17.9.14

Asilo 2060


Me imagino perfectamente a mí y a mis contemporáneos en un asilo de ancianos en el año 2060. Probablemente en Corrientes. Probablemente el mismo que nos llevaron a visitar cuando yo tenía ocho años; esa vuelta nos hicieron comprarles caramelos a los viejos y un desquiciado compró una tira de fizz superácidos. No sé cuántos quedaron respirando cuando nos fuimos.

En todo caso, y a salvo de boludos o sádicos sin querer, la ronda de mis contemporáneos va a estar conformada por ocho o nueve viejóvenes (me cuesta mucho imaginarme tan cuadrado como lo sería un viejo de hoy; pero hay que ver qué es cuadrado en 50 años, porque yo probablemente lo sea). Desde las mecedoras chicos y chicas con tatuajes indelebles y canas pintadas de colores fantasía forman parte de una colectiva reminiscencia sobre la vida de esa lejana época donde en vez de hologramas había Whatsapp y en vez de pornografía para niños sólo un inocente Marcelo Tinelli; donde una buena bomba biológica era apenas un fosforito y donde ir y volver de Marte en dos días no era más que una utopía bradburiana.

Yo sería el viejo sentado al lado de un florero de flores de cobre. Y pispeando a los ojos desganados de todos los otros viejos, que rezarían al Gauchito (ídolo olvidado) por la vuelta de un buen Menem (ídolo de barro), les lanzaría una convicción perdurable: "¿alguno de acuerda de Innerspeaker?"

"Whats?", diría una vieja que domina el inglés, por haber nacido veintiunesca.

"¡Innerspeaker!", insistiría yo escondiendo con el exagerado ademán un punzante dolor de cadera.

Y ahí todos irían recordando de a uno. "Primero lo más conocido: Skrillex, Tan Biónica. Los Arctic Monkeys. (Qué jopo hermoso tenía el Alex antes de quedarse pelado). Cuesta un toque situar, en la cronología, a los nombres menores, pero allí están: entre ellos los reyes son Tame Impala.
Es más o menos lo que le costaría a un veterano de entonces recordar a Tanguito entre ecos tan excelsos como Manal o Spinetta.
Pero allí están, dejen que la campanita repique: Tame - Impala.


La cresta viva de una ola: la generación que estaba en el centro mismo del mundo, porque todo el show de lo cool estaba en torno a ella. Lollapalooza. Roskilde. "Sin saberlo", insistiría yo ante el sordo auditorio, "nosotros estábamos a la vez incurriendo en un movimiento ambiguo: un fuck the system continuo y cada vez más débil, como una vela consumiéndose; y a la vez, una adoración agradecida a los productos culturales de ese mismo system, como el synthpop, o el endiosamiento de sus antiguos detractores: Kurt Cobain o Sid Vicious volvían y volvían, como Alf, pero en forma de remeras".

Los jóvenes éramos los reyes del mundo; los jóvenes artistas, y los jovenes consumidores. Unos y otros eran tan los mismos, que de ese cruce podía surgir, en cualquier momento, un enorme genio. Estábamos tan acostumbrados a escuchar cosas tan bizarras, tan creativas, que el genio que surgiera (capaz lo digo un poco ilusamente) podía tener cabida, y hasta éxito.
Lo único que sabíamos era que nuestro genio, como pasa siempre, iba a ser joven. Tame Impala es prueba suficiente de aquello. Kevin Parker andará con apenas siete u ocho años más que yo, internado en algún asilo de Perth, Australia, cuadripléjico, esquizofrénico o con muerte cerebral,

Entre nosotros, pueblo llano y explosivo, jamás circuló tanto arte.
Fue por esa época que descubrimos que el mainstream y el under se habían disuelto en una mentira, en una falacia popularizada por malandrines. Había tanta música circulando por las famosas redes sociales (ahora tristemente extintas gracias a la teletransportación, que eliminó la virtualidad y acercó los cuerpos de un modo obsceno). Había que ser sordo para no darse cuenta que muy cerca había gente haciendo música; y había que ser un cínico de mierda para no creer que cualquiera podía hacerla o, al menos, disfrutarla.

Innerspeaker era ese hilo de oro hecho música, gloria en un sentido celestial, pulido y cuasi-divino, que compartían como un guiño de ojo aquellos jóvenes interesados en lo diáfano. Como una marca de nuestra generación, un auténtico e inconfundible sello ardiente en la nalga blanca de nuestra juventud, la Edad Creativa, la que trituraba los pastiches para sembrar en su estiércol frutos nuevos, jugosos, psicoactivos.

Alguna vez fuimos reyes del mundo por Innerspeaker: a su son garchamos como dioses del Olimpo, bailamos delirando de alegría, y coreamos sus temas en una playa a la madrugada.

¿Ninguno se acuerda?"

Los viejos se miran en busca de quórum. Llega un enfermero y prende uno de esos detestables sahumerios electrónicos; una mosca sobrevuela la escena queda.

"¿Alguno se acuerda de cuando murió Cerati?", pregunta un tembleque.

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