26.11.14

Qué es lo que pienso en los días libres

(...)
—Franco
— ¡Qué lindo nombre! —bromeé. El Franco en cuestión estaba totalmente borracho y no entendió por qué. Cargó con su guitarra con un Bob Dylan pintado ("no sé ningún tema de Bob Dylan", declaraciones difíciles mientras acariciaba un sticker de O'Connor que me hizo sospechar de la dura veracidad de su enunciado), y fue ahí donde, mientras tambaleaba en la bici cuesta abajo, sospeché que no iba a volver con una retribución para los nueve pesos que le había dado para un vino.
Se venía la tormenta; juntamos las cosas, nos despedimos en inglés de la piba y nos fuimos. Mientras nos alejábamos, esquivando los árboles espinosos, me acordé del verso citado por Kerouac: "como los pájaros que se congregan en un árbol al atardecer y se dispersan al caer la noche / así son las despedidas del mundo".
Eso podría haber estado pensando también un observador silencioso que hubiera visto un grupo grande en lo alto de la colina, junto a la garita, y que vio como los últimos dos se despedían de los últimos tres mientras empezaban a caer las primeras gotas; y fue clásico, como cualquier despedida. Ellos por acá, nosotros por allá, y en la colina junto al árbol espinoso no quedó nadie. Fue ahí cuando empezó a llover. "Está meando Dios", bromeó Nico.

Lo próximo que recuerdo es habernos puesto al resguardo en un techo para fumar un cigarrillo; era la galería de una rotisería por la Vélez Sarsfield en la que había un ventilador enchufado que daba, quién sabe por qué, a la vereda. Todo adentro estaba oscuro y enrejado, pero el ventilador, tras la puerta de vidrio abierta, nos tiraba viento desde atrás mientras nos fumábamos el pucho hablando de lo miserable que puede ser la gente. Y entre testimonio y testimonio observé lo siguiente, acaso un poco amodorrado por la botellita de Chivas Regal que nos habían regalado: cómo las líneas de agua corrían como un riachuelo apenas más grande que el Suquía en otoño, derecho por la avenida bajo los colectivos. Seguía lloviendo, y nosotros teníamos que seguir caminando. Era imprescindible conseguir una cerveza, porque a nosotros también se nos había trabado el sistema cerebral de recompensas en un solo fluido milagroso.

Así, más o menos, llegamos al día de hoy. Estiré mis piernas y alargué la mano a la caja que uso como mesita de noche, de la que seleccioné un par de lentes azules que me puse. Coloqué mis manos cómodamente en la nuca, y con los lentes puestos me puse a tomar sol por unos minutos. A las seis de la tarde el sol de noviembre pega duro sobre mi propia cama, que se convierte en mi solárium. Y me relaja con ese cosquilleo único del Astro Rey Marquesi. De fondo, había puesto el Bitches Brew, disco que todavía estoy saboreando.

¿Qué es lo que pienso en los días libres? No pienso en nada. En los días ocupados pienso y archivo, desemboco, analizo y absorbo, desarrollo, ejercito la memoria, me entreno en hacer cosas sin pensar, que es lo más valioso que me ha enseñado el trabajo. Trato de no pensar en las Ocho Horas salvo cuando terminan; y al terminar, pienso en El Choripán o El Café con Leche, recompensas de la rueda del Hombre Trabajador Sensible A Los Pequeños Premios.

No estoy pensando en las pequeñas retribuciones del tiempo, un día soleado, un miércoles que es un sábado de flojera.
No estoy pensando en Miles Davis, ni en el sol mismo, ni en un buen tereré, ni en la ninguna necesidad que tengo de bañarme hasta que tenga ganas. Estoy tirado como mi gato, que está naturalmente tirado sin culpas porque no se da cuenta que está tirado. Cuando sienta ganas de hacer algo, lo hago. El mundo en este momento se reduce a un living caluroso e iluminado, a una buena chocolatada en el freezer, a unos cigarrillos fieros que se están por terminar sugiriéndome una próxima misión. No hay nada más que eso.

Ductilidad del tiempo las pelotas. El tiempo no existe, decía Raymond. En este momento, el reloj no me dice nada; me la fuma. Tengo mucho tiempo en mis manos. De la misma forma que al tener un fajo de billetes a tu disposición, a menos que seas un codicioso de mierda (y qué es el ansioso sino un codicioso del tiempo, el que lo quiere tener contado para ver cómo aprovecharlo mejor), no te dan gana de ponerte a sumar uno a uno sus valores y anotarlos en un librito de dos columnas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario