31.10.14

Un pegajoso Halloween

Esta vez pedí la computadora del fondo y me dieron uno de los boxes privados; a saber, el masturbatorio oficial de la calle 27. Pero me la fumo, por no tener computadora (está en terapia intensiva con pronóstico reservado; le van a cambiar el corazón y capaz un par de dientes. Las calcomanías siguen igual: Ah Yom, El Ojo).
En los cybers se hace muy difícil escribir. Aparte dos cosas.
Una: la hora está a 12 pesos, precio exageradamente alto para cualquier época; en el 2001, porque 12 pesos eran una fortuna; en el 2014, porque los cybers son los últimos reductos de vicio enfermizo de los rezagados que eligen no masturbarse en su casa. Los cybers son un invento jodido; Internet es un derecho, pero henos aquí. Si queremos charlar por Skype con ese amigo perdido en el extranjero, o seguir historias de amor entre pulpos y colegialas japonesas, tenemos que gatillar 12 pesos por la hora. Al menos no cobran extra por los boxes privados.
De cualquier manera, el problema nunca es la tarifa en sí sino que hoy particularmente no tengo ni para los puchos. Detestaría que para colmo de males alguien se me siente al lado porque, si bien uno sabe que el prójimo está en su mundo mirando fotos de ex novias en Facebook, siempre el gil de junto te da la impresión de estar espiando todo lo que hacés. Ahora estoy escribiendo, pero bien podría estar jugando al Age of Empires (porque esta compu lo tiene, y me parece la gloria de las glorias).

Razón número dos. Son las ocho de la mañana y yo no duermo desde las cinco de la tarde. No, no hay drogas; o acaso la más común, esa ambición ciega que inicia la búsqueda del vil metal que sólo se deja asir mediante el peor de los vicios que puede encontrarse desde un cyber a la sede papal: el trabajo.
El trabajo me obliga a trasnochar. Me obliga a dormir todos los días a las ocho y levantarme, de ser posible, a las dos de la tarde; pero como la mañana es mi happy hour, y soy especialmente débil a la tentación de sacarme las zapatillas y ponerme a hacer otra cosa después de una noche larga, generalmente termino destapando una Brahma a las nueve a eme; salvo hoy que, como dije, tengo lo justo para una hora con mis dedos puestos en el teclado pegajoso.

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No obstante, vamos a pasar a lo cursi: no anduve no escribiendo. Usaba mi celular, un confiabilísimo Nokia C2 cuyo diccionario incorpora palabras como "Stalin" y desdeña otras como "banana". Uno va adaptándose, incorporando palabras de su preferencia; así fui sumando "Güemes", "alangaú" y "quilombo".

El celular me permite escribir un texto relativamente conciso a una velocidad similar a la de un teclado de la compu; el ritmo de escritura es muy importante porque tiene que combinar con el ritmo del pensamiento. En papel uno escribe mucho más lento de lo que piensa y termina atorándose; o, si uno agarra la compu a la mañana, pongamos por ejemplo, recién levantado, es posible que no se le caiga una idea por más fácil que sea teclear un testamento.

Pues bien. Agarro el celular en momentos de extrema tensión, donde hay algo que debe decirse con urgencia, no importa para quién, después veremos. Como todo en la vida, lo escrito en el celular es frívolo y se presta a muchísimas correciones; dejé las correcciones para más adelante, léase ahora, cuando voy a ir subiendo una a una todas las cosas que escribí, las importantes y las banales.

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La constancia es lo peor que puede pedírsele a un ser humano, pero pronto estaré de vuelta.

1 comentario:

  1. Me resulta extraño que lo menciones. Alguna vez dijiste que era quizá por tu falta de constancia por la que tenias tan pocos lectores; sin embargo, no he conocido aún alguien tan dedicado a su blog, salvo quizá Holden Centeno ;)

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