19.10.14

Recontrainserción

Me di cuenta de lo que estaba haciendo (¿qué estaba haciendo?) salgo a la vereda y había viento, eran las tres de la mañana, y yo, milagrosamente, todavía tenía una camisa azul dentro del pantalón, ni manchada ni nada. Miré al hotel: hall de recepción, luces encendidas, piezas y balcones taciturnos. Miré de nuevo enfrente: Marcelo, el de la playa del estacionamiento, me saludó con un leve movimiento de cabeza antes de volver a entrar cerrando tras de sí la reja ancha y gris.
La última novedad que subí acá sobre el laburo fue sobre el día de mi entrevista y todas las felices casualidades que me dieron a entender que iba a obtener el trabajo. San Jerónimo no se confundió: me dieron el trabajo. Por momentos fue casi grotesco. El primer día, lo primero que me mandaron a hacer no fue a ser traductor simultáneo de una comitiva de modelos eslovenas, sino que me mandaron a cortar un jamón cocido entero al hotel de la vuelta. Por ende, fui con mi jamón y mi dignidad de trabajador bien vestido a dar la vuelta y entré en el hotel amarillo por la Rosario de Santa Fe; feteé el glorioso pedazo de embutido de cinco kilos, lo puse en una bolsa de nylon y emprendí el regreso con orgullo de hobbit. Había elegido mi mejor camisa. Cuando entré en el hotel, me sugirieron que deje el jamón en la heladera y que me ponga a trapear el piso, así que me arremangué y manos a la obra. Welcome.

Otra vez miré a Marcelo que ya había entrado a su cabina a salvo del frío y viré yo mismo para volver al hotel, porque está muy mal dejar sola la recepción ahí con la plata y todo.
Me puse a hacer un balance silencioso de las últimas dos semanas, de cómo se fueron dando hasta ponerme donde estoy, que no es ni cerca de ser gerente del hotel pero por lo menos soy aquél al que le pueden cagar a pedos por cualquier cosa; pero, en una especie de inmunidad, como ya soy empleado fijo (vale decir, ya no me pagan por día, por ende vuelvo a ser pobre), no van a echarme por cualquier cagada que me mande. La seguridad social.

Me siento orgulloso de haber aprendido que cualquier empresa se mantiene a flote gracias a una gran cantidad de pequeños trabajos. Cuentan con vos para un montón de cosas que si no las hacés vos, básicamente no las hace nadie. Ayer entendí esto en toda su magnitud. El hotel es mío en el turno trasnoche; puede parecer hermoso (hasta llevé un libro para leer), pero después te das cuenta que es más trabajo que ocio.
Efectivamente, un gran poder conlleva una gran responsabilidad (qué); uno siente el peso del dueño del hotel que por bien que te caiga, es ese parásito que va y saca gaseosas gratis de la heladera y te pide que le lleves dos sándwiches de milanesa a su habitación, pues vive ahí con su secretario privado, un pibe muy piola que jamás se acuerda de tu nombre y anda de acá para allá a los pedos mientras el otro revisa sus bolsillos buscando las llaves de la chata BMW. Sabiendo estas mañas estoy integrado a la familia, pienso; el doloroso esquema de la burguesía y el proletariado, que en algún punto es cierto, de repente se hace irrelevante mientras todos tengan algo para enfocar sus buenas energías.

Cada vez que dejo el hotel después de una jornada laboral siento que me bajo de un barco que sigue navegando y que voy a encontrar en el siguiente puerto para abordarlo otras ocho horas a donde quiera que vaya. El hotel es un organismo que jamás deja de funcionar: como la vida misma, es todos los días, todo el tiempo. Un viejo recepcionista que ahora se hizo técnico de compus freelance me dijo: "es un laburo sacrificado. Para el hotelero, todos los días son martes".
Hoy le sigo dando la razón. No hay tu tía con los hoteles: ni Navidad, ni Año Nuevo. El ser humano es un ser tan enfermo de su existencia que siempre necesita vacaciones, y nosotros estaremos allí para servirle. Este servicio enseña muchísimo. Al forzarte a ser bueno con las personas, recibís una buena respuesta a menos que el pasajero sea un hijo de puta. Y para quien es bueno y servicial con el prójimo le está reservado un pedacito de cielo.

"El trabajo dignifica", dice mi vieja. En algún sentido sí, en tanto vos sentís que estás haciendo algo útil. Y no pasa por decirte a vos mismo "estoy siendo funcional al sistema, por ende éste me hace creer que tengo que sentirme feliz", ni tampoco pasa por una satisfacción económica (aunque hasta al más comunista de los universitarios le gusta tener unos mangos en el bolsillo para una revolucionaria bolsa de merca).
Pienso en el escenario opuesto: qué pasaría si estuviera todo el día al pedo. Para algunos puede ser rebelión, porque no se sienten útiles al sistema (que es lo mismo que sentirte un inútil, y eso tampoco está bueno, ¿no?). El que no es útil ni, al menos, talentoso, básicamente no está haciendo nada. Y llámenme marioneta de la sociedad, pero lo que menos quiero en este momento de mi vida es estar en mi casa haciendo nada. Ya probé la fruta dulce del ocio, y recibí como paga semanas y semanas de aburrimiento firme y parejo, calvario inexorable y terrible porque no sabía cuándo iba a terminar.

Una amiga mía vociferó el otro día "las responsabilidades son una mierda".
Al toque me imaginé a mí mismo viviendo en una cabaña en el bosque construida con troncos de pino, sin un carajo para hacer salvo sembrar una huerta de tomates en un clima ameno.
Y bostecé de sólo pensarlo.

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