1.9.14

El hueso

Volviendo del asado a las nueve de la noche, iba caminando por la calle Oncativo con una bolsa de nylon del super VEA en la que había un hueso de cordero demasiado grande para mí solo, si hubiera nacido perro. El gran desafío, aparte de cruzar ileso por La Tablada, era decidir qué hacer con el hueso.

Me imaginé varios escenarios posibles.
Uno. Una larga caminata con la bolsa hedionda colgando de mi mano, mirando alrededor en busca de algo que me diga "bueno, listo, dejala acá que algún perro seguramente va a venir".
Dos. Una pelea callejera entre veinte perros sucios, en la que el más feroz de todos se acerca a mí dignamente a reclamar su premio: el hueso de cordero + una justa reverencia de respeto.
Tres. O algo similar: una jauría de veinte perros hermosos, limpios y bien vestidos de los cuales el más tierno (en la puta vida un boxer o un caniche) se me acerca y, también dignamente, me ablanda el corazón con sus encantos.
La gravedad del asunto giraba en torno a un asunto de derecho. Qué debía hacer un perro para merecer un hueso de cordero de kilo y medio.
No sé... me parece que yo pienso demasiado las cosas.

A media cuadra de Salta y Oncativo me encontré con un perro negro, grande, solo, que me encaró primero con la mirada y después se dedicó a oler la bolsa.
Miré alrededor. El perro y yo estábamos solos en la ancha calle. No iba a haber una feroz pelea entre una jauría de perros hambrientos por un hueso manjar. Tampoco un empalagoso certamen de talentos modelito. No iba a haber nada de eso. El perro, digamos, tuvo suerte.
Yo hubiera querido una guerra feroz; o un debate, una mesa redonda en la cual veinte perros se juntaran a debatir en una Internacional si alguno de ellos era más merecedor del hueso que los otros, o si convenía obligar al humano a despedazarlo en veinte partes iguales (con todas las dificultades reales que eso supone). Yo hubiera deseado con toda mi alma generosa una forma en la que yo no hubiera tenido que decidir nada; ni, peor aún, dejarlo cínicamente en manos del azar.

Pero bueno. Fue precisamente el azar quien me puso un perro negro enfrente que olió la bolsa, sospechando su contenido. Lo único que comprendí en ese momento era que seguir caminando con el perro detrás, rogándome, hubiera sido deliberadamente cruel. Saqué el hueso de la bolsa y lo dejé junto a un árbol. Tiré la bolsa a un cesto de basura verde, de esos que tienen el sticker de CRESE. Y me quedé mirando al perro que no me siguió más, porque (qué puta culpa tiene) yo ya no le interesaba en lo más mínimo.

Poco antes de completar la primera cuadra caminando por Oncativo descubrí que me habían chupado un huevo todas las cuestiones de derecho natural y perruno en favor de un perro grande, negro y solo que se había parado en la vereda, enfrentándome. Y sin embargo no creía haber hecho mal, qué se yo.
Digamos que en ese momento no hubo nada más lógico por hacer. Por azar se dividen y se nivelan todos los recursos del mundo, que Dios puso libremente a nuestra merced en un tiempo remoto y que fue cada vez más complicado repartir; llenísimos de dudas algunos de nosotros, los humanos, porque sospechamos que hay humanos que no los merecen tanto como otros.
El azar te sacia o te hace desangrar por capricho; la suerte o la yeta pesan en lo nimio, y también en asuntos tan centrales como el hambre.

"Haz el bien sin mirar a quién", decía azarosamente mi abuela.

1 comentario:

  1. "El azar te sacia o te hace desangrar por capricho" Amé.

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