3.10.14

Cuatro años

Un café enfrente de la plaza nueve de julio; resistencia. (¿Cómo era que se llamaba la calle? Corta a la Santa María de Oro y me parece que va al este, a una casita con una terraza donde pasé una de las peores noches de mi vida queriendo escuchar Morphine cuando todos los demás escuchaban Gorillaz). Tiene que haber un café enfrente a esa plaza, sino nos sentaremos a tomar mate dulce bajo los abedules, junto a una fuente seca y unos juegos de niños. Pero a una hora normal, correcta (es decir, nueve de la noche) cuando no haya niños. Tampoco sé si esa plaza (espero que no) está junto a las vías, porque las vías son la zona roja... en fin. Un lugar diáfano donde poder tener una conversación que, sabemos, se va a extender como una anguila que va y viene en la madrugada, la madrugada eterna; calcularemos (pues sabremos de antes que la conversación va a ser eterna) no tener que laburar al día siguiente. Nosotros solíamos compartir tantos pormenores de nuestras vidas de principio a fin, teniendo conversaciones interminables en lo confuso de una juventud incipiente (yo 17, vos ¿21?)... ahora me imagino, que no nos vemos hace uno o dos años y con justo reclamo en el medio pues soy yo el hijo de puta colgado, que tenemos muchos más pormenores. (Un viaje de tu lado... de mi lado, pues, las pequeñas cosas de cada día). Si el detalle de la charla se hace detalle a granel, cada cosita vale tanto como un mundo (cada libro leído, cada trago comprado en cada bar de Nueva Delhi o una cosa así... o cada pequeña impresión que me daba cada pequeña pelotudez que decía Dante Spinetta, con lentes de sol, en su conferencia de prensa allá por marzo), entonces imagino que no nos vamos a ir de esa plaza nunca.
La charla serpentea mientras serpenteamos nosotros capaz cruzando ahora un puente (como querría Cortázar sobre el Sena pero, atenti porque esto es casi grotesco) sobre la Laguna Argüello, donde tocó Catupecu (te re gusta Catupecu) hace un millar de años antes de que todo esto sucediera. ¿Pero qué es todo? Quién carajo sabe. Una parte de ese "todo" es lo que tenemos que contarnos; otra parte queda sepultada, como quien dice mucha agua bajo el puente: los sucesos que rodean a ese envase que se mantiene siempre el mismo (estudiante júnior de letras, estudiante sénior de periodismo) pero que cambia su contenido constantemente, constantemente, constantemente.
Congeniamos. Lo sabemos. Si tus palabras fueran una llave, iría bien en la cerradura de mi cerebro. Creemos que no, pero tengo una vaga fe en que lo único que hay que hacer es limar todas las asperezas; sale al sol el bronce inocuo de esa llave que conseguimos combinar, con maestría de cerrajero que está por cerrar su bulín (no creo conocer a nadie más como vos) hace una locura de tiempo que en el tiempo cósmico no es nada: cuatro años.

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