25.8.14

De inspiratio

1.
Cuando no sé de qué escribir, escribo sobre paisajes.
Es sintomático. Me ven escribiendo sobre un lapacho (como hacen los cantautores correntinos) y saben automáticamente que ando corto con inspiración. Es un hecho más que heroico para mí formular una tesis y adornarla con una recurrente mención a las tetas de Kate Winslet: eso es una vez cada dos meses. Para mí, un cuento es algo absolutamente imposible de escribir. No importa si escribo de pie con una máquina de escribir encima, como Hemingway; o paso ocho días en vela por exceso de merca, como Stevenson. Cuentos y canciones están fuera de mi jurisdicción. Por eso no soy escritor ni músico
Para ahorrarme vergüenza, como hacen todos los filósofos fracasados, evito la pregunta sobre el ser y me enfoco en el hacer, porque parecer demasiado ocupado para dedicarse a ser creativo es una táctica que engaña a los bobos.

Pero últimamente ando corto de inspiración, sin nada lindo para decir. Ocurre por ciclos después de etapas excepcionalmente productivas en las que me pongo al día con varias revistas que cuentan con mi colaboración más o menos viral y más o menos anónima. También me pongo al día con este blog, que muy poca gente lee justamente por lo inconstante que soy. Después, simplemente mando todo a la concha y me desconecto en pos de actividad real para mi futuro, o en trabajos sórdidos que generen plata rápida, o en un tornado de escabio en buena compañía.

2.
Hace tiempo quería controlar esos ciclos pero descubrí que ya no puedo, así que adopté mi posición favorita: la sana resignación. Pasé de atribuírselos a la luna a atribuírselos al ocio, a estados mentales; a inducirlos con soledad, con meditación fragmentada, con quemarme el bocho escuchando radio toda una tarde, a leer revistas con publicidad intrusiva, a mirar algo soft porn o Tinelli, engancharme con una serie, prepararme té con galletitas, leer una enciclopedia...
La inspiración se busca en todos lados. A mí no me llega nunca. Por eso termino escribiendo siempre sobre las mismas cosas: sobre la inspiración, sobre el estilo.
El día que sepa contar cuentos van a hablar todos de lo mismo: de mí.
Lo cual, afortunadamente, no descarta un buen botín, porque Bukowski y Lockett hicieron alguna plata recauchutando siempre lo mismo.

Sin embargo hoy, en el umbral de un fin de ciclo (o, como me encantaría poder llamarlo -por lo encantador que suena-, fin du siècle), estoy solo en mi casa a las siete de la tarde de un lunes soleado y un poco frío.
Estoy de mal humor porque hace tres semanas no puedo escribir dos líneas que me convenzan. Y sin embargo estoy viendo que ya escribí tres párrafos que no estoy por descartar por ahora.
(Repito lo que dije una vez hace tres años: si pudiera usted, lector, leer todas las entradas abortadas o que quedaron en borrador, vomitaría como quien huele un inodoro bien embadurnado...)

3.
¿Será que estoy por entrar en otro ciclo productivo? Me encantaría.
¿Será que puedo darme cuenta de a qué se debe este inesperado golpe de productividad? A ver, pruebo.
Lunes, siete de la tarde, absolutamente nada que hacer; trabajo perdido, hoy. Facultad perdida. Un poco de distensión en lo monetario. Buen panorama amoroso. Decidí dejar el alcohol por el momento. Estoy bien vestido, bien bañado, el pelo azul como el cielo del desierto; el viento frío entra por la ventana. La casa en diáfano orden. El atardecer que no veo directamente, sino que se refleja en el costado del edificio blanco allende la plaza. Mañana recibo una long-distance guest que no habla español y con la cual espero llevarme bien. Y (lo más misterioso de todo) es que escucho, de vez en cuando, el graznido lejano de un pajarito de pantano, como los que pululan en los bordes de las lagunas correntinas en verano cuando se callan todas las viles máquinas del hombre: los autos, las bordeadoras, los sobrinos.

También, estoy escuchando un discazo de una banda peruana de cuatro chicas que acabo de descubrir. Y pienso: cómo me gustan las bandas de mujeres. (Atención a tutto il mondo: llamo "bandas de mujeres" a las bandas donde canta una mujer, sin importar si los que tocan los instrumentos son -biológicamente- hombres. Prefiero imaginar que la banda en la que canta una mujer tiene canciones compuestas por esa mujer y, por lo tanto, representan la potencialidad creativa femenina.)
La banda en cuestión se llama Las Amigas de Nadie, y mi track favorito del disco se llama Tronador. Escucha perfecta para un lunes a las siete de la tarde.

4.
Ahora siento el pecho un poco mucho más liviano como si me hubiera hecho un enema de vick vaporum. Lo que sospecho, en este momento, es que voy a terminar leyendo Lolita bajo la ventana abierta, que deja venir el viento de afuera... y acaso, cuando termine el momento místico, sea la hora de sentarme acá y terminar alguno de los borradores a los que todavía les guardo un poquito de fe, decidiéndome al fin hacer un bollo moquiento con los otros.

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