27.2.15

El cliente no siempre tiene la razón

Eso de "el cliente siempre tiene la razón" es una vil mentira del burgués para que laburés más y mejor con una sonrisa en la cara abocado al servicio total del que sospechás (por pura experiencia de mostrador) que puede ser un total pelotudo. Laburás así con una sonrisa incluso cuando el dueño no está porque es más fácil ser conciliador y bobo que altanero, porque ahí el bueno del cliente, que una vez ofendido quiere demostrar que la tiene más grande, agarra el Libro de Quejas A Su Disposición y transcribe el comienzo, nudo y desenlace de la afrenta que los conflictúa.
Cuando estuve en Santa Fe fui a un bar ahora ya clásico, Gente Que No, cuando todavía era un sucucho enfrente de una fábrica abandonada o algún edificio por el estilo, y no una galería chic con sombrillas de Brahma desde el fondo a la vereda adornadas con rubias bien estilizadas y picadas de mojito. Y ahí exhibíase un cartel en su ventana enrejada: EL CLIENTE NO SIEMPRE TIENE LA RAZÓN. Y claro. Era un bar atendido por sus propios dueños. Al menos en ese entonces. Más significativa era aún la esquela en tanto no se trataba de un local de ropa, en el cual podés discutir con un agrio comprador tal o cual descuento de acuerdo al precio de lista; en un bar, cuando el pelotudo se alcoholiza, se convence a sí mismo de que está permitido ser pelotudo a sus anchas. Ahí es cuando el dueño se convierte en matón, y la justa se disuelve con el gesto más heroico que podés ver de un tipo con activos financieros: un patadón en el orto que eyecta el cliente a la vereda y vuelva en otra ocasión. La casa se reserva, etc. es el cartel más infame, porque te muestra que a veces podés no tener razón.

Así nomás es la caretada cuando uno quiere caer bien a la gente para recibir dinero, dinero, dinero. Estoy pensando en eso mientras escucho Sucio y desprolijo por tercera vez en el día y pienso si el autoservicio de la esquina me dejará pedir tarta de surubí con vegetales al vino, porque la tarta ndayé que no tiene guarnición. ¿Yo tengo la razón? Espero que sí. Porque soy el gil prepotente y antojado que tiene unos mangos para invertir en su estómago, el dictador más rígido después de la entrepierna.




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