14.1.15

¿Quién es el pobre tonto?

Sí, escribir es sufrir dicen algunos. No, pará, ¿quién dice eso? No creo que a nadie le duelan realmente los dedos en el acto mismo de traquetear el teclado. Ni tampoco, mucho menos, que le duela el alma. No: creo que esos Grandes Escritores en realidad decían "para escribir hay que sufrir". Pero después lo tenés a Haruki Murakami que para escribir sus novelones de un billón de páginas sale a correr todos los días a las cuatro de la mañana. Qué japonés sacrificado. Nadie tiene un método, vale decir. Podemos intentar, en nuestra adolescencia como escritores, reventarnos el hígado en un bar de mala muerte pensando que nos vamos a encontrar ahí con la puta con cicatrices de varicela que va a convertirse automáticamente en nuestra musa; podemos encerrarnos a leer a Bruno Giordano o a Vico por años y años, convertirnos en expertos de cualquier lengua desde Greenwich para allá, para a los cuarenta y pico sacar una novela que no entienda nadie. Lo que es lo mismo que decir que no hay método.
 Creo que en esto consiste la verdadera felicidad del escritor, o la desgracia de los principiantes, o lo que nadie entiende de ser "escritor". Si no hay método (no soy escritor, pero me planteo todo esto como si algún día quisiera serlo), si no hay "camino", significa que la hoja en blanco y el traqueteo del teclado es un campo vacío hecho de tipeos nada más que posibles. Que la extensión de lo caminado, su velocidad y su gracia quedan a definición de uno; que hay que avanzar con paso firme sin que tiemblen las rodillas como un pollo en su primera clase de tai chi.
   Al final vengo sospechando que el verdadero primer desafío del artista es ése: el paso firme. Estar convencido de lo que va a decir. El mundo está ahí para desacreditarnos, especialmente cuando uno tiene la cabeza de lleno metida en Maya como ese Alex Delarge al que torturaban sus ex-amigos. L'enfer: les autres. El verdadero bliss del escritor es poder escribir en un blog como éste, del que puede estar seguro de que nadie va a estar leyéndolo ni interpretándolo. El verdadero bliss del escritor debe ser, en realidad, poder permitirse la verdadera libertad que no se permite en la vida; como dicen los taoístas, esa vida artificial tan alejada de los ritmos esenciales de la naturaleza, tónica de lo que tendría que ser la vida del hombre y sin embargo no es, porque tanto nos hemos querido adaptar a eso enfermizo que tiene nuestra pequeñez, que hemos creado un mundo a medida (en dimensión y en espíritu) a ella.

            ¿El escritor posee esa pequeñez?
                                El escritor ¿ no busca escapar, en todo caso, de esa pequeñez?
                                                     El tipo creativo, en suma, ¿no quiere hacer otra cosa que desestabilizar y criticar esa pequeñez, burlarse de ella como Joyce, denunciarla como Bukowski, hacer un relato bien fundado (desde lo que tendría que ser la disciplina con más fundamento de todas: el periodismo) de su enfermiza naturaleza, como Thompson?
Eso con los escritores metidos en la vida social. ¿Se termina la nómina si nos alejamos de la sociedad? ¿Es Thoreau un escritor, que lo único que quiso hacer era una especie de diario de cómo él sobrevivió en la naturaleza? ¿Son los taoístas escritores, tipos creativos? ¿Lo fue Siddharta cuando se alejó de la ciudad y dejó de ser un vulgar comerciante de aires acondicionados?

                                                                                  Qué importa. Qué me importa. Cada uno ha dicho lo que tenía que decir y murió. Evidentemente no les importaba mi juicio. Yo estoy muy lejos para emitir un juicio. No les interesa. Pero el hecho de que hayan llegado hasta acá, para que yo pueda emitir mi juicio en última instancia, es algo por lo menos envidiable. ¿Envidiable por qué?

                                                                                                            Porque en la vida acalorada y loca que llevamos como una piedra de treinta kilos en una mochila de Tommy Hilfinger atada a la espalda con hilo sisal, la opinión del de al lado (mi vieja diciéndome que me ponga a laburar, el encargado diciendo que no saque las piedras meadas de gato al palier del pasillo, o el taxista queriéndome cobrar demás con el taxímetro apagado o el policía diciéndome con la franqueza y la amabilidad que les caracteriza que está prohibido tomarse un porrón en la plaza a la tarde), es la primer patada al espinazo. Bukowski, por ejemplo, era consciente de eso, me parece. Ignatius Reilly lo era aún más. Para ser un tipo creativo parece como si uno tuviera que trascender estas pequeñas preocupaciones, y dejar que todo opere según sus reglas, que jamás van a ser las de las demás; los "necios", gente de afuera y abajo, pululantes más allá de las paredes de la torre de marfil, no tiene nada para aportar en cuanto no sean partes testimoniales de un todo invisible que el escritor debe imaginar y recomponer. "Lo real", el punto de partida de todo pero nunca el punto de llegada, como creerían ellos. En tanto que para el necio, el artista es nada más que un loco inútil. No puede evitar babear su juicio, como si sintiera un extraño placer en no comprender su afición. Porque es una afición mientras el tipo no sea un maestro. Es el mal del principiante: nadie cree en él. Y eso hace que, en última instancia, ni él mismo pueda creer en él. El primer desafío.

No sé cómo seguir esta entrada. No sé si aporte algo a la milenaria fuente del Conocimiento del Mundo, no sé si existe tal fuente en este mundo más lleno de malentendidos que de cucarachas. Lo único que sé es que mientras más esfuerzos hago por querer adaptarme al ritmo y al modus operandi de los demás, más siento que en mi cabeza algo se raja y quiere salir y reordenar según su propio critero, todo eso que a primera vista parece tan ordenado: una ensoñación vaporosa como acariciar un durazno al ritmo de la palabra Vladivostok; la mala idea de pisar descalzo una ruta de ripio al amanecer de un día de verano, algo que me haga estornudar, algo que me haga estremecerme, una historia que contar en la que todos mueran al final y que no me obligue a visitar ninguna tumba. El mundo mismo abriéndose ante mis ojos y cerrándose cuando tengo que escuchar que el otro me reclama por una tostada mal cortada; adivinen quién es el pobre tonto. Yo creo: aquél que no sabe dónde quiere estar y nunca está en ningún lado.

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