27.11.14

Erudición y provocación

Balanza resbalosa entre erudición y provocación.
Primer acto. Luca Prodan en cuero con una camisa en la pelada, declarando que el rock es (nada más que) el kcor al revés. Segundo acto. Hunter S. Thompson en algún punto de Barstow cuando las drogas empezaron a hacer efecto. Erudición y provocación. "Las fiestas interminables de Hunter", relataba Anita, su esposa, una voz en off sobre imágenes de Hunter con un vaso en cada mano y rodeado de strippers en topless. Luca Prodan cantaba desde el balcón, siete años en Argentina, un tornado (un tornado) que arrasó con todas las ciudades, la tuya, la mía. Hunter, cuando era joven, se la pasaba en la biblioteca. Prodan hablaba cuatro idiomas. Hunter escribía para la Rolling Stone, pero jamás en toda su carrera escribió un artículo sobre música. Prodan se jactaba de la simpleza tricordial de sus canciones, comparándolas con las de Spinetta que además de su letra hermética tenía una tonelada de acordes todavía no inventados por el hombre.
Creo que muchos personajes se ubican en algún punto de la balanza resbalosa entre una gran mente y un deseo incendiario, propio de la juventud (decía un amigo): destructivo y también autodestructivo, por lo mismo y probablemente nato o como reacción a algo.
Erudición y provocación. Tengo un libro en la mano. ¿Para qué sirve, una vez leído, sino como combustible para quemar una iglesia?
Luca Prodan y su aversión maratónica, bien cultivada, a decirse un intelectual. Podría habérselo visto por ahí con un libro de Ferlinghetti, como Pettinato, pero ya estaba más allá de todo interés por las cosas de la ley: sus prohibiciones, sus alecciones, sus derogaciones. Ya había estado en cana en Europa y había probado toda droga conocida. Estaba más allá del descubrimiento; quizás estaba en la etapa de la acción. No podía sino ser un incendiario.
Hunter hacía estragos en el Senado. Una de las pocas veces que su esposa lo vio llorar fue a propósito de los disturbios en Chicago, que él cubrió como periodista. Eventualmente se dio cuenta de que su vocación. involucrando a su inteligencia, podía ser un arma como las que él desefundaba con desenfado para disparar al mar. Hunter dedicó la parte más prolífica de su carrera a denunciar las bajezas del gobierno bajo la clásica fórmula del miedo y del asco. apoyando a un político sin chances, dando seminarios de día y fiestas interminables de noche, lanzándose él mismo en una candidatura salvaje en la que solía mostrarse usando una máscara de Nixon y burlándose mordazmente de su adversario.

La pura erudición y la sensación de que por sí misma es un callejón sin salida.
No un simple provocador sin seso. Iorio. O un intelectual de ideas inaccesibles para el mundo, más propensas a oxidarse solas que a dar frutos. Tantas.

El hombre pleno está a merced a la balanza...

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