27.11.14

The drift

Mi tío era un rico excéntrico. Un tiempo lo fue.
Me acuerdo una noche cuando estábamos en el garage tomando tereré, apaciblemente, mi abuelo, yo y él. Estábamos escuchando folklore en la radio. De repente, vemos que él se levanta, agarra su auto sin decir nada y se va al centro. Vuelve veinte minutos después con un bombo. "¿Y eso?", le pregunta mi abuelo. "Un bombo", responde mi tío, "lo quería y lo fui a comprar".
Mi tío me enseñó la belleza subyacente de los actos impulsivos. Cuando uno tiene guita, claro. Jamás lo tocó al bombo. Un día lo prestó y jamás volvió; él tampoco se calentó en buscarlo. Sabía vagamente que el bombo andaba en las manos de la novia de no sé quién, que cada tanto lo amasijaba en vivo por la calle Irigoyen. Lo mismo pasó con un violín. Jamás le pudo sacar un sonido. Y puesto que es un tipo bien, de los que dicen "tu derecho termina cuando empieza el del otro", inmediatamente se dio cuenta que ese sonido chirriante molestaba más que agradar, y también prestó el violín por tiempo indefinido. Pero para entonces ya había descubierto su afición por los deportes extremos.
Luego de su fugaz vocación de músico llegó a esa etapa intensa de su vida, previa a la famosa crisis de los cuarenta; el depósito empezó a llenarse de objetos raros como motores de parapente, armas de caza, cuatriciclos de todos los tamaños y carpas iglú. Un buen día, nos enteramos que tenía guardada una lancha y un gomón en un galpón junto al río. Nos llevó a mi y a mis hermanos a explorar ese galpón, que quedaba a cinco cuadras de casa en una dirección hacia la cual nunca había ido.

Mi tío era un rico excéntrico que, como todos los ricos excéntricos que conocí después, adoraban pagarle a la gente para que hiciera cosas por ellos. Fue así como ataron un cable de acero a la lancha y la arrastraron hacia el embarcadero. Inflaron y ataron el gomón al motor de la lancha. Atrás quedó rápidamente el embarcadero de madera podrida, la costa correntina y la gran chimenea del Cichero; por segunda o tercera vez en mi vida me adentraba en ese Paraná mítico, cuna de tantas canciones de amor febril y forzoso respeto, porque sabía como todos sabíamos que no hacía mucho se había llevado a un pibe que nadó a buscar su pelota.

Mi tío me ató un salvavidas hecho a medida y bajó la velocidad de la lancha en la mitad exacta del río.
La costa este y la costa oeste se veían a la misma distancia entre sus varios kilómetros de ancho. La primera, Corrientes ciudad que ahora me parecía una figurita de papel en el medio del río salvaje; la segunda, la flora silvestre del Chaco indómito al que le debía, en su dignidad de puma, un poco de respeto.
Mirando alrededor me cambié al gomón y mi tío comenzó a acelerar. El coso iba primero lentamente, haciendo olas a los dos lados, y yo bajaba las manos para tantear la superficie del río color barro, cálida, profunda, inmensa y grave, después el tipo empezó a acelerar y el gomón empezó a dar saltitos, cada vez más saltitos mientras levantaba él mismo sus olas de medio metro, mientras yo iba a los tumbos por el aire con cada galope del monstruo de lona amarilla que hacía un rato parecía tan sanito; y llegado un punto en el cual el desquiciado le dio quinta al fondo, el gomón se descontroló y yo solté la manijita y volé por el aire, golpeando la superficie del río en la mitad como si hubiera caído sobre una canchita de fútbol 5, rodé dos o tres veces aterrizando con el pecho y con la pelvis y quedé bocarriba mientras la lancha, que no paraba todavía, se iba alejando.

Ahí fue cuando sentí un escalofrío. Yo no soy un rico excéntrico aficionado a los deportes extremos. Sentí mucha emoción con el gomón rebotando bajo mi culo, pegando unos saltos dignos de un buen canguro acuático pasado de anfetaminas. Pero soy ante nada un romántico pobre, que jamás tuvo ni tendrá oportunidad igual de enfrentarse a lo inmenso y a lo desconocido.
Sentí esa exquisita aprensión de Aconcagua cuando mis piernas se hundían en el agua opaca que borraba mis tobillos. Sabía más que sospechar que el fondo estaba a trescientos metros allá abajo, oscuro y amarronado, y yo suspendido en la nada como la corteza de un árbol que flota como si estuviera flotando en la punta de un rascacielos de Nueva York cuyos cimientos dan a quién sabe qué hondura siniestra donde se esconde quién sabe qué restos de un naufragio paraguayo.
Todo en esa escena fue silencio por unos segundos hasta que volvió la lancha rugiendo. Aproveché y miré a mi izquierda y a mi derecha: Corrientes ciudad, tan pacífica como siempre, los pies bien puestos sobre la tierra mirando con respeto al río que la cobija y la traiciona por partes iguales; el Chaco allá, extendiendo su verde manto sobre la costa a la que no iba a llegar nadando ni en pedo. En el medio de eso, silencio. No se escuchaban los autos, ni los pájaros, ni las nubes, ni la cumbia del embarcadero, ni la lancha que venía de lejos. Se escuchaba solo mi mano chapoteando sobre el agua, el agua interminable sobre la que no hacía pie. Ni siquiera me movía. De pedo no aterricé con el culo puesto sobre un remolino, ni sentí (me hubiera muerto de miedo) un cardumen carnívoro acariciándome la planta de los pies.

Ahí fue cuando le empecé a tener respeto en serio al río.
Antes, salía del colegio, que quedaba enfrente, y me sentaba en la costa a escribirle un poema; siempre giraba sobre lo mismo: la espumita de la costa, el gluglú incansable de la roca marrón, o por la posibilidad soñadora de armarme una balsa e irme a naufragar. Escribía con las manos secas porque es la única forma de escribir.
Un tiempo después lo miré desde arriba del puente. Ahí podés ver toda la ciudad de Corrientes y sus alrededores; en un día claro, las islas del medio, y una multitud de pompones verdes, uno junto al otro, que son la selva del oeste. Desde el puente la costa se ve súper diáfana y tranquila, y el centro es un bulevar espejado que recorren apaciblemente las lanchitas de San Pedro.

Pero esa vuelta sentí mis pies en la hondura del río sabiendo que yo era un nada por ciento en el medio de esa corriente inmensa que planeaba seguir fluyendo por siempre.
La Historia a la que somos arrojados desde el gomón que pega saltos. Todo lo que nos rebalsa: las cuentas, las crisis, la catástrofes. Todo lo que no se detiene: el tiempo, la muerte. Todo lo que es más alto que nosotros: la montaña, el rascacielos, la jirafa, todo lo majestuoso, todo lo húmedo, todo lo oscuro, todo lo hondo, todo lo terrible y todo lo silencioso, inconmesurable.
Y yo nada más que la mierdita que flota; la Tierra puesta de prepo en un mar de galaxias que el hombre, su mayor parásito (el más prescindible, el más soberbio), en su breve paso por una casa estelar que tala a hachazos, no va a conocer jamás.

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