3.1.15

Kevin / "El amigo anónimo es la solidaridad"

Era todo un tema esto de las acreditaciones para el periodismo, porque nunca sabías con quién podías terminar hablando. Cierta vez me tocó ir a cubrir una banda y resultó que me gustaron más sus teloneros; entonces se dio con que hablé con el cantante de la banda más o menos media hora y me detalló de pe a pa todas sus influencias, preferencias musicales, proyectos a mediano plazo y sensaciones post-show. Finalmente recordé que no era sobre ellos que tenía que hacer la nota, porque venían de otro lado y yo tenía que "apoyar al rock de Córdoba" en mi flamante posición como comentarista de tal perversidad que llaman rock de Córdoba.
Para cuando llegó el Cosquín Rock yo tenía un par de meses de cancha, lo cual no es mucho pero es un comienzo; ya sabía evitar el diálogo con las arquetípicas figuras detestables a la hora de cubrir un show, como el patovica guardabosques o el que te tiene que dar la pulserita, el cartoncito, el papelito; no me sentía un Marlowe pero tampoco estaba volando en la nube de pedo, y además ya sentía dentro mío correr un poco de la adrenalina de la caradurez. A esta última consideraba el recurso más valioso en una fiesta hedonista como es el Cosquín Rock: así conseguí hablar con Cristian Aldana (que no estaba allí como músico), Corvata Corvalán e Iván Noble, ninguno de los cuales mencioné en la nota que hice; primando, en mi recorte final, la decisión de transcribir las notas con Numeral, los Peces Banana y los Chicken Faces, bandas que podés ver casi todos los fines de semana en la capital del fernet. Para cuando me topé con Hugo Lobo, ya era el último día y la última hora, y estaba totalmente fumado, y sólo me interesó sacarme una foto con él que mantengo como uno de mis mejores recuerdos.

Pero bueno. En fin. Nunca sabés con quién terminás hablando.
Venía venir la aventura cuando, el primer día, nos subimos a un Lumasa de 13 pesos que nos llevaba a Santa María de Punilla. Había pasado una semana informándome de qué era el ritual Cosquín Rock, y había recibido descripciones de las más delirantes; tal o cual podía conseguirme una nota con tal o cual porque conocía a tal o cual que había sido el primo y no lo era más de tal o cual. Me cegaban los colores antes de pisar el Aeródromo, que yo pensaba que era donde se iba a realizar todo (esto era de lleno falso, y me enteré cuando llegué). Estaba subido al toro mecánico de la emoción por una experiencia nueva, que es tan valiosa, también, porque es compartida. Así me encontró el Lumasa esa tarde de marzo. Entré con Carla pero sólo había asientos sueltos, así que ella se sentó un poco más atrás. A mi lado había un chico con anteojos.
En un momento de felicidad no sólo tenés ganas de hablar con el otro; lo sentís como una necesidad, como una especie de prueba para corroborar si el de al lado está sintiendo lo mismo; del mismo modo que las viejas agrias del consorcio pasan por al lado sin mirarte. Supongo, bah, que el tipo feliz tiende a la unión antes que a la división, y que el deprimido o el resentido quiere estar, por inercia, solo. Hablar con Kevin en ese momento era algo totalmente natural, porque estaba ahí al lado. No sé si se entiende.

Inmediatamente pude informarme de todas sus aficiones y sus pasatiempos; que el vivía en Salsipuedes, que había ido a ver al Indio a Paraná (justo antes de que la misa se volviera bastante infame), su gusto por los antros rockeros de las Sierras Chicas. Una mayor afinidad llegó cuando mencionó el nombre de Aniko Villalba (res ipsa loquitur), y me confió su sueño.

Escribo esta entrada porque hace una semana o algo así que tengo una leve convicción que, como todas mis leves convicciones, estoy abonando de a poco para que cogolle (verbo que también aprendí hace una semana): la gente que tiene sueños, te los confía. Y eso no tiene nada que ver con un secreto, el cual también se confía. Todo lo contrario. El sueño es centrífugo y contagia, no es confidencial. Por esos mecanismos misteriosos del mundo que mi vieja estudia apasionadamente desde que leyó El Secreto, uno tiende a atraer eso en lo que más piensa.
Al menos en modo concreto, como me gusta percibirlo a mí, mientras más expreses lo que tenés en mente, más cerca vas a estar de lograrlo; el otro, el Interlocutor (que puede llegar a ser, en cierto momento, depositario de tu buena suerte) va a empezar a verte a través el cristal colorido de la ilusión que portás. El de Kevin era irse de viaje. Un diálogo de dos horas mientras veíamos pasar diques y montañas por la ventana del ómnibus me permitió ver a Kevin no como un fanático de los Redondos, ni como un pibe del pequeño pueblo serrano, ni como (lo que me contó él) un pintor de líneas de ruta en Río Primero... sino con un pibe con la ambición de viajar.
Un pibe además, bien informado, mucho más que yo, que me había enamorado del proyecto de Aniko Villalba hacía unos meses, pero que no tenía idea de que hubiera tan grandes posibilidades para cualquier persona de calzarse la mochila y empezar a viajar. Él lo sabía; ése era su sueño. Quizás soy muy dejado para ponerme a explorar lo que realmente necesito para cumplir mi sueño, que no sé cuál es. Lo suyo fue constancia más que puro enamoramiento, que es lo que (esto todos lo sabemos) rinde frutos.

Kevin Blanco está hoy en (me informa Facebook) Rocha, Uruguay, y se abrió una suerte de blog en la cual, aparte de informar en dónde se encuentra, da gracias al mundo constantemente por la posibilidad que le puso en su camino.
Yo tengo la (¿ingenua?) superstición de que una persona con buenos fines no se va a topar con gente de mierda si está un poco despierta y se aferra a esos fines; momentos malos tienen todos, pero no son terminales.
No sé si antes o después de su partida recibo un mensaje suyo, que me dijo (yo ni me acordaba) "acá está lo que te prometí"... adjuntando un Excel con números de hosteles baratos y gente que provee alojamiento o te permite hacer couchsurfing en cualquier lugar del mundo, discriminados por continente. "Gracias", le dije yo sorprendido y conmovido. El tipo recordó en septiembre su promesa, hecha en marzo, de mandarme el Excel tan pronto lo tuviera a mano. Ya decía Walter (otro mochilero) que una forma auténtica de generosidad es compartir eso que, cuando lo compartís, no se divide, sino se multiplica: el saber.

Kevin. Y su perrita, Dharma.

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