23.1.15

Cuando la pampa se vuelve salvaje

Quiero compartir con ustedes que estoy "flayado". Está bien usada la palabra, pero lo mejor sería que busque un sinónimo como "alucinado" o "anonadado" (con el culo en el agua, como dice un amigo); no sé si "empayado" existe, pero eso sería aproximadamente. Como sabrá cualquier buen argentino y/o persona que me siga en Twitter, está aconteciendo por estos días el Festival Nacional del Chamamé Edición de Plata (¡sí, como los pokemón!), es decir, en su aniversario veinticinco. Esta excelentísima festividad que tanto me chupó un huevo a lo largo de toda mi vida hoy me agarra lejos del pago y sin posibilidad alguna de volver; entonces la fascinación que siento de pronto por este estilo musical, en el fondo tan mío, no sé si responde a una fascinación intelectual, a una fascinación emocional (pero qué puta, si nadie sabe que cuando cantaba Pocho Roch hace dos días se me caía un lagrimón de la pestaña de abajo) o simplemente a una fascinación caprichosa, por no poder estar ahí.
La única vez que pisé el Anfiteatro fue para ver por primera vez a Divididos, después de un Nonpalidece que (literalmente) me dejó durmiendo en un banco. Hoy estoy viendo el Anfiteatro por la tele del hotel todas las noches. Para apurar la perorata, quiero hablar de esta banda que me flayó, me alucinó, me hundió el orto en un mar de alegría y me dejó una vaca muerta en la puerta de mi casa: responden estos dos gauchitos al nombre de los Fuelles Correntinos y, como saben a los que harté por el twitter, para mí son los Mars Volta del chamamé, qué le vas a hacer si entre las comparaciones elegí la más odiosa.

Cuando estaba aprendiendo a tocar la guitarra un profesor que tuve, Pedro (se postuló para intendente de Santa Ana de los Guácaras y consiguió en total 12 votos, el buen Pedro), me transcribió con notación jeroglífica la forma de tocar una melodía que tenía por nombre El Toro. Yo, naturalmente con 13 años y nada más en la cabeza que Jesus of Suburbia, no la conocía, pero la digité más o menos como decía la partiturita, y mi abuelo por supuesto la reconoció al toque. Me pedía que la toque una y otra vez, muy divertido. A mí me gustaba mucho la canción; por el título (fijate qué boludo) pensé que era una especie de flamenco de allá ité, nunca un chamamé y menos que menos el chamamé más extático que conozco después del pájaro campana.
El Toro fue el chamamé que eligieron estos pibes para cerrar el acto de hoy, en el que (nadie se salva del cholulaje) bailó nada menos que Amalia Granata mientras el bandeoneonista se paseaba abriendo y cerrando el fuelle por el público, como si fuera el Slash de la canción guaraní. Demás está decir que de todas las interpretaciones del Toro que escuché en mi vida, esta fue la más divertida. Porque, aparte de tener una chispa única, estos pibes tenían detrás un coro de mujeres de pestañas azules, un verdadero y macizo sector de percusión afrolatina y una gigantesca arpa paraguaya instalada en un banquito en el medio del escenario Osvaldo Sosa Cordero: casi una demencia de sonidos siendo armoniosamente combinados en algo que, misteriosamente, seguía siendo chamamé.

Está todo más que bien con Mario Boffill y su requecho, que vino va vino viene todos hemos cantado, riéndonos sino del viejito del acordeón que alangaú que tocaba, o (por supuesto, cómo no) cada vez que nos hemos desgranado la garganta al reconocer las primeras notas de Kilómetro 11. Pero qué le vamos a hacer, tengo preferencias personales bien amaneradas. El hecho de que una banda de chamamé (ndayé) se permita improvisar con los graves de un bandoneón respondido y replicado y hecho eco en cuatro o cinco tambores mbira de doce pulgadas ejecutados por bellezas sonrientes de pestañas color azul, me hace decir apa. Y me encanta todo lo que me hace decir apa. De repente estás viendo que un festival de una semana consagrado a un solo género deja de estar consagrado a un solo género; como todo, el género se abre como el algodón. La experimentación es un tema mucho más que delicado en un género tan arraigado a la tierra como es el chamamé; pero lo mismo decían de Ástor, y el gran embajador del chamamé que hemos tenido en Europa (a saber, Barboza) lo admiraba a Ástor como vos y yo, no nos hagamos los boludos.

Así que quiero compartir acá la versión del Toro de este dúo ecléctico y explosivo que va a sonar hoy mismo en la radio, programado por mí mismo, porque es fucking worth it. No sé si me gustaría que ellos lean esta reseña, que no sé tampoco si es una reseña, porque no sé un carajo de chamamé y sólo puedo escribir desde la impresión que me dejaron al haberlos visto en la tele mientras acomodaba platos y cucharitas para un desayuno burgués. Mientras sonaba el Toro bajó el jefe a darme instrucciones, y le chupó un huevo lo fascinado que estaba; y bueno, viejo, a la Mona no la entiendo, todas las canciones me parecen iguales.

Ficha técnica breve: Pedro y Emiliano son oriundos de Esquina, un pueblo al sur de la provincia. Detallan sus condecoraciones, no pocas, entre las que cabe destacar el premio Revelación del Festival Nacional del Chamamé edición 1995, es decir (la puta madre qué viejo estoy) hace veinte años. Agradecen el apoyo popular que se mantiene a pesar de (o gracias a, en mi caso) "lograr un estilo diferente en los temas que los caracterizan, con respaldo en el conocimiento del chamamé y el estudio de lo clásico y lo contemporáneo".

Adorna esta bella melodía un paisaje que justo recién posteó el diario El Litoral correspondiente a Esquina, Corrientes (según mis amigos, el pueblo más emo del país, je), foto a cargo de Sabrina Otero.

Ñañuvá guasú, como dicen los vagos.





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