28.9.14

Cómo no pastar como oveja idiota

Mi vieja me enseñó a respetar.
El respeto es como un templo griego: de mármol, sagrado, grande, lleno de puertas, moneda corriente y lugar común en cualquier punto del planeta; te endiosa, te llena de dignidad llenando de dignidad a esa figura detestable que es el prójimo. El respeto se contrapone a la soberbia: la soberbia es el defecto que tienen las almas pequeñas, arrugadas como una pasa y chuecas como el juez Griesa.
En el colegio me cargaron de respeto. Así era cuando todos los jueves nos llevaban a la capillita de madera llena de imágenes del vía Crucis. Había que hacer silencio por consideración a Dios. Para el último año la mayoría de nosotros ya no eramos cristianos católicos, y los profes lo sabían; entonces, lo que nos pedían tácitamente era que tuviéramos un mínimo de respeto hacia los creyentes y sus figuras de culto. (El ateísmo en el colegio era como un tabú, junto con la evidente homosexualidad de más de uno y las reiteradas veces que encontramos a una profe en un boliche de la costanera).
Cuando te toca romper el cascarón y salir a la calle (no hay una fecha fija para eso, pero en algún momento llega) te das con que, complejidades aparte, el mundo se divide entre buenos y malos: a saber, entre aquellos que conservan los "buenos valores" que les inculcaron y aquellos que carecen de ellos o los subvirtieron o los ignoraron.
El respeto es uno de esos "valores".

Pero ya lo dijo Flema (yo mismo debo ser un degenerado por citar a Espinosa inmediatamente después de citar a mi vieja): "el exceso ... es perjudicial para la salud. Cuidate, nadie lo hará por vos."
Todos queremos ganarnos el cielo, pero no queremos que nos tomen por boludos. Hace poco tuve la suerte de descubrir la fórmula: no hay que ser excesivamente respetuoso con nadie.
Por ningún motivo. Ni por conmiseración, ni por adoración, ni por nada. El respeto, como toda cosa buena y mala en el mundo, tiene sus límites.
Es absolutamente saludable reconocer que a veces nos toca tratar con un pelotudo. El mismo cura nos decía que hay de todo en el rebaño del Señor: no falta la oveja que masca el alambre del corral pensando que es un yuyo medio amargo.
Llegado el caso, es bueno mantener cierta altura en la conversación para no arañarse la cara como primates, pero también es bueno hacer notar, dentro del marco de una urbana diplomacia, que el interlocutor te parece un pelotudo. ¿Por qué es importante?

Porque la obsecuencia a la palabra de un pelotudo, palabra de la cual no estás ni vas a estar convencido nunca, te convierte en otro pelotudo de un escalón más bajo: un hipócrita. Y el otro se da cuenta que no estás nada de acuerdo con él, pero también se da cuenta que tu respeto te impide contradecirlo; y ahí es cuando te toma de pelotudo doble y con justa razón.
Si hay disidencias, que se noten. De lo contrario viene la oleada de fenómenos que ya aprendí a reconocer: chistes pasivo-agresivos, miradas con un atisbo de altivez burlona, y los famosos "consejos": "mirá, esto es así, te lo digo yo...".

Pateá el tablero, patealo con los pies y con la pija, patealo para que el otro vea que el juego que está jugando es una mierda. Patealo en un impulso violento, completamente digno, enteramente digno (es más: hasta diría que la dignidad, sin incurrir en la soberbia, vale más que el respeto mismo).
Hacele notar que jamás, jamás de los jamases van a estar de acuerdo; que no tenés ningún interés en aprender su punto de vista, así no te carga con consejos idiotas que fingís escuchar.
El otro sabe. Sabe que te embolás en su juego y te gana porque en tu desinterés te dejás comer todos los alfiles.

Pensá en cualquier pelotudo que hayas conocido. Tolerá su palabra hasta más no poder. Inflate como un globo lleno de aburrimiento: estás escuchando una gilada tras otra, todas insulsas como barras de arroz que te tragás con un tenedor de plástico. Absolutamente nada suma, sin embargo con paciencia, con mudo respeto, escuchás, masticás, decís okey okey.
Pensá, ahora, en toda esa gente que de verdad admiraste, que realmente sentís que tienen algo para decir. Esa gente que no insulta a tu intelecto sino que lo masajea, lo dignifica enteramente.
Hay un abismo insondable entre los dos personajes. La misma clase de diferencia cualitativa que hay entre el Aconcagua y una cucaracha.
¿Cabe insultar a la cucaracha por no ser una montaña llena de nieve?
Respuesta sagrada: nah. Ni siquiera.

Handshake y até logo también es salud.

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