10.7.14

Las tetas de Kate Winslet

De todas las cosas que dice Henry Miller en las primeras páginas de Trópico de Cáncer (¿o era Trópico de Capricornio? no me acuerdo) la que voy a rescatar en esta ocasión es una anécdota que cuenta de cuando era chico y todo "le importaba tres cojones" y se preocupaba por estar feliz, alegre todo el tiempo, alegre aquí, alegre allá, y tan poco le importaba todo que cuando a los 12 años murió su mejor amigo se alegró de que él había dejado de ser "él", sufriente de los dolores propios de su cáncer y culpable sin querer de dolores de otros; y se tiró un sonoro pedo junto a su tumba.
Este desinterés devino para Henry Miller en dos cosas. Uno: su sentido del humor (que después viró, todavía no sé cómo, a un oscurísimo sentido de futilidad que parece ser el leit-motiv del libro); dos: a la dificultad de encontrar trabajo. A sus futuros empleadores no les convencía (¿a quién sí?) un futuro empleado al que le importara tres cojones todo.
La narración prosigue. El día que realmente quiso un trabajo no se lo dieron. Pidió el trabajo más estúpido que pudo encontrar, él, dotado (dice) de una gran soberbia pero también de una enorme inteligencia, y no le dieron el trabajo.
Fue a hablar con el vicepresidente de la compañía. Tuvo una entrevista de horas. Al final, su prepotencia le facilitó el trabajo, y no sólo eso. Lo nombraron como "el tipo que se dedica a contratar gente" dejando al "asqueroso judío" que lo había rechazado como su subordinado; y lo gratificaron con la rara libertad (supongo que el libro no es ciento por ciento realista) de hacer lo que quisiera. Durante tres años trabajó sin vacaciones sintiéndose el tipo más feliz del mundo; mirando a Nueva York desde el ojete, saboteando a la empresa que lo castigaba con un sermón quincenal, y contratando putas e inválidos a troche y moche.

Hay dos o tres veces cada año que siento que las cosas se escapan a mi control.
Qué catástrofe. Imaginen si al capitán del Titanic se le hubiera escapado de control el timón y el barco se hubiera hundido. Se hundió de hecho, pero culpar solamente al capitán es un tema complicado. Él no pasó a la historia; otra suerte corrieron, afortunadamente, las tetas de Kate Winslet.
Así que llegó un momento de extrema tensión: lo más sabio que podía hacer el tipo ese, con el culo presto para recibir la pija del Destino Universal, era soltar el timón y correr al barco salvavidas. Como hubiera hecho cualquier persona con dos dedos de frente, porque se podrá ser altruista pero no boludo; el instinto de conservación contempla un mínimo de caridad, pero lo verdaderamente animal que tiene cada uno es correr solo si su vida está en peligro. ¿No tomaron la misma decisión las tetas de Kate Winslet al soplar histéricamente el silbato?

Hay que soltar el timón a veces. Me parece saludable. El timón (despegándome pero no tanto de la metáfora) es un pedazo de madera circular que tiene el poder de manejar cualquier coso sin distinción, creo, de un navío sin camarote ni cagadero o de un crucero de Dios sabe cuántos metros. La responsabilidad, el tamaño de su barco, ay qué dolor, corre por cuenta de uno.
Imaginemos que la vida es el mar, para sumergirnos más en una metáfora náutica.
Dejemos de lado los cataclismos: olas gigantes, ballenas azules, piratas, esquimales, peces espada, sirenas, algas venenosas, un alférez inútil, falta de viento o combustible, Kate Winslet. Tomemos como ejemplo un iceberg. ¿Dónde mierda te metés si Dios (por echarle la culpa a alguien) cruza en tu camino un iceberg? Con todo lo que tienen de fatal los designios divinos. ¿Qué hacés?

Desgraciadamente soy un tipo no demasiado hecho (ojo, no digo nacido) para aguantar las presiones de la vida.
Si me ponen a cargo un barco gigantesco, supuestamente a prueba de cualquier catástrofe, que va desde Europa a Nueva York; si además me dicen que vamos con cuatro o cinco mil pasajeros en tres clases más una tripulación de qué se yo cuántos tipos; y si encima ponen arriba del barco a accionistas ricos, a Kate Winslet y a tres chimeneas del tamaño del Empire State... yo paso. Lo más probable es que yo hunda el barco. No adrede, el boludo no hace nada adrede. Si encima me ponés un iceberg en el camino, yo contemplo una sola opción: llamar a los músicos.
No sé qué más podría haber hecho el capitán, mandamás de una misión interoceánica que terminó siento una vergüenza que pasó a la historia, de manera que 100 años después de suceder se la festejó con la reedición de una película filmada 15 años antes.
Yo hubiera llamado a los músicos. No hubiera saltado de una al bote salvavidas por decoro, pero gracias a Dios, como nunca seré capitán ni de provincia ni de capital, me importa tres cojones el decoro.

He ahí el peso de una responsabilidad irrebatible.
Muchas veces se le cuestiona a uno, dudosamente válida la cuestión (pero tan fácil de probar que tienta), la falta de interés absoluto de uno por la vida.
Tenemos los dos casos extremos: Henry Miller y el capitán del Titanic.
En el medio, vos y yo: los matices.
Vos acaso con cuarenta y cinco y dos hijos que querés engordar bien para mandar a la universidad.
Yo... bueno.

Se trata de descubrir qué o quién pecha la balanza para qué lado, y qué hay como premio y castigo en cada uno. Como yo soy muy ansioso (me importa mucho saber esto, claro está) quiero ver qué hay de cada lado: existencia responsable y laboriosa versus existencia relajada, casi te diría feliz.
Por eso tengo un tatuaje en el brazo que dice que hay que probar un poquito de todo: por cagón.

A falta de un título que sintetice este terrible dilema, adorno con lo mejorcito que traje a colación.


4 comentarios:

  1. Desde Buenos Aires, capital de la República Argentina. Lo saluda un ultra de las tetas de esta hermosa mujer.

    No pares de escribir.

    Saludos!.

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  2. Hola, sí soy anónimo, pero no pude evitar pensar que el libro es Trópico de Capricornio... Muy bueno el programa y acá Aureliano meó la bañera. NU VEMU

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