20.10.14

Se aprende renegando

Una breve nota acerca de esto de las responsabilidades.

Estaba bajando las escaleras del hall, las luces ubicadas a un costado de un piso de losa blanca bien lustrada a la tarde por dos manos caritativas y llenas de amor a su sueldo de cuatro lucas; me acerco al mostrador y además de la recepcionista de rigor (que hoy por hoy ya renunció) había otro tipo que me recibió con una sonrisa idéntica, la misma que tienen todos los recepcionistas.
Al toque aclaró el misterio: él era un ex-recepcionista. A diferencia de lo que puedo llegar a hacer yo cuando renuncie al hotel (no trabajar en un hotel nunca más en mi vida, seguramente) el tipo ahora es recepcionista en el Sheraton; tiene, como quien dice, vocación, un tesoro que casi nadie tiene. Y el que tiene vocación y está bastante seguro de lo que hace, se reserva el derecho a darte consejos. Estos consejos dicen la cruda verdad pero al mismo tiempo están vacíos de cinismo, y esto lo entendí perfectamente cuando Lucas empezó a abrir su bocota. Yo lo escuché con atención. Me preguntó primero qué estudiaba; le respondí, y me preguntó qué me gustaba leer, y le dije que estaba leyendo esto y que mi autor favorito era este otro. Ajá, dijo verdaderamente interesado. Y en tono un poco más confidente, casi excluyendo de la conversa a la recepcionista de turno pero sin abandonar su sonrisa, me explicó esto de que éste era un laburo sacrificado y yo le respondí que sí, me imaginaba, que para el hotelero no hay vacaciones y que es como si todos los días fueran martes. Celebró mi ocurrencia y yo acusé recibo de su celebración sin decirle que había escuchado esa frase esa misma mañana de un hotelero clase B: el que jamás en su puta vida va a volver a ser hotelero.

A continuación me preguntó si había tenido problemas con el cocinero, que todos los tienen. (El cocinero consiste en un viejo psicópata que amenazó con su cuchillo de siete pulgadas a más de un empleado sin distinción de sexo ni edad: lo que se dice un filántropo al revés).
Le contesté la verdad: que había empezado a tener problemas esa misma tarde. Me dijo algo sencillo: "se aprende renegando".

Una de las frases que más repite uno a bobas es "el orden de los factores no altera el producto". Usémosla con precaución, porque a veces sí, no seamos boludos. Eso me llamó la atención al instante de cuando me habló Lucas. No dijo "renegando se aprende", que daría a entender que renegar es una de las tantas formas en las que uno puede aprender. Dijo lo contrario con las mismas palabras: se aprende renegando. Ahí comprendí que un trabajo puede, en efecto, ser sumamente educativo; me han explicado cosas con una sonrisa, y las he escuchado con suma atención y dedicación. Por ejemplo, cómo cargar una reserva en el sistema. Pero no entendí cómo funcionaba el sistema hasta que se colgó esa máquina de mierda y la tuve que reiniciar yo mismo, en mi primera noche sin entrenadores presentes, tratando de no ahogarme en un vaso de agua con cianuro.

De alguna forma, renegando formás tu actitud. Presentada la situación adversa, aprendés a confiar en un instinto que, en el momento preciso, va a dar respuesta y a mantener el barco a flote. Y así como no tenés que mandarte al frente solo con tus errores, hay que ir a la caza de méritos. Mientras más rápidamente reacciones a una cagada irresoluble, y menos tiendas a delegar la cagada en otros (cosa que en los hoteles es sumamente fácil), más pronto vas a ser el mejor.

De nuevo entra aquí la cuestión de la improvisación de la que hablé tantas veces. El tipo que improvisa sabiendo lo que hace (en este momento estoy escuchando Lisa, de Morphine) tiene poca probabilidad de equivocarse.
Nadie más capacitado para romper las reglas en un arrebato de instinto que el tipo que las conoce a fondo: las subvierte, las invierte, las revierte, las pervierte.

En el trabajo el gesto animal tiene la misma importancia, pero a diferencia del arte, el primero se trata de mantener las cosas marchando por el mayor tiempo posible, ¿no?

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