3.9.14

¡Qué síntoma!

Bermúdez me observó, entre admirativo e intrigado.
—Usted me gusta —reiteró—. Su vocación por la farsa es tremenda. ¿Le viene de adentro, como una "expiración", o la ejerce mediante un acto cerebral?
—Nunca me lo he preguntado —le dije—. Sé que en los trances más dramáticos o solemnes de mi vida siento una furia interior, poética y a la vez destructora, que me incita de pronto a una liberación por el absurdo.
—¡Qué síntoma! —exclamó Bermúdez al parecer deleitado—. El maestro Inaudi vería en él una "calificación para el salto metafísico".
(Leopoldo Marechal, El banquete de Severo Arcángelo) 

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