30.9.14

El cambio perpetuo

1.

El profesor se acercó al busto de Homero, como si buscara la sombra favorable del poeta.
— ¿Quién le ha enseñado que un Infierno es el objetivo final? —repuso—. Todo héroe clásico entra en el Infierno y vuelve a salir: el Infierno es una estación pasajera y muy útil, ¿sabe usted? Allí quema el héroe los últimos cartuchos de su indignidad, o las últimas astillas de sus posibles inferiores.
— ¿Con qué objeto? —le dije yo.
—Para retomar su itinerario sin equipajes fastidiosos.

L. Marechal
El banquete de Severo Arcángelo, p. 265

2.

La inmovilidad no es del hombre: su destino es el viaje, la exploración o el buceo. Nacer y morir son dos instantes críticos de una sabrosa movilidad. "Alégrate de cada otro nacimiento y no llores cada otra muerte", así dijo el profeta.

Ibid., p. 266

City sleeping

Lo que más me gusta de cuando hace calor es dormir con las ventanas abiertas de noche.
Cada lugar tiene su fragancia. En Corrientes tengo dos: en lo de mi vieja, arbusto húmedo del gran parque del monoblock; en lo de mi abuela, hoja de mango que pervive aunque lo talaron hace cinco años.
En Córdoba, asfalto desconsolador, parquímetros. A veces hay murciélagos. La Colón no es precisamente el Amazonas. Pero tuve la viveza increíble de situar bien mi cama debajo de la ventana. Y tengo un ángulo sublime: con una almohada apenas un poquito alta puedo ver el campanario de una de las iglesias de la Cañada. Es más: para saber qué hora es a la mañana, me alcanza con frotarme un poco los ojos e interpretar el minutero gótico que resplandece bajo un cielo naranja, cada vez más nuboso por esta época del año.
Entra la brisa, viento que baja trayendo lo que quedó del perfume de la Sierra Chica cuando pasó por tres Gridos y un McDonald's.

En un contexto adecuado me hace muy feliz. No se compara a mirar un caballo pasar por frente a la persiana, caminando clocloclocloc por la Teniente Ibáñez (home is where your heart is); pero está bueno apagando las luces (las de la casa y las de uno mismo) y poniendo un disco como éste.

28.9.14

Cómo no pastar como oveja idiota

Mi vieja me enseñó a respetar.
El respeto es como un templo griego: de mármol, sagrado, grande, lleno de puertas, moneda corriente y lugar común en cualquier punto del planeta; te endiosa, te llena de dignidad llenando de dignidad a esa figura detestable que es el prójimo. El respeto se contrapone a la soberbia: la soberbia es el defecto que tienen las almas pequeñas, arrugadas como una pasa y chuecas como el juez Griesa.
En el colegio me cargaron de respeto. Así era cuando todos los jueves nos llevaban a la capillita de madera llena de imágenes del vía Crucis. Había que hacer silencio por consideración a Dios. Para el último año la mayoría de nosotros ya no eramos cristianos católicos, y los profes lo sabían; entonces, lo que nos pedían tácitamente era que tuviéramos un mínimo de respeto hacia los creyentes y sus figuras de culto. (El ateísmo en el colegio era como un tabú, junto con la evidente homosexualidad de más de uno y las reiteradas veces que encontramos a una profe en un boliche de la costanera).
Cuando te toca romper el cascarón y salir a la calle (no hay una fecha fija para eso, pero en algún momento llega) te das con que, complejidades aparte, el mundo se divide entre buenos y malos: a saber, entre aquellos que conservan los "buenos valores" que les inculcaron y aquellos que carecen de ellos o los subvirtieron o los ignoraron.
El respeto es uno de esos "valores".

Pero ya lo dijo Flema (yo mismo debo ser un degenerado por citar a Espinosa inmediatamente después de citar a mi vieja): "el exceso ... es perjudicial para la salud. Cuidate, nadie lo hará por vos."
Todos queremos ganarnos el cielo, pero no queremos que nos tomen por boludos. Hace poco tuve la suerte de descubrir la fórmula: no hay que ser excesivamente respetuoso con nadie.
Por ningún motivo. Ni por conmiseración, ni por adoración, ni por nada. El respeto, como toda cosa buena y mala en el mundo, tiene sus límites.
Es absolutamente saludable reconocer que a veces nos toca tratar con un pelotudo. El mismo cura nos decía que hay de todo en el rebaño del Señor: no falta la oveja que masca el alambre del corral pensando que es un yuyo medio amargo.
Llegado el caso, es bueno mantener cierta altura en la conversación para no arañarse la cara como primates, pero también es bueno hacer notar, dentro del marco de una urbana diplomacia, que el interlocutor te parece un pelotudo. ¿Por qué es importante?

Porque la obsecuencia a la palabra de un pelotudo, palabra de la cual no estás ni vas a estar convencido nunca, te convierte en otro pelotudo de un escalón más bajo: un hipócrita. Y el otro se da cuenta que no estás nada de acuerdo con él, pero también se da cuenta que tu respeto te impide contradecirlo; y ahí es cuando te toma de pelotudo doble y con justa razón.
Si hay disidencias, que se noten. De lo contrario viene la oleada de fenómenos que ya aprendí a reconocer: chistes pasivo-agresivos, miradas con un atisbo de altivez burlona, y los famosos "consejos": "mirá, esto es así, te lo digo yo...".

Pateá el tablero, patealo con los pies y con la pija, patealo para que el otro vea que el juego que está jugando es una mierda. Patealo en un impulso violento, completamente digno, enteramente digno (es más: hasta diría que la dignidad, sin incurrir en la soberbia, vale más que el respeto mismo).
Hacele notar que jamás, jamás de los jamases van a estar de acuerdo; que no tenés ningún interés en aprender su punto de vista, así no te carga con consejos idiotas que fingís escuchar.
El otro sabe. Sabe que te embolás en su juego y te gana porque en tu desinterés te dejás comer todos los alfiles.

Pensá en cualquier pelotudo que hayas conocido. Tolerá su palabra hasta más no poder. Inflate como un globo lleno de aburrimiento: estás escuchando una gilada tras otra, todas insulsas como barras de arroz que te tragás con un tenedor de plástico. Absolutamente nada suma, sin embargo con paciencia, con mudo respeto, escuchás, masticás, decís okey okey.
Pensá, ahora, en toda esa gente que de verdad admiraste, que realmente sentís que tienen algo para decir. Esa gente que no insulta a tu intelecto sino que lo masajea, lo dignifica enteramente.
Hay un abismo insondable entre los dos personajes. La misma clase de diferencia cualitativa que hay entre el Aconcagua y una cucaracha.
¿Cabe insultar a la cucaracha por no ser una montaña llena de nieve?
Respuesta sagrada: nah. Ni siquiera.

Handshake y até logo también es salud.

26.9.14

Mistério do planeta

Estoy desvelado por la más infantil de las razones: una pesadilla. Habrá sido todo lo que comí a la noche: dos choripanes rebosantes de relleno, cheesecake y cantidades cuasi-industriales de lúpulo y fernet. Volví a mi casa rodando y me acosté porque no podía mantenerme en otra posición que la horizontal. Claramente, comer mucho influye en lo que soñás. Dicen que los lindos sueños provienen del cerebro, y las pesadillas provienen del estómago. Seis horas después todavía siento los choripanes interpelándome.

Estoy escribiendo medio dormido, haciendo lo posible para no olvidarme eso que soñé.

Era un lugar parecido al puerto de Corrientes. Capaz un poquito más verde. En vez de ese monumento marrón y feo donde están las siete astas sin banderas (¿vieron?) había como un hermoso prado verde y una glorieta... ¿lo tienen?, el resto es más o menos lo mismo: asfalto y maxikioscos. El paraguayo estaba cerrado, porque caí con mi séquito a como las dos de la mañana.
Cuestión que había un kiosco justamente en la dársena del medio, pero un kiosco grande, no esa cagadita monopersonal que hay junto a los bancos futuristas. Había una sola cajera que estaba distraída dando vuelto a un amigo que había comprado algo absurdo como un kilo de puflitos. Y yo estaba parado medio sin saber si esperarlo o irme; el resto del grupo ya había salido. Veo arriba de un mostrador varias bolsas ziploc con fajos de billetes, puestas ahí no sé por qué motivo; decido, lo más rápida y disimuladamente posible, tomar uno al azar.
Salgo con el fajo de billetes robado y lo cuento afuera: 430 pesos.

Había robado dinero. Nada, no fue a mano armada, ni violentamente; la mina ni siquiera se enteró y hasta diríase que es su culpa por ser tan distraída de dejar los billetes allí e irse a hacer otra cosa. Pero yo había robado 430 pesos exitosamente. Y si bien salí de allí con cierto orgullo, ni bien les dije a mis amigos que había robado 430 pesos empezaron las recriminaciones.
Qué cómo vas a hacer esto, que mirá si nos descubren, qué se yo. Una se desmayó (?) porque dijo ver un camión de PROSEGUR dando vueltas por ahí que seguramente tenía todo que ver con el caso, que nos estaban buscando por la pelotudez que yo había cometido. Yo seguía impasible escuchando las acusaciones de todos, pero al mismo tiempo 430 pesos más rico; me acuerdo que en ese momento calculé que la plata no iba a alcanzar para cancelar todas mis deudas, pero al menos las más importantes.

Apretamos el paso y nos fuimos de la dársena hacia el prado verde, detrás de la glorieta, donde no pudiera vernos alguien del maxikiosco. Mi amigo, el que había comprado, todavía no estaba; cuando llegó, llegó con una mina: se me pusieron los huevos de moño porque podía haberse levantado a la cajera el muy forro; pero no, era otra.
El sueño termina cuando una vieja se acerca a nosotros y nos pregunta el nombre uno a uno. De hecho me despierto anticipándome, antes de que pregunte el mío...

Listo. El sueño.
¿En qué pensé ni bien me desperté?
Muy lindo lo de la moral, dije reflexionando, pero 430 pesos venidos de arriba son (tan lindo como suena) 430 pesos venidos de arriba.
Me vinieron a la mente dos o tres escenas de Nueve Reinas también, especialmente ésta. Por último me señalé a mí mismo, muy sensatamente, que 430 pesos son una bicoca en una economía hecha mierda, y todo es cuestión de proporciones: en cualquier caso, no empuñé un arma para chorear ni lo haría.

Pero al toque recordé la última canción que estaba cantando en mi mente antes de dormir.
Jodido. De ella vino la respuesta: probablemente, en la vida real, no lo haría.
Llamadlo superstición, llamadlo designio divino, llamadlo un cagón buscando excusas.
Pero una de las frases de la canción dice:

"e pela lei natural dos encontros, eu deixo e recebo um tanto"
(y por la ley natural de los encuentros, yo dejo y recibo un tanto)

Conjugándose con el más viejo precepto del mundo de que "recoges lo que siembras", ya presente en la parábola esa del pelotudo que tira semillas a un camino pedregoso esperando que respondan con cristianas flores. No es la palabra de Dios presente, es algo un poco más ambiguo, más oscuro, pero más efectivo:
Una ley o un equilibrio (me cuido mucho de decir la palabra "cósmico", pero bueno, se entiende). Ley que estipula que recibir del mundo 430 pesos en circunstancias dañinas para alguien ('ta bien, hoy por hoy no es nada, ¿pero es cuestión de cantidad, o es cuestión de principios?) me va a hacer dejarle algo al mundo en las mismas circunstancias: acaso 430 pesos, acaso mi virginidad anal en alguna comisaría si caigo en cana... acaso cualquier cosa más sutil, alguna fina retribución por cagarle el día a alguien, capaz en algún día lejano en el cual ni recuerde la travesura. You get what you give, en síntesis.

Lo dice mi vieja, sabia como es y abierta al mismo tipo de confusiones que yo (es de esas mujeres que están pasando por una nueva juventud a sus cuarenta). "No está bueno ir por ahí alterando el equilibrio del mundo ni peleándose con las personas".

¿Casualidad que haya estado pensando justamente en ese tema antes de ir a dormirme? Sí, probablemente sí. ¿Afortunada casualidad, en todo caso? Claro que sí.
Si siguiera con la duda de qué hubiera hecho en ese caso, probablemente ahora estaría en una estación de servicio estafando cajeras para Darín en vez de estar compartiéndoles estas pelotudeces.



Vou mostrando como sou
E vou sendo como posso,
Jogando meu corpo no mundo,
Andando por todos os cantos
E pela lei natural dos encontros
Eu deixo e recebo um tanto

E passo aos olhos nus
Ou vestidos de lunetas,
Passado, presente,
Participo sendo o mistério do planeta

O tríplice mistério do "stop"
Que eu passo por e sendo ele
No que fica em cada um,
No que sigo o meu caminho
E no ar que fez e assistiu

Abra um parênteses, não esqueça
Que independente disso
Eu não passo de um malandro,
De um moleque do Brasil
Que peço e dou esmolas,

Mas ando e penso sempre com mais de um,
Por isso ninguém vê minha sacola...

25.9.14

Acá y ahora

Anónimo ha dejado un comentario.
(Gracias por esto que es tan oportuno. Y es una lástima que el brujo no te haya caído tan bien. Es un buen pibe.)
Excelente fragmento.
P: No sé exactamente de qué se trata, pero cuando pienso en un cambio, siento que deseo expansión en mi vida; deseo hacer algo que deje huella y, sí, deseo también la prosperidad y la libertad que viene con ella. Deseo hacer algo importante, algo que deje una huella en el mundo. Pero si me pregunta qué es exactamente lo que deseo, tendría que decir que no lo sé. ¿Podría ayudarme a encontrar mi propósito en la vida? 
R: Su propósito es estar aquí, hablando conmigo, porque es aquí donde usted está y es esto lo que está haciendo, hasta tanto se levante y comience a hacer otra cosa. Esa otra cosa se convertirá entonces en su propósito. 
P:¿Entonces mi propósito es sentarme en mi oficina durante los próximos 30 años hasta jubilarme o hasta que me despidan? 
R: En este momento no está en su oficina, de manera que ése no es su propósito. Cuando esté en su oficina, haciendo lo que sea que haga, ése será su propósito. No durante los próximos 30 años, sino ahora. Creo que no nos estamos entendiendo. Para usted, el propósito es lo que hacemos ahora; para mí significa tener una meta en la vida, algo grande e importante que imprima sentido a lo que hago, algo que deje huella. Despachar documentos en la oficina no lo es. Eso lo sé. Mientras no tenga conciencia de Ser, usted buscará significado solamente en la dimensión del hacer y del futuro, es decir, en la dimensión del tiempo. Y todo significado o toda realización que usted encuentre en esa dimensión se disolverá o demostrará no ser más que una ilusión. El tiempo terminará por destruirlo indefectiblemente. Todo significado que encontremos en ese plano es verdadero solamente en términos relativos y temporales. Por ejemplo, si ver por sus hijos le da significado a su vida, ¿qué sucederá con ese significado cuando ellos ya no necesiten de usted y quizás ni siquiera deseen escuchar lo que usted tiene que decir? Si le encuentra importancia a la vida ayudando a los demás, dependerá de que otras personas estén en peores circunstancias que las suyas para que su vida continúe teniendo significado y usted pueda sentirse a gusto consigo mismo. Si sobresalir, triunfar o tener éxito en esto o aquello le proporciona significado, ¿qué pasará si nunca llega a triunfar o si algún día se termina su racha de buena suerte? Tendría entonces que recurrir a su imaginación o a sus recuerdos, los cuales le proporcionarán apenas un significado pobre e insatisfactorio a su vida. Triunfar en cualquier campo tiene importancia siempre y cuando haya miles o millones de personas que no hagan lo mismo. Por consiguiente, es preciso que otros seres humanos "fracasen" para que su vida pueda tener significado. No estoy diciendo que ayudar a los demás, ver por los hijos o aspirar a la excelencia en cualquier campo no merezcan la pena. Para muchas personas, son un aspecto importante de su propósito externo, pero éste por sí solo siempre es relativo, inestable y transitorio. Pero no significa que usted deba abstenerse de hacer todas esas cosas. Significa que debe conectarlas con su propósito primario interno, de tal manera que pueda imprimir un significado más profundo a todo lo que haga. (...)»
Una nueva tierra, de Eckart Tolle

Angaú que ver:


24.9.14

El queso y la pasta

Encontrar el lugar. Como rallarse para situarse arriba de una pasta deliciosa que le va a alegrar el día a alguien (¿al demiurgo? ¿a mamá?)... descubrir para qué nacimos. Clave. Un compromiso ad eternum en algún momento de la vida que da origen a tanto curro sobre orientación vocacional, y que genera tantos perdidos como encontrados: multimillonarios jóvenes vs. el desecho social que sirve café en una sucursal de café bistró llena de histéricas del demonio.

"Tengo casi vientitrés", me empezaba a decir Alo ayer, seducido por la eterna angustia sentado en un banco blanco junto al estanque de los patos. En ese momento entendí de qué se trataba todo. Yo tengo veintiuno, pero estamos los dos parados en la misma encrucijada. Qué vamos a hacer después. Qué vamos a hacer ahora, en miras a después; nosotros, que tenemos dolorosamente en tela de juicio (qué mal nos hace la imaginación) que la vida va más allá de una licenciatura y todo resuelto.

Me hace bien imaginarme en cualquier proyecto que pueda construir desde la base. Adherirme a  cualquier causa noble en nombre de la cual valga la pena embarrarse las manos. Esto es lo que yo llamo "trabajo"; muchas (muchísimas) veces no es remunerado ni facilita las cosas. "Work is a global concept these days", decía Charlie. Llevará a la miseria, pero llena el alma.

Mientras tanto, ¿a dónde pertenecer? Rallarse pensando y dudando para terminar estando quebrado, sobre la pasta almuerzo apurado de algún ambicioso grosero y glotón que se aprovecha de tu indeterminación para hacerte trabajar 8 horas, miti miti gris y negro. La vida es sueño, pero no sólo eso. Ya lo decían nuestros abuelos, que llegados de España tuvieron que trabajar para facilitarle la vida a nuestros padres que, en el mejor de los casos, pudieron tener de tres a cinco años de educación universitaria para legarnos a nosotros una dudosa autoridad y la enorme incógnita de qué carajo hacer ahora con su legado en un mundo que no para de fracturarse.

La pregunta.
¿Estamos destinados a grandes cosas?
¿O la vida no es más que un suspiro de 80 años de duración, en el cual hay un par de momentos memorables y el resto es rascarse los huevos frente a la tele e ir a laburar de 9 a 5?
¿Qué somos ahora? ¿Cómo interviene lo que hacemos en lo que somos?, etcétera.
O bien todo es inválido, maquinación enfermiza.
"All day wearing a hat that wasn't on my head!", dice Kerouac; ilustrando (creo, y si no es así no me interesa) esa desazón que pesa cuando uno piensa demasiado, cuando gira y gira una llave que simplemente no es.
"Caress the circle until making it vicious", Jodorowsky. Ilustra el momento donde hay que dejar de formularse la misma pregunta, por más bonita que sea, y a otra cosa mariposa.

Sin embargo, ¿quién no quiere ser un digno pedazo de queso?

17.9.14

Asilo 2060


Me imagino perfectamente a mí y a mis contemporáneos en un asilo de ancianos en el año 2060. Probablemente en Corrientes. Probablemente el mismo que nos llevaron a visitar cuando yo tenía ocho años; esa vuelta nos hicieron comprarles caramelos a los viejos y un desquiciado compró una tira de fizz superácidos. No sé cuántos quedaron respirando cuando nos fuimos.

En todo caso, y a salvo de boludos o sádicos sin querer, la ronda de mis contemporáneos va a estar conformada por ocho o nueve viejóvenes (me cuesta mucho imaginarme tan cuadrado como lo sería un viejo de hoy; pero hay que ver qué es cuadrado en 50 años, porque yo probablemente lo sea). Desde las mecedoras chicos y chicas con tatuajes indelebles y canas pintadas de colores fantasía forman parte de una colectiva reminiscencia sobre la vida de esa lejana época donde en vez de hologramas había Whatsapp y en vez de pornografía para niños sólo un inocente Marcelo Tinelli; donde una buena bomba biológica era apenas un fosforito y donde ir y volver de Marte en dos días no era más que una utopía bradburiana.

Yo sería el viejo sentado al lado de un florero de flores de cobre. Y pispeando a los ojos desganados de todos los otros viejos, que rezarían al Gauchito (ídolo olvidado) por la vuelta de un buen Menem (ídolo de barro), les lanzaría una convicción perdurable: "¿alguno de acuerda de Innerspeaker?"

"Whats?", diría una vieja que domina el inglés, por haber nacido veintiunesca.

"¡Innerspeaker!", insistiría yo escondiendo con el exagerado ademán un punzante dolor de cadera.

Y ahí todos irían recordando de a uno. "Primero lo más conocido: Skrillex, Tan Biónica. Los Arctic Monkeys. (Qué jopo hermoso tenía el Alex antes de quedarse pelado). Cuesta un toque situar, en la cronología, a los nombres menores, pero allí están: entre ellos los reyes son Tame Impala.
Es más o menos lo que le costaría a un veterano de entonces recordar a Tanguito entre ecos tan excelsos como Manal o Spinetta.
Pero allí están, dejen que la campanita repique: Tame - Impala.


La cresta viva de una ola: la generación que estaba en el centro mismo del mundo, porque todo el show de lo cool estaba en torno a ella. Lollapalooza. Roskilde. "Sin saberlo", insistiría yo ante el sordo auditorio, "nosotros estábamos a la vez incurriendo en un movimiento ambiguo: un fuck the system continuo y cada vez más débil, como una vela consumiéndose; y a la vez, una adoración agradecida a los productos culturales de ese mismo system, como el synthpop, o el endiosamiento de sus antiguos detractores: Kurt Cobain o Sid Vicious volvían y volvían, como Alf, pero en forma de remeras".

Los jóvenes éramos los reyes del mundo; los jóvenes artistas, y los jovenes consumidores. Unos y otros eran tan los mismos, que de ese cruce podía surgir, en cualquier momento, un enorme genio. Estábamos tan acostumbrados a escuchar cosas tan bizarras, tan creativas, que el genio que surgiera (capaz lo digo un poco ilusamente) podía tener cabida, y hasta éxito.
Lo único que sabíamos era que nuestro genio, como pasa siempre, iba a ser joven. Tame Impala es prueba suficiente de aquello. Kevin Parker andará con apenas siete u ocho años más que yo, internado en algún asilo de Perth, Australia, cuadripléjico, esquizofrénico o con muerte cerebral,

Entre nosotros, pueblo llano y explosivo, jamás circuló tanto arte.
Fue por esa época que descubrimos que el mainstream y el under se habían disuelto en una mentira, en una falacia popularizada por malandrines. Había tanta música circulando por las famosas redes sociales (ahora tristemente extintas gracias a la teletransportación, que eliminó la virtualidad y acercó los cuerpos de un modo obsceno). Había que ser sordo para no darse cuenta que muy cerca había gente haciendo música; y había que ser un cínico de mierda para no creer que cualquiera podía hacerla o, al menos, disfrutarla.

Innerspeaker era ese hilo de oro hecho música, gloria en un sentido celestial, pulido y cuasi-divino, que compartían como un guiño de ojo aquellos jóvenes interesados en lo diáfano. Como una marca de nuestra generación, un auténtico e inconfundible sello ardiente en la nalga blanca de nuestra juventud, la Edad Creativa, la que trituraba los pastiches para sembrar en su estiércol frutos nuevos, jugosos, psicoactivos.

Alguna vez fuimos reyes del mundo por Innerspeaker: a su son garchamos como dioses del Olimpo, bailamos delirando de alegría, y coreamos sus temas en una playa a la madrugada.

¿Ninguno se acuerda?"

Los viejos se miran en busca de quórum. Llega un enfermero y prende uno de esos detestables sahumerios electrónicos; una mosca sobrevuela la escena queda.

"¿Alguno se acuerda de cuando murió Cerati?", pregunta un tembleque.

12.9.14

La vida 3. la noche. La vida y ¿después?

Los estudios afirman que el primer trago de cerveza desata un pico de endorfina y serotonina que hace que, súbitamente, te sientas muy bien.
El chocolate, también, es recetado como antidepresivo por sus propiedades químicas.
Además, vos... (pero esto es de poeta de vidriera; ayer te dije que me cansa ponerte adjetivos, porque cada adjetivo implica un recorte y no puedo ser menos que obsecuente, porque sólo me quedaría elegir adjetivos lindos, generales: a saber, los más usados del mundo. No me dan ganas de hablar si no puedo decir nada nuevo).

En todo caso, sea o no la siguiente foto un recuerdo de una gigantesca explosión química de cosas lindas ("endorphine and serotonine: technically, the only two things you enjoy") estoy bastante convencido de que soy, a esta edad y por una clara vocación, un perseguidor de momentos lindos.
El problema es la continuidad de esta vocación, que suele ser ahogada, en algún momento de la vida, por una marejada de responsabilidades. Eso aprendí en el laburo.
Corina (19) tiene un hijo de dos años. She ran out of choices. Al menos desde mi punto de vista.
Las edades del hombre se dividen, según un gráfico, según el siguiente criterio:
# JOVEN: + tiempo / + energía / - dinero
# ADULTO: + energía / + dinero / - tiempo
# ANCIANO: + dinero / + tiempo / - energía

Hoy a mis veintiuno, no tengo responsabilidades fatales. Estoy a la deriva.
A veces pienso (y me agarran retorcijones): ¿qué haría si tuviera un hijo y tuviera que trabajar para darle de comer?
Hoy día, busco la felicidad en pequeñas cosas.
La sonrisa de un hijo debe ser una de las alegrías más grandes que puede tener un ser humano. Pero yo paso, gracias. Me gusta tener mis cosas en orden, y la introducción de un hijo en mi plan a corto plazo es algo que, por más suave que sea a la seda azul de mi alma en pena (eh, preguntale a cualquiera de mis compañeros, y todos te van a decir lo mismo) haría de mi vida un puto caos.

Suena perverso decir que hoy una cerveza me llena el alma (y la panza también) de una forma que reemplaza mis ganas de reproducirme. Son las pequeñas grandes retribuciones de un hedonismo joven e irrefrenable, carpe diem quam minimum credula postero. Un buen disco, un buen libro, un buen cuadro. Estar echado en el parqué, o en un suelo en damero. Mirar el atardecer un domingo desde una terraza. Cagarse de frío embufandado en una dársena despidiendo a alguien a medianoche. Un tereré a la siesta. Un partido de fútbol. Un pogo de rigor, de los hediondos y resbalosos. El autostop (¿hay cosa más linda que la corrida eufórica a un auto que para en la banquina en Nelson, Santa Fe?). Decir con orgullo "ni en pedo miro Tinelli... y menos en familia".

¿Esto es así para siempre?
"Algún día", me decía mi vieja por teléfono ayer, "vas a enamorarte, vas a querer tener hijos... y no vas a tener ningún título. Así que ponete a estudiar". 
Es el ciclo concreto de la vida (¿funciona para todos por igual? al parecer sí; "naces te reproduces y mueres", dicta una especie de programa universal) pero me da mucho vértigo pensar en el Hijo, capricho altruista (si tal cosa existe) que está por venir, parece que fatalmente, en algún momento de mi vida; y que me va a obligar a patear el tablero de todas las otras cosas que me hacen bien, a favor de criar un par de ojos parecidos a los míos, una panza blanca, una mente despierta, un escarpín; para que continúe mi estirpe boba, para que sea mi compañero: hoy un pañal con bosta, mañana un premio Nobel.

Pero soy asquerosamente adolescente todavía.
La foto.


Plastic woman

make love to me
but don't touch my scars;
I'm young forever
fill me

9.9.14

La vida 2. en la ciudad


Hay que amar el lugar donde uno está parado.
Y en general no se lo puede culpar. Hay algunas excepciones, en las que el lugar donde estamos parados actúa como un pesado ostinato que nos impide considerar ser felices.
El costado admirable de los jóvenes que, sin cuestionar su aporte, se levantan todos los sábados a construir viviendas de emergencia en barrios anegados de barro, a la espera de algo mejor. (Algo material o algo espiritual: yo no sé).
Es el lugar que nos rodea el requisito básico de nuestra felicidad. Lo que se suele llamar "ambiente de trabajo", o lo que hace al adolescente escaparse por una ventana de su casa (fiel a su naturaleza de anguila emocional) cuando se pelea con sus viejos.

Con la ciudad pasa algo curioso: uno puede pedirle a una ciudad que sea una ciudad ideal: la fusión de todas las calles y todos los seres de todas las ciudades que conocemos, en las que la armonía del conjunto (un poco más que una yuxtaposición) es lo que nos hace feliz.
Lo que le duele al ser humano es no poder estar en todos los lugares al mismo tiempo; en todos los lugares que lo hacen feliz. "Los hombres no tienen raíces; les molesta no tenerlas", dijo la flor.
En verdad, uno no puede pedirle a la ciudad que sea todas las ciudades: esta frustración se desplaza, felizmente, a los sueños.

La única escapatoria es amar el lugar donde estamos parados.
Ir con el ojo avizor a la caza del momento que reviste a la ciudad de un paño sublime. Puede ser la Cañada a las seis de la tarde, o un bar donde el penúltimo poeta cursi se sienta a tomar una Quilmes stout, en la búsqueda de un poemita que le permita proseguir con su onanismo mediático. Un estudio de todo lo concerniente a la vida urbana no puede ser menos que caótico, como lo que intentó Carpentier adaptando una teoría de Sartre (¿alguien se acuerda de sus frutos? yo no).
Por mi parte, hay momentos que me hacen ver a Córdoba con ojos de niño. A saber: con los ojos que tenía a los dieciocho años, cuando me mudé acá y todo fue como tirar un barril de petróleo a un fuego naciente.

Quién pudiera estar un siglo casado y enamorarse todos los días, ¿no?

8.9.14

Endors Toi

Imagínense ahora una pequeña secuencia en una película donde se haga una especie de racconto (me encanta esa palabra, odio usarla tantas veces) de la vida del personaje principal a sus, ponele, veintiún años.
Esto no es biográfico (¡¡prometo que esto no es biográfico!!). Con Endors Toi de fondo.
¿Que qué es Endors Toi?
Endors Toi.



Primer plano sobre la cara del personaje principal: viejo, un toque demacrado, un poco corpulento pero sólo lo necesario... ojeroso, medio cansado, pero risueño... con todos los aires visibles de una nostalgia tangible y traducible, por decirlo en forma corta. El film: un intento del personaje de tratar de comunicar su vida, estando ella cerca del final o en el umbral de un declive inevitable.
Pero bueno. El personaje no habla; habla una voz en off, una especie de ángel de la guarda, o un biógrafo desconocido... el personaje pone su jeta para que el espectador pueda poner la jeta del personaje en su reconstrucción mental de las escenas, que en el film no sucede. Acaso el personaje también escucha la voz en off, como Donnie Darko escuchaba a ese conejo sombrío. Pero vamos a tratar de hacerlo lo más claramente posible...

"INDIVIDUO X dejó de fumar a los veinte años, empezó a fumar a los veintiuno, a los veintiuno y nueve meses dejó de fumar de nuevo...
soñó con conocer Odessa, Ucrania; por una especie de fotógrafo que fue retratando gente de Ucrania, sus flores en el pelo, sus rasgos caucásicos. Al fotógrafo (Brandon Stanton) lo nominaron al Premio Nobel de la Paz en el año 2017 y él, por su parte, conoció Ucrania a los veintidós...
una noche, en un bar, tenía un balón de cerveza en la mano. Estaba en San Telmo. Había empezado a fumar de nuevo un año antes, pero el tabaquismo estaba prohibido indoors por una decisión irrevocable. (Acá el protagonista sonríe; es una anécdota especialmente dulce). Pasó ella por enfrente, un viejo ángel que había conocido en otro bar, en el interior del país, y con la que mantuvo una relación intensa por un tiempo relativamente largo -recordemos, aquí, que los tiempos relativamente largos, desde el punto de vista de un joven, son lo que un viejo llamaría "una temporada", o "un par de meses".
El balón se le resbaló de la mano y cayó al piso hecho añicos; ella, que andaba ofendida, le sonrió; pero fue tal la luz del mundo que iluminó su sonrisa todo el barrio porteño de San Telmo, fluorescente la pared sucia del último bodegón... resonó, eco eterno, vitreaux de luces, en los ojos de él que veía de nuevo un atisbo de esperanza de reunión...
Se casaron un par de años después, muy lejos de Ucrania...

Un día se preguntó si iba a tener éxito.
¿Cómo se dan las vidas normales, en las personas normales? Zappa decía que no escuches a tus padres si no querés una vida aburrida.
(Él sonríe de nuevo, como toda respuesta... su sonrisa no ilumina San Telmo; es la sonrisa de un maestro chino que, a pesar de su estoicismo incurable, quiere transmitir una enseñanza a su alumno, una enseñanza hermosa como el otoño, el fuego y el trigo, que en China aparecen asociados bajo el mismo espectro naranja).
Él ya no está para interrogantes bobos, pues la experiencia le ha resuelto todos. Vivió su vida como quiso, según una enseñanza casual de Oscar Wilde que dice: "lo verdaderamente egoísta no es vivir tu vida como querés, sino decirles a los demás que vivan como querés"... él, individuo y como tal individualista, más allá de sus vínculos de fierro que lo hicieron quien es, forjó un amor propio, rechazó con cariño todo consejo de cómo vivir su vida como quien rechaza bombones por estar a dieta; fue feliz alejado de falsedades (y nunca supo con certeza si eso era el éxito, pero presintió una respuesta afirmativa)."

Acá termina la película. O no. Bueno.
Nunca voy a tener plata para hacer una película; ni para estudiar cine, porque Raymond me dijo que es una carrera muy cara.
Tengo una crisis académica; estoy a un paso de dejar de estudiar lo que estudio. (Crisis que se gesta desde tiempos remotos). Probables pasos a seguir: linyerología.

Y aún así, no tengo dudas sobre la brillantez de mi futuro. No así del presente.
Me gustaría ver la película para saber que, en el futuro, todo va a estar bien.
Pero acá estamos. La incertidumbre que amamos los humanos. La falta que nos hace saber qué va a pasar, es la misma que nos preocupa y la misma que nos pone en movimiento.

Endors Toi.

Real worlds, surreal life, 
Do or die, 
There is time, 
Go to sleep, 
You'll be fine...

3.9.14

Sixto Rodriguez, the sugarman



Mis recomendaciones musicales eran más que felices cuando me leía Rebo; una que le parecía interesante se la llevaba para su blog con un "gracias", y a mí los "gracias" me hacen más que felices. El blog de Rebo era genial porque tenía links para descargar en Megaupload, hasta que la democracia cerró Megaupload y recuperar todos esos discos (eran como dos mil, menos las hipérboles) se volvió un laburo del recarajo. Desde entonces, me parece que Rebo no frecuenta Blogger. Su frustración debe haber sido única, como único era su blog, perla en la concha infinita del desorden bloggero, que se llamaba La discoteca de Rebo.

En todo caso, es un buen día para haber descubierto a Rodriguez. Sin acento, y sin primer nombre ni primer apellido; nacido Sixto Díaz Rodríguez en Detroit, Michigan, en el año 1942: ni blanco ni negro, se hizo músico a los 27 años tocando en bares "con las paredes desconchadas y llenas de humo", hasta que lo descubrió un productor musical que lo alabó diciéndole que era el próximo Bob Dylan.
El productor en cuestión le hizo dos ofrecimientos de los cuales Rodriguez rechazó el segundo: grabar un disco, y cambiarse el nombre.

Rodriguez grabó dos discos, en el año '70 y en el '71.
Un periodista le preguntó a un viejo cuántas copias del disco vendió, y el viejo le respondió: "¿en Estados Unidos? Seis".
Después del fracaso del segundo disco, que pesaba sobre su obvio talento como una nube negra de mala suerte, le cancelaron el contrato, dos semanas antes de Navidad. Rodriguez (todo esto es historia que leí en algún lado, recién) volvió a su casa en invierno y sin calefacción.

La historia falsa sitúa aquí un falso suicidio, que no fue tal. Lo cierto es que en algún momento los dos discos de Rodriguez (Cold fact y Coming from reality, uno mejor que el otro si me preguntan a mí) cruzaron el charco salado y se situaron en Sudáfrica.
Sus mensajes, muy bien escritos y peatones de la vereda del anti-establishment, se convirtieron en un símbolo de la lucha contra el apartheid en todos sus aspectos: hasta en los taxis que exhibieran carteles como "no llevamos blancos". Sus canciones aparecieron asociadas a banderas de cambio radical y violentas manifestaciones callejeras. Rodriguez, entonces convertido en obrero de la demolición (oficio que mantuvo por cuatro décadas) jamás se enteró de su éxito en el país sudafricano. Por allá se contaba de su prematura muerte a lo Hendrix o a lo Morrison; causada, presuntamente, por prenderse fuego vivo en un escenario.

Cuando un grupo de periodistas musicales sudafricanos llegó a Estados Unidos para juntar los trozos del legado de un profeta muerto, se dieron con el hecho de que el profeta no estaba muerto.
La sospecha surgió ahí nomás: a causa del rumor de su muerte, Rodriguez jamás había cobrado las regalías.

El documental que surgió de la investigación se llama Searching for Sugarman.
El tema más arriba se llama Hate Street Dialogue.
Pongo el tema solo para honrar a la brevedad de rigor que puebla la red. Traten de no escuchar el tema solo: sus dos discos se van al carajo.


¡Qué síntoma!

Bermúdez me observó, entre admirativo e intrigado.
—Usted me gusta —reiteró—. Su vocación por la farsa es tremenda. ¿Le viene de adentro, como una "expiración", o la ejerce mediante un acto cerebral?
—Nunca me lo he preguntado —le dije—. Sé que en los trances más dramáticos o solemnes de mi vida siento una furia interior, poética y a la vez destructora, que me incita de pronto a una liberación por el absurdo.
—¡Qué síntoma! —exclamó Bermúdez al parecer deleitado—. El maestro Inaudi vería en él una "calificación para el salto metafísico".
(Leopoldo Marechal, El banquete de Severo Arcángelo) 

2.9.14

Una noticia genial, 2


Básicamente, la historia es así.
Hoy le dije a Dana Colley que me encantaría intercambiar un par de palabras con su persona el 17 de octubre.
Ésta fue la respuesta no verbal de Dana Colley. La interpretaría como un "we'll keep in touch", si tuviera que arriesgar una fatalmente emocionante.

Encontrarte cara a cara con uno de tus músicos favoritos de todo el mundo ('ta muy bien, en Córdoba los hay, en Corrientes los hay, pero se complica cuando empezás a considerar músicos de todos lados, de Europa, de Asia, de Oceanía, de Estados Unidos; y entre todos ellos empezás a hacer un racconto de los músicos que más te gustaron a lo largo de tus veintiún años de vida, y llegás a la conclusión de que son un puñado, y entre ese puñado destacan uno o dos, entre los cuales hay varios muertos y entre los vivos queda uno... y ése es Dana Colley), supongo que es un privilegio que justifica en parte mi emoción.
Imagino (y qué bien me hace imaginar) que voy a poder compartir una o dos palabras con Dana Colley en persona; palabras referidas, ojalá que con cierta profundidad espiritual, a Morphine, mito y realidad, a su génesis y su apogeo, y a cómo terminó todo esa noche en Palestrina; y cómo se reinventó, bajo qué condiciones y qué restricciones, revitalizando y a la vez homenajeando el legado artístico del gran demiurgo: Mark Sandman.

Soy un apasionado por la música. Y también, soy un apasionado por la gente que la hace y la sabe hacer.
Morphine, para mí, es el puntero de las grandes ligas. Y el co-gestor de todo esto va a estar en Córdoba el 17 de octubre... y yo también voy a estar ahí. Höffentlich, de jeta a él.

Esta clase de cosas me llenan el alma.

Ver también

Y... con voluntad se puede

Una de las cosas que rescato de Carlos, el novio que más tiempo pasó con mamá, es una conversación que tuve con él a los nueve años.
Yo le pregunté: "¿se puede leer todo el Apocalipsis en un día?".
"Con voluntad, sí", me dijo.

El Apocalipsis era para mí un libro sagrado pero lo leí con un interés aventurero, como quien lee un cuento de Mark Twain; quería saber qué tan poderoso podía ser un tipo que llega flotando desde el cielo con los ojos ardientes como soles y los pies de bronce crisol, a hacer justicia a un mundo hecho mierda. En ese entonces, Babilonia y una puta gigante eran las ajusticiadas por este superhéroe sui generis; hoy, según el mismo criterio, sería cualquier lugar de California en donde se filmara un reality de MTV, o cualquier lugar donde se gastara dinero en proporciones árabes.

Justamente por su carácter de sagrado dudaba de poder leerlo en un solo día, pero sin embargo me encerré a hacer la prueba. Lo leí en la pieza de Carlos y mamá, y tardé dos horas; al principio con una gran fascinación, leyendo incluso las exégesis que remitían, sobre todo, al libro de Daniel (que era como el lado B de la aventura apocalíptica narrada por un humano aterrorizado por el mismo superhéroe bizarro); la parte del medio era medio tediosa y la del final era una resolución en la cual se describía cómo iba a ser el fin del mundo, porque yo pensaba que el libro hablaba del fin del mundo.

Podría decirse que la voluntad se mantuvo sola gracias a la pasión por la literatura. Detrás de su lenguaje intrincado y hermético (como las palabras "intrincado" y "hermético") yo me imaginaba un mundo que se caía a pedazos, anticipo de la mejor ciencia ficción dos mil años antes; en cierto momento, me acuerdo que me acordé de nada menos que de la triste suerte de Alderaan.

"Con voluntad, sí", me había dicho Carlos, y yo le había demostrado tener voluntad. Porque fue la primera persona a la que dije triunfante "terminé" después de las dos horas de maratónica lectura fantástica.

Esta mañana me levanté con el objetivo de sacar literatura francesa libre dentro de tres semanas. Entonces tengo que encontrar una forma humanamente posible para que me entren en el marulo nada menos que catorce siglos de formación y decadencia de una de las literaturas más prolíficas del mundo... por puro capricho de no querer cursar toda la materia de nuevo. Así iremos desde los franchutes con calza y sus cantares de gesta hasta la finura pueblerina y embolante de Emma Bovary; desde los conventos monstruosos de Rabelais hasta (para complicar más las cosas) novelas en francés provenientes del Caribe o del Magreb, que ya no hablan de dios ni de nada y por ende no se les entiende un corno.
En cierta medida es para sacármela de encima más que para aprender, a la inversa de lo que sucedió con el Apocalipsis. Es una solución para nada pedagógica, pero qué le vamos a hacer; no voy a cursar la misma materia tediosa dos veces para que el resultado sea (lo estoy viendo ya) exactamente el mismo. Prefiero condensar mi tiempo en un aprendizaje intenso y en última instancia "libre a mi propia voluntad" a esperar cuatro meses pacientemente para demostrarle a la vieja, a la cual respeto mucho y que según ella tomó clases con Sartre en persona, que yo sé algo y entendí algo de lo que ella da.
Me jode y me joderá la "asistencia". Me jode y me joderá la obligatoriedad de asistencia que reclama la gente que duda de tu voluntad de aprender. Saben, y yo sé que saben, que preferiría pasarme una tarde de miércoles a plena luz del sol, que escuchándolas hablar sobre el amargado de Racine; pero por eso mismo dudan, y yo sé que dudan, que Racine me importa más que medio carajo.

Acá es cuando Carlos me diría con mucha integridad de espíritu "y... con voluntad se puede". Pero está ocupado en Brasil escapando de sus acreedores, que me llaman a mí porque el hijo de puta declaró que yo soy hijo suyo. Con voluntad se podría pagar, le respondo yo medio burlonamente. Pero de cualquier forma tomo su consejo. Porque la guita no es lo mismo que el conocimiento, ni nos corrompe tanto como este último...

Los Abuelos de la Nada


Los Abuelos de la Nada nacieron en un día que acompañé a Pipo Lernoud a arreglar los papeles de sus obras Ayer nomás y no me acuerdo cuales otras más a la compañía Fermata, que pertenece a Ben Molar, el señor Brenner. Recuerdo que el señor Brenner tenía una oficina con alfombras gruesas donde yo ponía mi pie y mi pie se hundía graciosamente. Con aire acondicionado (¡en esa época!) y escritorio fastuoso. Yo entré, vi todo verde, un clima raro, me sentía extraño, y me quedé en un rinconcito a mirar cómo circulaban los papeles y las firmas y las promesas. Ellos se habían olvidado de mí por un rato, pero de pronto me descubrieron, y me miraron. Y el señor Brenner, este señor Ben Molar, me preguntó: «¿Y vos que hacés, tenés un grupo?». Me dio la respuesta, te darás cuenta. Bueno, yo siempre fui un propulsor de la verdad, pero la mentira la tengo en la punta de la boca para lo que haga falta, es una herramienta. Entonces le dije «Sí, tengo un grupo». El tipo se alarmó porque fui demasiado rápido. Me dijo: «¿Y cómo se llama?». Mi computadora, que caminaba muy rápido, sondeó el fondo de mi alma y encontró una frase del gran Leopoldo Marechal. [...] Esa frase del libro El banquete de Severo Arcángelo decía: [...] «Padre de los piojos, abuelos de la nada». Una frase que me pegó mucho. Pintó esa frase, y así como me vino la puse en la palma de mi lengua. Y se la puse ante las orejas de Ben Molar, que inmediatamente hizo crack, algo se contorsionó en él como si agarrás una tortuga con un anzuelo y la levantás. Se contorsionó inmediatamente y me dijo: «Tienen hora de grabación dentro de tres meses en CBS Columbia. Averigüen el horario, su productor va a ser Jacko Zeller». Yo no tenía lapicera, no me moví del lugar. Pipo anotó rápidamente como buen amigo y buen aliado que era. Terminó la reunión, le di la mano y nos mandamos a mudar. Ahí le dije a Pipo: «¿Te das cuenta en la que nos metimos?». Y él me contestó: «No te preocupes. Vamos ya mismo a la plaza y encontramos a todos los músicos».
Miguel Abuelo

1.9.14

El hueso

Volviendo del asado a las nueve de la noche, iba caminando por la calle Oncativo con una bolsa de nylon del super VEA en la que había un hueso de cordero demasiado grande para mí solo, si hubiera nacido perro. El gran desafío, aparte de cruzar ileso por La Tablada, era decidir qué hacer con el hueso.

Me imaginé varios escenarios posibles.
Uno. Una larga caminata con la bolsa hedionda colgando de mi mano, mirando alrededor en busca de algo que me diga "bueno, listo, dejala acá que algún perro seguramente va a venir".
Dos. Una pelea callejera entre veinte perros sucios, en la que el más feroz de todos se acerca a mí dignamente a reclamar su premio: el hueso de cordero + una justa reverencia de respeto.
Tres. O algo similar: una jauría de veinte perros hermosos, limpios y bien vestidos de los cuales el más tierno (en la puta vida un boxer o un caniche) se me acerca y, también dignamente, me ablanda el corazón con sus encantos.
La gravedad del asunto giraba en torno a un asunto de derecho. Qué debía hacer un perro para merecer un hueso de cordero de kilo y medio.
No sé... me parece que yo pienso demasiado las cosas.

A media cuadra de Salta y Oncativo me encontré con un perro negro, grande, solo, que me encaró primero con la mirada y después se dedicó a oler la bolsa.
Miré alrededor. El perro y yo estábamos solos en la ancha calle. No iba a haber una feroz pelea entre una jauría de perros hambrientos por un hueso manjar. Tampoco un empalagoso certamen de talentos modelito. No iba a haber nada de eso. El perro, digamos, tuvo suerte.
Yo hubiera querido una guerra feroz; o un debate, una mesa redonda en la cual veinte perros se juntaran a debatir en una Internacional si alguno de ellos era más merecedor del hueso que los otros, o si convenía obligar al humano a despedazarlo en veinte partes iguales (con todas las dificultades reales que eso supone). Yo hubiera deseado con toda mi alma generosa una forma en la que yo no hubiera tenido que decidir nada; ni, peor aún, dejarlo cínicamente en manos del azar.

Pero bueno. Fue precisamente el azar quien me puso un perro negro enfrente que olió la bolsa, sospechando su contenido. Lo único que comprendí en ese momento era que seguir caminando con el perro detrás, rogándome, hubiera sido deliberadamente cruel. Saqué el hueso de la bolsa y lo dejé junto a un árbol. Tiré la bolsa a un cesto de basura verde, de esos que tienen el sticker de CRESE. Y me quedé mirando al perro que no me siguió más, porque (qué puta culpa tiene) yo ya no le interesaba en lo más mínimo.

Poco antes de completar la primera cuadra caminando por Oncativo descubrí que me habían chupado un huevo todas las cuestiones de derecho natural y perruno en favor de un perro grande, negro y solo que se había parado en la vereda, enfrentándome. Y sin embargo no creía haber hecho mal, qué se yo.
Digamos que en ese momento no hubo nada más lógico por hacer. Por azar se dividen y se nivelan todos los recursos del mundo, que Dios puso libremente a nuestra merced en un tiempo remoto y que fue cada vez más complicado repartir; llenísimos de dudas algunos de nosotros, los humanos, porque sospechamos que hay humanos que no los merecen tanto como otros.
El azar te sacia o te hace desangrar por capricho; la suerte o la yeta pesan en lo nimio, y también en asuntos tan centrales como el hambre.

"Haz el bien sin mirar a quién", decía azarosamente mi abuela.