9.8.14

Su lindura inefable

Hoy venía caminando a las nueve de la noche por la plaza, cruzándola en diagonal para llegar más rápido al teatro.
Fue en la esquina de San Martín y Rosario de Santa Fe cuando me di cuenta de lo que estaba pasando. Miré y escuché alrededor. Córdoba un viernes a las nueve.
Es una atmósfera burbujeante hundida en materia negra, de la misma que tiene el espacio. Todavía hay vida que se va drenando de a poco, como el agua sucia que baja después de una inundación.
Córdoba huele, se toca, y al mismo tiempo es el fondo mismo de un abismo oscuro de peces deformes metidos de prepo en un callejón musical y oxidado, traído a tierra por un psicópata de Castilla que le arrebató el valle a los comechingones hace setecientos años.

Pasó, primero, una vieja ciega. Golpeaba un bastón blanco y cantaba con la boca cerrada. Al mismo tiempo empezó a sonar una alarma.
Dos o tres puteadas. Una bocina, pero lejos, porque estaba parado en plena diagonal. La fuerte presencia policial. Las parejitas que te miran raro cuando te acercás a su banco público. El golpeteo del bastón de la vieja sobre el adoquín. El último sermón voceado de la catedral, eco que sale torpe, un afterhours. Las persianas cerradas sobre los locales de ropa que de día son hormigueros calientes. Un viejo de COTRECO, en su uniforme verde, fumando un pucho apoyado sobre una de las columnas blancas del ancestral cabildo.
Llegué a la esquina y había una rata corriendo al lado de un cana. El animal se metió ágilmente entre las rejas de la cuneta y miró desde abajo con sus dientes torcidos llenos de mugre, sus dos ojitos amarillos reluciendo entre las barras de hierro. La rata, mientras tanto, corrió calle abajo.

De noche un zoológico. ¿De quién es la culpa? No vamos a andar decapitándonos. Cada vez me siento más cordobés; y, al mismo tiempo, si hubiera nacido acá no sabría apreciar con extrañeza de turista, una vez cada tanto como un sano ejercicio, su lindura inefable.

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