrada sobre arquitectura

Se está inaugurando en Frankfurt la nueva sede del Banco Central Europeo, un gigante de vidrio y acero de 185 metros de altura cuya construcción demandó cuatro años de obra.

No le haría justicia al caso si no mencionara una protesta del grupo anticapitalista Blockupy, pautada para el día mismo de la inauguración de la nueva sede, que ha dejado un saldo de 350 detenidos y una violenta represión por parte de la policía de Frankfurt.
Blockupy se define como un grupo de activistas contra las "medidas de austeridad" impulsadas por un organismo que financia un edificio de 1.300 millones de euros.

Pero en todo caso, no creo que toda la culpa sea de la Coop. Himmelb(l)au. (Como se dice siempre, "la culpa no es del chancho", etc).
Ahora bien, ¿qué es Himmelb(l)au? Se trata de la cooperativa de arquitectos que diseñó el flamante edificio hace cuatro años, cuya construcción se terminó a finales del 2014 y cuya inauguración se lleva a cabo hoy, con la justa protesta de los grupos disidentes.
Además de aprovechar el reflujo para interiorizarme un poco más en el intrincadísimo mundo de las relaciones exteriores europeas, pude chusmear un poco del portfolio de la oficina vienesa presidida por los arquitectos Wolf Prix y Helmut Swiczinsky; lo que encontré en imágenes es digno de admiración.

Muchas veces se ha dicho que el deconstructivismo, esa corriente filosófica nacida en el seno de la semiología, había influido también en otras esferas de la cultura: la música, la historiografía, los estudios de género, los profesores infumables...; y entre todo eso, también la arquitectura.
Breve historia: la arquitectura deconstruccionista se desarrolla hacia el año 1982, año en el que el arquitecto Bernard Schumi gana un concurso de diseño arquitectónico comentado por el propio, querido y canoso Jacques Derrida; seis años después, en el año 1988, la exhibición de Nueva York, en la que la cooperativa Himmelb(l)au expone lo suyo, consolida el movimiento provocando que varios de sus miembros se alejen, conducta nada extraña en los posmodernófilos.

El estilo continuaría como una tendencia general por treinta años más. Los trabajos de Himmelb(l)au me sorprendieron especialmente; hoy por hoy la cooperativa es, sin duda, una de las gigantes del género (no sé si por calidad artística o por visión empresarial, se ganaron el visto bueno del Banco Central Europeo para diseñar su monstruosa sede, entre otros osados proyectos).
Pero fijaos en este bocetito del Dawang Mountain Resort, un complejo con hotel 5 estrellas en la ciudad china de Changsha, bajo construcción desde el año 2013. No sé nada de arquitectura, pero para ser un pibe que se pasó la infancia viendo Star Wars (esto es, un rato en la Tierra, otro rato en Coruscant y otro rato en Kamino), esto está bastante bien: el futuro ya llegó, canta Solari. Llegó como vos no lo esperabas, añade Fernández: parecía bastante improbable que un filósofo demente como Derrida, al que no se le entiende un carajo pero se le copia tanto (alló Sollers), pueda estimular cosas como estas. Con el vil metal de por medio, por supuesto. Prix y Swiczinsky serían dos delirantes si sus clientes no dudaran de su buen gusto.

Ah, y a la hora de musicalizar, no vale la pena olvidarse del enorme John Zorn, ejemplo vivo del deconstruccionismo, sujeto y objeto de su tesis. Me gusta pensar que Ricarda Cometa es un ejemplo argento, pero ellos se merecen una nota aparte.




17.3.15

Inundación en Córdoba: promenade

Cuestión que con Almendra fuimos ayer a La Quebrada, un pequeño poblado pegado a Río Ceballos. El pueblo está nada más que a dos horas y pico del centro de Córdoba, recorrido en el que no ves un carajo de campo y te cansás de recorrer avenidas. Pero una vez que llegás, sentís la diferencia: la gente es amable, el aire es más puro, y la tierra es más húmeda. Te toca desembarcar del Intercórdoba en una playa de estacionamiento que da a una especie de camping con mesitas justo abajo de una inmensa pared de cemento que tiene cuatro cascadas en caída continua: el Dique La Quebrada, que al lado de Yacyretá es un modesto hidromasaje. Pero bueno.
No tenía ganas de escribir esta entrada para comentar qué fue del día y medio de aislamiento, porque eso lo sabemos sólo ella y yo. Tampoco voy a contar cómo llegamos a ese lugar después de dos horas de caminata, en el que sólo había grillos y piedras. Caminamos mucho para asegurarnos de dejar atrás toda huella de intervención humana, y para que una vaca negra y vieja nos mastique los cierres de la carpa.

En realidad, el viaje de ida fue lo que más me impresionó.
Sabrá el patriota bien informado que en la primera oleada catastrófica de inundaciones, el sector de las Sierras Chicas fue el más golpeado. Ayer, el Gobernador Competente dio a conocer el cómputo de daños: 600 millones de pesos en pérdidas, 10 vidas humanas, 2 desaparecidos; cientos de kilómetros de calle, puentes, casas, comercios, etcétera. Los citadinos sentimos un chucho cuando imaginamos la magnitud del desastre (falazmente llamado) natural: y me parece muy bien, porque una transparencia en las consecuencias puede ayudar a dibujar una transparencia en las causas, que son fruto de políticas ambientales muy flojitas a lo largo de casi un siglo de malas decisiones.
Pero esto lo dejamos, digamos, a merced de la intelectualidad citadina; a los que estudiaron geografía, hidrografía, y todas las demás grafías. El papel prensa es como una especie de vidrio traslúcido en el que uno ve fotos espeluznantes, y se obliga a pensar en una posible solución.

Pero otra cosa es visualizar el escenario mismo. Al pasar por Villa Allende, Unquillo y Río Ceballos, es bastante impresionante ver cómo estructuras que vos imaginás tan firmes están arrancadas de cuajo. Primero ves un arco de fútbol torcido. Después ves un poste de luz literalmente caído, con una masa de cemento colgando al aire; después ves barandas de la ruta partidas al medio, costas despegadas, piedras enormes, árboles en medio de la vereda, puentes improvisados, y por último ves casas enteras con el piso hundido y el techo hecho mierda. Todo expuesto a la opinión pública al encontrarse en la banquina de la misma ruta que estás recorriendo con inocencia de turista. De esto hace ya un mes, y uno ve que la reconstrucción avanza con un ojo mirando al suelo y otro ojo mirando al cielo, porque la fragilidad de la obra está sometida a otro posible temporal.

En ese momento pensé en el vidrio del papel prensa, pero lo que realmente admiré fue a la gente heroica que, en un arranque de solidaridad casi instintivo, no esperaron a tener todos los datos porque ya salían con un balde a las sierras, para sacar barro de las casas que, puta suerte, estaban pegadas a la ribera. Todo esto mientras De La Sota respondía "no, gracias, todo está bajo control", y mientras Cordiez duplicaba y triplicaba el precio del agua mineral y las velas. Capaz bajo la lluvia todo parecía una confusión y todavía no se había logrado dirimir quiénes eran los culpables (de haberlos), pero a esa gente no le importó: antes que nada, vio al tipo cuya casa había sido arrastrada por el torrente salvaje de un río pelado, y acudió inmediatamente a sacar a baldazos el barro de un living que puede ser tu living o el mío. Y para eso no necesitó demasiada información, más de lo que necesitó un fuerte sentimiento de empatía con el damnificado en un país donde jamás existió Superman.
No hay mucho más para decir, supongo. No sé un carajo de política ni de gestión, pero de ahora en más no tengo ganas de masticar cháchara para saber qué es lo que hay que hacer: el verdadero bien se empieza a hacer a baldazos.


14.3.15

Porque así pega más

Hable como hable, yo no me siento cordobés. Creo que nunca me voy a sentir cordobés. Capaz estoy condenado a ser correntino o, en el peor de los casos, un ave de paso como cantaba el Gitano. Dios sabe qué destino terco me está reservado pero la verdad, a veces siento que caí acá porque sí y lo único que hago mientras me decido entre ser o no ser es esperar a que caiga una Wilson para hacerme la gamba.
Sé que pensarlo demasiado es un poco contraproducente, pero este síntoma es poco disimulable: las palabras chori gourmet me parecen top podium entre las pelotudeces más grandes que inventó el ser humano: un intento de integración de la gastronomía (digamos que) típicamente cordobesa en un estándar de finura universal (cosa que, si no me equivoco, se intentó acá). Cordobesidad centrifugada. Mi infancia, como etapa de la vida que define tu identidad y etc., no tiene ningún archivo en su cajón que diga algo así como el Sargento, Luis Juez o avenida del Dante. No hay nada en el cuarteto que me conmueva. Que de repente, por pertenencia súbita (y azarosa o no) deba apropiarme o renegar de la identidad cordobesa, pero deba hacer algo, para mí es materia de chiste y nada más que de chiste.
Y eso no es importante mientras no esté acá. Es como decir "yo no me siento croata" tomando un cortado y escuchando Gardel; pero otra cosa es estar en Zagreb. Ahí sos un intruso que está viviendo de prestado, calentando un banco de la facultad en una ciudad que te adoptó y no adoptaste y usando el sistema de transporte público que lleva a tantos cordobeses de ley a trabajar todas las mañanas escuchando la Popu. Al menos podría mostrar un poco de condescendencia, o un poco de prudencia; pienso. O un poco de consideración. O un poco de interés fingido. En el exilio esto es más bien fulero; pero al haber elegido vivir acá, todo es casi ridículo: mi propia elección en primer lugar, por su propia contingencia, bah.
Pero bueno. Estar acá es cultivarse en el locus amoenus (ponele) entre dos tererés bien fríos. Un saludo al finado Efraín Bischoff, que ese sí debe ser un tipo interesante.

10.3.15

Kill your idols, rise from within

Cuando mi primo era mechudo y desprolijo, un tipo flaco como una tacuara enfundado en un jean roto estratégicamente en lugares sugerentes pero no pornográficos, su sistema de creencias era una mezcla de espiritualidad oriental con lo más groncho de los cómics de Kaz Prapuloenis. Me implantó muchas ideas como por lobotomía, cosas que a mi vieja no le gustaron, empezando, naturalmente, por la palabra "lobotomía": ya de grande me hizo ver Pink Flamingos advirtiéndome de tener a mano un baldecito para el vómito, y me convidó prensado santafesino dejándome solo en su casa escuchando surf rock. Muchos años pasaron antes de tener un panorama más o menos fiel de su historia personal, contada por él mismo; sólo por un impulso de documentación, pues él no era pasado para mí, sino esencialmente futuro.

Las ideas germinaron convirtiéndome en un terruño fértil y, en segundo lugar, un Ceres autosuficiente pero extraviado, condecorado con el color y sedimento Raymond, intentando engordar como podía, alimentándome de ideas nuevas; en retrospectiva, que es la única forma de hablar de estas cosas, lo veo así.

Así que cuando veo escrito por ahí el fragmento de un pequeño (pero hermoso) proverbio:

rise from within

...le digo a él gracias, pero no gracias. Desde muy temprano, más homenaje me parece el hecho de transgredir que el hecho de obedecer. No sé hasta qué punto es idea suya; pero en buena hora. Bettiana tenía otra linda frase: "héroe es quien se opone a la autoridad y logra superarla".

7.3.15

Sé tú mismo pero no seas siempre el mismo

Creo que hay que erradicar una creencia errónea de que el hombre está de alguna forma ligado en su identidad a las cosas que hace.
Me parece una magnificación excesiva. Y creo, de alguna forma u otra, que esta magnificación es la causa de bastantes malestares en el ser humano: tanto debido a su ansiedad por ajustarse a un estándar como a su aprensión por ser declarado culpable por delitos que todavía no cometió. El juicio sobre lo que uno es en vez de el juicio hacia lo que uno hace es una de las cosas más accesibles y más falaces a los ojos de El Otro, ese ser terco como una mula que vive en el planeta a nuestro lado y con el que, en el mejor de los casos, todos aprendemos a convivir.

Uno tiende a hacer cosas así o asá. ¿En qué parte del contrato se infiere que uno busca ser cosas? ("Sé tu mismo, pero no seas siempre el mismo", publica Carola que dice Gabriel O Pensador). Hasta donde puedo ver, todas las medianas y grandes decisiones de la vida están motivadas por un entrecruzamiento de circunstancias, efectos y vainas emocionales que muchas veces no se reducen a un solo adjetivo, pero que sólo el que lo vive lo capta. Todo sería el colmo de la transparencia, sino.
Si pensamos que es así, no aprendimos un carajo del postestructuralismo, el último gran esfuerzo serio de la academia para dejar de pajearse en su perorata incomprensible y sugerir nuestros vicios y nuestros malentendidos, como dando vuelta nuestro cuero para exponer la sangre y los tumores; los que engaú comprendimos la complejidad del mundo nos quedamos ahí, parados en la impresión vomitiva, porque nos olvidamos en el acto que nada es como pensamos porque es cansador acostumbrarse a pensar de otra forma.

La vida es más sencilla según puedo verlo desde acá. Los momentos donde sentí más seguridad y felicidad eran los momentos en los que no me sentía un monstruo o un genio por querer hacer tal o cual cosa sino que asimilaba con entereza mi condición de outcast, loquito, lobo estepario, visionario o ciego o algo así, con la dignidad que tiene una fuerza interna como la inanición o la ventolera, y sin la consideración a la pulsión poética del prójimo. Después de todo, todos somos cucarachas en el chiquero y ninguna tiene anteojos rayos X que puedan calar hondo en las emociones que no son suyas.
Pero en la conversación uno no lo hace notar. Porque uno no puede andar considerando explícitamente todo lo anterior so pretexto de un fair play nomás. Uno se desgasta de tanto hablar de sí mismo y empacha al otro, que también quiere hablar de sí mismo. El Otro siempre es medio tuerto, y no tiene ganas de escuchar TODOS los motivos por puro deporte; y aunque dijera que TIENE ganas de escuchar todos los motivos se pondría en piloto automático a la primera de cambio, en el momento en el que le estás contando de aquella experiencia traumática de la infancia o de aquella vez que, cuando se te pegó un chicle en el pelo, dijiste "Dios es un forro hijo de puta..."; todo eso para esperar a su turno de hablar y darte un veredicto (la más de las veces innecesario) que se reduce a un adjetivo: "¿por qué tenés que ser tan...?".

Así que la verdadera libertad es, en fin, poder actuar según cada uno sin detenernos en la mirada de El Otro, que nunca sabe una mierda de lo que SOMOS y POR QUÉ hacemos lo que hacemos; sabe un poquito, quizás, pero el Titanic no se hundió por los hielos de una cubetera.

Es en ese pequeño momento en el que hacemos un sacrificio y tratamos de establecer un contacto profundo con el otro cuando se multiplican los equívocos. Algo podemos salvar de ese puente hecho de palitos de helado, pero la mayoría de las veces todos vamos a hacer lo que se nos cante el orto, y no podemos jamás contar con que la reacción de El Otro nos va a facilitar la jugada...

Hasta entonces. Sean libres. Digamos.

6.3.15

El síndrome de Jojo

Les escribo de nuevo fugazmente y con mucha alegría desde el Jardín del Edén, con una sonrisa de oreja a oreja, rodeado de sapos, marsupiales y palmas de toda clase con los pelos hinchados por la humedad pero la cabeza bulliciosa de ideas felices. Situación privilegiada: a treinta metros, un estadio de fútbol; a cincuenta metros, un parripollo; a cien metros, un descampado de tres hectáreas.

Fugazmente les dije, pero es porque el tiempo acá pasa tan, pero tan lentamente que a uno le agarra una ansiedad codiciosa de querer aprovecharlo todo; es un poco como California y la fiebre del oro; allá, el tiempo pasa tan rápido que es lo mismo apurarse a tomar un colectivo para llegar a un lugar al que ya estás llegando tarde o quedarte rascándote los huevos mirando una repe de Friends por Netflix, total el mundo cae a pedazos igual, por todos lados siguen muriendo los inocentes.
Las comparaciones son odiosas, pero en suma, creo que la gente acá es más feliz. Por lo menos no me tocó conocer, en los años que llevé acá, a ningún consumado mal tipo (de que los hay, los hay seguramente; yo también debo ser uno, un malandrín o un falluto en más de una forma, pero yo no conocí ninguno). Allá conocí tipazos y gente muy de mierda; pero más que nada conocí personas-moneda que dan vuelta su moral con un criterio ajustado, oh casualidad, al dinero; personas-moneda que me hicieron conocer tantos grises en la gama que terminaron destiñendo al mundo con el maleficio de la duda.
Acá es muy divertido observar a los otros, por su sencillez de tortuga. Y eso lo notaba antes de irme. Vos subís al colectivo vestido medio estrafalario y te miran, te miran sin malicia pero con mucha curiosidad, y prueba de ellos es que si les entrecruzás la mirada miran rápidamente para otro lado sin hacer ni una mueca ni un solo gesto. Eso es algo admirable, como si estuvieran siempre con ganas de aprender de los chiflados. Allá no te dan ni bola con tanto chiflado suelto; o son tan caraduras, esto es, conocen tanto el principio básico de la gran ciudad ("si no estoy en mi barrio, nunca más me van a ver") que no se ahorran el comentario burlón, parte del genoma básico de Su temperamento o Su fama.

De que aprendo, aprendo. Pero ¿qué aprendo? Aprendo a dudar de todo lo que sabía. Y esto está bueno, dice Sócrates (por eso se hizo tan famoso con su frase de mierda y publicó tantos libros que sólo Menem leyó). Dice que está bueno porque te das cuenta que sos una cucaracha en un chiquero inmenso. Pero nunca te das cuenta del cucaracheo porque estás más ocupado en dedicarte a una soberbia que es, también, una estrategia de supervivencia: el que duda mucho, nunca actúa; y el que nunca actúa, no es nunca capaz de asumir la responsabilidad de relacionarse saludablemente con los otros.
Entonces en la vorágine de entender cómo funcionan los engranajes del mundo uno tiene que aprender a vivir urgentemente con las armas que talló como mejor le salieron; responsabilidad, rutina, ser confiable, ser firme de espíritu, etc. etc. Cosas que a lo mejor no le salían a uno espontáneamente, y jamás saldrían sin simular entereza, pero así tiene que ser hasta nuevo aviso.

Volver es bajar la guardia y respirar un poco. Ser uno mismo, digamos, poder relajarse, dicho ya, entre tantas otras cosas positivas como dos pepinos en el ojo. Volver es como si abrieran de vuelta el Edén por un rato. Es una comparación boba, hedonista, adolescente demás, pero sin duda este mi hogar es el Edén, aunque esté enfrente de la cancha donde va a tocar Romeo Santos, el parripollo que no vende ensalada rusa y el descampado lleno de alimañas: anfibios cantores que salen de los adoquines bajo un baqueteado monoblock. Las sirenas que pasan para recordar que Caín existe, pero no es un extraño, sino un hermano que perdió los estribos por alguna baja pasión.
Get back to where you once belonged, le sugerían los Beatles a un confundido Jojo.