27.7.14

Balance de una semana silente

Gesto romántico. Decadencia conjunta. Practicidad de fierro.
Mmm qué raro. Más raro me parece mientras más pasa el tiempo.

Fue una semana muy rara. Arrancó el lunes con una muerte familiar. Mi abuelo se levantó a las 5 y 40, como suele hacer siempre, y caminó hasta la heladera para tomar un sorbo de leche directo desde el sachet; abrió la ventana, miró hacia afuera un rato -diáfana y cálida madrugada-, cerró la ventana y caminó por el pasillo oscuro hasta la pieza, donde mi abuela dormía envuelta en una colcha azul con dibujitos de flores que nunca en mi vida voy a olvidar. Cuando se tapó, sonó el teléfono.
A las nueve de la mañana me levanté y el baile me empezó a involucrar a mí.
Se había levantado el avispero y todos mis familiares estaban aquí o allá. Vi gente que hace años no veía. Tías cuyo nombre no recordaba ("un gusto verla, señora, pero sinceramente no me acuerdo de su nombre", le dije a una sonriendo) y maestras que me habían preparado en sexto año para las olimpíadas de matemática. Me dijeron varias veces "qué grande que estás" y yo, con una ironía sin querer, iba de acá para allá en la sala velatoria saludando a todos los convidados con un "¿todo bien?"; recién cuando taparon el cajón, durante un himno que flotaba pesadamente como humo de un sahumerio de plomo, me di cuenta que hubiera estado bien moderar un poco la amabilidad y la algarabía.

Me había levantado de muy buen humor ese día.
Decidí (decisión algo tonta, como son todas las cosas heroicas y exageradas como chamuyarse una modelo o cruzar los Andes en mula) que un velorio no me iba a cagar el día. Hice todo lo posible. No me cagó el día. Tampoco me cagó la semana. En ningún momento me sentí solo, ni poco querido, ni abandonado, ni desamparado (palabra que mi bisabuela amaba, porque estaba en la oración del ángel de la guarda que ella me enseñó y que yo rezaba todas las noches hasta que, una noche, con culpa, no tenía ganas de rezar y no recé; y la noche siguiente tampoco, y la noche siguiente tampoco, y así hasta que ella intuyó que yo había dejado de rezar y no me dijo nada, ni siquiera me tiró un juicioso "no te preocupes, que el ángel te cuida igual"; y hasta hoy no la rezo, y sólo me acuerdo de los dos primeros versos, uno de los cuales decía "no me desampares").
La contención es especialmente importante en momentos como este, que delatan nuestra finiquitidad inexorable como especie humana y nos ponen cara a cara con el abismo, ese abismo del cual hablan todos, desde la señora religiosa hasta el filósofo cursi, ese abismo del cual nadie sabe con certeza si va a volver, si es una entrada a un cielo poblado de chocolates acaramelados que bailan o si se parece más bien a una fosa séptica en la cual nos encierran, nos compactan, nos olvidan, y del cual nadie sale reencarnado en un puto invertebrado colorido.
En momentos así el soporte emocional se hace de oro. Seis de la tarde: yo mirando cómo cerraban el cajón. No para siempre, porque el martes la iban a meter en el horno; y participé, todavía muy de buen humor, en una grotesca discusión sobre qué iban a hacer con las cenizas.

Mis planes se alteraron mucho ese día. Una muerte es un buen contratiempo y también una buena excusa. Como los días que te dan en el trabajo como asueto (familiar directo: cinco días, familiar cercano: tres días, suegra: trabajar horas extra...). Cargás con una nubecita que hace que todos te traten, mal que mal, con respeto o por lo menos con una dulce condescendencia.
El momento más glorioso de todo ese lunes, no peor que muchos otros lunes, fue cuando iba cruzando por la calle con el semáforo en rojo -es decir, como me corresponde- y una mina dobló en moto gritándome: "¡mirá el semáforo!", y yo le dije "¡sí, puedo cruzar, pelotuda!". Comprendí que, a Dios gracias, no exudaba lástima por mis poros, que es lo más infame que puede exudar un ser humano y a lo que Rexona no inventó, todavía, una cura.

Seis y media de la tarde, con la valija puesta sobre el colectivo, volví a Córdoba. Intuía que era un error. Que no debía volver. Que mi lugar estaba en Corrientes, por lo menos una semana más; que en Córdoba yo soy un engranaje absolutamente reemplazable por otro pero en Corrientes recibía, cada dos o tres días, un mensaje de un amigo que me decía que estaría bueno juntarse a tomar una cerveza.
Visto desde Corrientes, Córdoba es el infierno solitario del trabajo incesante por un futuro; un águila comiéndome el hígado mientras yo camino, bostezando, movido por una ilusión, sin saber cómo llegar a ella. En todo caso -pensaba-, si voy a sufrir en cualquier lado, más valdría hacerlo lejos de los cordobeses, que pueden llegar a ser unos reverendos hijos de puta, y laburar como vietnamita para pagarme un pasaje a Oslo, cambiarme el nombre, y ver qué pasa.

Claro que esto no es así, y lo comprobé a las pocas horas de llegar. Realmente había extrañado la ciudad. Todavía no estaba muy convencido de quedarme (pasa, en la confusión de la terminal, que en realidad uno confunde las vacaciones con la vida y en ese momento la vida parecían las vacaciones, como si fuera a volver a Corrientes la otra semana).
Se lo dije a Mabel (née à Córdoba for what it's worth) el viernes y me dijo "será egoísta pero si te quedabas yo te metía un bollo".
Me reí. "¿Por qué?"
"Aparte de que necesito que trabajes para la obra, hay una teoría que se llamaba la teoría de la zona de confort".
La conocía (quién no la conoce), pero es cierto, nunca había pensado en ella.
Córdoba aquí estoy de vuelta, dije al rato.
Aparte, las cosas no marchan mal.
Económicamente estoy hecho una mierda, quién no.
Pero mi cabeza no está vacía de ideas, y no siento la presencia de nadie (al menos, nadie inmediato) que esté ahogándome. Todo lo contrario. El mundo me caga, pero me caga dentro de la maceta para que yo pueda crecer. Ante tal gesto, el único pecado es permanecer en la cama.

Gesto romántico. Decadencia conjunta. Practicidad de fierro.
Mmm.
En todo caso, el mejor momento de la semana fue la noche del miércoles, cuando me senté a comer fideos con salsa. Con ella (aussi née ici) comimos de la olla, con una cerveza mal tapada de un lado y una cerveza vacía del otro, escuchando The Knife. La mesa estaba llena de lápices de colores por todos lados.
"Este momento es un motor", me dijo poco después. "Sirve para que te quedes en movimiento".
"Ajá", dije, y entendí la idea.

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