13.7.14

La improvisación

"Sure old God was in a good mood when he made this place"
Hunter S. Thompson

En mi reputísima vida me voy a olvidar de cuando vi a Dancing Mood en vivo en el Cosquín Rock frente a veinte mil personas. Hugo Lobo tenía puesta una gorra, una campera con el logo de Atlanta y unos pantalones Adidas. Parecía Orfeo hecho persona, y persona mandada a nacer a algún barrio pobre del conurbano.
Suelo decir que Dancing Mood fue una de las mejores bandas que vi en vivo en mi vida. Por una cuestión de energía arrolladora sui generis, que suelo sentir cantando (¡y sus temas son casi todos instrumentales!). Similar fuego interno hubiera sentido si en los cincuenta el amor de mi vida me hubiera llevado a ver a Charlie Parker; o en los noventa y recontraremilredrogado a ver a los Butthole Surfers en un garage en un yermo árido de Texas.
Lloré en ese recital. Lloré por lo que tenía enfrente: una monstruosa estructura de metal, diez o doce músicos de la re concha de su hermana, las montañas del valle de Punilla y atrás una luna grande. Todo reventó para mí como si un zeppelin prendido fuego hubiera caído sobre el aeródromo, cuando el saxofonista empezó a hacer reír al saxofón. Apenas se escuchaba el background rítmico, silenciado por Hugo Lobo que dirigía "la parte que le tocaba a cada uno" (móira, como decían hermosamente los griegos); lo único que se escuchaba en ese putísimo valle, en una de las noches más felices de mi vida, era ese saxofón riendo.

La técnica directriz que tiene Dancing Mood en vivo es: una frase conocida de algún jazzero famoso (ponele Duke Ellington) repetida, por ejemplo, cuatro veces; más cierta cantidad de compases que quedan libres, en el medio, para que los instrumentos improvisen en solo cada uno por su lado. Ponele que serán dieciséis compases, o treinta y dos. Tampoco sé si vienen armados de antemano o si Hugo Lobo los asigna en el momento. Allí ves lucirse, en su entorno natural, a cada instrumento.
La clave de Dancing Mood, cualquiera que lo haya escuchado se da cuenta, está en la improvisación.

En cualquier técnica hay un mínimo de espacio para agazapar el sentimiento entre las partituras o entre los croquis.
Me acuerdo de una escena de una película que me mostró Alonso en la que dos pianistas tocaban un mismo fragmento de Chopin y, sin embargo, las diferencias eran abismales; el maestro aclaró que había algo (obviamente, no muy explicable), una especie de magia que el pianista tenía que poner en sus dedos para tocar de tal o cual forma: como una máquina o como Chopin.
En cualquier jam session ves que los músicos se ponen de acuerdo en apenas una o dos cuestiones antes de largar una zapada, y a veces esas cuestiones surgen en la marcha.
Lo que más me gusta en las películas de acción es cuando, en una situación de mierda, uno de los vándalos o uno de los policías pregunta qué hacer y el otro le responde: "voy a improvisar".
O Gastón Pauls en Nueve Reinas después de robarle la cartera a la vieja. "No sabía nada. Improvisé".

A veces dicen que un tipo que improvisa en situaciones así no conoce las reglas, o le chupan un huevo las reglas.
Yo creo que es al revés. El tipo capaz de improvisar y lucirse conoce tan bien las reglas que se permite ignorar algunas, tomar otras, y deformar la mayoría; respetando una pulsación instintiva, primigenia, privada, personal, ideal, propia, que comunica algo profundo con los pies para estimular la patada que derriba con insolencia la barricada.

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