12.12.14

Tangled up in blue

1.
Estuve ahí media hora dando vueltas como siempre que el objetivo inútil es tramitar una puta fotocopia que no existe. No sólo no había fotocopias. No estaban ni los hippies, ni los metegoles, ni los profesores, ni los conserjes. El pasillo era la cara viva de la decadencia pintada por un Van Gogh ciego: las fotos resecas del Rubio del Pasaje y del Obero Asesinado, a contraluz de un sol que moría en tres tristes tragaluces. Afuera era la misma clase de escenario: ramas rotas de la tormenta de anoche sobre el barro esponjoso del caminito que bajaba entre las lomadas y se perdía, alejándose.

¿Qué hacía yo ahí? Habiendo ya "superado" ese estrés crónico que tienen los que estudian, un día después de dos finales seguidos siendo el mismo día anterior a otros tres finales sin preparar. La pesadilla del que tiene que manejar sus propios tiempos presionado por ser un sabihondo sorete o un profesional honrado. Heme allí succionado inoportunamente por una burocracia inútil, en el más cabal sentido de la palabra: inútiles los malditos dependientes de la fotocopiadora, que quince minutos antes de la hora de cierre ya estaban tomándose una birra en Brujas, con la llave de la imprenta orgullosamente olvidada en el fondo de su bolsillo borracho.
Pasó Teresa, la profe de Latinoamericana. Y con su voz nasal y burlonamente (siendo una de las viejas más inteligentes que conocí en mi vida, la ironía se le perdona y hasta se le exige): "te noto preocupado".
"Sí, no hay una sola fotocopiadora abierta en toda la universidad", le respondí.
Se rió como diciendo: "¿sos pelotudo o ya te olvidaste que diciembre es así, se van todos y curtite?".

2.
Día después de una tormenta de verano arrasadora que llena de goteras el hotel y puebla el lobby desierto y sucio de huellas de niños con ruidos raros que no escuché nunca en ninguna parte. Al fondo de la San Jerónimo suenan tiros y gritos de putas de conventillo; eso, al menos, de lo que uno puede llegar a discernir entre el traqueteo furioso de los truenos de un dios cocainómano. He perdido los controles, pienso, he perdido los estribos; me encantaría irme de acá porque ni acá me siento tranquilo (y eso que estoy dead alone), pero si salgo afuera la cosa es peor: me mojo de pies a cabeza y probablemente me maten. Termina esta noche y otra más y puedo volver a mi sana torre de marfil. Quizás no duerma en tres días pensando en esa materia que estoy queriendo preparar, la primera en un año de cursada trunca y fracasos académicos; pero no hay nada más que desee en el mundo que preparar esa materia, leer tranquilo, sin que peligre mi integridad física, mi bolsillo, mi tiempo, mi vida, mi adaptabilidad o mi inteligencia.

3.
"Tangled up in blue" es un tema de Bob Dylan, que abre su disco Blood on the Tracks. Lo estaba escuchando después de la tormenta, en una travesía inútil a Ciudad Universitaria para la que fui a buscar una pila de seis unidades de apuntes de lingüística y terminé con un volumen de cuentos de John Cheever en mi haber, sólo para decir que no fui totalmente al pedo. Mientras lo escuchaba miraba las flores entre los yuyos altos típicos de esta época del año, que salvo justamente hoy nadie se molesta en cortar por la calor.
Sí, señor, placer gustoso, culposo, egoísta, meloso; placer secreto, de aquellos. No hay nada en el mundo que disfrute más que mirar flores en un yuyo un viernes a las ocho menos cuarto, cuando la vida misma se terminó en la Universidad; por estos días, allá arriba (la puta madre, qué distinto es estar subido a la torre de marfil) no existen ni la prisa ni la caravana. Allá arriba puede encontrarse la misma paz diáfana de la que se componen el mar, la primavera, los panteones, los caballos que corren a campo traviesa porque sí. Al menos, esa espina me genera la breve visita.
¿Y por qué? Porque hace tanto que

4.
"Tangled up in blue", versión en vivo, creo que alrededor de 1976. El tema cuenta una historia en primera persona que en esta versión, con la cara pintada de blanco y el sombrero prolijamente puesto sobre unos hirvientes ojos azules, Bob Dylan cambia con soltura a la tercera.

Es hora de ponerme la diez y hacer una especie de síntesis de todo este día antes de poder continuarlo: este tema me hace amar la literatura como única solución posible. ¿De qué otra forma posible podría explicar su simplicidad cautivadora?
Evidentemente, no es un gran arreglo de cuerdas y bronces lo que me causa chucho (hay tantos otros temas en los que sí, pero en este justamente no). Tampoco es una crudeza visceral y eléctrica de un Lydon pre-degenere neuronal.
Es simplemente el hecho de su historia (diégesis, apurando la ñoñada); el hecho de que, además, Bob Dylan juegue a modificar esa historia con una colorida lista de recursos que Bob Dylan maneja con maestría: asesinar al narrador; cambiar "the axe just fell" por "everything went to hell"...

Aprecio arte, pero escribo de arte solamente si el arte es un verdadero bisturí. Si no, es periodismo forzado.
El tema me hizo sangrar una llaga que todavía no está cerrada; ¿qué estoy haciendo acá (la puta madre, ¿qué carajo es acá?) si no es para amar estas cosas?

Pienso todavía en los yuyos altos de Ciudad Universitaria. Pienso en el calor agobiante que me recibió desde el primer día, bajo un sol de febrero, con pelo largo y escuchando Rancid; ávido de conocimiento como nunca antes, avidez y enamoramiento que duró casi exactamente un año y medio hasta que, de repente, me decidí vagamente a arrojarme desde la torre de marfil al vacío que no está vacío; explorar el zoológico del mundo que te enseña con su método salvaje.

Pero heme aquí en busca del tiempo perdido:

5.


"So now I'm going back again
I got to get her somehow..."

3 comentarios:

  1. Hola Patricio! Te he dejado un mensaje-comentario sobre esto hace algunos días a notengonilamasminimaidea@gmail.com, pero me he dado cuenta de que mucho hace tiempo no revisás tu correo :)

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    1. Ya lo leí. Y estoy redactando la respuesta hace un par de días.
      Si es que tengo respuesta.
      ¿Te molesta si publico algo de esto?

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