31.10.14

Halloween 2.

En realidad lo que estoy tratando de aprender en este laburo no es a tirar un buen café ni cómo hacer plata con las agencias turísticas ni la vocación de servicio (que alangaú no se aprende) sino esa constancia, esa paz mental que tienen los trabajadores sacrificados pero no resignados, esa gana de sin pensarlo dedicar ocho horas de su día por varios años a algo que no les pertenece.
Creo que hay dos tipos de personas en el mundo laboral (que, en lo que respecta a la diversidad de caracteres, es más bien pobre y chicato): aquellos a los que esta voluntad de sacrificio les nace naturalmente, y ante cualquier abuso o barbaridad lo único que dirán es "y bueno, hay que laburar, no queda otra"; y otros, como el demonio que estoy tratando de destripar, que se replantean casi todos los días la necesidad fatal o no de dedicar esas ocho horas al cultivo de un jardín ajeno.
Por lo demás, es un buen laburo y me pagan bien. Mario me decía que tengo que ser agradecido por lo que me brindó la vida y, como pasa con todas las cosas, agradecer no consiste en ir un domingo a la iglesia o al templo de San Cayetano (ese santo con cara de nabo que se la pasa fumando trigo y te responde cuando quiere), sino por algo un poquito más heavy: ponerte una camisa dentro del pantalón por un tercio del día, y así por todo el tiempo que sea posible hasta una nueva crisis, señal de una mente inquieta que no pudo callarse más y tuvo que patear el puto tablero.

Halloween, 1

El verdadero problema de la esclavitud es, en realidad, estar obligado a enfocar tus energías inexorablemente a una sola cosa. No pasa solamente por una retribución económica pobre, pues a veces siendo escasa puede ser suficiente y a veces siendo enorme puede no alcanzar.
Uno tiene la opción de desvincularse de todo aquello que le ocasiona más desgastes que satisfacciones; cuando esa opción no está, surge la esclavitud.
Y no hay nada peor que vivir sin opciones.

Un pegajoso Halloween

Esta vez pedí la computadora del fondo y me dieron uno de los boxes privados; a saber, el masturbatorio oficial de la calle 27. Pero me la fumo, por no tener computadora (está en terapia intensiva con pronóstico reservado; le van a cambiar el corazón y capaz un par de dientes. Las calcomanías siguen igual: Ah Yom, El Ojo).
En los cybers se hace muy difícil escribir. Aparte dos cosas.
Una: la hora está a 12 pesos, precio exageradamente alto para cualquier época; en el 2001, porque 12 pesos eran una fortuna; en el 2014, porque los cybers son los últimos reductos de vicio enfermizo de los rezagados que eligen no masturbarse en su casa. Los cybers son un invento jodido; Internet es un derecho, pero henos aquí. Si queremos charlar por Skype con ese amigo perdido en el extranjero, o seguir historias de amor entre pulpos y colegialas japonesas, tenemos que gatillar 12 pesos por la hora. Al menos no cobran extra por los boxes privados.
De cualquier manera, el problema nunca es la tarifa en sí sino que hoy particularmente no tengo ni para los puchos. Detestaría que para colmo de males alguien se me siente al lado porque, si bien uno sabe que el prójimo está en su mundo mirando fotos de ex novias en Facebook, siempre el gil de junto te da la impresión de estar espiando todo lo que hacés. Ahora estoy escribiendo, pero bien podría estar jugando al Age of Empires (porque esta compu lo tiene, y me parece la gloria de las glorias).

Razón número dos. Son las ocho de la mañana y yo no duermo desde las cinco de la tarde. No, no hay drogas; o acaso la más común, esa ambición ciega que inicia la búsqueda del vil metal que sólo se deja asir mediante el peor de los vicios que puede encontrarse desde un cyber a la sede papal: el trabajo.
El trabajo me obliga a trasnochar. Me obliga a dormir todos los días a las ocho y levantarme, de ser posible, a las dos de la tarde; pero como la mañana es mi happy hour, y soy especialmente débil a la tentación de sacarme las zapatillas y ponerme a hacer otra cosa después de una noche larga, generalmente termino destapando una Brahma a las nueve a eme; salvo hoy que, como dije, tengo lo justo para una hora con mis dedos puestos en el teclado pegajoso.

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No obstante, vamos a pasar a lo cursi: no anduve no escribiendo. Usaba mi celular, un confiabilísimo Nokia C2 cuyo diccionario incorpora palabras como "Stalin" y desdeña otras como "banana". Uno va adaptándose, incorporando palabras de su preferencia; así fui sumando "Güemes", "alangaú" y "quilombo".

El celular me permite escribir un texto relativamente conciso a una velocidad similar a la de un teclado de la compu; el ritmo de escritura es muy importante porque tiene que combinar con el ritmo del pensamiento. En papel uno escribe mucho más lento de lo que piensa y termina atorándose; o, si uno agarra la compu a la mañana, pongamos por ejemplo, recién levantado, es posible que no se le caiga una idea por más fácil que sea teclear un testamento.

Pues bien. Agarro el celular en momentos de extrema tensión, donde hay algo que debe decirse con urgencia, no importa para quién, después veremos. Como todo en la vida, lo escrito en el celular es frívolo y se presta a muchísimas correciones; dejé las correcciones para más adelante, léase ahora, cuando voy a ir subiendo una a una todas las cosas que escribí, las importantes y las banales.

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La constancia es lo peor que puede pedírsele a un ser humano, pero pronto estaré de vuelta.

21.10.14

Henrietta Harris

Starry night, city lights

Leo en Facebook una noticia sobre una lluvia de estrellas esta noche (visualizables a partir de las 20.30 horas); celulares que saldrán de Tierra del Fuego programados de fábrica con aplicaciones desarrolladas en Argentina. Esta mañana mataron a un policía en barrio Yofre Norte. Ah, también, Luis Miguel toca mañana en el Orfeo. Y La Voz del Interior proclama en su portada que una de las nuevas formas en la que la nación va a entregar el culo a los buitres es mediante bonos dolarizados. Terrible noticia que no encontró eco en ningún otro diario.
Hoy a la mañana me recorrí la ciudad entre el desayuno y trámites varios; había salido del trabajo, así que no me costó levantarme. Recién me acosté a las 11 de la mañana con un calor del recarajo. Me desperté recién. ¿En qué momento puedo encontrar una pausa?, tiendo a pensar.
A las noches me las paso solo en el hotel tratando de alejarme lo más que puedo del siglo XXI: ayer, por ejemplo, puse en todos los televisores del hall la misma película norteamericana en blanco y negro, y en la radio de la cocina sintonicé la emisora de tangos. Silbando bajito me puse a exprimir jugo. Me concedí un cigarrette break y me senté en el patio interno mirando hacia arriba: el cielo y los seis pisos estaban silenciosos; nadie aprobaba ni desaprobaba mi anacronismo, estaba solo, naufragando.

Creo que la noticia con la que me quedo hoy es la de la lluvia de estrellas. Creo que estoy un poco hastiado de la superinformación, que tan encantadora parece si uno hace zapping. Tantas cosas pechando desde tantos lugares, adelante y atrás, al final te dejan quieto. Uno podría forcejear para salir adelante criticando algunas cosas y alabando otras, pero requiere un esfuerzo lejos de mis brazos: un esfuerzo espiritual, que se hace posible descansando de la sociedad misma.

Patience is a virtue. Uno recuerda el refrán tratando de no romperse la cabeza. Es especialmente doloroso pensar que desde la azotea más alta de la ciudad tampoco vamos a poder ver la lluvia de estrellas; nos la vamos a perder salvo caso de corte general, que provocaría más malestar que otra cosa.

20.10.14

Se aprende renegando

Una breve nota acerca de esto de las responsabilidades.

Estaba bajando las escaleras del hall, las luces ubicadas a un costado de un piso de losa blanca bien lustrada a la tarde por dos manos caritativas y llenas de amor a su sueldo de cuatro lucas; me acerco al mostrador y además de la recepcionista de rigor (que hoy por hoy ya renunció) había otro tipo que me recibió con una sonrisa idéntica, la misma que tienen todos los recepcionistas.
Al toque aclaró el misterio: él era un ex-recepcionista. A diferencia de lo que puedo llegar a hacer yo cuando renuncie al hotel (no trabajar en un hotel nunca más en mi vida, seguramente) el tipo ahora es recepcionista en el Sheraton; tiene, como quien dice, vocación, un tesoro que casi nadie tiene. Y el que tiene vocación y está bastante seguro de lo que hace, se reserva el derecho a darte consejos. Estos consejos dicen la cruda verdad pero al mismo tiempo están vacíos de cinismo, y esto lo entendí perfectamente cuando Lucas empezó a abrir su bocota. Yo lo escuché con atención. Me preguntó primero qué estudiaba; le respondí, y me preguntó qué me gustaba leer, y le dije que estaba leyendo esto y que mi autor favorito era este otro. Ajá, dijo verdaderamente interesado. Y en tono un poco más confidente, casi excluyendo de la conversa a la recepcionista de turno pero sin abandonar su sonrisa, me explicó esto de que éste era un laburo sacrificado y yo le respondí que sí, me imaginaba, que para el hotelero no hay vacaciones y que es como si todos los días fueran martes. Celebró mi ocurrencia y yo acusé recibo de su celebración sin decirle que había escuchado esa frase esa misma mañana de un hotelero clase B: el que jamás en su puta vida va a volver a ser hotelero.

A continuación me preguntó si había tenido problemas con el cocinero, que todos los tienen. (El cocinero consiste en un viejo psicópata que amenazó con su cuchillo de siete pulgadas a más de un empleado sin distinción de sexo ni edad: lo que se dice un filántropo al revés).
Le contesté la verdad: que había empezado a tener problemas esa misma tarde. Me dijo algo sencillo: "se aprende renegando".

Una de las frases que más repite uno a bobas es "el orden de los factores no altera el producto". Usémosla con precaución, porque a veces sí, no seamos boludos. Eso me llamó la atención al instante de cuando me habló Lucas. No dijo "renegando se aprende", que daría a entender que renegar es una de las tantas formas en las que uno puede aprender. Dijo lo contrario con las mismas palabras: se aprende renegando. Ahí comprendí que un trabajo puede, en efecto, ser sumamente educativo; me han explicado cosas con una sonrisa, y las he escuchado con suma atención y dedicación. Por ejemplo, cómo cargar una reserva en el sistema. Pero no entendí cómo funcionaba el sistema hasta que se colgó esa máquina de mierda y la tuve que reiniciar yo mismo, en mi primera noche sin entrenadores presentes, tratando de no ahogarme en un vaso de agua con cianuro.

De alguna forma, renegando formás tu actitud. Presentada la situación adversa, aprendés a confiar en un instinto que, en el momento preciso, va a dar respuesta y a mantener el barco a flote. Y así como no tenés que mandarte al frente solo con tus errores, hay que ir a la caza de méritos. Mientras más rápidamente reacciones a una cagada irresoluble, y menos tiendas a delegar la cagada en otros (cosa que en los hoteles es sumamente fácil), más pronto vas a ser el mejor.

De nuevo entra aquí la cuestión de la improvisación de la que hablé tantas veces. El tipo que improvisa sabiendo lo que hace (en este momento estoy escuchando Lisa, de Morphine) tiene poca probabilidad de equivocarse.
Nadie más capacitado para romper las reglas en un arrebato de instinto que el tipo que las conoce a fondo: las subvierte, las invierte, las revierte, las pervierte.

En el trabajo el gesto animal tiene la misma importancia, pero a diferencia del arte, el primero se trata de mantener las cosas marchando por el mayor tiempo posible, ¿no?

Cervantes (revisited)

1.

A estos dos poemas los escribí sobre papel (parece) sentado en mi mostrador de la biblioteca Cervantes en octubre del año 2011 cuando tenía 18 años.
La primavera soñadora. Un buen presupuesto me permitía ir y volver de Córdoba cada dos semanas. Estaba convencido de que mi vida iba a empezar a dividirse entre dos ciudades y disfrutaba el ínterin: "del lado de allá" la Cañada y las tiendas de antigüedades, y "del lado de acá" los lapachos y el aburrimiento denso y caluroso de ir a clases de francés los martes a las 9 de la mañana y después no tener un pito que hacer hasta las 6 y media de la tarde, hora en la que nos sentábamos con Isis a tomar cerveza por ahí y a cagarnos de risa del que se nos cruce. No recuerdo una sola noche en la que haya vuelto enteramente sobrio del laburo. En ese contexto, Córdoba era "el escape" (parece, según los dos últimos versos del primer poema) mientras ahorraba trabajando como bibliotecario y dejándome apalear por libros y enciclopedias que entraban en mi marulo y arrasaban con todo.

2.

Nokia,
conectar gente,
Nokia, conectar gente, marihuana, suomen kieli
mucha nieve, pelo de lobo, marihuana, suomen kieli, Nokia.
La máscara de Dylan Thomas,
la armónica histérica de Dylan, Robert,
T.S. Eliot y Ezra Pound frente a frente
(marihuana, lobos, Nokia)
Rosario, alienación, sombreros. Mucha nieve
lobos, suomen kieli, zorros en la nieve
Belle and Sebastian (Glasgow, Scotland), Paulina,
alfajores, tortas, marihuana
café
(y acá un universo infinito se abre)¹
conectar gente... criollismo de Nokia
(en finés cómo será)
Buenos Aires de 1963. Los gorilas
desazón mía porque nada es lo mismo
la vida linda está hecha de imágenes que encajan
de sensaciones apropiadas
del París de Oliveira,
no de la porteña inacción suburbana.
Creo que Rayuela es la causa de mis males...
les armes secrètes, Johnny Carter, saxofón, marihuana,
inmensidad, Svalbard y Jan Mayen, svenska, dansk,
Heimskringla,
soledad. Suomen kieli, Nokia, mi casa, mi café
mi caja blanca, mi jazz, mi bolso, mi sombrero
mis manos, mi puerta, mi vida, mi huida.


───── ♠ ─────

¹
La sola gota de café anticipó
el jazz dorado de Charlie Parker,
tus bellas piernas castañas en cruz,
el plenilunio,
la isla de Victoria, vista desde Rosario,
la nube póstuma que anuncia la lluvia de la semana
el café mismo listo en la cafetera,
el cerrar de tu ventana cuando hace frío,
el tacto de tu pelo liso,
el chiste y la sonrisa,
los gestos exagerados, pero con carisma,
el primer cigarrillo, por el que nos morimos de ganas,
mover esa ficha en el ajedrez, y la cara del adversario.
Sigue la lluvia en el campo y el arroyo corre entre las piedras,
corro a refugiarme en un techo para esperar el colectivo
Y el último trago de café es fuerte, vibrante,
como un solo de Charlie otra vez
como la sensación de mirarte seriamente a los ojos
y descubrir
el fondo de un aljibe oscuro
el golpe seco de una campana
la palidez de la nieve por extinguirse
un refugio en la montaña al atardecer
las burbujas de chocolate caliente
los granos oscuros de café,
la sombra de los altos edificios de Buenos aires donde la noche
se aproxima temprano.

Un cinzano con Gay Talese

Sabrá el buen lector que el viernes fue el recital de Morphine para el cual, en un acto de confianza más grande que el que me corresponde, surgió una acreditación de último minuto para El Ojo; es decir que, en honor al oficio, tengo que tratar de poner en palabras lo inexplicable.
Partamos de la premisa de que cualquier experiencia se puede poner en palabras. Aceptemos esto como posible, sino el oficio del periodismo en momentos sublimes sería imposible (ahora mismo estoy leyendo a Gay Talese para disuadirme de eso). Demos por hecho de que hubo personas que testimoniaron cosas tan absurdas como una guerra mundial o una aparición de la Virgen en cierta gruta siciliana. Recurramos, si se quiere, a lo más patético: el auto-convencimiento de que lo que viví tampoco es gran cosa, comparándolo con las catástrofes y los milagros.
Sea como sea, una vez aceptada la premisa número uno, pasemos a la especificidad de la situación: ¿cómo describís con palabras sensatas y objetivas (que es de lo que más se pavonea el periodismo) ese momento increíble en el cual ves a tu banda favorita a veinte pasos, casi lamiendo sus putos pedales? Aceptemos que esto es posible de alguna forma; aceptemos también que se puede ser relativamente objetivo sin renunciar a un estilo, aunque el estilo no debería ser, en principio, la excesiva alabanza. Si destilamos todos los monosílabos de incredulidad que no conforman por sí mismos una reseña, y tratamos de organizar la experiencia de principio a fin iluminando lo que debe iluminarse y velando lo que puede ser olvidado, capaz lleguemos a un buen resultado. ¿Qué distingue un buen resultado de un resultado genial? Esto sí que no lo sé, y acaso nadie lo sepa. Derrida se mostraría sumamente escéptico con buenos motivos y eso me rompe mucho las bolas.

Por esto mismo, creo, estoy leyendo a Gay Talese. Habla de la vez que se encontró en Beverly Hills con el artista más importante de Norteamérica, la personalidad más explosiva que podía encontrarse en un bar en los años cincuenta: la voz más potente, un productor cinematográfico en ascenso, un ícono cultural y un presunto aliado de la mafia, odiado y amado por hombres y mujeres de dos generaciones los cuales habían hecho el amor con su voz de fondo.
Si ese tipo pudo poner en perspectiva un momento así, me estimula un poco la idea de poder llegar a más de dos monosílabos. Veremos qué sale, y prometo colgar acá lo que salga (un monstruo terrible o una obra de arte); y no sólo eso: prometí traducirlo y enviárselo a Jeremy Lyons, con el cual estuve hablando por Facebook esta misma tarde. Créalo si quiere. Yo no lo creo.

19.10.14

Recontrainserción

Me di cuenta de lo que estaba haciendo (¿qué estaba haciendo?) salgo a la vereda y había viento, eran las tres de la mañana, y yo, milagrosamente, todavía tenía una camisa azul dentro del pantalón, ni manchada ni nada. Miré al hotel: hall de recepción, luces encendidas, piezas y balcones taciturnos. Miré de nuevo enfrente: Marcelo, el de la playa del estacionamiento, me saludó con un leve movimiento de cabeza antes de volver a entrar cerrando tras de sí la reja ancha y gris.
La última novedad que subí acá sobre el laburo fue sobre el día de mi entrevista y todas las felices casualidades que me dieron a entender que iba a obtener el trabajo. San Jerónimo no se confundió: me dieron el trabajo. Por momentos fue casi grotesco. El primer día, lo primero que me mandaron a hacer no fue a ser traductor simultáneo de una comitiva de modelos eslovenas, sino que me mandaron a cortar un jamón cocido entero al hotel de la vuelta. Por ende, fui con mi jamón y mi dignidad de trabajador bien vestido a dar la vuelta y entré en el hotel amarillo por la Rosario de Santa Fe; feteé el glorioso pedazo de embutido de cinco kilos, lo puse en una bolsa de nylon y emprendí el regreso con orgullo de hobbit. Había elegido mi mejor camisa. Cuando entré en el hotel, me sugirieron que deje el jamón en la heladera y que me ponga a trapear el piso, así que me arremangué y manos a la obra. Welcome.

Otra vez miré a Marcelo que ya había entrado a su cabina a salvo del frío y viré yo mismo para volver al hotel, porque está muy mal dejar sola la recepción ahí con la plata y todo.
Me puse a hacer un balance silencioso de las últimas dos semanas, de cómo se fueron dando hasta ponerme donde estoy, que no es ni cerca de ser gerente del hotel pero por lo menos soy aquél al que le pueden cagar a pedos por cualquier cosa; pero, en una especie de inmunidad, como ya soy empleado fijo (vale decir, ya no me pagan por día, por ende vuelvo a ser pobre), no van a echarme por cualquier cagada que me mande. La seguridad social.

Me siento orgulloso de haber aprendido que cualquier empresa se mantiene a flote gracias a una gran cantidad de pequeños trabajos. Cuentan con vos para un montón de cosas que si no las hacés vos, básicamente no las hace nadie. Ayer entendí esto en toda su magnitud. El hotel es mío en el turno trasnoche; puede parecer hermoso (hasta llevé un libro para leer), pero después te das cuenta que es más trabajo que ocio.
Efectivamente, un gran poder conlleva una gran responsabilidad (qué); uno siente el peso del dueño del hotel que por bien que te caiga, es ese parásito que va y saca gaseosas gratis de la heladera y te pide que le lleves dos sándwiches de milanesa a su habitación, pues vive ahí con su secretario privado, un pibe muy piola que jamás se acuerda de tu nombre y anda de acá para allá a los pedos mientras el otro revisa sus bolsillos buscando las llaves de la chata BMW. Sabiendo estas mañas estoy integrado a la familia, pienso; el doloroso esquema de la burguesía y el proletariado, que en algún punto es cierto, de repente se hace irrelevante mientras todos tengan algo para enfocar sus buenas energías.

Cada vez que dejo el hotel después de una jornada laboral siento que me bajo de un barco que sigue navegando y que voy a encontrar en el siguiente puerto para abordarlo otras ocho horas a donde quiera que vaya. El hotel es un organismo que jamás deja de funcionar: como la vida misma, es todos los días, todo el tiempo. Un viejo recepcionista que ahora se hizo técnico de compus freelance me dijo: "es un laburo sacrificado. Para el hotelero, todos los días son martes".
Hoy le sigo dando la razón. No hay tu tía con los hoteles: ni Navidad, ni Año Nuevo. El ser humano es un ser tan enfermo de su existencia que siempre necesita vacaciones, y nosotros estaremos allí para servirle. Este servicio enseña muchísimo. Al forzarte a ser bueno con las personas, recibís una buena respuesta a menos que el pasajero sea un hijo de puta. Y para quien es bueno y servicial con el prójimo le está reservado un pedacito de cielo.

"El trabajo dignifica", dice mi vieja. En algún sentido sí, en tanto vos sentís que estás haciendo algo útil. Y no pasa por decirte a vos mismo "estoy siendo funcional al sistema, por ende éste me hace creer que tengo que sentirme feliz", ni tampoco pasa por una satisfacción económica (aunque hasta al más comunista de los universitarios le gusta tener unos mangos en el bolsillo para una revolucionaria bolsa de merca).
Pienso en el escenario opuesto: qué pasaría si estuviera todo el día al pedo. Para algunos puede ser rebelión, porque no se sienten útiles al sistema (que es lo mismo que sentirte un inútil, y eso tampoco está bueno, ¿no?). El que no es útil ni, al menos, talentoso, básicamente no está haciendo nada. Y llámenme marioneta de la sociedad, pero lo que menos quiero en este momento de mi vida es estar en mi casa haciendo nada. Ya probé la fruta dulce del ocio, y recibí como paga semanas y semanas de aburrimiento firme y parejo, calvario inexorable y terrible porque no sabía cuándo iba a terminar.

Una amiga mía vociferó el otro día "las responsabilidades son una mierda".
Al toque me imaginé a mí mismo viviendo en una cabaña en el bosque construida con troncos de pino, sin un carajo para hacer salvo sembrar una huerta de tomates en un clima ameno.
Y bostecé de sólo pensarlo.

18.10.14

La forma lírica es de hecho la más simple vestidura verbal de un instante de emoción, un grito rítmico como aquellos que en épocas remotas animaban al hombre primitivo doblado sobre el remo u ocupado en izar un peñasco por la ladera de una montaña. Aquel que lo profiere tiene más conciencia del instante emocionado que de sí mismo como el sujeto de la emoción.
Joyce 

4.10.14

Eighth world wonder
girl in brown dress
in summernight wanders

3.10.14

Why won't you make up your mind?

Y no es para nada una crítica ácida a los pibes que revisan a Tame Impala, brasileros, argentinos o australianos, o a aquél Jake Bugg que se puso un sombrero y empezó a cantar a lo Bob Dylan; no es una crítica incluso si esas bandas o esos solistas jamás citarían a sus verdaderas influencias porque el artista siempre tiene que ser un poco velado y no decir toda la verdad, o simplemente porque les gusta esconder lo obvio para hacer todo un poco más profundo, más interesante. Ojo, no es una crítica.

Hace poco que no me molesta la palabra "joven". Antes sí me molestaba: ¿qué, alangaú, ser joven implica menos dignidad para realizar arte o lo que sea? ¿Le van a dar un subsidio del gobierno a un artista consagrado en detrimento de mí, sólo porque soy joven y le parezco un inexperto? Siempre me pareció que la palabra "joven" era un despectivo en boca de un viejo legañoso, que no sabe ya si sigue creando o si se atascó en lo mismo: lo reedituable o lo que está a mano.

Pero "joven" no es eso, o es precisamente eso.
"Joven" es a quien el viejo no le tiene mucha fe (el "joven" al que le tienen fe como un genio artístico no se llama "joven", sino "prodigio"). Esto, en la realité concrète, nos abre a los jóvenes un campo de intereses y posibilidades afines, un mundo de fanzines y proyectos autogestivos que poco tienen que ver con los intereses del (ayy qué linda palabra) establishment artístico. Se repite de nuevo el pasaje del Principito que diferenciaba las preguntas que hacen los mayores ("¿cuánto cobra su padre?") de los niños ("¿le gusta coleccionar mariposas?").

Jugend hat keine Tugend, leía yo en un manual de alemán hace mucho tiempo, y me indignaba. ¿Quién carajo sos vos, viejo arisco, para decirme "Juventud no tiene virtud"?
Lo que intentan demostrar los jóvenes, y por eso siempre son el motor del cambio, es que lo que llaman virtud los viejos son un puñado de costumbres que en su momento fueron ingeniosas y hoy se volvieron grotescas. Todo empieza a decaer, como las tetas de las otrora fogoneras; heroicos son los intentos de Casciari de cambiarle el nombre a su revista cada dos o tres años para que no sea más de lo mismo. 

El joven, además, es especialmente permeable a las influencias, aprovechándolas todo lo que puede. Y es especialmente sensible a lo peor, según Martucelli, que puede decírsele a una persona en la sociedad de hoy: "vos no sos original".
Le preguntás a un artista y te vela todo: el género, la influencia, y hasta las condiciones de composición de tal o cual tema, que parece salido de la nada y por lo tanto imparte a su creador una especie de aura de genio romántico, de demiurgo.
Es un procedimiento más, elegido por el artista para tratar y dialogar con el Ídolo.
Yo tengo 21 años y creo reconocer la influencia patente de los que han sido mis ídolos a lo largo de toda mi vida: ellos no sólo me inculcaron ideas (un poco más claras que las mías), sino que, más importante aún, me hicieron fértil. Me cagaron. En un sentido metafórico. Gente que la tiene más clara que yo me enseña algo que yo, en un trabajo más o menos merecedor de alabanza, transformo en algo nuevo.

Pero creo (esto es plena convicción, de las pocas que tengo a mis 21, entrando en un tornado que se llama "la vida en sociedad", o "la calle", o como sea que se llame este cúmulo de gente haciendo cosas y opinando mierda) que uno de los síntomas más inequívocos de una evolución es la etapa en la cual uno mata a su Ídolo.
Evolución que probablemente no sea lineal (¿qué es lineal desde Foucault? esto no convence a nadie), sino que sea una espiral que da vueltas para arriba o para abajo hasta que te encontrás con uno mismo: una especie de self con expresión propia, idiosincrática, en alguna medida primitiva y salvaje. Espiral que tiene mucho, si no casi todo, de introspección.
No sé si toda la gente se debate lo mismo. Me parece crucial, para vivir en el mundo siendo vos (ojo, capaz hay gente que decide deliberadamente no-ser-ella) conocerte.
Es un proceso en el que uno alternativamente flaquea y se convence; en el primer caso, uno cede la pantorrilla al tackle de los pusilánimes; en el segundo caso, uno tiene las ideas claras (sorry, tengo un blog, pero no es mi caso), claras para vivirlas, más que transmitirlas; ya como uno mismo, casi impermeable a terceros (¿qué es la madurez sino?): al Ídolo, o al Eterno Criticón.

Pixel ghost train




Cuatro años

Un café enfrente de la plaza nueve de julio; resistencia. (¿Cómo era que se llamaba la calle? Corta a la Santa María de Oro y me parece que va al este, a una casita con una terraza donde pasé una de las peores noches de mi vida queriendo escuchar Morphine cuando todos los demás escuchaban Gorillaz). Tiene que haber un café enfrente a esa plaza, sino nos sentaremos a tomar mate dulce bajo los abedules, junto a una fuente seca y unos juegos de niños. Pero a una hora normal, correcta (es decir, nueve de la noche) cuando no haya niños. Tampoco sé si esa plaza (espero que no) está junto a las vías, porque las vías son la zona roja... en fin. Un lugar diáfano donde poder tener una conversación que, sabemos, se va a extender como una anguila que va y viene en la madrugada, la madrugada eterna; calcularemos (pues sabremos de antes que la conversación va a ser eterna) no tener que laburar al día siguiente. Nosotros solíamos compartir tantos pormenores de nuestras vidas de principio a fin, teniendo conversaciones interminables en lo confuso de una juventud incipiente (yo 17, vos ¿21?)... ahora me imagino, que no nos vemos hace uno o dos años y con justo reclamo en el medio pues soy yo el hijo de puta colgado, que tenemos muchos más pormenores. (Un viaje de tu lado... de mi lado, pues, las pequeñas cosas de cada día). Si el detalle de la charla se hace detalle a granel, cada cosita vale tanto como un mundo (cada libro leído, cada trago comprado en cada bar de Nueva Delhi o una cosa así... o cada pequeña impresión que me daba cada pequeña pelotudez que decía Dante Spinetta, con lentes de sol, en su conferencia de prensa allá por marzo), entonces imagino que no nos vamos a ir de esa plaza nunca.
La charla serpentea mientras serpenteamos nosotros capaz cruzando ahora un puente (como querría Cortázar sobre el Sena pero, atenti porque esto es casi grotesco) sobre la Laguna Argüello, donde tocó Catupecu (te re gusta Catupecu) hace un millar de años antes de que todo esto sucediera. ¿Pero qué es todo? Quién carajo sabe. Una parte de ese "todo" es lo que tenemos que contarnos; otra parte queda sepultada, como quien dice mucha agua bajo el puente: los sucesos que rodean a ese envase que se mantiene siempre el mismo (estudiante júnior de letras, estudiante sénior de periodismo) pero que cambia su contenido constantemente, constantemente, constantemente.
Congeniamos. Lo sabemos. Si tus palabras fueran una llave, iría bien en la cerradura de mi cerebro. Creemos que no, pero tengo una vaga fe en que lo único que hay que hacer es limar todas las asperezas; sale al sol el bronce inocuo de esa llave que conseguimos combinar, con maestría de cerrajero que está por cerrar su bulín (no creo conocer a nadie más como vos) hace una locura de tiempo que en el tiempo cósmico no es nada: cuatro años.

1.10.14

Jerónimo application

Merced a un feliz hecho fortuito me citaron para una entrevista de trabajo a las cinco y cuarto de la tarde el día 30 de septiembre en un hotel por la calle San Jerónimo, donde había dejado CV presumiendo de más que informando sobre mis excepcionales capacidades para comunicarme en idioma inglés. Recién cuando llegué allí, quince minutos antes de la cita, y noté que era el hotel más grande y fifí de la cuadra (entre el Ritz y el Everest, era el único que exhibía en la fachada siete banderas latinoamericanas de rigor), me di cuenta de la feliz cadena de casualidades que rodeaban todo el evento.

Todos los comercios de la calle San Jerónimo estaban cerrados debido a, justamente, el día de San Jerónimo de Estridón, santo patrono de Córdoba, cuya figura se recuerda el día 30 de septiembre. El hotel mismo se llama Del Fundador, en alusión a Jerónimo Luis de Cabrera, quien en un arranque de narcicismo bien fundado eligió a su tocayo como el patrono de la ciudad; dicho patrono era (según leí hoy) ducho en idiomas y traducciones: Jerónimo de Estridón había sido el primero que tradujo la Biblia del griego al latín en el año 387 d.C.

Que me citen a entrevista en la calle del patrono, en el día del patrono y en el hotel del fundador (que recordó, en su momento, al patrono), y que dicho patrono sea la cara sagrada de la unión lingüística entre culturas, me llena no sólo de un optimismo eufórico sino de fe, la auténtica fe en un milagro que la gente espera como justa paga por creer, más o menos desmedidamente, en estas felices casualidades como la que me toca hoy.

Estoy a punto de entrar en la entrevista, y darme cuenta de esto no sólo me llena de confianza; haber escrito esto sentado en un cantero frente al bar de Yoly, diez minutos antes de la hora clave, me afloja la lengua para expresarme resueltamente en cualquier idioma que el jefecito requiera.