3.10.14

Why won't you make up your mind?

Y no es para nada una crítica ácida a los pibes que revisan a Tame Impala, brasileros, argentinos o australianos, o a aquél Jake Bugg que se puso un sombrero y empezó a cantar a lo Bob Dylan; no es una crítica incluso si esas bandas o esos solistas jamás citarían a sus verdaderas influencias porque el artista siempre tiene que ser un poco velado y no decir toda la verdad, o simplemente porque les gusta esconder lo obvio para hacer todo un poco más profundo, más interesante. Ojo, no es una crítica.

Hace poco que no me molesta la palabra "joven". Antes sí me molestaba: ¿qué, alangaú, ser joven implica menos dignidad para realizar arte o lo que sea? ¿Le van a dar un subsidio del gobierno a un artista consagrado en detrimento de mí, sólo porque soy joven y le parezco un inexperto? Siempre me pareció que la palabra "joven" era un despectivo en boca de un viejo legañoso, que no sabe ya si sigue creando o si se atascó en lo mismo: lo reedituable o lo que está a mano.

Pero "joven" no es eso, o es precisamente eso.
"Joven" es a quien el viejo no le tiene mucha fe (el "joven" al que le tienen fe como un genio artístico no se llama "joven", sino "prodigio"). Esto, en la realité concrète, nos abre a los jóvenes un campo de intereses y posibilidades afines, un mundo de fanzines y proyectos autogestivos que poco tienen que ver con los intereses del (ayy qué linda palabra) establishment artístico. Se repite de nuevo el pasaje del Principito que diferenciaba las preguntas que hacen los mayores ("¿cuánto cobra su padre?") de los niños ("¿le gusta coleccionar mariposas?").

Jugend hat keine Tugend, leía yo en un manual de alemán hace mucho tiempo, y me indignaba. ¿Quién carajo sos vos, viejo arisco, para decirme "Juventud no tiene virtud"?
Lo que intentan demostrar los jóvenes, y por eso siempre son el motor del cambio, es que lo que llaman virtud los viejos son un puñado de costumbres que en su momento fueron ingeniosas y hoy se volvieron grotescas. Todo empieza a decaer, como las tetas de las otrora fogoneras; heroicos son los intentos de Casciari de cambiarle el nombre a su revista cada dos o tres años para que no sea más de lo mismo. 

El joven, además, es especialmente permeable a las influencias, aprovechándolas todo lo que puede. Y es especialmente sensible a lo peor, según Martucelli, que puede decírsele a una persona en la sociedad de hoy: "vos no sos original".
Le preguntás a un artista y te vela todo: el género, la influencia, y hasta las condiciones de composición de tal o cual tema, que parece salido de la nada y por lo tanto imparte a su creador una especie de aura de genio romántico, de demiurgo.
Es un procedimiento más, elegido por el artista para tratar y dialogar con el Ídolo.
Yo tengo 21 años y creo reconocer la influencia patente de los que han sido mis ídolos a lo largo de toda mi vida: ellos no sólo me inculcaron ideas (un poco más claras que las mías), sino que, más importante aún, me hicieron fértil. Me cagaron. En un sentido metafórico. Gente que la tiene más clara que yo me enseña algo que yo, en un trabajo más o menos merecedor de alabanza, transformo en algo nuevo.

Pero creo (esto es plena convicción, de las pocas que tengo a mis 21, entrando en un tornado que se llama "la vida en sociedad", o "la calle", o como sea que se llame este cúmulo de gente haciendo cosas y opinando mierda) que uno de los síntomas más inequívocos de una evolución es la etapa en la cual uno mata a su Ídolo.
Evolución que probablemente no sea lineal (¿qué es lineal desde Foucault? esto no convence a nadie), sino que sea una espiral que da vueltas para arriba o para abajo hasta que te encontrás con uno mismo: una especie de self con expresión propia, idiosincrática, en alguna medida primitiva y salvaje. Espiral que tiene mucho, si no casi todo, de introspección.
No sé si toda la gente se debate lo mismo. Me parece crucial, para vivir en el mundo siendo vos (ojo, capaz hay gente que decide deliberadamente no-ser-ella) conocerte.
Es un proceso en el que uno alternativamente flaquea y se convence; en el primer caso, uno cede la pantorrilla al tackle de los pusilánimes; en el segundo caso, uno tiene las ideas claras (sorry, tengo un blog, pero no es mi caso), claras para vivirlas, más que transmitirlas; ya como uno mismo, casi impermeable a terceros (¿qué es la madurez sino?): al Ídolo, o al Eterno Criticón.

1 comentario:

  1. En pedagogía nos enseñaban, que las cualidades que hacen que un ente sea capaz de educación son: ser persona, imperfecta, pero perfectible y educable. Al respecto, la bibliografía (“Filosofía de la educación personalista”- Ismael Quiles), decía: «Es natural que si todo hombre necesita educación por ser persona “imperfecta”, el niño y el joven la reclaman de manera especial, porque son “personas doblemente imperfectas”, por ser hombre y por ser niño o joven. A éstos les faltan las experiencias y los conocimientos que los adultos han adquirido con el correr de los años. Tienen por ello, “la conciencia de sí y del mundo” menos desarrollada.
    Tienen un conocimiento todavía muy impreciso de sí y del mundo, y por eso les resulta más difícil comprenderse a sí mismos para dirigirse a sí mismos en el mundo, entre las personas y las cosas»

    De cualquier modo, el joven, su cualidad más envidiable y la más autodestructiva es, sin duda, el poder de elegirse, modelarse, construirse a sí mismo; lo cual nunca se da de manera tan radical y definitiva en etapas posteriores de la vida.

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