4.2.15

D'motif, 2

"No dejes nunca de leer", me dijo don Nemesio una tarde en la que me senté con él bajo el alambrado floreciente de octubre -el mejor mes para vivir en Córdoba, lejos-; el viejo no hablaba mucho, y hablaba con una voz ronca que trataba de tejer entre toses que le enredaban los hilos. Pero eso entendí: "no dejes nunca de escribir".
Miré la parra de arriba y bajé la cabeza. Me cebé un mate y le cebé uno a él. No le dije nada. Él no me había hecho una pregunta, ni me había hecho una de esas aseveraciones ping-pong. Su consejo era sencillo: "no dejes nunca de leer".
Se me grabó. Perduró más allá de la muerte de don Nemesio el año pasado, velorio al que no fui como tantos otros, aunque sé de oídas (por el dueño de la pensión, más que nada) que lo habían enterrado con ese pañuelo grisáceo que usaba cuando la tos se hacía muy jodida. Me miró con ojos vidriosos el tipo, garante de esa vida que había llegado a su fin: se había acabado una larga afrenta.

Maru me tiró además, en otro orden de consejos, algo relacionado a la edad. Maru siempre me dice cosas relacionadas, directamente o indirectamente, a la edad. Similar a mí en vocación (y no sé si, también, en destino), ella me aprobaba cosas que los demás en mi familia desdeñaban. Estudió Letras cuando todos se hicieron escritores; se hizo correctora literaria cuando sus compañeros, que habían empezado a estudiar Letras, se volcaron a tener hijos o a hacerse empresarios de la noche. Me habló de drogas cuando todo el mundo me decía que las drogas eran malas y nada más; las relacionó con la palabra "sentidos" de la misma forma natural con que profesores y parientes las hacían derivar en la adicción o la muerte; me explicó sin reírse que "orto" en griego significa "correcto", que de allí proviene "ortografía"; más adelante, yo ya grande, me dijo riéndose que su trabajo era corregir a los brutos periodistas, pues es correctora en un diario del Chaco.
Y fue allí cuando me dijo, bien atenta a mis veinte años, que estaba por ingresar en el período de mi vida de más intensa producción y que no cabía desperdiciarlo. Me acordé de Nemesio y su consejo; el viejo, pobre, yacente en su tumba, no me dijo nunca ni más ni menos porque tenía un hilito de voz para expresarse; el suficiente para transmitir la idea empacada y zás, fin. Maru la desató, un poco más pacientemente, con la salud que la caracteriza a pesar de fumar veinte camel por día: "después vas a tener hijos y vas a achancharte, ahora no, no dejés que estos años se te pasen". Producción implica absorber; pero lo interpreté (lo interpreto, y me sirve) también como devolver, más como devolver.

Ahora, poco a poco, me doy cuenta (desde Luy a Marechal, desde el triste destino de Rilke a la arrolladora decisión de Hemingway) que son muchos los modelos posibles para seguir artísticamente y no y son muchas formas de vivir la vida las que me atraen por igual. Pero el camino es propio e incierto; los otros no son más que un prisma, un sedimento. Cada vez más, y a paso más seguro, voy mirando sin juzgar ni exaltarme la ridícula mediocridad del hombre común y noble o el brillo fulgurante del genio, que muy pocas veces es realmente tal; por lo mismo, en un activo ejercicio que combina recibir y dar, Nemesio y Maru, descarto algunas vidas y tomo otras porque bien decía el filósofo Gonzalez: sos el centro y sos siempre libre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario