2.9.14

Y... con voluntad se puede

Una de las cosas que rescato de Carlos, el novio que más tiempo pasó con mamá, es una conversación que tuve con él a los nueve años.
Yo le pregunté: "¿se puede leer todo el Apocalipsis en un día?".
"Con voluntad, sí", me dijo.

El Apocalipsis era para mí un libro sagrado pero lo leí con un interés aventurero, como quien lee un cuento de Mark Twain; quería saber qué tan poderoso podía ser un tipo que llega flotando desde el cielo con los ojos ardientes como soles y los pies de bronce crisol, a hacer justicia a un mundo hecho mierda. En ese entonces, Babilonia y una puta gigante eran las ajusticiadas por este superhéroe sui generis; hoy, según el mismo criterio, sería cualquier lugar de California en donde se filmara un reality de MTV, o cualquier lugar donde se gastara dinero en proporciones árabes.

Justamente por su carácter de sagrado dudaba de poder leerlo en un solo día, pero sin embargo me encerré a hacer la prueba. Lo leí en la pieza de Carlos y mamá, y tardé dos horas; al principio con una gran fascinación, leyendo incluso las exégesis que remitían, sobre todo, al libro de Daniel (que era como el lado B de la aventura apocalíptica narrada por un humano aterrorizado por el mismo superhéroe bizarro); la parte del medio era medio tediosa y la del final era una resolución en la cual se describía cómo iba a ser el fin del mundo, porque yo pensaba que el libro hablaba del fin del mundo.

Podría decirse que la voluntad se mantuvo sola gracias a la pasión por la literatura. Detrás de su lenguaje intrincado y hermético (como las palabras "intrincado" y "hermético") yo me imaginaba un mundo que se caía a pedazos, anticipo de la mejor ciencia ficción dos mil años antes; en cierto momento, me acuerdo que me acordé de nada menos que de la triste suerte de Alderaan.

"Con voluntad, sí", me había dicho Carlos, y yo le había demostrado tener voluntad. Porque fue la primera persona a la que dije triunfante "terminé" después de las dos horas de maratónica lectura fantástica.

Esta mañana me levanté con el objetivo de sacar literatura francesa libre dentro de tres semanas. Entonces tengo que encontrar una forma humanamente posible para que me entren en el marulo nada menos que catorce siglos de formación y decadencia de una de las literaturas más prolíficas del mundo... por puro capricho de no querer cursar toda la materia de nuevo. Así iremos desde los franchutes con calza y sus cantares de gesta hasta la finura pueblerina y embolante de Emma Bovary; desde los conventos monstruosos de Rabelais hasta (para complicar más las cosas) novelas en francés provenientes del Caribe o del Magreb, que ya no hablan de dios ni de nada y por ende no se les entiende un corno.
En cierta medida es para sacármela de encima más que para aprender, a la inversa de lo que sucedió con el Apocalipsis. Es una solución para nada pedagógica, pero qué le vamos a hacer; no voy a cursar la misma materia tediosa dos veces para que el resultado sea (lo estoy viendo ya) exactamente el mismo. Prefiero condensar mi tiempo en un aprendizaje intenso y en última instancia "libre a mi propia voluntad" a esperar cuatro meses pacientemente para demostrarle a la vieja, a la cual respeto mucho y que según ella tomó clases con Sartre en persona, que yo sé algo y entendí algo de lo que ella da.
Me jode y me joderá la "asistencia". Me jode y me joderá la obligatoriedad de asistencia que reclama la gente que duda de tu voluntad de aprender. Saben, y yo sé que saben, que preferiría pasarme una tarde de miércoles a plena luz del sol, que escuchándolas hablar sobre el amargado de Racine; pero por eso mismo dudan, y yo sé que dudan, que Racine me importa más que medio carajo.

Acá es cuando Carlos me diría con mucha integridad de espíritu "y... con voluntad se puede". Pero está ocupado en Brasil escapando de sus acreedores, que me llaman a mí porque el hijo de puta declaró que yo soy hijo suyo. Con voluntad se podría pagar, le respondo yo medio burlonamente. Pero de cualquier forma tomo su consejo. Porque la guita no es lo mismo que el conocimiento, ni nos corrompe tanto como este último...

No hay comentarios:

Publicar un comentario