21.6.14

"La vecina orilla": tratado de transición

"Sospecho que quiere decir algo, pero Digamos Isabel no parece estar insinuando nada. ¿O estará insinuando y no me doy cuenta? ¿Por qué seré tan adolescente, Dios mío?"

Me estuve acordando mucho de este fragmento de La vecina orilla, de Benedetti, en estos días. Precisamente de la pregunta: ¿por qué seré tan adolescente, Dios mío? Así, textual, vino a mi cabeza varias veces, recurrentemente, en diversos momentos del día en los cuales desempeñaba o no tareas hacia las cuales me sentía más o menos orgulloso.
Así vino, textual, como un eco: ¿por qué seré tan adolescente, Dios mío?
Entonces tuve que entrar a releer el cuento para buscar el fragmento y tratar de situarlo. No es la primera vez que me acuerdo de memoria un fragmento de ese cuento. En realidad, siempre me pasa. Lo leí alrededor de 50 veces en mi vida, y se lo quise mandar a Charlie porque le decía siempre que era (y sigue siendo) mi cuento favorito, es como un manual para entenderme a mí mismo.

Pero esta semana fui beneficiario de una crisis particular. Todo comenzó un día donde leí en Facebook, de pura casualidad, la frase de algún pelotudo que me dejó pensando. La frase en cuestión decía: "la adolescencia termina y la adultez comienza cuando uno se empieza a hacer cargo de sus propias responsabilidades".
La adolescencia es una etapa gloriosa donde uno no está atado a nada: ni a una identidad que lo define (mi hermana fue punk en el 2007, metalera en el 2008 y flogger en el 2009), ni a una tarea que hay que cultivar, ni siquiera a un talento.
(Eso me hace acordar a otro fragmento de La vecina orilla: "El problema es si uno puede adquirir el talento mediante un extraordinario esfuerzo de voluntad. Depende de muchas cosas, claro. Porque conozco a alguno de esos tipos que no podrían tener talento ni aunque se herniaran en el esfuerzo.
Después de todo, ¿para qué quiero yo ahora talento? Tremenda incomodidad. Tremenda responsabilidad. Tremendo laburo.")

Lo que mi abuelo me reprochaba continuamente cuando yo era adolescente (si es que no lo dejé de ser) era que pensaba que todo era gratis. Era como que desvalorizaba el trabajo, tildándolo de poco necesario; como si el premio no se correspondiera con el sacrificio, sino que éste era como accesorio, opcional, cansador y por lo tanto inútil.
Cuando era adolescente pensaba que todo se iba a lograr con pura energía. Mis ídolos, que en general eran músicos, me parecían sumamente talentosos, unos genios. No entendía la postura del personaje anónimo de La vecina orilla, que tenía sólo diecinueve, cuando evaluaba las desventajas de poseer talento. Si el talento es algo innato, como parece serlo en mis ídolos, entonces ¿cuál es el problema? No hace falta cultivarlo, se muestra solo, y en el momento en que se exhibe, todos caen rendidos a tus pies.

Esta creencia entró en crisis. Creo que ahí pisé el primer peldaño de la adultez.
El reconocimiento, sencillo pero eternamente cierto, de que no hay retribución sin esfuerzo.
La frase favorita de mi abuelo (que me crió, no sé si se nota) era: "ustedes sólo piensan en los derechos, nunca en las obligaciones". Siendo "ustedes" (como siempre, como casi siempre) "la juventud", fuente de todos los vicios y algún día ("el día de mañana", como decía él exactamente) de las virtudes.

La vecina orilla de Benedetti es un cuento que se trata de un chico montevideano que estuvo preso durante 33 días por razones políticas, al cabo de los cuales se tomó un avión a Buenos Aires para evitar ser marcado. El chico tenía 19 años y recién había terminado la escuela secundaria, pero no pensaba en estudiar; simplemente tenía que irse. Sus "ancestros" no le podían mandar mucha plata, así que tuvo que buscar trabajo en Buenos Aires, habitando en una pensión terrible cuya descripción causa ternura y enamorándose eventualmente de una actriz famosa, Digamos Isabel, hermosa y sin los ovarios suficientes para luchar por la revolución.
En este sentido, La vecina orilla se trata de un joven de 19 años arrojado abruptamente desde la adolescencia a la adultez, vía una experiencia traumática cargada de un sentido político. Sus reflexiones, dos de las cuales he citado, son absolutamente apropiadas. No digo que mi caso sea similar ni remotamente, pero desde los 14 años que este libro sirve para entenderme a mí mismo.
Pienso que sus reflexiones van a pasar(me) de moda, pienso que algún día no me van a servir más, pero siguen vigentes. Sus interrogantes son los míos, todavía; no encontré respuesta, así como él tampoco la encontraba al momento de contar su historia. O puedo pensar que los interrogantes son los de un Benedetti maduro, que escribe el cuento encarnando a un joven de diecinueve; y, entonces, sus interrogantes son al menos maduros, si no eternos.
Pero han permanecido 7 años invariable. Sigue siendo mi cuento favorito. Tengo muchísimo que aprender.

En realidad, todo se construye. No hay vuelta que darle.
Ya hace un tiempo aprendí que las cosas perdurables no surgen en un día así como (por suerte) no se desvanecen al día siguiente. Esto, por supuesto, conlleva una especie de proceso de construcción y, si fuera necesario, de sabotaje.
Como dijo Jodorowsky: "lograste ser reconocido, es momento de luchar para que te olviden".
Es así. Y la adultez, en este momento, para mí, implica ese reconocimiento (en alguna medida maduro) de que hay que ponerse a trabajar, responsablemente y en una rutina que un adolescente no aceptaría, por esta construcción con miras a algo que vale la pena.
Ese algo es lo que se elige. Es un objetivo, es un camino. No es igual para dos personas distintas (ay si lo fuera) ni se llega allí en un día, por una cuestión simple: no se puede acelerar la experiencia. Se puede trabajar más o menos por ella, pero no se puede acelerar.

En fin. Esto reconfigura a mis ídolos. No eran genios. En su mayoría, eran laburantes.
Y la verdadera enemiga de la adultez no es la adolescencia, sino la desidia. La procrastinación. La dejadez. La falta de iniciativa. La falta de decisiones. La falta (duele ponerlo en estos términos, y cuando deje de doler es cuando al fin habré superado la adolescencia) de compromiso.

Una vez más La vecina orilla sirve para entenderme a mí mismo. Nombraría todas las veces que mencioné ese libro en este blog, pero son como quinientas.
Acá hay un link para que lo lean. Por si quieren.

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