29.1.15

Exercicis d'estil (...ou d'motif)

"No dejes nunca de escribir", me dijo Alejandro unos días antes de (literalmente) empezar a saltar de avión en avión. Probablemente resignado a que nunca más iba a escribir para él, el único consejo que atinó a darme este periodista de veintisiete súbitamente devenido en piloto es: "no importa si no escribís más para la revista; simplemente, no dejes de escribir". Hablé con él muy pocas veces desde entonces, entre videos de Adult Swim y preguntas que ninguno de los dos contestó.
No sé si pensaba que tengo talento ni si alguien piensa en este mundo que yo tengo talento. No me lo dijo, nadie lo dice. Yo sí se lo dije: me pareció divertidísimo lo poco que leí de él, aparte de las editoriales de su revista. Me parece atinadísimo lo que escribía nuestro colega, el peronista que hacía las críticas de cine; y, por supuesto, que me parecen caídos del cielo los escritores que nos gustan a ambos desde Bolaño a Thompson. Pero él no me dijo que tengo talento.Su consejo fue el siguiente: "nunca dejes de escribir".
Es así como llegamos al día de hoy, día fresco y parcialmente nublado en el verano cordobés, tregua para los huevos fritos que se cocinan en el asfalto como si Dios hubiera adelantado mayo; sin certeza alguna más que éste consejo, escribo una entrada sobre y para seguir escribiendo. Escribo una entrada sobre Alejandro, que nunca me pidió una entrada sobre él pero me pidió que no deje de escribir; algo así como redundar a propósito.
Le contesto: no escribo para trascender, no escribo para el Nobel, no escribo para la editorial independiente con tapas de cartón y (me duele decirlo, che), no escribo aún para ninguna revista. Escribo porque, mal que mal, es una forma de ordenar mis ideas. Tengo mucho en común con mi abuelo, me doy cuenta a medida de que pasan los años. Desde la forma de chasquear la lengua cuando algo no me gusta, hasta la fugaz afición que tuve por las camisas polo; pero, sobre todo, en que cuando él quiere ordenar su mente sale a pescar. En el Suquía no hay chances de pescar nada más que un par de soretes de Mestre, y no tengo caña ni reel; pero es verano, es verano cordobés (que no da tregua), estoy en casa con tiempo libre y tengo una notebook a mano. A veces pienso que serviría para periodista; más a menudo no. El blog es, en fin, de las pocas cosas que mantengo. Estiro mi caña plegable y me siento sobre una piedra estirándome las bermudas. Mi abuelo mira al manso río fluir mientras se acomoda y se prende un Rodeo ("de los importados"). Yo escucho triki, triki, triki under the fingers.

Otra vez pienso en el cuento de Benedetti (siempre pienso en el cuento de Benedetti) en la parte que dice "por qué seré tan adolescente, dios mío"; como si no hubiera nada más importante para arrancar que mí mismo. De alguna forma, eso que llaman periodismo se me hace escribir sobre algo tan volátil, mucho más volátil que esto (no hay motivo para pensar eso, especialmente en la cyber-era); más frecuentemente se me hace meterme a las piñas en una palestra con una bandera atada al cuello, una bandera que tiene que ser de tal o cual contraria a tal o cual, y de ahí dar sesudamente una opinión sobre el statu quo que cambiará mañana cuando se desmienta o se destape algo. Si lo que busco es paz mental, como quien escribe un diario de sueños para ordenar lo que recuerda, el periodismo se me aparece como un loquero, en el que el traqueteo más rápido y más filoso gana; ¿gana qué? Vamos todavía: una buena retribución económica del gobierno, un tiro entre ceja y ceja o, en el mejor de los casos (y para lo que valga) la satisfacción de haber contribuido a la Verdad Universal.

Por qué seré tan adolescente, dios mío. Esto no lo escribo para ninguno de ustedes. Lo escribo, quizás, para Alejandro; pero no le importa, porque él ve pasar los morros brasileros por la ventana redonda. Cada uno tiene que descubrir la vida que quiere, y ésta no es mi vida, pero un cosquilleo en alguna parte entre pecho y espalda me indica que con cada palabra me acerco un poquito...

¿Sentirá usted lo mismo, doctor?

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