29.7.14

Marchetti, 1

DIECIOCHO

hoy escribí un poema sobre auschwitz.
después de eso, ¿cómo
no iba yo a escribirte algunos versos
menos trágicos, llenos de futuro?

hoy tengo una esperanza en que las cosas
se escriban como puedan, como sea
que se sufra o se goce
este amor tan finito e infinito
este amor
que escribo
que te escribo
sobre millones
de cadáveres./ (theodor
adorno la tenés
adentro).

Pablo Marchetti
http://lavanguardiadeatras.blogspot.com.ar/

28.7.14

Una noticia genial

En estos días me di con la bonísima noticia de que viene Morphine a Córdoba el 17 de octubre. Si me conocés personalmente, seguramente ya te harté con mi euforia (si no te harté con mi euforia, es momento de preocuparte sobre la continuidad afectiva de nuestra relación personal).
Bueno, ya sé, viene lo que queda de Morphine: los otros dos sin Mark Sandman, más un señor que se llama... estem... Jeremy Lyons, que pensé (pura autocomplacencia de groupie) que era el chico que tocó con Él en Treat Her Right, pero no.

Hace unas semanas declaré que Morphine es mi banda favorita. No es que la escucho todo el día y, por Dios, jamás pondría un tema de Morphine de despertador. Tampoco es para escucharla en cualquier momento. (Manu, un amigo, me decía "Morphine es para escuchar cuando estás triste", y yo le dije ¡no!, pero sí, Morphine tiene eso a veces). No hay que quemar los discos. Supongo que todo va bien en su justa medida, y pasa también con las drogas duras o con el orégano.
Pero sí estoy convencido de que es mi banda favorita. Desde los 14 años escucho música asiduamente, todos los días, y casi todo el día (más en los días ociosos) me la paso escuchando música. Muchas veces más de lo mismo, pero no pocas veces cosas nuevas. Y de todas las cosas que fui atesorando desde los 14 años, momentos y bandas asociadas a momentos (desde Jane's Addiction al Chango Spasiuk, desde Taraf de Haïdouks a Aerosmith), Morphine es la que más me gustó.
Muchísimo tiempo fue Green Day, 'ta bien. Esas dos bandas no se pueden batir a duelo. Me llenaría de urticaria. Y tampoco hay que hacer comparaciones de mierda. Capaz es como que dice Charlie: a medida que pasan los años, uno se va sofisticando. O estupidizando. Como dice Capusotto.
De cualquier forma, nunca me pregunté por qué Morphine es mi banda favorita, y menos escribí sobre eso. Supongo que esta felicísima noticia, de la que me enteré el sábado, es el pretexto perfecto.

¿Por qué me gusta Morphine?
Lo digo acá, que es un espacio súper conveniente, porque si querés leés y si no pasás a otra cosa. No pasa cuando se lo decís a una persona. Generalmente esa persona se aburre al toque y empieza a masticar chicle, a divagar en su mente o a hablar de sus propios gustos. Y es incómodo seguir hablando cuando ves que la otra persona se muere de ganas de decirte "sí, pero vos sabés que a mí me gusta muchísimo Sofía Viola".

Creo que no puedo esperar nada más de Morphine.
Me encantan los puristas de conservatorio. Bichitos que creen que se las saben todas. Probablemente sea así. Pero yo me siento incuestionable cuando digo que Morphine se acerca muchísimo a una perfección.
Que (esto es un recontraremilcliché) no es la perfección, sino su perfección.
Que es lo mismo que decir, como dije, que no puedo pedirle nada más a Morphine.
El sonido de Morphine es perfecto. Mark Sandman, autor intelectual y joven mártir, lo perfeccionó en el sentido más estricto de la palabra. Le llevó años, ojo. Logró un sonido inconfundible. Tan inconfundible que su influencia en otras bandas es muy sutil: cualquier banda que quiera tocar con un bajo con dos cuerdas sería automáticamente acusada de plagio.
Una vez llegado a ese sonido inconfundible (como llegar a escribir como Borges, inconfundible entre la marejada inagotable de sus imitadores), lo único que queda es empezar a escribir temas. Si te gusta el estilo de Morphine (¡jodida palabra: ESTILO - en ella está TODO!), todos los temas van a ser temazos. Ya sabemos que en parte el estilo acorrala los músicos. Entiendo que esta podría ser una de las razones por las cuales Mark Sandman sacó un disco solista usando a los mismos músicos que Morphine, pero cantando algunos temas en español y acompañado por una mandolina. Sandbox es un disco genial, una joya, y se lo recomiendo hasta a los sordomudos.

Supongo que por eso Morphine es mi banda favorita.
De todos los estilos que conozco (y no todas las bandas tienen uno), el de Morphine es el que más me gusta.
La primera vez que lo escuché me parecía conocerlo de toda la vida.
Cuando vine a vivir a Córdoba, explorando la ciudad de arriba abajo, como si fuera el lugar donde voy a transcurrir los años más densos de mi vida, Morphine fue la banda de sonido.
Mi obsesión no hizo más que crecer.
Saber que el 17 de octubre los voy a escuchar en vivo en la ciudad de la que me enamoré gracias a su música, es algo que me llena el culo de felicidad. Además, en uno de los lugares más bonitos que tiene la escena musical cordobesa; el lugar donde, además, fue mi debut como cronista musical. Porque la vida está llena de esas coincidencias mínimas que sirven más adelante para colorear una autobiografía.

Voy a seguir hartando con esto. El 16 de octubre no me voy a aguantar ni yo.
Allá nos vemos.

27.7.14

Balance de una semana silente

Gesto romántico. Decadencia conjunta. Practicidad de fierro.
Mmm qué raro. Más raro me parece mientras más pasa el tiempo.

Fue una semana muy rara. Arrancó el lunes con una muerte familiar. Mi abuelo se levantó a las 5 y 40, como suele hacer siempre, y caminó hasta la heladera para tomar un sorbo de leche directo desde el sachet; abrió la ventana, miró hacia afuera un rato -diáfana y cálida madrugada-, cerró la ventana y caminó por el pasillo oscuro hasta la pieza, donde mi abuela dormía envuelta en una colcha azul con dibujitos de flores que nunca en mi vida voy a olvidar. Cuando se tapó, sonó el teléfono.
A las nueve de la mañana me levanté y el baile me empezó a involucrar a mí.
Se había levantado el avispero y todos mis familiares estaban aquí o allá. Vi gente que hace años no veía. Tías cuyo nombre no recordaba ("un gusto verla, señora, pero sinceramente no me acuerdo de su nombre", le dije a una sonriendo) y maestras que me habían preparado en sexto año para las olimpíadas de matemática. Me dijeron varias veces "qué grande que estás" y yo, con una ironía sin querer, iba de acá para allá en la sala velatoria saludando a todos los convidados con un "¿todo bien?"; recién cuando taparon el cajón, durante un himno que flotaba pesadamente como humo de un sahumerio de plomo, me di cuenta que hubiera estado bien moderar un poco la amabilidad y la algarabía.

Me había levantado de muy buen humor ese día.
Decidí (decisión algo tonta, como son todas las cosas heroicas y exageradas como chamuyarse una modelo o cruzar los Andes en mula) que un velorio no me iba a cagar el día. Hice todo lo posible. No me cagó el día. Tampoco me cagó la semana. En ningún momento me sentí solo, ni poco querido, ni abandonado, ni desamparado (palabra que mi bisabuela amaba, porque estaba en la oración del ángel de la guarda que ella me enseñó y que yo rezaba todas las noches hasta que, una noche, con culpa, no tenía ganas de rezar y no recé; y la noche siguiente tampoco, y la noche siguiente tampoco, y así hasta que ella intuyó que yo había dejado de rezar y no me dijo nada, ni siquiera me tiró un juicioso "no te preocupes, que el ángel te cuida igual"; y hasta hoy no la rezo, y sólo me acuerdo de los dos primeros versos, uno de los cuales decía "no me desampares").
La contención es especialmente importante en momentos como este, que delatan nuestra finiquitidad inexorable como especie humana y nos ponen cara a cara con el abismo, ese abismo del cual hablan todos, desde la señora religiosa hasta el filósofo cursi, ese abismo del cual nadie sabe con certeza si va a volver, si es una entrada a un cielo poblado de chocolates acaramelados que bailan o si se parece más bien a una fosa séptica en la cual nos encierran, nos compactan, nos olvidan, y del cual nadie sale reencarnado en un puto invertebrado colorido.
En momentos así el soporte emocional se hace de oro. Seis de la tarde: yo mirando cómo cerraban el cajón. No para siempre, porque el martes la iban a meter en el horno; y participé, todavía muy de buen humor, en una grotesca discusión sobre qué iban a hacer con las cenizas.

Mis planes se alteraron mucho ese día. Una muerte es un buen contratiempo y también una buena excusa. Como los días que te dan en el trabajo como asueto (familiar directo: cinco días, familiar cercano: tres días, suegra: trabajar horas extra...). Cargás con una nubecita que hace que todos te traten, mal que mal, con respeto o por lo menos con una dulce condescendencia.
El momento más glorioso de todo ese lunes, no peor que muchos otros lunes, fue cuando iba cruzando por la calle con el semáforo en rojo -es decir, como me corresponde- y una mina dobló en moto gritándome: "¡mirá el semáforo!", y yo le dije "¡sí, puedo cruzar, pelotuda!". Comprendí que, a Dios gracias, no exudaba lástima por mis poros, que es lo más infame que puede exudar un ser humano y a lo que Rexona no inventó, todavía, una cura.

Seis y media de la tarde, con la valija puesta sobre el colectivo, volví a Córdoba. Intuía que era un error. Que no debía volver. Que mi lugar estaba en Corrientes, por lo menos una semana más; que en Córdoba yo soy un engranaje absolutamente reemplazable por otro pero en Corrientes recibía, cada dos o tres días, un mensaje de un amigo que me decía que estaría bueno juntarse a tomar una cerveza.
Visto desde Corrientes, Córdoba es el infierno solitario del trabajo incesante por un futuro; un águila comiéndome el hígado mientras yo camino, bostezando, movido por una ilusión, sin saber cómo llegar a ella. En todo caso -pensaba-, si voy a sufrir en cualquier lado, más valdría hacerlo lejos de los cordobeses, que pueden llegar a ser unos reverendos hijos de puta, y laburar como vietnamita para pagarme un pasaje a Oslo, cambiarme el nombre, y ver qué pasa.

Claro que esto no es así, y lo comprobé a las pocas horas de llegar. Realmente había extrañado la ciudad. Todavía no estaba muy convencido de quedarme (pasa, en la confusión de la terminal, que en realidad uno confunde las vacaciones con la vida y en ese momento la vida parecían las vacaciones, como si fuera a volver a Corrientes la otra semana).
Se lo dije a Mabel (née à Córdoba for what it's worth) el viernes y me dijo "será egoísta pero si te quedabas yo te metía un bollo".
Me reí. "¿Por qué?"
"Aparte de que necesito que trabajes para la obra, hay una teoría que se llamaba la teoría de la zona de confort".
La conocía (quién no la conoce), pero es cierto, nunca había pensado en ella.
Córdoba aquí estoy de vuelta, dije al rato.
Aparte, las cosas no marchan mal.
Económicamente estoy hecho una mierda, quién no.
Pero mi cabeza no está vacía de ideas, y no siento la presencia de nadie (al menos, nadie inmediato) que esté ahogándome. Todo lo contrario. El mundo me caga, pero me caga dentro de la maceta para que yo pueda crecer. Ante tal gesto, el único pecado es permanecer en la cama.

Gesto romántico. Decadencia conjunta. Practicidad de fierro.
Mmm.
En todo caso, el mejor momento de la semana fue la noche del miércoles, cuando me senté a comer fideos con salsa. Con ella (aussi née ici) comimos de la olla, con una cerveza mal tapada de un lado y una cerveza vacía del otro, escuchando The Knife. La mesa estaba llena de lápices de colores por todos lados.
"Este momento es un motor", me dijo poco después. "Sirve para que te quedes en movimiento".
"Ajá", dije, y entendí la idea.

19.7.14

Any advice for a singer?


Don't talk about it. Sing.
(Larry Livermore)

18.7.14

"It's toasted."

Call me wasted mind pero hace rato quiero vivir como los hijos de puta en Wall Street.

Ante la duda siempre hay que andar bien vestido, whisky tipsy, clear mind, tanteando cómo viene la mano con la secretaria y con la palabra justa colgando de la lengua para que actúe como un baldazo de agua fría para el interlocutor, porque lo más respetado en este mundo, más que las putas y las armas, es le mot juste. La acción tiene mucho de sexual y animal como complemento o suplemento. Nadie se olvida de un don nadie si tiene parla. Nada de bicho tenía Flaubert en ese sentido: we all love words. Puestas en Twitter o en un folletín romanticón, puestas delante de una ginebra, habladas, pero puestas bien, pyrowords.

Justo hoy me topé con una frase de Siddharta, el libro de Hesse, que decía que "las palabras no tienen olor ni color ni textura ni peso, sino sólo palabras". Está bien.
La comparación entre Hesse y los publicistas de la avenida Madison es odiosa, pero ¿qué tan malo puede ser que las palabras "sean sólo palabras"?
Después de todo todos amamos los palitos venenosos de alquitrán y vamos a seguir vendiendo nuestros pulmones para seguir chupando más palitos de alquitrán y canalizar saludablemente el falocentrismo hecho cuerpo para evitar ir por la vida chupando otras cosas menos decorosas.
En el piloto de Mad Men el publicista número uno, Don, le dijo a una mujer judía (una escena antes de revelarse que el tipo era casado y tenía dos hijos): "el amor... el amor no existe. Lo inventamos nosotros los publicistas para poder vender medias de nylon".

Yo sé que las series están guionadas como los libros, que no estamos en los '60 y que el mito del amor está propagado y generalizado (como pasa con todos los mitos, ya no sabemos si es un mito); pero eso no excluye que no podamos tener estilo para manejarnos en la vida, la real, la incoherente, donde ocurre la verdadera acción que ahora sí nos tiene como protagonistas.
Ante la duda es mejor manejarse con un tanino de arrogancia, como las bestias que no dudan; basarse en espejitos de colores sin forma ni peso, que son las palabras, nada más que palabras, pero las justas; que pueden ser un buen regalo, una buena contraoferta o un buen chantaje.

A diferencia de Hesse.
Que, por pensar mucho y jugar con abalorios, está siempre pensando en el suicidio ejemplar.

16.7.14

лучшее виноградное вино

Green mango fruit manifesto

1
There'll be a whole bunch of exploration, wandering, discovery, before ANYTHING kicks in.
I'm nowhere near ready. I'm 100% green mango fruit. And no green mango fruit looks like mango fruit.
Nor rotten mango fruit. That's the inverse process, which in this moment does not concern me in any way.

2
I have to be able to catch facts in my fist and paint them with words, which give pure visible shapes size, matter and color.
Writing is a method, and you don't choose the method. At least not so much as it chooses you instead, within its possibilities and its limitations.

3
Myths have no end or beginning. We seek idols and we soon realize they're just Play-Doh garbage. 
Real life does have real cohesion.
Bildungsromaner too. Just as long as you don't think its too late to get moving, or that you have gone far enough.

15.7.14

De Times Square a la Calle 50

Super Sex by Morphine on Grooveshark
De Times Square a la Calle 50 abarca todo lo que Santo Tomás de Aquino olvidó incluir en su magnum opus, es decir, entre otras cosas, hamburguesas, botones de cuello, perros de lanas, máquinas tragaperras, bombines grises, cintas de máquinas de escribir, pirulíes, retretes gratuitos, paños higiénicos, pastillas de menta, bolas de billar, cebollas picadas, servilletas arrugadas, bocas de alcantarilla, goma de mascar, sidecares y caramelos ácidos, celofán, neumáticos radiales, magnetos, linimiento para caballos, pastillas para la tos, pastillas de menta y esa opacidad felina de eunuco histéricamente dotado que se dirige al despacho de refrescos con un fusil de cañones recortados entre las piernas. La atmósfera de antes de comer, la mezcla de pachulí, pecblenda caliente, electricidad helada, sudor azucarado y orina pulverizada te provoca una fiebre de expectación delirante.
Cristo no volverá a bajar nunca más a la Tierra ni habrá legislador alguno, ni cesarán los asesinatos ni los robos ni las violaciones y sin embargo... y, sin embargo, esperas algo, algo aterradoramente maravilloso y absurdo, quizás una langosta fría con mayonesa servida gratis, tal vez una invención, como la luz eléctrica, como la televisión, pero más devastadora, más desgarradora, una invención inconcebible que produzca una calma y un vacío demoledores, no la calma y el vacío de la muerte, sino de una vida como la que soñaron los monjes, como la que sueñan todavía en el Himalaya, en el Tibet, en Lahore, en las islas Aleutianas, en Polinesia, en la isla de Pascua, el sueño de hombres anteriores al diluvio, antes de que se escribiera la palabra, el sueño de hombres de las cavernas y antropófagos, de los que tienen sexo doble y colas cortas, de aquellos de quienes se dice que están locos y o tienen modo de defenderse porque los que no están locos los sobrepasan en número.
H. Miller

También:

At Bud Grant's

Como decía ese filósofo contemporáneo (o filóneo contemporósofo, o filoso con buenos tímpanos) "you will never come close to how I feeeeeeeeeeeeeeeeeelllllllllllllllllllll", es MUY TARDE o MUY TEMPRANO para volver allá abajo, donde la gente tiene como buena y sana costumbre escuchar Babasónicos y expresar todo lo que se le cruza por la cabeza, maraña mañosa molleja.
Cuando la luz se prende y las ratas se alejan, y uno baja la escalera -crik crik crik- paso a paso y no sabiendo bien con qué encontrarse...
No sé, a mí me va mejor callado, siempre me fue mejor callado. Un "gracias" y un "perdón" dicen mucho más que un "muchísimas gracias de corazón y bien sinceras" o un "tengo que pedirte perdón por todas las cosas malas que hice, hago, haré o pude haber hecho".
Además, leí en ÜberFacts que escuchar música ayuda a la digestión, especialmente de las malas noticias. Y el blues parece ser la opción como gospel de los que han pasado por cada mierda y todavía tienen mucha firmeza intestinal para cantar gracias a o a pesar de.

13.7.14

La improvisación

"Sure old God was in a good mood when he made this place"
Hunter S. Thompson

En mi reputísima vida me voy a olvidar de cuando vi a Dancing Mood en vivo en el Cosquín Rock frente a veinte mil personas. Hugo Lobo tenía puesta una gorra, una campera con el logo de Atlanta y unos pantalones Adidas. Parecía Orfeo hecho persona, y persona mandada a nacer a algún barrio pobre del conurbano.
Suelo decir que Dancing Mood fue una de las mejores bandas que vi en vivo en mi vida. Por una cuestión de energía arrolladora sui generis, que suelo sentir cantando (¡y sus temas son casi todos instrumentales!). Similar fuego interno hubiera sentido si en los cincuenta el amor de mi vida me hubiera llevado a ver a Charlie Parker; o en los noventa y recontraremilredrogado a ver a los Butthole Surfers en un garage en un yermo árido de Texas.
Lloré en ese recital. Lloré por lo que tenía enfrente: una monstruosa estructura de metal, diez o doce músicos de la re concha de su hermana, las montañas del valle de Punilla y atrás una luna grande. Todo reventó para mí como si un zeppelin prendido fuego hubiera caído sobre el aeródromo, cuando el saxofonista empezó a hacer reír al saxofón. Apenas se escuchaba el background rítmico, silenciado por Hugo Lobo que dirigía "la parte que le tocaba a cada uno" (móira, como decían hermosamente los griegos); lo único que se escuchaba en ese putísimo valle, en una de las noches más felices de mi vida, era ese saxofón riendo.

La técnica directriz que tiene Dancing Mood en vivo es: una frase conocida de algún jazzero famoso (ponele Duke Ellington) repetida, por ejemplo, cuatro veces; más cierta cantidad de compases que quedan libres, en el medio, para que los instrumentos improvisen en solo cada uno por su lado. Ponele que serán dieciséis compases, o treinta y dos. Tampoco sé si vienen armados de antemano o si Hugo Lobo los asigna en el momento. Allí ves lucirse, en su entorno natural, a cada instrumento.
La clave de Dancing Mood, cualquiera que lo haya escuchado se da cuenta, está en la improvisación.

En cualquier técnica hay un mínimo de espacio para agazapar el sentimiento entre las partituras o entre los croquis.
Me acuerdo de una escena de una película que me mostró Alonso en la que dos pianistas tocaban un mismo fragmento de Chopin y, sin embargo, las diferencias eran abismales; el maestro aclaró que había algo (obviamente, no muy explicable), una especie de magia que el pianista tenía que poner en sus dedos para tocar de tal o cual forma: como una máquina o como Chopin.
En cualquier jam session ves que los músicos se ponen de acuerdo en apenas una o dos cuestiones antes de largar una zapada, y a veces esas cuestiones surgen en la marcha.
Lo que más me gusta en las películas de acción es cuando, en una situación de mierda, uno de los vándalos o uno de los policías pregunta qué hacer y el otro le responde: "voy a improvisar".
O Gastón Pauls en Nueve Reinas después de robarle la cartera a la vieja. "No sabía nada. Improvisé".

A veces dicen que un tipo que improvisa en situaciones así no conoce las reglas, o le chupan un huevo las reglas.
Yo creo que es al revés. El tipo capaz de improvisar y lucirse conoce tan bien las reglas que se permite ignorar algunas, tomar otras, y deformar la mayoría; respetando una pulsación instintiva, primigenia, privada, personal, ideal, propia, que comunica algo profundo con los pies para estimular la patada que derriba con insolencia la barricada.

[ ... ]

 

11.7.14

Morphine — The Night

"You're a bedtime story,
the one that keeps the curtains closed..."

The Night by Morphine on Grooveshark

Por una bolsa llena de razones esta es una de las canciones más tristes que conozco.
Por otra bolsa igualmente llena de razones Morphine es mi banda favorita.

10.7.14

Las tetas de Kate Winslet

De todas las cosas que dice Henry Miller en las primeras páginas de Trópico de Cáncer (¿o era Trópico de Capricornio? no me acuerdo) la que voy a rescatar en esta ocasión es una anécdota que cuenta de cuando era chico y todo "le importaba tres cojones" y se preocupaba por estar feliz, alegre todo el tiempo, alegre aquí, alegre allá, y tan poco le importaba todo que cuando a los 12 años murió su mejor amigo se alegró de que él había dejado de ser "él", sufriente de los dolores propios de su cáncer y culpable sin querer de dolores de otros; y se tiró un sonoro pedo junto a su tumba.
Este desinterés devino para Henry Miller en dos cosas. Uno: su sentido del humor (que después viró, todavía no sé cómo, a un oscurísimo sentido de futilidad que parece ser el leit-motiv del libro); dos: a la dificultad de encontrar trabajo. A sus futuros empleadores no les convencía (¿a quién sí?) un futuro empleado al que le importara tres cojones todo.
La narración prosigue. El día que realmente quiso un trabajo no se lo dieron. Pidió el trabajo más estúpido que pudo encontrar, él, dotado (dice) de una gran soberbia pero también de una enorme inteligencia, y no le dieron el trabajo.
Fue a hablar con el vicepresidente de la compañía. Tuvo una entrevista de horas. Al final, su prepotencia le facilitó el trabajo, y no sólo eso. Lo nombraron como "el tipo que se dedica a contratar gente" dejando al "asqueroso judío" que lo había rechazado como su subordinado; y lo gratificaron con la rara libertad (supongo que el libro no es ciento por ciento realista) de hacer lo que quisiera. Durante tres años trabajó sin vacaciones sintiéndose el tipo más feliz del mundo; mirando a Nueva York desde el ojete, saboteando a la empresa que lo castigaba con un sermón quincenal, y contratando putas e inválidos a troche y moche.

Hay dos o tres veces cada año que siento que las cosas se escapan a mi control.
Qué catástrofe. Imaginen si al capitán del Titanic se le hubiera escapado de control el timón y el barco se hubiera hundido. Se hundió de hecho, pero culpar solamente al capitán es un tema complicado. Él no pasó a la historia; otra suerte corrieron, afortunadamente, las tetas de Kate Winslet.
Así que llegó un momento de extrema tensión: lo más sabio que podía hacer el tipo ese, con el culo presto para recibir la pija del Destino Universal, era soltar el timón y correr al barco salvavidas. Como hubiera hecho cualquier persona con dos dedos de frente, porque se podrá ser altruista pero no boludo; el instinto de conservación contempla un mínimo de caridad, pero lo verdaderamente animal que tiene cada uno es correr solo si su vida está en peligro. ¿No tomaron la misma decisión las tetas de Kate Winslet al soplar histéricamente el silbato?

Hay que soltar el timón a veces. Me parece saludable. El timón (despegándome pero no tanto de la metáfora) es un pedazo de madera circular que tiene el poder de manejar cualquier coso sin distinción, creo, de un navío sin camarote ni cagadero o de un crucero de Dios sabe cuántos metros. La responsabilidad, el tamaño de su barco, ay qué dolor, corre por cuenta de uno.
Imaginemos que la vida es el mar, para sumergirnos más en una metáfora náutica.
Dejemos de lado los cataclismos: olas gigantes, ballenas azules, piratas, esquimales, peces espada, sirenas, algas venenosas, un alférez inútil, falta de viento o combustible, Kate Winslet. Tomemos como ejemplo un iceberg. ¿Dónde mierda te metés si Dios (por echarle la culpa a alguien) cruza en tu camino un iceberg? Con todo lo que tienen de fatal los designios divinos. ¿Qué hacés?

Desgraciadamente soy un tipo no demasiado hecho (ojo, no digo nacido) para aguantar las presiones de la vida.
Si me ponen a cargo un barco gigantesco, supuestamente a prueba de cualquier catástrofe, que va desde Europa a Nueva York; si además me dicen que vamos con cuatro o cinco mil pasajeros en tres clases más una tripulación de qué se yo cuántos tipos; y si encima ponen arriba del barco a accionistas ricos, a Kate Winslet y a tres chimeneas del tamaño del Empire State... yo paso. Lo más probable es que yo hunda el barco. No adrede, el boludo no hace nada adrede. Si encima me ponés un iceberg en el camino, yo contemplo una sola opción: llamar a los músicos.
No sé qué más podría haber hecho el capitán, mandamás de una misión interoceánica que terminó siento una vergüenza que pasó a la historia, de manera que 100 años después de suceder se la festejó con la reedición de una película filmada 15 años antes.
Yo hubiera llamado a los músicos. No hubiera saltado de una al bote salvavidas por decoro, pero gracias a Dios, como nunca seré capitán ni de provincia ni de capital, me importa tres cojones el decoro.

He ahí el peso de una responsabilidad irrebatible.
Muchas veces se le cuestiona a uno, dudosamente válida la cuestión (pero tan fácil de probar que tienta), la falta de interés absoluto de uno por la vida.
Tenemos los dos casos extremos: Henry Miller y el capitán del Titanic.
En el medio, vos y yo: los matices.
Vos acaso con cuarenta y cinco y dos hijos que querés engordar bien para mandar a la universidad.
Yo... bueno.

Se trata de descubrir qué o quién pecha la balanza para qué lado, y qué hay como premio y castigo en cada uno. Como yo soy muy ansioso (me importa mucho saber esto, claro está) quiero ver qué hay de cada lado: existencia responsable y laboriosa versus existencia relajada, casi te diría feliz.
Por eso tengo un tatuaje en el brazo que dice que hay que probar un poquito de todo: por cagón.

A falta de un título que sintetice este terrible dilema, adorno con lo mejorcito que traje a colación.


5.7.14

Opyguánna be someday

Siempre que vengo a Corrientes me paso las tardes mirando canal Encuentro y tomando mates amargos con buena yerba (acá todos tienen buen gusto en yerbas y eligen La Merc*d).
Hoy vi un documental sobre la música de los mbya guaraní. La comunidad se reúne alrededor del opyguá, que es el más anciano. Uno toca una guitarra, otro toca un violín de dos cuerdas (que tiene un nombre específico, que no me acuerdo); los hombres tocan una flauta hecha con tacuaras, gruesa, y tres mujeres tienen tres flautas finitas. Las particularidades son dos: la guitarra cumple una función de percusión (de hecho, según los antropólogos, la guitarra vino a reemplazar a las maracas) y las flautas de las mujeres se fabrican y se descartan en el momento.
Anoto las palabras que me parecen más relevantes. El nombre de la antropóloga. El programa estaba conducido por el Chango Spasiuk, que con su cara de sueño hacía siempre las preguntas pertinentes. La comunidad mbyá se llama ka'a kupé y viven en Misiones.
Me cebaba mate. Después, me recosté y mirando un western me dormí la siesta.
Soñé que me mordía un caballo.
Me desperté ensopado. Hacía mucho calor. Eran las cinco de la tarde. Mi hermanito había apagado la tele. Me levanté a preparar más mate. No tenía planes.

Ahora es la una de la mañana y afuera el patio se extiende bajo una bóveda parecida al cielo nocturno, pero con un extraño punteado blanco que en Córdoba no se ve, creo que son constelaciones. También hay sonido de bichos en orquesta. Gri... ¿cómo era? Llos. Gri-llos.
Tres o cuatro especies de árboles se ven desde acá. Vivimos en planta baja. La vereda está medio rota. Enfrente está la cancha desierta de Huracán. Hay containers vacíos donde generalmente va la basura, y el recolector no pasa los sábados ni los domingos. La noche flota como si la hubieran inflado con helio y la hubieran dejado ahí. No pasa absolutamente nada; ni tiros, ni sexo, ni perros.

Siempre que vengo a Corrientes es como un retiro espiritual. Tengo mucho tiempo para estar solo, porque vengo a estar al pedo cuando todos siguen con su vida normal. Entonces no tengo muchas cosas a las que prestar atención; ni la ropa, ni la comida, ni los amigos, ni a un eventual laburo. Sólo me preocupa dormir, y ni siquiera a qué hora.
Siempre nos quedará el canal Encuentro.
Podría también salir a trotar.

4.7.14

todo se despertó mojado
los pasos así
on soak slippery stone
pleamar
chacra
gluglú
embeber
sapo y pasto
río rocío corre rápido rodando rompe riscos
así como
la lodo laguna queda lista
la orilla líquido
líquen nenúfar flor
puma
lienzo
todo se despertó húmedo
el invierno es un mito ...