24.12.15

Empachado en aceite perdido

Vine porque hacía falta que venga, nomás. No había que descuidar las finanzas, que andan bien. Aparte, el año pasado no vine. Y es cierto que me pegué un embole para contar tres Navidades más: lo que tomé me pegó mal, tenía que laburar al día siguiente, dormí todo el verano en una pieza sin ventilador. Estaba bien acompañado - eso, este año, sería nada más que un buen recuerdo, también, de esos que reflotan bajo los regalos de un arbolito chino decorado con lo que se tiene a mano.
Pero así y todo, no tenía muchas ganas de venir. No sabía bien por qué. En este último tiempo me sentí extrañamente cómodo en Córdoba. Esas cosas de los cordobeses que me molestaban tanto, que me sensibilizaban, tanto, al fin aprendí a manejarlas. Era sencillo: no dar bola. Hay algunos que se quieren pasar de piolas siendo unos forros. Son difíciles de diferenciar, pero al fin, cuando uno puede dirimir (generalmente no sin ayuda), uno se siente más tranquilo; no los aparta, no hace falta, pero toma todo con pinzas.
Y me pasó exactamente lo inverso este año: ayer llegué acá y después de tres ciudades Corrientes me pareció gris y triste y tapada por la basura. Ayer se largó una tormenta, en la primer noche que pasé acá, y se inundó todo lo que alguna vez conocí como Costanera. Hoy recorrí el centro brevemente y me senté a hablar en el Mariscal con dos viejos (Alcides y Ricardo), tomando un café en jarro, como tomo allá siempre, y no hablé con mi tonada natal. Hablé con la tonada neutra, fría, del que quiere mantener una distancia para extraer del interlocutor no sólo su cortesía sino también su atención y su respeto. Este es un truco que aprendí en Córdoba, más o menos en el 2014, y me sigue sirviendo hasta ahora para tratar con cualquier desconocido. Y Córdoba es una ciudad llena de desconocidos. Acá en Corrientes escasean. Si uno se ocupa en mantenerse cómodo en esa posición, un lugar familiero logra desacomodarle un poco los caramelos.

No creo que me quede mucho más tiempo acá. Ya estoy pensando en irme a otro lado. Hoy hablaba con Theo y me dijo que él también se va el 15 de enero.
Le contesté: "epa, pegó el desapego". Me dice: "Sí. El tiempo que me quede depende de la negociación para que mis viejos no rompan las bolas".
Otros tenemos ganas de seguir haciendo lo mismo con otro paisaje. Descubrimos que lo que nos llena son esos 350 días que pasamos en otro lado, no los 15 que pasamos en Corrientes haciendo nada. Guillermina, por ejemplo, está ahora mismo (que es Nochebuena) en Bolívar 547 recolectando donaciones para los damnificados por las inundaciones.
Yo, ni bien vuelvan a abrir los comercios, voy a dejar mi currículum en un bar donde buscan mozos. La sola idea de malgastar mi guita en nada estas dos semanas, guita que me costó mucho trabajo conseguir y que me podría servir para alzarme a la bosta en enero, me da escalofríos. La sola idea de quedarme al pedo sin nada que desafíe mi intelecto o mi sentido práctico es terrible.
Pienso en Ray que está trabajando en dos hoteles del Calafate y, como si eso fuera poco, se puso su propio taller de compus y, en sus tiempos libres, escabia y predica por la linuxización del mundo.
A veces pienso que soy demasiado adolescente, cuando espero que las soluciones lleguen de arriba - algo así como el burócrata que tiene exactamente eso, vocación de burócrata y nada más. Hoy me parece estúpido depender de mi vieja para unas vacaciones. Ni moralmente bien ni moralmente mal: estúpido. Si los planes son míos, ¿qué tiene que ver mi vieja?
Capaz tenga que ver con mi postura política: por supuesto que no quiero pedirle plata al FMI a cambio de sus condiciones de ajuste. Si dejé que mis posturas políticas hagan mella en mi personalidad, puede también ser un signo de madurez; al menos lo sé porque mi yo adolescente jamás me lo perdonaría. Si hay alguien a quien conozco, es a ese pendejo.

Ni siquiera extraño lo paisajístico, porque está todo hundido bajo agua, camalotes y paquetes de Philip Morris. No es la mejor época para estar. Lo menos complicado sería quedarse en casa bajo el amparo de un ventilador de tres aspas esperando que no se inunde, y que no se corte Internet. Porque sería nada más que aislamiento por partida doble: a la luz de todo lo que está pasando en todo el país salvo en Corrientes (siempre más cerca de ser un bote inerte que un faro guía), el solo hecho de estar acá tirando y aguantando supone un aislamiento en sí mismo.

23.12.15

Papá

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Nunca vi a nadie afeitarse. Es decir, sí: en las películas. A Jim Carrey haciendo caras frente al espejo, o esas asépticas imitaciones del ritual de afeitarse que ofrecen las publicidades de Gilette. En la vida real, nunca vi a nadie afeitarse hasta los trece años. Cuando el bigotito incipiente se iba haciendo cada vez más intolerable, yo tomé medidas por mi cuenta: con una maquinita de cincuenta centavos me peiné el labio superior dos o tres veces en dirección descendente y mi piel quedó suave que parecía una lija hecha con el cuero de un camello. Nunca supe bien cómo se hacía; y a las cosas de la hombría (esas cosas que uno no nace sabiendo porque tiene huevos) es mejor no andar consultándolas con tu abuela.

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Acabo de llegar a Reconquista, Santa Fe; son las 4 y media de la mañana del 23 de diciembre del año 2015. Afuera diluvia hace dos horas sin parar, y mi bondi venía atrasado.
Mi viejo esperó en la dársena, resfriado como estaba, y me ayudó a poner laguitarra en el baúl a resguardo del aguacero.
Él me enseñó todo lo que sé sobre el apego, que no es mucho. Pasó el 2001 tratando de salvar su propio pellejo mientras con mi vieja hacíamos una reagrupación táctica; él laburaba en un "frigorífico" (palabra que me costó aprenderme por su similitud a "dentífrico"). En mi familia hablaban del frigorífico como si fuera una vaga región del mundo donde algún día podría reencontrarme con mi viejo. Hasta hoy no sé si el frigorífico quedaba en la misma ciudad donde vivía yo. Lo que recuerdo es poco y nada de carne en la casa (al contrario de lo que contaban de aquella tierra mítica, donde lo que más había era carne), y mcuhas cajas y muchos bonos, papelitos de colores casi coleccionables que intercambiábamos por un bolsón de polenta misteriosa. Misteriosa porque no sabía qué le veía de especial mi vieja, que la hacía seis veces por semana.

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—Ahora trabajo en Ventas —dice mi viejo lagañoso, mi viejo cogito interruptu, bostezando
—Lo que te gusta hacer —digo yo, que me gusta pensar que ya lo tengo re calado
—Lo que me gusta, sí.
—¿Qué vendés?
—Todo eso.
Prende la luz del auto y señala el asiento de atrás. Veo cajas, bolsas y papeles que no sé qué carajo son. Apaga la luz de vuelta y dobla en la calle 17.
Mi viejo me enseñó sobre apego con sus autos. El primero que tuvo, cuando vivía en el campo, era una chata blanca hecha mierda que le compró a un gitano. Cada vez que lo veía tenía un auto nuevo. Esto me sorprende un poco: ya van tres veces que le veo el mismo Ford Focus. ¿Se estará poniendo viejo, querrá asentar cabeza?
Eso sí, siempre recuerdo su asiento trasero lleno de lo que para mí siempre fueron cacharros inútiles.
Pienso de pronto en el gran esfuerzo que implica levantarse a las tres de la mañana y manejar hasta la terminal bajo esa lluvia torrencial, para esperar un bondi que viene con atraso. Se lo agradecí un montón, a la vez que pensaba si, fiel a su esencia, no haría lo mismo para recibir con honores a un empresario japonés...

19.11.15

Entre irlandeses y japoneses

Joyce me preguntó: '¿No hay 4 cosas terribles en Japón, y kaminari es una de ellas?'.
Yo se las conté: jishin (terremoto), kaminari (trueno), kaji (fuego), oyaji (paternidad), y él soltó una carcajada.
Takaoki Katta, 15 de julio de 1926

12.11.15

El otro litoral: Gdor. Ing. Valentín Virasoro

Yupanqui dice:
"La luz que alumbra el corazón del artista es como una antorcha que usan los pueblos para ver la belleza en el camino". Por ahí la belleza no se haga música, o ese misterio que llamamos la música, por ahí la música sea un espacio que va mucho más allá de entretenimiento, evasión, por ahí la música sea un espacio en el cual sonar, pensar, conocer, legitimar, integrar, construir, y por sobre todas las cosas, sentirse por momentos un poco a salvo.
Chango Spasiuk 



30.10.15

El chico de las granadas

Jold tiene dos fotos pegadas en la puerta de su pieza.
Yo estoy acostado en el piso por el calor. Ella toma un vaso de agua con dos cubitos de hielo, silenciosamente, sentada en la cama. Me doy vuelta y le pregunto:
— ¿Quiénes son los de la foto?
—Es Larry Clark —responde.
—Me suena.
—Es el director de Kids.
—Ah... Kids.
Las miro de vuelta. No veía mucho. La pieza estaba semi a oscuras porque ella había tenido la precaución de colgar una tela de la ventana para que no entre el sol chaqueño. Eran las cuatro de la tarde de un jueves demuchísimo calor.
—¿Él está en las fotos o las saca?
—Él está en las fotos, y él las sacó.
—Están muy bien.
Jold no responde. Hace mucho calor para hablar más de lo justo. Giro en el piso otra vez para agarrar algo más de piso fresco. Larry Clark, sí... ese tipo que un día, sacando fotos de un grupo de skaters en Nueva York, se encontró con Harmony Korine y éste le alcanzó un guión que había escrito a la corta edad de 19 años. Kids fue la primera película realmente turbia que vi en mi vida. Una cosa era ver porno a escondidas, en el que vos ya sabías lo que iba a pasar. Kids era una cosa para perturbarse como un menonita en un strip club.
Miro un ratito más las fotos pegadas en la puerta. Trato de retener un par de detalles. Fotos en blanco y negro de Larry Clark posando arriba de un sillón. No sé bien qué será pero la foto tiene algo de desprolijo. Al menos así lo veo desde el piso, con mi miopía incipiente y en la media sombra.
Pensando que hay algo de encantador en fotos de celebridades en blanco y negro, le digo a Joldi:
—Te tengo que recomendar una cuenta de Twitter.
—Cuál.
—El rayo virtual.

El critico de arte Daniel Molina administra el rayo virtual. Cada tanto, Daniel elige un artista y hace una seguidilla de varios tweets dedicados a su obra.
Hace unos días publicó algo de Richard Avedon, un sujeto que fotografió a Peter Orlovsky abrazado en pelotas a Allen Ginsberg. Antes de eso, Nan Goldin, que hace unas fotos buenísimas de drag queens, escabio, parranda y gente joven, y un retrato demoledor de ella misma después de ser golpeada por su marido.
Pero la que más me gustó últimamente es Diane Arbus. Había leído una nota sobre ella en una revista a propósito de su famosa foto de Borges. Con el atrevimiento que me perdona el blogueo aficionado, voy a subir la foto acá. Daniel la denomina sencillamente El chico de las granadas.


Es la clase de foto que yo mismo imprimiría y pegaría en mi puerta. Me hace acordar un poco a Gummo. Capaz por eso y muy de rebote me acordaba de ella mirando los retratos de Larry Clark en la puerta de Joldi. Recorriendo el Twitter de Daniel uno se encuentra con cosas asombrosas. Tengo entendido que se dedica a la crítica de arte, cosa que en Buenos Aires es más reedituable que por acá, porque Dios atiende allá y es más fácil que llegue a interesarle lo que uno le dice in praesentia.

Estos momentos también (y en ocasiones, también y sobre todo) conforman lo lindo de la cultura. Una expresión artística desinteresada, íntima: dos fotos pegadas en una puerta. Los gestores, los periodistas especializados y los eventos multitudinarios parecen tan engorrosos al lado de una foto pegada en una pared, que uno puede observar con la inocencia de estar tirado en el piso sumido en la semioscuridad y el calor chaqueño.

A veces, esa máquina aparatosa que llaman cultura (que, de tanto en tanto, demasiado ansiosa por mover conciencias, se vuelve pretenciosa o verdaderamente ridícula) me dejan a mí mismo con ganas de tener una granada en la mano.

28.10.15

El realismo es mufa

Decía don Eduardo Galeano (y replican sus adeptos con su dudoso juicio) algo muy acertado: "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". En efecto, diría yo, el presente es esa pequeña corteza en la que uno flota en ese mar de contingencia del que tanto hablan los posmo: en este sentido, casi que somos 50% proyección y 49,99% identidad; ese 0,01% que queda ahí, nítido pero fugaz, son los dedos tipeando esta misma palabra, la del ahora mismo.
Al menos a mí me parece que todas mis decisiones se debaten en el medio de la identidad y la proyección. A veces pienso que ahora mismo no estoy siendo otra cosa que un residuo de mi yo adolescente, planeando qué hacer la semana que viene. No está nada mal. Uno tiene que recordarse la chiquitez que es uno, y lo poco determinantes que pueden ser las decisiones que uno cree, en principio, que son para toda la vida; decisiones que, como ha dicho Oscar Wilde con oscuro sarcasmo (él sí, con adeptos que logran caerme mejor), a veces, duran menos que un capricho.

Me da la impresión de que en este mar de confusos recuerdos y todavía más desdibujados proyectos, en el que el verdadero presente es nada más que una inestable combinación de fecha, minutero y segundero, apenas queda lugar para eso que se denomina comúnmente "realismo". El otro día hablaba con una amiga. Tuvimos una conversación al mejor estilo ping-pong que bien podría ser uno de esos ejemplos que uno lee en un manual de lengua castellana para extranjeros.
—Qué pesimista sos, Andrea.
—No soy pesimista, soy realista.
—Eso es lo que dicen todos los pesimistas.

Eso que llamamos realismo implicaría (bah, así lo entiendo yo, que vengo del palo de la literatura), antes que nada, pararse y definir todas las opiniones y todos los juicios en función de algo palpable, real. Así, el realista posee siempre la verdad última (que sea una mierda, no importa: el pesimista se miente más): la verdad que está basada en eso que todos vemos, lo real.
Digo que vengo del palo de la literatura porque los teóricos que leí ya se han encargado de cuestionar minuciosamente todo. Hasta lo que llamamos "real". Al fin y al cabo, y sin intenciones de caer en el solipsismo más cabeza, eso que llamamos "real" es sólo lo que usted y yo (siempre por separado, indefectiblemente) percibimos con nuestros sentidos; una correntada cálida del mismo mar pero percibida desde dos islas distintas.

De ahí que, si uno quiere tomarse el trabajo de descartar el realismo justamente por utópico, le quedaría solamente la opción de inclinarse por el optimismo o el pesimismo. Los que vienen del palo de la literatura, y también de la filosofía, se encargan de repetirlo constantemente: "no hay hechos, sólo interpretaciones". Por más meados que estemos por un elefante en un plano objetivo, siempre habrá una parte no despreciable de nosotros mismos emitiendo un juicio sobre eso: hay hechos más o menos objetivos, pero ninguno totalmente objetivo.

Plantearse qué fuerza tienen los juicios que uno emite sobre las cagadas que a uno le acontecen es un tema aparte. Para mí son especialmente relevantes. Más todavía si al modelar nuestra vida con decisiones, como un escultor modela con un cincel un pedazo de mármol, nos estamos basando en lo que pensamos que son hechos y no son más que interpretaciones nuestras sobre lo que el mundo nos sirve en forma de yeta, contingencia o buena suerte.

Ajustar esas interpretaciones a, por ejemplo, las interpretaciones de los otros, es un laburazo. Un laburazo en el que uno generalmente termina chocando o con la falta de empatía de ese ser detestable que llamamos prójimo, o la propia terquedad de ese ser tan necio que es uno mismo, que en principio siempre posee la interpretación real sobre un hecho real: te digo que es así y punto.
Es una cuestión jodida. Es lo que yo más intento ensayar. Y en tiempos de inseguridad, lo que más me cuesta es entender cuánto valgo. Pienso que no es mucho, pero al mismo tiempo, pienso que (por suerte) los humanos no venimos monetarizados ni cotizamos en divisas. Todo sería mucho más "real" si cotizáramos en divisas; podríamos darnos vuelta y mirar una etiqueta de precio en nuestra espalda, y ahí ver más o menos para dónde encaramos en este ancho mundo. Pero no. Lo que uno "es" (dejando aparte la infinitamente válida objeción que le cabe al verbo "ser" [algo]) nunca está sujeto a nada fijo. Finalmente, lo que uno hace o deja de hacer, en forma de decisiones (motivadas, presionadas, apresuradas, o bien pensadas) no correspondería a eso que llamamos "realismo". Eliminamos el realismo y nos queda inclinarnos por el pesimismo o el optimismo. Si uno no vale sino lo que uno percibe que vale, más vale pensar que uno vale algo. Algo bueno. Algo digno.

El laburo es, poco a poco, ir adecuando eso que uno piensa que "es" a lo que la vida va tirando de feedback. Feedback que, obviamente, no se puede aprehender de una vez, y tampoco se puede tener en cuenta íntegramente al momento de tomar una decisión: en efecto, todo el tiempo nos están pasando cosas, pero considerar todas esas cosas cuando hay que decidirse por algo es materialmente imposible. Quemabocho al pedo, además. Demasiado amplio para servir de marco teórico.
Si lo que hay que hacer es un recorte, más convendría dejar lo bueno y apartar lo malo. Desde la inseguridad y el tembleque no se construye nada, al menos nada tan bueno como lo que se construye desde la energía y la convicción.

Al menos, así me pasó varias veces a mí. El optimismo es un dudoso camino por una senda que alangaú va a terminar en un prado verde donde se esconde la gallina de los huevos de oro.
Al que le sirva el pesimismo para los mismos fines, sepa que es un tipo afortunado: en el mundo abundan los que te tiran abajo.

Helvetica de Derek Beaulieu, un cuadro que
no tiene absolutamente nada que ver con esta entrada

20.10.15

Isabel

Véase esta coplilla de pie quebrado citada por Gracián en su Agudeza de arte e ingenio:






La rebuscada correspondencia se aclara en el comentario que sigue:
"Fúndase en el nombre de Isabel que, dividido, la primera sílaba, que es I, y la última, el, dicen hiel, y en el medio queda el sabe." Los amores de la tal Isabel son, pues, amarguras en los principios y el final, y deleites en la zona intermedia.

Pedraza Jiménez, Las épocas de la literatura española
Cap. IV, El Barroco

19.10.15

Tout le monde président!

Los dadaístas, para evitar las riñas entre fulanos y menganos, tomaron una de las decisiones más singulares de nuestros días: Tout le monde président!
Pedro Salinas, en Ensayos de literatura hispánica

18.10.15

Una pequeña victoria en San Vicente

El otro día le echaba en cara a una amiga, cordobesa de identidad, que los cordobeses no son tan serviciales como los correntinos. Es más, a veces son medio garcas. Ella lo relativizaba: "bueno, así es en cualquier ciudad grande - en los pueblos, la gente es otra cosa". Corrientes no es un pueblo, pero se entiende la idea: allá están mucho más dispuestos a ayudarte. No digo a sensibilizarse con tus miserias, pero al menos, a darte una mano sin una mueca si lo pedís amablemente.
En realidad estaba exagerando un poco. Es cierto que si vas por la calle aparecen faunas de toda calaña: vendedores, diputados, pungas, Barones de Dios y unos horribles payasos que con un par de chistes verdes pretenden ablandarte para sacarte unas monedas. Pero son cosas típicamente humanas, del humano que busca emerger como una cara distinta en la multitud para aprovecharse de la inocencia de uno y volver a hundirse en ese mar equívoco de caras que esperan el colectivo en la 27, y si te he visto no me acuerdo. Esas cosas no se ven tanto en Corrientes, y casi que cuando me vine a vivir para acá me parecían el encantador lado B de la ciudad que te enseña a valerte solo. Obviamente, en este zoológico, no falta quien se quiera pasar de vivo ante un desconocido que se muestre excesivamente servicial.

El otro día me subí a un colectivo. Me habían citado a una radio que quedaba por (ojo con el nombre de la calle) Diego de Torres, en el corazón de la república de San Vicente. Yo sabía más por intuición que por rigor epistemológico que había que tomar el 70 o afines. Básicamente me trepé al primero que llegó y esperé a que el colectivo enfilara para la terminal y desde allí virara por el Dino para entrar en la República, por la lomada pasando Ciudad La Maternidad, adobada con fachadas viejas, callejones adoquinados y kioscos de barrio.
Eso siempre me distrae un poco. Voy mirando y me olvido el itinerario. ¡El itinerario! Fue entonces donde me di cuenta que no sabía dónde carajo quedaba la calle Diego de Torres. Sospeché que, ya que habíamos entrado en San Vicente, no faltaba mucho.

Es así que si uno no se deja vencer por la desesperación y abre los ojos a su alrededor, sin miedo ni desdén, se da con que siempre hay alguna mano por ahí lista para darte un tirón y sacarte fuera de la corriente.
Tambaleándome y chocando con la gente (era jueves en hora pico, y sonaba Ulises Bueno a full, y a nadie parecía molestarle en absoluto), me arrimé a uno, cualquiera: un chabón con auriculares. Con una vaga esperanza de que escuchara mi pregunta, se la tiré.
—Amigo... ¿sabrás dónde queda la calle Diego de Torres?
El tipo se sacó el auricular derecho y me miró. Pensé un segundo si tenía que repetir la pregunta. Pero miró para afuera por la ventanilla y dijo:
—Me parece que son seis cuadras más para arriba.
Una señora se dio vuelta a su vez:
—Son ocho, mi hijo.
—Muchas gracias —les dije.
—Al 3000 es —añadió la chica que estaba sentada al lado de la puerta del bondi.
—3000, o 3100 —debatió el chabón, que estaba poniéndose de vuelta el auricular en el oído derecho.
—Gracias —repetí, con sinceridad.
Y así pasaron las ocho cuadras prometidas. Yo iba avizor. Continuaba la procesión por San Vicente. Seguía sonando Ulises: un tema que yo conocía, porque se sabe que el hermano del finado príncipe peliazul del cuarteto gusta mucho de hacer sus versiones de temas de rock argento. Cuando me di cuenta, de la desesperación pasaba yo mismo a tararear Ulises. El comité seguía inexpresivo como una horma de queso gouda, meciéndose al ritmo del 70.
—En la próxima —dijo el del auricular.
—Sí, acá estamos al 2900 —dijo la chica que iba sentada.
—¡Gracias! —dije yo efusivamente.
La señora se acercó a la puerta y tocó el timbre. El bondi frenó en la esquina de Garzón y Diego de Torres. Miré a la señora.
— ¿Usted se baja?
—No, no es mi parada —respondió simplemente.

Miré la altura de la calle y miré el papelito donde había anotado la dirección: estaba a dos cuadras de la radio. El bondi se alejó, y yo estaba feliz. Puede parecer una boludez, pero fue todo un suceso.
Después de todo, pensé, si efectivamente los cordobeses no fueran serviciales, hubiera abandonado toda esperanza. Mal que le pese al tocayo de Diego de Torres.

16.10.15

Un anarquista en el espacio

Adolfo estudia ingeniería para ser astronauta y es ligeramente anarquista. Va a ser un anarquista en el espacio. Yo lo sé, le tengo fe, es muy buen pibe. Es tranquilo. Es sereno. Es centrado. Lo conocí en una plaza escabiando, pero él creo que no escabiaba. Yo sí. Esa tarde se acercó un mudo y me vio tomando una cerveza y tocando la guitarra. Tenía un rosario de madera colgando del cuello. Me señaló la guitarra y me hizo un gesto de "muy bien" con los pulgares arriba, y señaló la botella e hizo un gesto de "muy mal" con el índice. A continuación lo repitió, para que quede claro: guitarra, bien, botella, mal. No, no, botella. Guitarra, música. Botella no. Yo lo miré y sin ganas de pelear en un lenguaje que no entendía le dije con señas simplemente: "bueno, puedo tener las dos", y me reí. Se ofendió con justicia, y yo también reconocí que lo dije con mala intención; pero hasta hoy sigo haciendo las dos. Yo no podría ser como Adolfo, quien esa tarde ya seguramente estaba soñando con las estrellas. Imaginate un anarquista en el espacio. ¿Qué pensarán los astronautas de Donald Trump... de las grandes fusiones empresariales... de los travesticidios...? Estando allá arriba mirando la Tierra sentado en una roca lunar, uno pone en perspectiva la perlita azul donde se desarrollan todos los malos augurios y todas las promesas incumplidas y todas las catastróficas injusticias cotidianas. Y el espacio, el espacio vacío, la bóveda negra que no es stricto sensu cosa ni lugar (ni siquiera te serviría para respirar, si lo que necesitaras es un respiro), en su eterna mezcla de arriba y abajo mientras los planetas siguen meciéndose en su danza astral... donde la política no tiene injerencia, todavía, al menos hasta que sea decisión de la NASA mandar en un viaje de ida a Marte a un pequeño grupo de humanos y que este grupo de humanos críe, en cincuenta años, la primera generación de niños extraterrestres (acá sí, stricto sensu). Y que en tres generaciones, ya se olviden de dónde vinieron. Y que en diez generaciones después de Adolfo, anno domini 2663 de la era de Acuario, la población humana (primos lejanos ya de los primeros marcianos en un planeta más rojo que Misiones) se olvide que alguna vez fue realmente difícil tómarselas al espacio. Había que ser ingeniero o ridículamente rico para tomárselas al espacio. Había que estudiar años y años y ser dedicado y centrado, como Adolfo. Había que no, no, no, la botella, y sí, sí, los libros. Había que mucho horas culo. Había que bañarse en la humildad del rosario en cuello. Y en medio milenio más tendremos la Tierra hecha mierda cuando terminemos de usar todos nuestros glaciares para nuestro efímero tereré global. Los genios van a decidir para dónde enfilamos, van a ponerse en la puerta del buque eligiendo sí o no, y quizás lo decidan a su conveniencia, porque nosotros le hemos dado mucho a la botella acá abajo para preocuparnos realmente por servir a la raza. O confiaremos en el designio de los rosarios al cuello, si en quinientos años no los hemos quemado en un acto de monumental soberbia. Serán los genios los que decidan por nosotros. Quién sabe si para su conveniencia, pero seguramente, con sensatez científica: son genios. Lo que me hace pensar en Adolfo. Qué bueno sería un anarquista en el espacio.

Scott Listfield, "Boom"

15.10.15

El deber

El Triunvirato (Sarratea, Chiclana y Paso) invitan a Domingo French a donar su sueldo durante un año a favor de la Patria. Buenos Aires. 8 de enero de 1812.
Sala VII. Legajo 200.

Viendo tan escasa y urgente la situación del Erario público y tan vastas las atenciones que fijan hoy los cuidados del Gobierno, ha determinado en acuerdo de esta fecha que los jefes militares hasta Teniente Coronel inclusive instruidos de la presente situación expongan si voluntariamente gustan ceder alguna parte de su sueldo por vía de Empréstito, y por solo un año con las calidades y seguridades que previene el Decreto, de 31 de diciembre último con respecto a la baja de sueldos, de los empleados civiles. Lo que se avisa a V.S. para que reuniendo a los Oficiales jefes que militan bajo sus órdenes explore su voluntad y avise el resultado, que será sin duda muy favorable a los intereses de la Patria y que deberá hacerse público por medio de la prensa para satisfacción de los contribuyentes, y para inspirar a los Pueblos de sentimientos de liberalidad que deben animarlos en beneficio de la libertad, y (…) del País a que es necesario consagrar todas sus atenciones y sacrificios.
Dios guíe a V.S. muchos años.
Al Coronel D Domingo French.
Buenos Aires 8 de enero de 1812.

(vía AGD)

14.10.15

Dylan y Van Ronk

Vuocolo Van Ronk [la viuda de Dave] recuerda la vez que ella y Van Ronk habían vuelto a su departamento en Greenwich Village después de un viaje.
Alguien golpeó la puerta, y esperando que fuera Van Ronk quien había salido a hacer un recado, ella abrió y encontró a Dylan parado ahí.
"Dave around?", preguntó él. Ella lo invitó a quedarse y le ofreció café, y los dos esperaron a que Dave volviera, después de lo cual los dos hombres hablaron por horas. "Yo pensé, 'Bob Dylan está sentado en mi living'", dice Vuocolo Van Ronk. "Él parecía un poco nervioso, pero quería estar a solas con Dave, y Dave estaba muy feliz de verlo."












David Browne para Rolling Stone,

13.10.15

Emily

La educación de Emily Dickinson fue, por tanto, mucho más profunda y sólida que las de las demás mujeres de su tiempo y lugar. Sin embargo, en ocasiones la muchacha (cuya salud no era muy buena) se sentía saturada y sobreexigida. A los 14 años escribe a una compañera una carta donde dice: «Terminaremos nuestra educación alguna vez, ¿no es verdad? Entonces tú podrás ser Platón y yo Sócrates, siempre y cuando no seas más sabia que yo».
(Wikipedia) 

11.10.15

El consejo de Birkner

Birkner le respondió:
¡Ojalá pudiera estar contigo, hijo mío, para libertarte de tu desazón! Pero créeme, son precisamente tus dudas las que abogan por ti, por tu vocación artística. El que cree avanzar siempre con continua y ciega confianza en sus propias fuerzas es un loco que sólo se engaña a sí mismo, pues le falta el auténtico impulso de búsqueda que sólo descansa en la idea de la insuficiencia. ¡Persevera! Pronto recuperarás tus fuerzas y entonces, y no por la opinión ni el consejo de los amigos, que quizás no sean capaces de entenderte, seguirás tranquilamente el camino que te ha marcado tu propia naturaleza.

E. T. A. Hoffmann, en La iglesia jesuita de G*** 

8.10.15

Dos de Macedonio

1- Lo que hace los cuentos son las y. Los cuentos simples de apretado narrar eran buenos. Pero arruinó el género la invención de que había un «saber contar». Se decidió que quien sabía contar era un tal Maupassant. Y desapareció el perfecto cuento de antes; y el invocado Maupassant contaba como antes, ¡bien!
2 - ¿Es artístico aprovechar este momento, como todo el que se preste, para insertar cuanta comparación o analogía acuda a la mente, por ejemplo que el doctor hacía en este caso lo que el sastre con el cliente que se va con la ropa nueva puesta y tira la vieja? Porque para la literatura de todos los tiempos la comparación tiene un uso tan frecuente que se podría decir, en lugar de «está escribiendo», «está comparando».
Macedonio Fernández, en Cirugía psíquica de extirpación 

6.10.15

Que esperen los cráneos, que entramos los genios

Dice el pibe que quería ser escritor. Lo dijo a los 6 años, cuando había llenado un cuadernito Rivadavia de cosas de la época: la primera novia (Priscila, que lo dejó por un pelotudo con un nombre con F, Félix o algo así, que conocía desde preescolar), recuerdos de la colonia de vacaciones (que siempre empezaba tarde, y era un calvario aguantarse esos días de calor sin la fresca promesa de la pileta por venir), o de cómo veía él con sus ojos de niño el mundo de los adultos, que (él no entendía por qué, si no eran las producciones de mayor calidad) era lo que justamente más interesaba a los adultos que leían el cuadernito Rivadavia. La tarea del escritor era ya por esos días una cosa destinada al fracaso, si no artístico, espiritual: jamás le iban a dar la bola que esperaba a los textos que él pensaba que eran los mejores.

Esto sigue pasando, por supuesto. Pero eso es otro tema, y hoy por hoy se mide con la incomprensible estadística del blog.

Punto aparte. Recién a los 16 años el pibe se entera que existe una carrera que se llama Letras. Todo esto es post-Rowling, Huck Finn, Tomsis el Extraterrestre e incluso Benedetti. Tenía 14 años el pibe cuando leyó La vecina orilla, cuento que, sospechó por primera vez, no había entendido del todo y había amado igual. Con el tiempo fue entendiendo qué era eso a lo que llamaban izquierda, dictadura, libertad, cultura, exilio, prisión. Letras vino mucho después de la digestión de toda esa literatura. Yo, si tuviera que ser biógrafo de este pibe (que es, naturalmente, yo), diría con resentimiento que la idea de estudiar Letras vino como una especie de resaca después de la fogosa pasión por leer. Una conducta maníaca propia del pibe: querer transformar lo espontáneo en algo serio, en algo de toda la vida, que le diera de comer. Algo así como querer amar los libros en un nivel con validez epistemológica. El pibe se ofendió cuando su viejo lo llamó "hobby", pero un día la frase cobró sensatez: es todo un tema dedicarle esfuerzo mental a esto que había asimilado con su corazón.

Pero bueno, acá estamos. Y si bien el tipo, ya grandecito (esto es: ya llamado a prescindir de sus padres y de sus ídolos), pone en duda su vocación de académico, todavía no se anima a poner en duda su vocación de escritor. Quizás no es más que un hobby que no llegará a ser oficio, como quien clava clavos sin ser carpintero, o pone a freír vegetales sin afán de ser gourmet. Pero deja esa posibilidad abierta: un camino por ser explorado, llenar el corazón así la gilada diga que no se podrá llenar jamás la panza.

Práctica, hombre, práctica, que la práctica hace a la perfección. Y si bien la perfección no existe, también es cierto que somos seres perfectibles, y refugiarse en la tonta excusa de que la perfección no existe para no practicar es, lisa y llanamente, de cagón. (Palabra sin valor científico, pero tan precisa, ¿no?)

Así es como el pibe, ya grandecito (esto es: ya llamado a prescindir de las excusas), se pone frente a la compu y piensa antes de escribir: ¿cómo es esto de escribir?

Y ahí putea. Putea, putea un montón... putea contra su carrera porque elevan el acto de escribir a algo tan estúpidamente solemne como si cada vez que abrís un Word estuvieras, ipso facto, rindiéndole un homenaje a Borges o a Saer o a Joyce o a cualquiera de esos tipos que "escriben bien". Es fulero porque esa hoja tiene que ser un perfecto Homenaje al Ídolo, o en su defecto, al menos tiene que ser un Discurso, un Texto, algo que Genere Placer para el Voyeur Que Analiza, Que Reescribe Sobre La Reescritura Y Podrá Hacer Suturar Semas Que El Texto Deja Como Huellas. Antes que nada, el Texto. Y su estatus sagrado. No se te ocurra decir boludeces o lugares comunes porque estás siendo estudiado por las lauchas de biblioteca. Vas a ingresar al corpus magno de la Cultura Escrita, que conllevó 5000 años de evolución desde que a un sumerio ocioso se le cruzó por la cabeza rayar una tablita de barro.

Que lo parió. Pero hoy no quiero hacer nada sagrado. Que esperen, carajo.
Que esperen los sumerios, que ya les voy a hacer justicia. Que espere el que llama por teléfono, y que espere el gato que espera para comer, y que espere la merienda y que espere la música y que esperen las expensas. Que esperen, que no hay nada más que hacer que escribir, al margen de cualquier tipo de academia (que vendrá después, porque los académicos son como buitres del talento), al margen de cualquier tipo de maquinación, al margen de cualquier tipo de homenaje. 

Voy a seguir insistiendo porque tengo diez dedos y un cerebro y porque desde los 6 años estoy rompiendo las pelotas con esto antes de saber que existían los sumerios y Saussure y tanta gente que pensó lo mismo. Eso. Que esperen, sobre todo, los académicos que se tomaron el trabajo de pensar qué es escribir... porque, según puedo entender en mis cortos 22 años de vida, los creadores ponen las reglas y los cráneos, después, más tarde, cuando terminó el partido y todos se fueron a sus casas, se calzan los anteojos y se ponen a ver desde la tribuna vacía a qué mierda estuvieron jugando.

30.9.15

The Onion

The Onion es un diario paródico yanki que me divierte muchísimo. Sus títulos se burlan de cualquier cosa: del Papa-pop Francisco I, del miedo irracional que tienen los norteamericanos de que ISIS ponga en venta al Pentágono por eBay, o a Donald Trump que, si me preguntan, es una burla en sí mismo. No tiene la acidez de la Revista Barcelona, en su tono combativo que nos viene bien por estas latitudes llenas de tilingos mucho más permeables a la opinión de las enterprises; The Onion es una sátira profunda, pero acaso un poco más inocente o más absurda.
Hoy leí uno de sus titulares. Rezaba: "Teórico Conspirativo Tiene Una Elaborada Explicación De Por Qué Sigue Soltero". El epígrafe lo cita al teórico: "Hoy por hoy estoy solo debido a las maquinaciones encubiertas de cientos, quizás miles de mujeres en varios países. Estamos hablando aquí de un complot de proporciones épicas, que podría parecer contra toda intuición, pero eso es exactamente lo que te quieren hacer creer".

The Onion, cuando no le pega a figuras de conocimiento público (fundamentalistas, conservadores ridículos, celebridades en decadencia, o hasta el mismo Dios de la religión cristiana), inventa estos personajes divertidísimos y los sitúa en pueblitos de estados como Dakota del Sur. Una de las mejores profesoras de inglés que tuve, hace más o menos 4 años, lo definía espectacularmente (creo que ese día se ganó todo mi respeto): humor de estereotipos. Y sin un dejo de reprobación moral, añadió que le parecían divertidísimos. Claro, la mina había vivido en Salt Lake City. No me sorprendería que los yankis se hagan menos rollo por cosas que aquí están más o menos vedadas; quién no ha saltado a defender a los islámicos que fueron caricaturizados por Charlie Hebdo, porque "algo de culpa también tenían los franceses etnocentristas".

The Onion construye una historia en torno a este personaje, para el cual el estereotipo sirve como pincelada fundante, y que de a poco se va coloreando con datos como edad y profesión (en el caso de nuestro teórico conspirativo, además de ser teórico conspirativo de profesión, Robert Ericsson también es un conductor de autobuses escolares de 38 años que reside en Sioux Falls, SD).

Este chiste parece carente de crueldad porque el lector de The Onion presupone que es un diario irónico y el personaje real no existe. (Si existiera, quizás no sería menos cómico - un poco como Juan Sánchez, persona real, probablemente sería blanco de un tsunami de bullying por un lado y un no menor tsunami de moralismo por el otro).
Pero por más ficción que se construya en torno a una figura genérica, no es ciencia ficción o un libro de Boris Vian. Siempre posee un anclaje con lo real. En este caso, la burla a Robert Ericsson es una burla hacia una conducta que puede ser bastante común: el pensar demasiado una situación hasta el punto de atribuírsela a causas totalmente inverosímiles.

Ericsson es esa parte de todos nosotros que, simplemente, no puede dejar que todo fluya: todo tiene que ser parte de una causa mayor, una complicadísima artimaña que involucra tiempo y energía de un montón de gente que no conocemos para, simplemente, cagarnos la vida. Artimaña que tiene cero vinculación con la realidad y está todo en la mente del tipo que, como Casandra, se cree solo y se sabe solo, pero justamente eso es la prueba de su lucidez y no otra cosa. El tipo reivindica algo que la navaja de Ockham bastaría para tirar por tierra y, lo que es lo mejor del asunto, recibe una irónica cobertura de un diario satírico que envuelve con objetividad verbal un hermoso pedo en la cabeza de un paranoico.

Si me preguntan a mí, un artículo periodístico de semejante profundidad discursiva merece muchísimo más atención que, por ejemplo, la consuetudinaria cobertura que brinda La Nación, diario pretendidamente serio, al paradero de alguien como la China Suárez (personaje real, y aunque real, ni siquiera tan interesante como Robert Ericsson). Y quizás no sirva para el periodismo, en tanto sé que The Onion es pura ficción, que dicen que es lo contrario al periodismo, y sin embargo su producción me parece tan merecedora de respeto como esa bastardeada rueda de prensa que pusiera en su lugar Bartolomé Mitre, el barbudo de los dos pesos, hace un siglo y medio.

Tres citas, anno domini 2011

Casi que no sé si estar de acuerdo cuando García Márquez (enunciador) le adjudicaba esta célebre frase al coronel Aureliano Buendía, cuya historia de numerosas derrotas y más numerosos descendientes motivó el nombre que le puse al gato que me acompaña hace tres años y medio y que llora todo el día porque tiene hambre: [1]
El secreto de la vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.
Pero probablemente sea cierto. Conforme van pasando los años nos vamos volviendo más frágiles y a la vez más pesados, más lerdos. Yo iba viendo con mis bisabuelos cómo sus amigos venían una vez cada tanto porque es todo un tema involucrarse con cuidar a alguien; voy viendo también cómo mis padres y madres (que son siempre más de dos) van anticipándose a esa curva descendiente de la vida. No hay nada de pacto honrado con los hijos que no quieren hacerse cargo de uno cuando uno empieza a llenar de mierda sus pañales de adulto que cubre la seguridad social. Es durísimo, es todo un ajetreo, y yo tampoco estoy listo para pensar en responsabilidades a futuro. Lo trágico no es el golpe y zas se acabó; lo trágico (¿por qué carajo habré leído a Kafka?) es estar encerrado en esa sostenida situación insostenible.

Hunter Thompson lo sospechaba y se pegó un tiro la mañana en la que se despertó sintiéndose un viejo de mierda, cosa que para él no tenía más remedio que el suicidio. De acuerdo a su última voluntad se arrojaron sus restos desde un cañón en Woody Creek, Colorado.

No digo que sea un deporte porque soy pésimo para los deportes, y sobre todo soy pésimo para cualquier cosa que requiera constancia, pero sin duda eso de estar solo es algo que se practica. Como decía otro viejo célebre: [2]
there are worse things than
being alone
but it often takes decades
to realize this
and most often
when you do
it's too late
and there's nothing worse
than
too late.
 
La única constancia que puedo prometer es esa constancia anudada a los dos movimientos contrarios que rigen mi vida (L. M.): concentración y dispersión. A veces, está bueno ser permeable a la influencia de los otros; otras veces, está bueno armarse un dique alrededor de la cabeza mientras la bacha va drenando todas las cosas nuevas que aprendemos de nuestro contacto con el prójimo. A veces me imagino a la vejez solamente como ese momento de la vida donde ya directamente no entra nada en la cabeza, por desdén o por aridez. Cuando uno es viejo, es impermeable. A veces dice que está verdaderamente curtido, pero otras veces simplemente tiró la toalla y dice tercamente que el mundo ya no le puede enseñar más nada. Y a veces, incluso, lo corroboro: no hay nada en este mundo más terco que un viejo.

Endemientras se nos pudren los huesos poco a pocos, seamos permeables mientras podamos ser permeables. La gran obra poética de la permeabilidad (si se quiere), Rayuela, en el capítulo dos, dice: [3]
Supongo que la Maga se hacía ilusiones sobre mí, debía creer que estaba curado de prejuicios o que me estaba pasando a los suyos, siempre más livianos y poéticos.

29.9.15

Cándido se despertó a mediodía

Me acuerdo cuando con la tana nos pasábamos días enteros encerrados en casa, cocinando y escuchando folklore. A veces yo estaba tirado y ella se ponía a practicar arias. Era soprano. Después nos vestíamos y bajábamos al súper a buscar cosas dulces y nos volvíamos a tirar en el colchón que tenía yo en la pieza, a mirar como bajaba (una vez más) el sol por la ventana, detrás de las cortinas marrones. Y se hacía noche de vuelta y era muy tarde para que la tana se volviera a su casa, porque vivía bastante lejos, y entonces se quedaba... y al día siguiente, que ya no era domingo sino lunes y nos teníamos que ir a cursar, nos mirábamos y capaz que incluso nos quedábamos tirados también el lunes, después de levantarnos bien tarde a cocinar algo así como milanesas de soja o verduras hervidas, y a practicar otra partecita del coro mientras yo estaba tirado leyendo un libro de Carl Jung que me gustaba leer por entonces.
Después nos entrábamos a bañar después de tanto practicar lo nuestro y yo miraba por la ventana, detrás del vaho que despedía la ducha caliente, y abría un poco la ventana y sentía el aire fresco de afuera y los alerces que se veían desde la ventana del baño, y entraba un viento fresco y yo pensaba "cuánto encierro... cuánto me gustaría estar afuera... ¿no?".

Ahora que la tana se fue, después de un pacífico arreglo donde decidimos no vernos nunca más, yo sigo con el mismo problema. Abro la ventana y miro para afuera, y no hay nada que me llame a salir en este momento, pero sin embargo querría salir a hacer algo. Cualquier cosa. Ya es 30 de septiembre, el último día del mes, y si bien puedo recordar un día o dos en los que la pasé bien, casi que si me apurás lo primero que pienso es que estuve sentado en esta cama haciendo nada todo el tiempo, y así para atrás todo el tiempo desde que llegué de viaje desde Corrientes en julio pasado y antes de eso estaba haciendo exactamente lo mismo pero sentado detrás del mostrador de un hotel vacío, totalmente vacío, donde (no voy a mentir a esta altura, ahora que me echaron y contrataron a alguien más) me pagaban por dormir o estudiar de noche. Pagarle a alguien más para que se aburra es un placer burgués.

Y así, viéndolo en retrospectiva, casi que no hice un carajo desde esas tardes con la tana, donde también me invadía la sensación de no estar haciendo un carajo. Sólo que estaba bastante bien acompañado, entonces. ¿Ahora? Ahora puse un disco de Ty Segall, me desperté a mediodía, me hice un café, estoy bien. No estoy mal. Como me dijeron el otro día: por lo menos tenés un techo y ambos brazos y no sos un refugiado sirio. No, no estoy mal. ¿Podría estar mejor? La fórmula de la felicidad es pensar que este es el mejor de los mundos posibles. Al menos, intentar no sentir angustia por todas esas cosas que me faltan, que son como fantasmas que no puedo percibir bien porque, claro, no sé qué son ni cómo se logran.

28.9.15

Sé tu mismo, pero no seas siempre el mismo, pt. 2

La lección de felicidad más importante que aprendí es la siguiente: no dejes que nadie te haga dudar de lo que sos.
No digo de lo que podés. Es importante dudar de lo que podés hacer, porque siempre podrías estar haciendo más. Al menos, yo lo veo así.
Pero el momento donde me siento más feliz es cuando no tengo que dar justificativos ni explicar por qué soy como soy. Eugene Hutz lo dice: de lo que se trata la vida es de estar en contacto con tu naturaleza salvaje.
Una persona hace las cosas de una forma y te dice que es la correcta. Y eso es un enorme error. Al menos a mí (no podría hablar por ustedes, porque están en todo su derecho de aceptar cualquier cosa que se les cruce en el camino), eso me pone muy en guardia. El momento donde alguien te dice que tendrías que cambiar tu cableado en la cabeza para "vivir la vida como se debe" (según qué reglas, escritas por quién, jamás está claro en la gente convencida) es el momento donde tenés que empezar a dudar de esa veracidad. Tantos años y tanta sangre le costó a la humanidad, ese pedacito de historia documentada que nos llega a nosotros hoy, deshacerse de la influencia profundamente presciptora del cristianismo que decía que la vida y la moral de hoy están dictadas por la vida y la moral del cielo... tanto tiempo nos llevó superar eso, que no podría aceptar hoy (al menos yo, eh) que alguien, un casi-igual a mí pero quizás con un poquito más de experiencia, venga a dictarme cuál es la forma correcta de vivir la vida.

Pero no sólo eso. Porque que te dicten la forma correcta de vivir la vida es, al mismo tiempo, un reproche y algo que quiere pasar por un consejo (o el primo deforme y triste del consejo: ese consejo que se da porque piensa que la experiencia de uno sirve para el otro).
Y este reproche y este consejo son, al mismo tiempo, una necesidad que ve el otro de decirte que replantees tu vida, cosa que es (y esto lo pienso yo, y podrían no estar de acuerdo) estrictamente jurisdicción de uno.
No puedo decir nada más que esto. El momento donde uno se pone a pensar en qué consiste su identidad o a dónde va su vida o qué tendría que estar haciendo este momento, es el momento donde se aleja uno de uno mismo. Puede ser para construir algo, sí. Pero también, y probablemente pase con más frecuencia, es para ajustarse a los estándares de otro.

Y el otro, en realidad son todos el mismo: alguien que no sos vos. Alguien que no vive en carne propia el bagaje de aprendizajes que se van acumulando uno a uno, si uno se toma el trabajo de procesarlos e incorporarlos a su vida. Y esa persona que emite juicio sobre la personalidad de uno (¡fíjense cuán arbitrario puede ser esto, y cuán pretencioso!), está condenada a emitir el juicio más falaz posible sobre la intimidad de algo que no conoce en absoluto.

24.9.15

Las piedras de Mendoza

Cuando tenía 16 años de pibe fui con mis abuelos a Mendoza.
Yo no conocía Mendoza. Ni me interesaba conocer, no porque pensara que no valía la pena, sino porque no me llamaba la atención pasarme un día entero encerrado en un auto para ver (lo que yo pensaba que era) un páramo compacto de tierra seca y jarillas. Como bien decía mi abuelo con su sutileza característica, "no te olvides de llevarte un fibrón para marcarte de vuelta la raya del culo".

Pero si te proponen unas vacaciones gratis, es una boludez negarte. Todo arrancó en la cuadra de mi casa esa mañana en la que mi abuela, como era su costumbre antes de cada viaje, se encomendaba diciendo: "en nombre del Señor", y se persignaba.

Un par de días después de salir llegamos a Mendoza. Ciudad que al principio me pareció muy complicada, porque vos ibas tranquilamente en auto, y de repente el GPS te indicaba que estabas en otra ciudad, y vos no veías un carajo de diferencia entre ambas. Es que, según recuerdo, lo que separa a Mendoza de la vecina Godoy Cruz es nada más que una avenida. Me parecía el colmo de lo complicado separar así a dos ciudades que están pegadas, pero lo dejé pasar; después comprobé que, contra todo pronóstico, los mendocinos eran gente muy sencilla.

La voz del GPS ("la gallega de mierda"), nos condujo hasta Luján de Cuyo, a algunos pocos kilómetros afuera de la capital mendocina.
Al mediodía del tercer día nos bajamos del auto frente a las cabañas que mi tío nos había reservado: cinco cubículos de madera con una enorme pileta en el medio y, enfrente, detrás de los viñedos, una magnífica vista de lo que es la mismísima Cordillera de los Andes (y no esos ensayos de Cordillera que vas saltando antes, que frente a la majestuosidad de lo que se veía ahí eran chichones de piso llamados "montaña" por algún geógrafo caprichoso).

Luján de Cuyo estaba en absoluto silencio. Un silencio que te apunaba, que te atravesaba, que te subía el volumen de los pensamientos y no te dejaba solo con vos mismo, en el momento donde te dabas cuenta que hasta los viñedos pensaban también en voz alta y el sonido que los recorría era de ese viento mendocino sutil de tardecita de verano. Lo primero que dije cuando me bajé del auto: "che... tanto silencio me molesta".

"Parecés el Mariachi", me dijo mi abuelo, refiriéndose a su compañero de laburo que llegaba con la chata a las siete de la mañana con cumbia a trescientos decibeles, de puro histérico que era.

En toda esa semana que pasamos en Luján de Cuyo no vi una sola jarilla, un solo páramo árido ni cualquier cosa que se asemejara a la muerte. Nada era como lo había esperado. Era seco, sí. Marcus, el belga dueño de las cabañas y los viñedos, nos decía que en Mendoza la gente llegaba a matarse por agua, que debían medirse mucho a la hora de bañarse ("no más de cinco minutos, pog favog", nos rogó encarecidamente) pero que, justamente por eso, eran muy inteligentes a la hora de repartir el noble líquido, sobre todo en la época donde bajaba de los deshielos a las acequias.
Yo me ponía en puntitas de pie y le preguntaba: "Marcus, ¿desde acá podemos ver el Aconcagua?"

Él se reía. "Litogaleño pelotudo", habrá pensado. Qué se yo. Tuvo a bien asegurarse de que nadie muriera de sed.

El segundo día fuimos a ver el Aconcagua.
Contratamos una excursión que se metió por un camino y dio vueltas por dos horas reloj hasta dejarnos en la puerta de un parque en el que tenías que caminar otra media hora para ver la cima del Aconcagua metida entre otras montañas casi igual de altas.
La cordillera no es como el mar, que lo ves todo de golpe: la montaña que querés está escondida detrás de otra montaña muy parecida pero un poquito más baja, y así hasta llegar a la llanura que habitábamos los correntinos.

En esa caminata de media hora, en la que vas por un prado verde, inaccesible en invierno, ves algo todavía más increíble: piedras gigantes. Piedras más grandes que una casa de tres pisos y con forma de octágono, estancadas en un riachuelo chiquitito de agua helada que se resbala por los poros de una montaña que tardarías un año en rodear a pie.

Esas piedras están ahí hace millones de años, antes de nosotros, antes de los turistas, y de los guías turísticos, y de Marcus (que no me caía tan mal, después de todo), y de Godoy Cruz y de Nicolás del Caño y del pueblo de Mendoza en su totalidad y de los rugbiers caníbales y más atrás incluso de José de San Martín que cruzó la cordillera en un caballo blanco que en realidad era una mula vieja y más atrás incluso de todos esos que soñaron osados con cruzarla pero no se les dio, y de Pedro de Mendoza y algún adelantado venido de algún reino de esa excelsa España del Siglo de Oro que estaba "descubriendo" estas maravillas que, hasta el día de hoy, permanecen exactamente iguales, inmutables como roca (y qué roca respetable) que fueron testigos de cómo se iba formando un mundo como quien prende la luz en una habitación donde todavía no hay nadie.

En eso pensaba mientras miraba esas rocas enormes, un poco de espaldas al Aconcagua que estaba allá lejos, como un mero nombre, como quien mira a un vendedor de choripanes en un recital de U2.
Y mi abuela se acercaba y me decía, en toda su católica piedad: "¿viste que no somos nada, no?"
Y el guía turístico se acercaba y me tiraba la cifra de cuántos montañistas japoneses habían sido encontrados congelados en los caminos de las altas cumbres tratando de poner su firma en ese libro que, dicen, está en la cima del Aconcagua como un premio para el que escala el cerro.
Y yo miraba esas piedras y esas piedras me parecían un dinosaurio, me parecían la historia, me parecían trastos viejos del patio de atrás de Demiurgo, que se quedaron ahí cuando el tipo confeccionó los glaciares y quedaron allí, tiradas en un parque nacional, una vez que el glaciar se retrajo y empezaron a aparecer, uno a uno, los hombres.
Y me sentí solo, una bosta chiquita que había venido a jugar en una cancha en la que no fue llamado.

Volvimos en silencio y comimos una picada de salamín junto a la pileta del belga. Estaba cansado existencialmente, y le pegué de canuto un trago a la cerveza Patagonia que habían comprado mis abuelos para, quién sabe, ahogar también ellos su angustia. El escabio sirve para estas cosas, supongo. Brindé por las piedras gigantes y recién ahí bajé yo también mis decibeles.


16.9.15

Leave Nueva Córdoba behind

Por una cuestión bastante azarosa terminé viendo posts viejos de Facebook de finales del 2013 y ¿saben qué? Concluí que fue una época muy divertida.

En su momento puteaba mucho, porque tenía un papelito sellado en el segundo cajón de una mesita de luz que decía simplemente: CONTRATO DE LOCACIÓN de título, y a pesar de que me hubiera gustado que sea un poco más romántico, dicho papelito decía que mi deber era abandonar mi departamento en la víspera de Año Nuevo del año 2013 de la era de nuestro señor Jesucristo.

Yo lo sabía desde que entré: el contrato duraba dos años, y al final, lo tenía que dejar impecable.
Dos años pasé en ese departamento, el 1°B del número 612 de un bulevar con nombre de presidente radical, y la pasé bastante bien. Era un departamento neocordobés de una habitación con mesadas de mármol y paredes verde agua.
Vivía solo con Aureliano. Vivir solo era medio complicado, porque podía dormir hasta las 6 de la tarde de corrido sin que nadie me despierte. El gato se prendía a mis maratones, fiel a su naturaleza. Asimismo, si por esas casualidades dejaba abierta la llave del gas o entraba un psicópata mientras me estaba duchando, nadie se iba a enterar de mi muerte hasta que mis vecinos no notaran un olor inusual a fiambre, y no del Paladini.

Amén de todo eso, me terminé encariñando con ese departamento que yo no elegí, sino que lo eligió mi vieja, según su buen criterio.
Este buen criterio significaba una sola cosa: quedaba cerca de la facultad. Y yo era tan dejado que si hubiera quedado dos cuadras más lejos capaz no iba a cursar y terminaba abandonando en un semestre. Ganas no me faltaban (eso lo descubrí en el cursillo), pero era un gran partidario del "si estás en el baile, bailá". Aparte quedaba un poco lejos de la parte histérica de Nueva Córdoba, que complica siempre las cosas - es difícil estudiar si estás escuchando reggaetón. Era un lugar con cierta calma. El lugar donde vivo hoy, si bien es pintoresco, es un quilombo.

Fue en el 2013, cuando sabía que mi departamento "estaba condenado a una próxima desaparición", donde me encariñé más todavía con él.
Tuve que arreglarle las mañas, limpiarle los rincones, y hicimos en tres tardes pintarle las paredes with a little help from my friends con una pintura muy de mierda que se transparentaba si la diluías un poquito, pero ya era 23 de diciembre, y me apresuraba no sólo el hecho de tener que entregar el departamento en condiciones (cualquiera ellas fueran), sino, por supuesto, tener que llegar a pasar Navidad en Corrientes.

Yo creo que las mudanzas tienen esa cosa que a uno le altera la cabeza.
Puteás y renegás por dejar todo impecable, hacés meter hasta el último libro en una caja de frutas podridas que sabés que se va a desfondar cuando la levantes, y te rompés el coco viendo cómo carajo bajar un sofá de tres cuerpos por una escalera más angosta que una manguera... y cuando termina el calvario, mirás tu casa vacía, con olor a pintura fresca y nada más que un almohadoncito en el piso donde vas a apoyar tu culo para que tu última noche no sea tan triste, ahí es cuando te das cuenta que llegaste a un punto de no retorno, y tenés que seguir para adelante.

Esa noche, la noche del 22 de diciembre del 2013, dormí en el último puf que me quedaba, que daba tanta lástima que lo tuve que dejar en la vereda a la mañana siguiente. Tenía las luces apagadas y estaba escuchando Morphine. Cómo no.
Y me acordé de la primera noche que pasé en el departamento, que era sorprendemente similar: era el 4 o 5 de enero del 2012, cuando recién celebrado el contrato, no tenía luz todavía y me había venido con mi viejo a meter una heladera y un colchón.
Nos habíamos tirado en la pieza, con el calor que hacía, sin posibilidad, claro, de prender un puto ventilador. Me acuerdo que había un solo colchón y éramos dos y, conociéndolo a mi viejo, él no iba a buscarse un hotel. Ni resignar su derecho natural a dormir cómodo. Así que a mi primera noche en el 1°B del número 612 de un bulevar con nombre de presidente radical me la pasé durmiendo en el piso frío de loza.

Cada vez que paso por ahí le tengo un poco de envidia al que está, con las luces prendidas, como si fuera su reino.
Después recuerdo que los de la inmobiliaria son todos unos garcas, y se me pasa.

15.9.15

Montesquieu y los sabios

CARTA CIX
RICA A...
En la Universidad de París la hija mayor de los reyes de Francia, y muy mayor, que tiene novecientos años largos¹ y chochea no pocas veces. Me han contado que algún tiempo ha que tuvo una terrible contienda con unos doctores acerca de la letra Q, que quería que se pronunciara como una K; y tanto se encendió la disputa que fueron privados muchos de sus bienes y tuvo que intervenir el parlamento, concediendo, por sentencia solemne, a todos los vasallos del rey de Francia licencia de pronunciar esta letra como se les diera la gana. Linda cosa era ver los dos cuerpos más respetables de la Europa ocupados en fallar de la suerte de una letra del alfabeto.
Me parece que se apocan las cabezas de los mayores ingenios cuando están reunidos y que donde hay más sabios juntos hay menos sabiduría. Las grandes corporaciones muestran tanto apego a las menundencias y a los estilos fútiles, que descuidan las cosas esenciales. He oído decir que habiendo convocado un rey de Aragón los estados de Aragón y Cataluña, se gastaron las primeras sesiones en decidir en qué lengua se había de poner lo que se proveyese. Fue muy violenta la contienda, y mil veces se habrían separado los estados si no hubiesen imaginado un corte, que fue que la pregunta se pusiese en lengua catalana y la respuesta en la de Aragón.

De París, a 25 de la luna de Zilhagé, 1718

 Montesquieu, Lettres persanes
L. B. E. N.

¿Estar orgulloso de...?

Bueno, mamá, lo hice. Saqué un fanzine. Recibí un par de palmaditas en la espalda sobre eso, y bastante gente que me decía "yo quiero un número". Como yo nunca dejé de ser dejado, no, todavía no imprimí la tirada grande, mamá. Uno sueña con ser el Gran Enunciador, o al menos mostrar a un par de personas más lo que uno aprendió a hacer (producir, diagramar, editar, cagarse de risa con amigos, y homenajear a los que deben ser homenajeados, y repudiar a los que deben ser repudiados); todo eso no se logra con una tirada de cinco ejemplares. Perdón, pero eso es puro arte performativo, y de lo que estamos hablando acá es de comernos el garrón de producir algo que sea perdurable.

Sea como sea, acá estamos; metidos en la galaxia fanzinera con una tarjetita con nombre propio: Fanzinatra, reluce. Y es un pibe que me llena de orgullo. Y al verlo, terminado, calentito recién sacado de una imprenta profesional (le tuve que dejar una copia gratis al pibe que me la imprimió, algo así como un premio por su interés, y por estar escuchando Sublime mientras me imprimía dos números), lo único que pensaba era: qué lindo que esto fuera como una bola de nieve. Que vaya creciendo. Que sea un gran imán de gente con ganas de trabajar y producir contenido original. Y que, con suerte, encontremos también un canal apropiado para su distribución. Dos cosas: hacer que el mundo se interese por esta galaxia que llamaremos Fanzinatra (una vez que descubramos bien su brillo propio); y que ninguno de los interesados se quede sin su copia. Y que así vayamos creciendo. De a poco, o como una explosión. Todavía no sé. Es muy temprano para saber.

El futuro brillante está ahí en standby; y detrás, en el horizonte, se mueve a veces la posibilidad de un segundo número, con varios nombres ya confirmados que forman el grueso de este proyecto del cual el Canario es sólo un catalizador.

¿Qué es lo que siempre esperé de este lugar que se llama Córdoba?
No sé. Al principio lo sabía, allá cuando empecé la carrera: excelencia académica, ser profesor, leer mucho y lo que me gusta. Hoy por hoy, en Letras, me parece que todos estamos discutiendo en una nube de pedos, o recitando una y otra vez autores que alguna vez alguien dijo que eran fundamentales. Si hoy tuviera 19 años, te digo la verdad, mamá, no sé si eligiría de vuelta estudiar Letras. Lo único que no estoy dispuesto a reconocer, en mi orgullo, es que todos estos años han sido tiempo perdido, sino que me han llevado a convencerme (¡a mí mismo!, puesto que ¿a quién más habría que convencer?) de que soy capaz de devolverle algo al mundo, de crear algo nuevo. Cosa que el mero estudio no hace por ahí posible, si no es capaz uno de verse también como con cierta experiencia, con cierto porte.

¿Crisis vocacional? Eso le pasa a cualquiera. ¿Estar orgulloso de una creación? Y... estoy lejos de tener hijos, pero...

6.9.15

De canuto un chupetín

a los 2, quería la teta
a los 4, quería a Priscila
a los 6, quería al Ratón.
primera gran decepción.
a los 7, a Gastón.
hasta hoy mi mejor amigo.
a los 8, el quilombo
el 2002 fue calor
polenta y huevo frito,
no había otra cosa.
a los 9, Culture Club.
a los 10, a mis abuelos.
a los 11, recibirme,
claro está, pasar de sexto.
de ese gran paso me acuerdo
que los que eran mis amigos
se cambiaban de colegio
los amontonaron en diciembre
como reses para el matadero.
a los 12, quería dejar de ser tan tímido.
acercarme a las pibas.
ser gracioso y espontáneo,
toquetón y caradura.
ser yo mismo.
a los 13, fui punk.
a los 14, descubrí el punk,
me gustó, pero no era lo mío.
a los 15, el primer beso
el primer pucho
en un balcón lleno de flores
era febrero
(ella no sabe
que fue el primero).
a los 16, el mar y la montaña.
después, más tarde,
la nieve y el amor.
escribía poemas,
escuchaba a los Doors.
a los 17, quería ser un genio
saber francés,
alemán, inglés,
latín, ruso,
Durkheim y Humboldt
Warhol y Saussure.
con culpa, porque
si alguna vez fui punk
predicando destrucción
nunca antes en mi vida
quise tanto ser realmente alguien.
a los 18, sexo
mucho. en la Iglesia, y en la playa
en el casino
en mi casa,
en un Mégane estacionado
en un castillo en una plaza.
supe lo que era el abandono
porque abandoné
supe lo que era la leucemia
y cómo poco a poco
iba a ir barriendo a los que amaba.
a los 19 junté todo en un caja
y me vine a la calle Balcarce
no sé si alguien sabe
que vivía en el 1°B
del número 612,
como el asteroide
donde el Principito regó la flor.
a los 20 era ansioso.
a los 21 me prometí
que los 20 no se iban a repetir
ni los 19, ni los 18,
que ser un hombre requiere
ante todo mirar al futuro.
busqué laburo.
dejé que me negreen.
todo es experiencia en esta vida,
el trabajo es lo que más te dignifica,
no cualquiera labura cual hormiga,
lo que quise no va a volver más.
de algo me sirvió.
menos feliz pero más vivo
vivo, o sea, despierto,
despierto, o sea, atento,
atento, o sea, menos gil,
porque por ahí ser vivo no es lo mismo que vivir.
así, choco con los 22
pensando cómo el 93 está cada vez más lejos
la otra vez busqué a Priscila en facebook
y no, no apareció.
la próxima vez que tenga dudas
sobre quién quiero ser
escribo otra autobiografía.
no creo que a mi vocación la descubra,
pero lo bueno que sería tener 6
volver a la luna de papel
aprender a jugar ajedrez
leer Fauntleroy y no pornografía.
comprarme de canuto un chupetín.

5.9.15

Un paisaje de Robert Crumb



Las opiniones sobre la obra de Robert Crumb están muy divididas. Para algunos críticos, es uno de los grandes artistas del siglo XX, comparable a escritores satíricos como François Rabelais, Jonathan Swift y Mark Twain, o a pintores como Brueghel y Goya. Otros, en cambio, desde posiciones feministas, han tachado su obra de pornografía misógina, degradante e inmadura. Es cierto que el autor, que no oculta en sus historietas autobiográficas sus obsesiones sexuales, no se ha preocupado nunca de mantenerse fiel a lo políticamente correcto, por lo que su lectura puede resultar incómoda y hasta ofensiva.
(Wikipedia)

4.9.15

Jesus of Suburbia (rvtd.)

Es SORPRENDENTE (no hay otra palabra, ni hay mayúsculas más grandes) lo hondo que caló este tema en mí, Jesus of Suburbia, que hasta el día de hoy las palabras de sabiduría venidas de los viejos me parecen un "bueno, está bien", pero lo escucho al tema, en sus nueve minutos de gloria en cinco partes bien diferenciadas, y entre sus líneas que me sé de memoria siempre, siempre viene adosado un chispazo de lucidez. Puede ser porque la letra casi que no cuenta una historia, porque el disco entero cuenta una historia. Capaz la letra cuenta más bien un estado de esa historia: el tipo perdido que quiere huir, y cómo desconfía de todos en perfecto orden: primero la familia ("sitting on my crucifix while the Mom's and Brad's are away"), luego la sociedad ("city of the dead, at the end of another lost highway..."), y luego en sí mismo ("Nobody's perfect and I stand accused, for lack of better word that's my best excuse").

Fue durante mi adolescencia que construí el hábito, que hasta hoy no sé si es bueno o no, de desconfiar si más de tres personas me dicen lo mismo en momentos diferentes. No es que sea un escéptico de bolsillo, que los hay; simplemente, pienso que la verdad no está ahí fuera, y menos en manos de gente que no hace un esfuerzo por encontrarla más de lo que se esfuerza por intentar enunciarla. Escuchando a todos diciendo cosas (que muchas veces se contradicen) uno entra en una confusión que hace que su cabeza empiece a funcionar como una tele sin cable: simplemente no nos lleva a ningún lado.

"Everyone's so full of shit, born & raised by hypocrites...", canta la tercera parte de la canción, la más poderosa - la que hasta hoy sigo pensando que puede ser bandera de la eterna rabia adolescente, pero Billie la escribió a los 37 años: quizás, quizás, quizás estaba motivado por alguna otra cosa. Pero no es momento de pensar en Billie. Si esta letra era tan significativa para mí a los 14 como lo es para los 21, es porque yo mismo cambié, y empecé a ver en ella cosas diferentes. O no. Simplemente, no maduré un carajo. Andá a saber.



Pero bueno. También, dentro de la canción, hay cosas que me hacen ruido. (Y eso es la prueba final de su eficacia).
Quizás tomaría un análisis del disco entero para ver el desenlace de esta historia, suponiendo que se trata de una historia y no de un montón de canciones compuestas bajo la mano vil de la "mercadotecnia" - como dice Sir John Lydon.
Un tiempo intenté, más por título que por convicción, ser un nihilista. Pero conforme fueron avanzando los años, rápida y lentamente a la vez (el paso del tiempo es una cosa que me intriga muchísimo), me di cuenta que cada vez hay menos razones para ser un nihilista en tanto uno salga de su caparazón con cierta frecuencia. Uf, hay millones de caparazones, y nunca vamos a saber realmente si estamos dentro de uno o no: "O Lord, I could be bound in a nutshell and count myself King of the infinit space", cita Borges.

Pero la salida por la anulación no me parece una salida. Ritalin y gaseosa, cocaína, Mary Jane, televisión; en última instancia, un suicidio -fingido o no-, y perder a los amores que te dejan cartas bomba en el living. Todo para un nuevo comienzo (como sugiere la última parte de Homecoming); que no es más que superar este mismo nihilismo.

Charlie tenía una frase que me gustaba muchísimo, y que la recuerdo cada vez que la desesperación empieza a picar como un pulóver de lana: "para todos aquellos que se están volviendo locos pensando qué van a hacer cuando se reciban - el trabajo es un término global en estos días. Mientras estés fuera de tu burbuja, vas a estar bien".

Trabajo y cualquier cosa. Mientras estés fuera de tu burbuja, vas a estar bien.
Drogarse hasta perder el contacto con el mundo es también una forma de estar dentro de una burbuja, así estés en una habitación llena de gente. Desoír a los otros compulsivamente también. 
Desconfiar de los que quieren arrastrarte a una opinión en términos morales, es esquivar a los ídolos que pueden obstaculizarte. Al fin, todo se trata de actuar según la propia convicción, pero actuar, y para eso se requiere experiencia. (American Idiot no habla de eso; probablemente por eso sea un disco deliciosamente adolescente).

3.9.15

El tobogán y la Macintosh

At the end of the world 
there will only be liquid advertisement 
and gaseous desire.
(Adam Harper)

A ESTA ALTURA DE MI VIDA

A esta altura de mi vida ya no me puedo imaginar mi vida sin todas esas cosas que me preocupan, me asustan o me estresan.
Un minuto recuerdo que debería ser feliz, y al minuto siguiente recuerdo que todavía tengo que lavar los platos, y no voy a ser totalmente feliz hasta que no lave los platos.
Y así, sucesivamente, con un montón de cosas que parecen estar inconclusas todo el tiempo. El que mucho abarca poco aprieta, dice mi vieja. Mamá: a medida de que pasan los años me doy cuenta de que para, pasar una vida sin preocupaciones, lo mejor es no abarcar un carajo.

NATI ESPERANDO EN LA TERMINAL

A ver si me explico con una pequeña anécdota.
Hoy, viernes a la tarde, miraba a una piba sentada en la terminal de ómnibus esperando el colectivo que la llevaría de vuelta a su pueblo. Ella: cara de póker, pelo lacio bien peinado, jogging y remera cómoda, y un pequeño bolso para dos o tres días.
Al toque me imaginé toda la secuencia.
Nati (ponele que se llame Nati) dejó todo ordenado en su casa, apagó las luces y cerró la puerta con llave, y pateó hasta la terminal para tomar un colectivo y hacer un viaje de fin de semana. No tuve envidia por el viaje (aunque, bueno, ¿a quién no le gusta viajar?). Tuve envidia porque Nati tenía todo resuelto: cerró todo, ordenó todo, apagó todo, se planchó jogging y remera y su única preocupación, si la hubiera, era que el colectivo llegue.

Yo, por el contrario, no tenía nada resuelto. Al mirarla, de pasada, sentí que estaba en el medio de un torbellino. Cuando por fin doy por terminado algo (así sea cocinarme el almuerzo, planear la semana que viene, dar de comer al gato, rendir una materia...), ya se está acercando lo siguiente: un nuevo caos al que le tengo que dedicar toda mi atención para que mi vida no se desmorone.
A veces quisiera que mi vida sea ordenada. Que deje de ser tan volátil, tan gaseosa. Saber que en algún momento algo puede terminar, y me puedo ir a dormir tranquilo.

Naturalmente, no es así. La responsabilidad es esa lucha que mantiene uno mismo para tratar de quedarse parado en el huracán.

ETERNIÑO

Es ahí, cuando ese sentimiento se hace inaguantable, que hago el ejercicio de imaginar cómo sería mi vida sin todo ese quilombo. Supongo que si pudiera volver a la infancia, volvería.
Claro está, que a esta edad uno se imagina a la infancia como una edad sin problemas. No creo que la infancia sea la edad sin problemas. Había problemas, sólo que eran distintos. Por ejemplo, desde los 5 años que tengo pánico a que se burlen de mis orejas. Medio que lo superé ahora, pero cuando era chico era terrible. Hoy diría "qué pavada", pero fue grave en su momento. Como si en diez años me mudara a una choza en una selva de Madagascar y dijera "qué gil, yo hace diez años andaba preocupándome por las expensas".

RISAFURANKU 420



Bueno, pero no siempre se puede volver a la infancia. Y acá la cosa se pone linda, porque cada uno tiene sus métodos para sentirse un niño inocente.
El mío es escuchar el Floral Shoppe.
Floral Shoppe es un disco que salió a finales del 2011, y que no mucho tiempo después se constituyó como uno de los discos fundamentales de la estética vaporwave.

¿Qué es el vaporwave?
Una música "a la vez cálida y extraña, nostálgica y futurista, bizarra y totalmente simple". Una mezcla de electrónica con jazz ambiental, un collage de arte futurista con sonidos del Windows 98.

Me encantaría poder explicar por qué esta música tan rara mueve tantos cables en mí, pero la verdad que no puedo.
Así como algunos tienen que tirarse de un tobogán para rememorar su infancia (cosa cada vez más complicada porque conforme crecemos nuestros culos van haciéndose cada vez más gordos), yo necesito algo que me recuerde lo feliz que era delirando con el Paint cuando todavía no había internet en casa.
Me declaro un enamorado del vaporwave, al que escapo como un niño que se esconde tras las piernas de su vieja cuando se manda una cagada ante terceros; escapo a las piernas del vaporwave cuando el 2015 (los nenes sirios ahogados, las urnas prendidas fuego, las expensas sobre la mesa del living) se me hace inaguantable.
Además de que el vaporwave es un movimiento muy preocupado por la estética, hasta el punto de volverse introvertido y hasta cierto punto exento de ego - con decirte que de Macintosh Plus, la artista que realiza Floral Shoppe, se sabe solamente que su nombre ¿real? es Ramona Andra Xavier, y vive en Estados Unidos. Utilizó al menos diez seudónimos, de los cuales el más oficial es Vektroid. De tan introvertido, algunos dicen que el vaporwave es música para autistas. Quizás sea verdad. A mí me habían diagnosticado autismo cuando era muy pendejo; por suerte era un diagnóstico casero y no pasó a mayores.

UN SERVICIO A LA COMUNIDAD

El vaporwave es un viaje de ida, y como tal, uno lo camina bajo su propio riesgo. Pero si de verdad os interesa esta frikiada gigantesca de la que os estoy haciendo partícipes (no sin cierta vergüenza), hay muchos lugares donde uno puede interiorizarse en este mundo que aparentemente no acaba.
El más sencillo es abrirse un tumblr y buscar simplemente "vaporwave", "chillwave", "bitart" o alguna de esas. Al toque va a saltar todo lo que necesitan saborear.
Artistas hay un montón, y gracias a la democratización de la red, se están actualizando constantemente. Mis favoritos, aparte de Macintosh Plus, son Neko Fureku y Blank Banshee. El vaporwave también está en Facebook (una de las pocas razones por las que no lo cierro todavía). Mi favorita: フレッドYOLO, una página absolutamente genial a muchísimos niveles, que te enamora aunque no te guste el vaporwave. Otra, más especialista, es Vaporwave Brazil.
En mi opinión, el vaporwave para pasarse un sábado a la noche solos en una habitación con un escabio rico, convenciéndose a uno mismo de que el mundo exterior no es tan bueno como lo pintan. No es algo que recomiende hacer todos los días, porque sino nadie iría a laburar...