9.9.14

La vida 2. en la ciudad


Hay que amar el lugar donde uno está parado.
Y en general no se lo puede culpar. Hay algunas excepciones, en las que el lugar donde estamos parados actúa como un pesado ostinato que nos impide considerar ser felices.
El costado admirable de los jóvenes que, sin cuestionar su aporte, se levantan todos los sábados a construir viviendas de emergencia en barrios anegados de barro, a la espera de algo mejor. (Algo material o algo espiritual: yo no sé).
Es el lugar que nos rodea el requisito básico de nuestra felicidad. Lo que se suele llamar "ambiente de trabajo", o lo que hace al adolescente escaparse por una ventana de su casa (fiel a su naturaleza de anguila emocional) cuando se pelea con sus viejos.

Con la ciudad pasa algo curioso: uno puede pedirle a una ciudad que sea una ciudad ideal: la fusión de todas las calles y todos los seres de todas las ciudades que conocemos, en las que la armonía del conjunto (un poco más que una yuxtaposición) es lo que nos hace feliz.
Lo que le duele al ser humano es no poder estar en todos los lugares al mismo tiempo; en todos los lugares que lo hacen feliz. "Los hombres no tienen raíces; les molesta no tenerlas", dijo la flor.
En verdad, uno no puede pedirle a la ciudad que sea todas las ciudades: esta frustración se desplaza, felizmente, a los sueños.

La única escapatoria es amar el lugar donde estamos parados.
Ir con el ojo avizor a la caza del momento que reviste a la ciudad de un paño sublime. Puede ser la Cañada a las seis de la tarde, o un bar donde el penúltimo poeta cursi se sienta a tomar una Quilmes stout, en la búsqueda de un poemita que le permita proseguir con su onanismo mediático. Un estudio de todo lo concerniente a la vida urbana no puede ser menos que caótico, como lo que intentó Carpentier adaptando una teoría de Sartre (¿alguien se acuerda de sus frutos? yo no).
Por mi parte, hay momentos que me hacen ver a Córdoba con ojos de niño. A saber: con los ojos que tenía a los dieciocho años, cuando me mudé acá y todo fue como tirar un barril de petróleo a un fuego naciente.

Quién pudiera estar un siglo casado y enamorarse todos los días, ¿no?

No hay comentarios:

Publicar un comentario