18.7.14

"It's toasted."

Call me wasted mind pero hace rato quiero vivir como los hijos de puta en Wall Street.

Ante la duda siempre hay que andar bien vestido, whisky tipsy, clear mind, tanteando cómo viene la mano con la secretaria y con la palabra justa colgando de la lengua para que actúe como un baldazo de agua fría para el interlocutor, porque lo más respetado en este mundo, más que las putas y las armas, es le mot juste. La acción tiene mucho de sexual y animal como complemento o suplemento. Nadie se olvida de un don nadie si tiene parla. Nada de bicho tenía Flaubert en ese sentido: we all love words. Puestas en Twitter o en un folletín romanticón, puestas delante de una ginebra, habladas, pero puestas bien, pyrowords.

Justo hoy me topé con una frase de Siddharta, el libro de Hesse, que decía que "las palabras no tienen olor ni color ni textura ni peso, sino sólo palabras". Está bien.
La comparación entre Hesse y los publicistas de la avenida Madison es odiosa, pero ¿qué tan malo puede ser que las palabras "sean sólo palabras"?
Después de todo todos amamos los palitos venenosos de alquitrán y vamos a seguir vendiendo nuestros pulmones para seguir chupando más palitos de alquitrán y canalizar saludablemente el falocentrismo hecho cuerpo para evitar ir por la vida chupando otras cosas menos decorosas.
En el piloto de Mad Men el publicista número uno, Don, le dijo a una mujer judía (una escena antes de revelarse que el tipo era casado y tenía dos hijos): "el amor... el amor no existe. Lo inventamos nosotros los publicistas para poder vender medias de nylon".

Yo sé que las series están guionadas como los libros, que no estamos en los '60 y que el mito del amor está propagado y generalizado (como pasa con todos los mitos, ya no sabemos si es un mito); pero eso no excluye que no podamos tener estilo para manejarnos en la vida, la real, la incoherente, donde ocurre la verdadera acción que ahora sí nos tiene como protagonistas.
Ante la duda es mejor manejarse con un tanino de arrogancia, como las bestias que no dudan; basarse en espejitos de colores sin forma ni peso, que son las palabras, nada más que palabras, pero las justas; que pueden ser un buen regalo, una buena contraoferta o un buen chantaje.

A diferencia de Hesse.
Que, por pensar mucho y jugar con abalorios, está siempre pensando en el suicidio ejemplar.

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