30.1.15

John Cage y el arte de preguntar

Mi composición surge a partir de preguntar.

Me acuerdo de una historia, hace mucho, en una clase con Schoenberg. Él nos había puesto frente al pizarrón para resolver un problema particular sobre contrapunto (yo pensé que era una clase sobre armonía). Dijo: "Cuando tengan una solución, dénse vuelta y déjenme verla". Yo lo hice. Y dijo: "Ahora otra solución, por favor". Le di otra más y otra más hasta que finalmente, habiendo hecho siete u ocho, reflexioné un momento y le dije con cierta certeza: "No hay más soluciones". Él dijo: "OK. ¿Cuál es el principio subyacente a todas estas soluciones?". No podía responder su pregunta; pero siempre había valorado al tipo, y en ese punto lo valoré aún más. Ascendió, por así decirlo.

Pasé el resto de mi vida, hasta tiempos recientes, escuchándolo hacer esa pregunta una y otra vez. Y entonces se me ocurrió que, a partir de la dirección que mi trabajo había tomado, que es la renuncia a la elección y su substitución por formular preguntas, que el principio subyacente a todas las soluciones que le había dado era la pregunta que él había hecho, porque ellas, ciertamente, no provenían de ningún otro lado. Él habría aceptado la respuesta, creo. Las respuestas tenían en común la pregunta. Por ende, la pregunta subyace a todas las respuestas.

John Cage

29.1.15

Exercicis d'estil (...ou d'motif)

"No dejes nunca de escribir", me dijo Alejandro unos días antes de (literalmente) empezar a saltar de avión en avión. Probablemente resignado a que nunca más iba a escribir para él, el único consejo que atinó a darme este periodista de veintisiete súbitamente devenido en piloto es: "no importa si no escribís más para la revista; simplemente, no dejes de escribir". Hablé con él muy pocas veces desde entonces, entre videos de Adult Swim y preguntas que ninguno de los dos contestó.
No sé si pensaba que tengo talento ni si alguien piensa en este mundo que yo tengo talento. No me lo dijo, nadie lo dice. Yo sí se lo dije: me pareció divertidísimo lo poco que leí de él, aparte de las editoriales de su revista. Me parece atinadísimo lo que escribía nuestro colega, el peronista que hacía las críticas de cine; y, por supuesto, que me parecen caídos del cielo los escritores que nos gustan a ambos desde Bolaño a Thompson. Pero él no me dijo que tengo talento.Su consejo fue el siguiente: "nunca dejes de escribir".
Es así como llegamos al día de hoy, día fresco y parcialmente nublado en el verano cordobés, tregua para los huevos fritos que se cocinan en el asfalto como si Dios hubiera adelantado mayo; sin certeza alguna más que éste consejo, escribo una entrada sobre y para seguir escribiendo. Escribo una entrada sobre Alejandro, que nunca me pidió una entrada sobre él pero me pidió que no deje de escribir; algo así como redundar a propósito.
Le contesto: no escribo para trascender, no escribo para el Nobel, no escribo para la editorial independiente con tapas de cartón y (me duele decirlo, che), no escribo aún para ninguna revista. Escribo porque, mal que mal, es una forma de ordenar mis ideas. Tengo mucho en común con mi abuelo, me doy cuenta a medida de que pasan los años. Desde la forma de chasquear la lengua cuando algo no me gusta, hasta la fugaz afición que tuve por las camisas polo; pero, sobre todo, en que cuando él quiere ordenar su mente sale a pescar. En el Suquía no hay chances de pescar nada más que un par de soretes de Mestre, y no tengo caña ni reel; pero es verano, es verano cordobés (que no da tregua), estoy en casa con tiempo libre y tengo una notebook a mano. A veces pienso que serviría para periodista; más a menudo no. El blog es, en fin, de las pocas cosas que mantengo. Estiro mi caña plegable y me siento sobre una piedra estirándome las bermudas. Mi abuelo mira al manso río fluir mientras se acomoda y se prende un Rodeo ("de los importados"). Yo escucho triki, triki, triki under the fingers.

Otra vez pienso en el cuento de Benedetti (siempre pienso en el cuento de Benedetti) en la parte que dice "por qué seré tan adolescente, dios mío"; como si no hubiera nada más importante para arrancar que mí mismo. De alguna forma, eso que llaman periodismo se me hace escribir sobre algo tan volátil, mucho más volátil que esto (no hay motivo para pensar eso, especialmente en la cyber-era); más frecuentemente se me hace meterme a las piñas en una palestra con una bandera atada al cuello, una bandera que tiene que ser de tal o cual contraria a tal o cual, y de ahí dar sesudamente una opinión sobre el statu quo que cambiará mañana cuando se desmienta o se destape algo. Si lo que busco es paz mental, como quien escribe un diario de sueños para ordenar lo que recuerda, el periodismo se me aparece como un loquero, en el que el traqueteo más rápido y más filoso gana; ¿gana qué? Vamos todavía: una buena retribución económica del gobierno, un tiro entre ceja y ceja o, en el mejor de los casos (y para lo que valga) la satisfacción de haber contribuido a la Verdad Universal.

Por qué seré tan adolescente, dios mío. Esto no lo escribo para ninguno de ustedes. Lo escribo, quizás, para Alejandro; pero no le importa, porque él ve pasar los morros brasileros por la ventana redonda. Cada uno tiene que descubrir la vida que quiere, y ésta no es mi vida, pero un cosquilleo en alguna parte entre pecho y espalda me indica que con cada palabra me acerco un poquito...

¿Sentirá usted lo mismo, doctor?
When we consider that each of us has only one life to live, isn’t it rather tragic to find men and women, with brains capable of comprehending the stars and the planets, talking about the weather; men and women, with hands capable of creating works of art, using those hands only for routine tasks; men and women, capable of independent thought, using their minds as a bowling-alley for popular ideas; men and women, capable of greatness, wallowing in mediocrity; men and women, capable of self-expression, slowly dying a mental death while they babble the confused monotone of the mob?

Neil Gaiman

28.1.15

Viendo el partido

No se los sueños de los demás,
Todavía existe gente que sueña con el casamiento
Eso lo se.

El amor dice Blajaquis es estar
Más cerca del Borda que de la iglesia.

Amo lo pequeño, lo simple, lo cotidiano
Mi sueño es uno 
No se como.

Pero que un día te pongas
La remera de Newell’s [gritar un gol del Maxi Rodríguez]
Tomar una Heineken, la ocasión lo amerita,
Y ver el partido con el calor de tú cuerpo.

Llevarte en la bici de a dos;
a la plaza cebarte mate.
Leerte un cuento de un tal Julio,
Lo demás es gligloris 
Para mis dos pies cansados.

(Este poema es de Atahualpa. Un día fui a ver una obra de Jorge Villegas, una explosiva diatriba teatral cuya escenografía contaba nada más que con una alfombra blanca de pasarela y una imagen de la Gioconda lista para la revolución. Terminada la obra, Atahualpa en persona leyó uno de sus poemas que me revolvió las tripas; no era éste. Pero le pedí por favor si me podía facilitar algún lugar donde pudiera leer más de sus obras. No me dio ni blog, ni wordpress, ni tumblr, ni nada: me dio su Facebook y cada tanto me pone un me gusta a mí, que no hago poesía ni mucho menos).

25.1.15

Adán, I

—Lo que no puedo entender es cómo nuestro gran Macedonio, viviendo en Buenos Aires, ha podido llegar a esta sorprendente conclusión metafísica: "El mundo es un almismo ayoico". ¡Dios le perdone los neologismos! Yo, en las mismas circunstancias, hubiera llegado a otra muy diferente.
—¿A cuál? —preguntó el visitante.
—A la que sigue, redonda, musical y significativa: "El mundo es un yoísmo al pedo".

Adán Buenosayres, L. Marechal

23.1.15

Cuando la pampa se vuelve salvaje

Quiero compartir con ustedes que estoy "flayado". Está bien usada la palabra, pero lo mejor sería que busque un sinónimo como "alucinado" o "anonadado" (con el culo en el agua, como dice un amigo); no sé si "empayado" existe, pero eso sería aproximadamente. Como sabrá cualquier buen argentino y/o persona que me siga en Twitter, está aconteciendo por estos días el Festival Nacional del Chamamé Edición de Plata (¡sí, como los pokemón!), es decir, en su aniversario veinticinco. Esta excelentísima festividad que tanto me chupó un huevo a lo largo de toda mi vida hoy me agarra lejos del pago y sin posibilidad alguna de volver; entonces la fascinación que siento de pronto por este estilo musical, en el fondo tan mío, no sé si responde a una fascinación intelectual, a una fascinación emocional (pero qué puta, si nadie sabe que cuando cantaba Pocho Roch hace dos días se me caía un lagrimón de la pestaña de abajo) o simplemente a una fascinación caprichosa, por no poder estar ahí.
La única vez que pisé el Anfiteatro fue para ver por primera vez a Divididos, después de un Nonpalidece que (literalmente) me dejó durmiendo en un banco. Hoy estoy viendo el Anfiteatro por la tele del hotel todas las noches. Para apurar la perorata, quiero hablar de esta banda que me flayó, me alucinó, me hundió el orto en un mar de alegría y me dejó una vaca muerta en la puerta de mi casa: responden estos dos gauchitos al nombre de los Fuelles Correntinos y, como saben a los que harté por el twitter, para mí son los Mars Volta del chamamé, qué le vas a hacer si entre las comparaciones elegí la más odiosa.

Cuando estaba aprendiendo a tocar la guitarra un profesor que tuve, Pedro (se postuló para intendente de Santa Ana de los Guácaras y consiguió en total 12 votos, el buen Pedro), me transcribió con notación jeroglífica la forma de tocar una melodía que tenía por nombre El Toro. Yo, naturalmente con 13 años y nada más en la cabeza que Jesus of Suburbia, no la conocía, pero la digité más o menos como decía la partiturita, y mi abuelo por supuesto la reconoció al toque. Me pedía que la toque una y otra vez, muy divertido. A mí me gustaba mucho la canción; por el título (fijate qué boludo) pensé que era una especie de flamenco de allá ité, nunca un chamamé y menos que menos el chamamé más extático que conozco después del pájaro campana.
El Toro fue el chamamé que eligieron estos pibes para cerrar el acto de hoy, en el que (nadie se salva del cholulaje) bailó nada menos que Amalia Granata mientras el bandeoneonista se paseaba abriendo y cerrando el fuelle por el público, como si fuera el Slash de la canción guaraní. Demás está decir que de todas las interpretaciones del Toro que escuché en mi vida, esta fue la más divertida. Porque, aparte de tener una chispa única, estos pibes tenían detrás un coro de mujeres de pestañas azules, un verdadero y macizo sector de percusión afrolatina y una gigantesca arpa paraguaya instalada en un banquito en el medio del escenario Osvaldo Sosa Cordero: casi una demencia de sonidos siendo armoniosamente combinados en algo que, misteriosamente, seguía siendo chamamé.

Está todo más que bien con Mario Boffill y su requecho, que vino va vino viene todos hemos cantado, riéndonos sino del viejito del acordeón que alangaú que tocaba, o (por supuesto, cómo no) cada vez que nos hemos desgranado la garganta al reconocer las primeras notas de Kilómetro 11. Pero qué le vamos a hacer, tengo preferencias personales bien amaneradas. El hecho de que una banda de chamamé (ndayé) se permita improvisar con los graves de un bandoneón respondido y replicado y hecho eco en cuatro o cinco tambores mbira de doce pulgadas ejecutados por bellezas sonrientes de pestañas color azul, me hace decir apa. Y me encanta todo lo que me hace decir apa. De repente estás viendo que un festival de una semana consagrado a un solo género deja de estar consagrado a un solo género; como todo, el género se abre como el algodón. La experimentación es un tema mucho más que delicado en un género tan arraigado a la tierra como es el chamamé; pero lo mismo decían de Ástor, y el gran embajador del chamamé que hemos tenido en Europa (a saber, Barboza) lo admiraba a Ástor como vos y yo, no nos hagamos los boludos.

Así que quiero compartir acá la versión del Toro de este dúo ecléctico y explosivo que va a sonar hoy mismo en la radio, programado por mí mismo, porque es fucking worth it. No sé si me gustaría que ellos lean esta reseña, que no sé tampoco si es una reseña, porque no sé un carajo de chamamé y sólo puedo escribir desde la impresión que me dejaron al haberlos visto en la tele mientras acomodaba platos y cucharitas para un desayuno burgués. Mientras sonaba el Toro bajó el jefe a darme instrucciones, y le chupó un huevo lo fascinado que estaba; y bueno, viejo, a la Mona no la entiendo, todas las canciones me parecen iguales.

Ficha técnica breve: Pedro y Emiliano son oriundos de Esquina, un pueblo al sur de la provincia. Detallan sus condecoraciones, no pocas, entre las que cabe destacar el premio Revelación del Festival Nacional del Chamamé edición 1995, es decir (la puta madre qué viejo estoy) hace veinte años. Agradecen el apoyo popular que se mantiene a pesar de (o gracias a, en mi caso) "lograr un estilo diferente en los temas que los caracterizan, con respaldo en el conocimiento del chamamé y el estudio de lo clásico y lo contemporáneo".

Adorna esta bella melodía un paisaje que justo recién posteó el diario El Litoral correspondiente a Esquina, Corrientes (según mis amigos, el pueblo más emo del país, je), foto a cargo de Sabrina Otero.

Ñañuvá guasú, como dicen los vagos.





16.1.15

Emily E. Dickinson (1830 - 1886)

The Brain—is wider than the Sky—
For—put them side by side—
The one the other will contain
With ease—and You—beside—


The Brain is deeper than the sea—
For—hold them—Blue to Blue—
The one the other will absorb—
As Sponges—Buckets—do—


The Brain is just the weight of God—
For—Heft them—Pound for Pound—
And they will differ—if they do—
As Syllable from Sound—


14.1.15

¿Quién es el pobre tonto?

Sí, escribir es sufrir dicen algunos. No, pará, ¿quién dice eso? No creo que a nadie le duelan realmente los dedos en el acto mismo de traquetear el teclado. Ni tampoco, mucho menos, que le duela el alma. No: creo que esos Grandes Escritores en realidad decían "para escribir hay que sufrir". Pero después lo tenés a Haruki Murakami que para escribir sus novelones de un billón de páginas sale a correr todos los días a las cuatro de la mañana. Qué japonés sacrificado. Nadie tiene un método, vale decir. Podemos intentar, en nuestra adolescencia como escritores, reventarnos el hígado en un bar de mala muerte pensando que nos vamos a encontrar ahí con la puta con cicatrices de varicela que va a convertirse automáticamente en nuestra musa; podemos encerrarnos a leer a Bruno Giordano o a Vico por años y años, convertirnos en expertos de cualquier lengua desde Greenwich para allá, para a los cuarenta y pico sacar una novela que no entienda nadie. Lo que es lo mismo que decir que no hay método.
 Creo que en esto consiste la verdadera felicidad del escritor, o la desgracia de los principiantes, o lo que nadie entiende de ser "escritor". Si no hay método (no soy escritor, pero me planteo todo esto como si algún día quisiera serlo), si no hay "camino", significa que la hoja en blanco y el traqueteo del teclado es un campo vacío hecho de tipeos nada más que posibles. Que la extensión de lo caminado, su velocidad y su gracia quedan a definición de uno; que hay que avanzar con paso firme sin que tiemblen las rodillas como un pollo en su primera clase de tai chi.
   Al final vengo sospechando que el verdadero primer desafío del artista es ése: el paso firme. Estar convencido de lo que va a decir. El mundo está ahí para desacreditarnos, especialmente cuando uno tiene la cabeza de lleno metida en Maya como ese Alex Delarge al que torturaban sus ex-amigos. L'enfer: les autres. El verdadero bliss del escritor es poder escribir en un blog como éste, del que puede estar seguro de que nadie va a estar leyéndolo ni interpretándolo. El verdadero bliss del escritor debe ser, en realidad, poder permitirse la verdadera libertad que no se permite en la vida; como dicen los taoístas, esa vida artificial tan alejada de los ritmos esenciales de la naturaleza, tónica de lo que tendría que ser la vida del hombre y sin embargo no es, porque tanto nos hemos querido adaptar a eso enfermizo que tiene nuestra pequeñez, que hemos creado un mundo a medida (en dimensión y en espíritu) a ella.

            ¿El escritor posee esa pequeñez?
                                El escritor ¿ no busca escapar, en todo caso, de esa pequeñez?
                                                     El tipo creativo, en suma, ¿no quiere hacer otra cosa que desestabilizar y criticar esa pequeñez, burlarse de ella como Joyce, denunciarla como Bukowski, hacer un relato bien fundado (desde lo que tendría que ser la disciplina con más fundamento de todas: el periodismo) de su enfermiza naturaleza, como Thompson?
Eso con los escritores metidos en la vida social. ¿Se termina la nómina si nos alejamos de la sociedad? ¿Es Thoreau un escritor, que lo único que quiso hacer era una especie de diario de cómo él sobrevivió en la naturaleza? ¿Son los taoístas escritores, tipos creativos? ¿Lo fue Siddharta cuando se alejó de la ciudad y dejó de ser un vulgar comerciante de aires acondicionados?

                                                                                  Qué importa. Qué me importa. Cada uno ha dicho lo que tenía que decir y murió. Evidentemente no les importaba mi juicio. Yo estoy muy lejos para emitir un juicio. No les interesa. Pero el hecho de que hayan llegado hasta acá, para que yo pueda emitir mi juicio en última instancia, es algo por lo menos envidiable. ¿Envidiable por qué?

                                                                                                            Porque en la vida acalorada y loca que llevamos como una piedra de treinta kilos en una mochila de Tommy Hilfinger atada a la espalda con hilo sisal, la opinión del de al lado (mi vieja diciéndome que me ponga a laburar, el encargado diciendo que no saque las piedras meadas de gato al palier del pasillo, o el taxista queriéndome cobrar demás con el taxímetro apagado o el policía diciéndome con la franqueza y la amabilidad que les caracteriza que está prohibido tomarse un porrón en la plaza a la tarde), es la primer patada al espinazo. Bukowski, por ejemplo, era consciente de eso, me parece. Ignatius Reilly lo era aún más. Para ser un tipo creativo parece como si uno tuviera que trascender estas pequeñas preocupaciones, y dejar que todo opere según sus reglas, que jamás van a ser las de las demás; los "necios", gente de afuera y abajo, pululantes más allá de las paredes de la torre de marfil, no tiene nada para aportar en cuanto no sean partes testimoniales de un todo invisible que el escritor debe imaginar y recomponer. "Lo real", el punto de partida de todo pero nunca el punto de llegada, como creerían ellos. En tanto que para el necio, el artista es nada más que un loco inútil. No puede evitar babear su juicio, como si sintiera un extraño placer en no comprender su afición. Porque es una afición mientras el tipo no sea un maestro. Es el mal del principiante: nadie cree en él. Y eso hace que, en última instancia, ni él mismo pueda creer en él. El primer desafío.

No sé cómo seguir esta entrada. No sé si aporte algo a la milenaria fuente del Conocimiento del Mundo, no sé si existe tal fuente en este mundo más lleno de malentendidos que de cucarachas. Lo único que sé es que mientras más esfuerzos hago por querer adaptarme al ritmo y al modus operandi de los demás, más siento que en mi cabeza algo se raja y quiere salir y reordenar según su propio critero, todo eso que a primera vista parece tan ordenado: una ensoñación vaporosa como acariciar un durazno al ritmo de la palabra Vladivostok; la mala idea de pisar descalzo una ruta de ripio al amanecer de un día de verano, algo que me haga estornudar, algo que me haga estremecerme, una historia que contar en la que todos mueran al final y que no me obligue a visitar ninguna tumba. El mundo mismo abriéndose ante mis ojos y cerrándose cuando tengo que escuchar que el otro me reclama por una tostada mal cortada; adivinen quién es el pobre tonto. Yo creo: aquél que no sabe dónde quiere estar y nunca está en ningún lado.

6.1.15

La casa de pueblo

All I really want to do

Hoy vamos a hacer lo que hacíamos en metroflog: publicar una canción.
También vamos a prender una fogata en la playa con palmeras secas y cortadas a patadas, descorchar un michel torino, dejarlo que se asiente en un jarro de metal con tres hielos cilíndricos, y que el río haga shh shh aromatizando la velada con su olor dulzón a sabalo hasta que todos nosotros, tirados en la arena fina, nos desconozcamos todos y nos durmamos de costado.
El más fachero y la más fachera van a recrear la escena de 50 first dates mientras los otros los miran apurando la arcada.
Y no va a faltar el que mee el fuego.

Este enero es interminable.


All I Really Want to Do by Bob Dylan on Grooveshark

I ain't lookin' to compete with you
Beat or cheat or mistreat you
Simplify you, classify you
Deny, defy or crucify you
All I really want to do
Is, baby, be friends with you.

No, and I ain't lookin' to fight with you
Frighten you or tighten you
Drag you down or drain you down
Chain you down or bring you down
All I really want to do
Is, baby, be friends with you.

I ain't lookin' to block you up
Shock or knock or lock you up
Analyze you, categorize you
Finalize you or advertise you
All I really want to do
Is, baby, be friends with you.

I don't want to straight-face you
Race or chase you, track or trace you
Or disgrace you or displace you
Or define you or confine you
All I really want to do
Is, baby, be friends with you.

I don't want to meet your kin
Make you spin or do you in
Or select you or dissect you
Or inspect you or reject you
All I really want to do
Is, baby, be friends with you.

I don't want to fake you out
Take or shake or forsake you out
I ain't lookin' for you to feel like me
See like me or be like me
All I really want to do
Is, baby, be friends with you.

5.1.15

San Baltasar



Ya va a hacer un año de esa larga noche de tres noches en la que se honraba a San Baltasar, santo patrono de los negros, en el parque Camba Cuá, que en guaraní significa "cueva de negros". No sé por qué gran misterio de la inercia fui las tres noches al parque a escuchar candombe. Las tres, especialmente la tercera, terminé bastante ebrio; me acuerdo que lo que más disfruté fue la escuela de samba. siempre imponente, y a Yusa cantando una canción sobre el rulemán, el rulemán, el rulemán.
Hoy me topo con esta foto de un diario de Corrientes y no puede más que despertarme recuerdos. Los recuerdos nunca vienen solos (¿esto lo leí en algún lado o lo dije yo alguna vez?); pero si me pongo a reconstruir día a día todo el verano del año pasado, cosa de la que me creo perfectamente capaz, no termino nunca ni de relatar ni de conmoverme.

En estos días se lo está recordando al negrito rey mago, en forma "paralitúrgica" como dicen los versados, llevado al chamamé por Osvaldo Sosa Cordero. Según me estoy enterando la fiesta también es en el parque. Nada resta mis ganas de estar allá bailando candombe. Es tan bonito el parque a la noche, hasta que ésta se retira como una chica perfumada por una galería a cielo abierto. Una leve brisa con olor a río que choca con el sol que viene del este. Felicidades, che cambá.


3.1.15

Kevin / "El amigo anónimo es la solidaridad"

Era todo un tema esto de las acreditaciones para el periodismo, porque nunca sabías con quién podías terminar hablando. Cierta vez me tocó ir a cubrir una banda y resultó que me gustaron más sus teloneros; entonces se dio con que hablé con el cantante de la banda más o menos media hora y me detalló de pe a pa todas sus influencias, preferencias musicales, proyectos a mediano plazo y sensaciones post-show. Finalmente recordé que no era sobre ellos que tenía que hacer la nota, porque venían de otro lado y yo tenía que "apoyar al rock de Córdoba" en mi flamante posición como comentarista de tal perversidad que llaman rock de Córdoba.
Para cuando llegó el Cosquín Rock yo tenía un par de meses de cancha, lo cual no es mucho pero es un comienzo; ya sabía evitar el diálogo con las arquetípicas figuras detestables a la hora de cubrir un show, como el patovica guardabosques o el que te tiene que dar la pulserita, el cartoncito, el papelito; no me sentía un Marlowe pero tampoco estaba volando en la nube de pedo, y además ya sentía dentro mío correr un poco de la adrenalina de la caradurez. A esta última consideraba el recurso más valioso en una fiesta hedonista como es el Cosquín Rock: así conseguí hablar con Cristian Aldana (que no estaba allí como músico), Corvata Corvalán e Iván Noble, ninguno de los cuales mencioné en la nota que hice; primando, en mi recorte final, la decisión de transcribir las notas con Numeral, los Peces Banana y los Chicken Faces, bandas que podés ver casi todos los fines de semana en la capital del fernet. Para cuando me topé con Hugo Lobo, ya era el último día y la última hora, y estaba totalmente fumado, y sólo me interesó sacarme una foto con él que mantengo como uno de mis mejores recuerdos.

Pero bueno. En fin. Nunca sabés con quién terminás hablando.
Venía venir la aventura cuando, el primer día, nos subimos a un Lumasa de 13 pesos que nos llevaba a Santa María de Punilla. Había pasado una semana informándome de qué era el ritual Cosquín Rock, y había recibido descripciones de las más delirantes; tal o cual podía conseguirme una nota con tal o cual porque conocía a tal o cual que había sido el primo y no lo era más de tal o cual. Me cegaban los colores antes de pisar el Aeródromo, que yo pensaba que era donde se iba a realizar todo (esto era de lleno falso, y me enteré cuando llegué). Estaba subido al toro mecánico de la emoción por una experiencia nueva, que es tan valiosa, también, porque es compartida. Así me encontró el Lumasa esa tarde de marzo. Entré con Carla pero sólo había asientos sueltos, así que ella se sentó un poco más atrás. A mi lado había un chico con anteojos.
En un momento de felicidad no sólo tenés ganas de hablar con el otro; lo sentís como una necesidad, como una especie de prueba para corroborar si el de al lado está sintiendo lo mismo; del mismo modo que las viejas agrias del consorcio pasan por al lado sin mirarte. Supongo, bah, que el tipo feliz tiende a la unión antes que a la división, y que el deprimido o el resentido quiere estar, por inercia, solo. Hablar con Kevin en ese momento era algo totalmente natural, porque estaba ahí al lado. No sé si se entiende.

Inmediatamente pude informarme de todas sus aficiones y sus pasatiempos; que el vivía en Salsipuedes, que había ido a ver al Indio a Paraná (justo antes de que la misa se volviera bastante infame), su gusto por los antros rockeros de las Sierras Chicas. Una mayor afinidad llegó cuando mencionó el nombre de Aniko Villalba (res ipsa loquitur), y me confió su sueño.

Escribo esta entrada porque hace una semana o algo así que tengo una leve convicción que, como todas mis leves convicciones, estoy abonando de a poco para que cogolle (verbo que también aprendí hace una semana): la gente que tiene sueños, te los confía. Y eso no tiene nada que ver con un secreto, el cual también se confía. Todo lo contrario. El sueño es centrífugo y contagia, no es confidencial. Por esos mecanismos misteriosos del mundo que mi vieja estudia apasionadamente desde que leyó El Secreto, uno tiende a atraer eso en lo que más piensa.
Al menos en modo concreto, como me gusta percibirlo a mí, mientras más expreses lo que tenés en mente, más cerca vas a estar de lograrlo; el otro, el Interlocutor (que puede llegar a ser, en cierto momento, depositario de tu buena suerte) va a empezar a verte a través el cristal colorido de la ilusión que portás. El de Kevin era irse de viaje. Un diálogo de dos horas mientras veíamos pasar diques y montañas por la ventana del ómnibus me permitió ver a Kevin no como un fanático de los Redondos, ni como un pibe del pequeño pueblo serrano, ni como (lo que me contó él) un pintor de líneas de ruta en Río Primero... sino con un pibe con la ambición de viajar.
Un pibe además, bien informado, mucho más que yo, que me había enamorado del proyecto de Aniko Villalba hacía unos meses, pero que no tenía idea de que hubiera tan grandes posibilidades para cualquier persona de calzarse la mochila y empezar a viajar. Él lo sabía; ése era su sueño. Quizás soy muy dejado para ponerme a explorar lo que realmente necesito para cumplir mi sueño, que no sé cuál es. Lo suyo fue constancia más que puro enamoramiento, que es lo que (esto todos lo sabemos) rinde frutos.

Kevin Blanco está hoy en (me informa Facebook) Rocha, Uruguay, y se abrió una suerte de blog en la cual, aparte de informar en dónde se encuentra, da gracias al mundo constantemente por la posibilidad que le puso en su camino.
Yo tengo la (¿ingenua?) superstición de que una persona con buenos fines no se va a topar con gente de mierda si está un poco despierta y se aferra a esos fines; momentos malos tienen todos, pero no son terminales.
No sé si antes o después de su partida recibo un mensaje suyo, que me dijo (yo ni me acordaba) "acá está lo que te prometí"... adjuntando un Excel con números de hosteles baratos y gente que provee alojamiento o te permite hacer couchsurfing en cualquier lugar del mundo, discriminados por continente. "Gracias", le dije yo sorprendido y conmovido. El tipo recordó en septiembre su promesa, hecha en marzo, de mandarme el Excel tan pronto lo tuviera a mano. Ya decía Walter (otro mochilero) que una forma auténtica de generosidad es compartir eso que, cuando lo compartís, no se divide, sino se multiplica: el saber.

Kevin. Y su perrita, Dharma.

1.1.15

One flower
    on the cliffside
Nodding at the canyon

La ensalada de lentejas

Un bar en el que nunca había estado: paredes de tres metros de altura y una rueda de madera de carro colgada de la pared del patio, justo al lado del graffitti de Rage Against the Machine.
Empezó a llover cuando nos fuimos, pero cuando estuvimos adentro ultimando la cerveza bajo las luces de navidad colgadas del cielorraso de la vieja boletería, el viento golpeaba las puertas tanto que uno de los patovas se tomó el trabajo de mantenerlas abiertas con dos sillas de madera a las cinco y media de la mañana.
Miré alrededor. Eran quince personas en el bar. La noche había sido linda, pero se estaba poniendo horrible. Ya no lo podía creer cuando la lluvia caía torrencialmente y en horizontal, parados esperando a ver qué pasaba bajo el techo de un kiosco de revistas desierto en General Paz y la Tablada. Cuando al fin llegamos al vestíbulo de mi edificio me encontré cien pesos en el piso. Al toque recordé que la ensalada de lentejas, choclo y tomates era una costumbre que se respetaba en la casa de mis suegros de acuerdo a la cual una o dos cucharadas traen un año lleno de prosperidad. Dana parami: yo sabía que los cien pesos eran de Jorge, que estaba allí sentado en su escritorio; "Ley del Talión", me dijo, o no sé que ley, y fuimos cincuenta y cincuenta. El bolsillo roto.

Me desperté muy tranquilo. Tan tranquilo que pensaba venir caminando al trabajo, pero a último momento dije "voy a tomar un taxi o un bondi, si es que existen hoy primero de enero", y me senté a tomar un café tranquilamente; cuando salía, Jorge ("¿otra vez vos?", le dije, "ni me hablés", me respondió) se me quedó hablando como siempre. Generalmente le paro el carro, porque es como una rueda en bajada que no para más hasta que se queda sin pilas; pero hoy es primero de enero, y la primera promesa que me hice en este año que empieza es vivir tranquilo. ¿Se puede vivir tranquilo con un trabajo? No sé, eso está por verse. Espero, de cualquier forma (el tiempo pasa volando, ya hace una hora y cuarenta y cinco que estoy acá y no hice nada más que escribir esto, tomar un vaso de leche y hacer un check-in), que realmente sea posible. Dios, cómo lo anhelo.

Porque me di cuenta que lo que te hace infeliz no es, necesariamente, la presión; sino cómo percibís a la presión. Como le decía ayer a ella; que es como si estuvieras bailando tu canción favorita en tu lugar favorito, pero hubiera un gil el doble de alto que vos empujándote de atrás y no dejándote mover tranquilo. Ese forro se llama Responsabilidades Johnson, o Cuentas Atrasadas Williams, o Washington Out Of Time Man.

Pero es más fácil ser un cegatón que ser feliz, y para ser feliz (esto ya lo sabía, y me olvidé; siempre me olvido) hay que proceder a que las cosas te importen menos que un carajo. Over-examined-life o también being an over-worrier generates nothing but lung cancer; de paso, también, me prometí fumar menos. Y hacer deporte, que supuestamente, también gives a boost to your sexual desire. No hay, en fin, ningún bicho más triste que un neurótico perdido.

El 2014 fue un año complicado por sus múltiples aristas. Quise construir un castillo de arena que se iba derrumbando cada vez que lograba alzar una nueva torre. Al final quedó una escultura deforme que no reflejó mi esfuerzo inicial; y que, merced a una inercia no evaluada, quise mantener en pie porque sí. De paso, lo defendía con uñas y dientes al castillo deforme sin saber bien por qué ni para qué. Mientras tanto va el tren de la vida de estación en estación llevándose consigo a los que van más lejos, o a los que son felices, o por lo menos a los que son fieles a sí mismos.

El 2015 va a ser otra cosa muy distinta. El 2015 va a arrancar como el esfuerzo de deconstrucción de un castillo de arena inútil; espero, sin muchos traspiés, ser una tabula rasa tarde o temprano porque me di cuenta que con esfuerzo se logran las cosas y con esfuerzo se desanda lo andado para volver a mirar la brújula. Re-enfoque. Engaú es una fecha más, pero es El Día del Examen de Conciencia. El primer paso a cumplir (y ayer me dijo ella que la única forma es ir paso a paso) es no volverse loco. Después, vamos viendo.