30.6.14

La ansiedad prerregreso

Llega esa época del año donde estoy estudiando hasta las dos de la mañana sin remedio. Sin pausa. Con la convicción bien atenta, pero los párpados desmoronándose como un dúplex de goma eva.
Por las disposiciones de la rutina, se acercan los días en Corrientes. A causa de una mente bien entrenada en los ritmos de la vida, empieza un ciclo de ansiedad abrasadora que concluye cuando, casi de pie a las 8 de la mañana en el pasillo de un colectivo. veo entre la niebla una estructura de piedra triangular: el puente General Manuel Belgrano.
La ansiedad no surge por amor a Corrientes (o capaz que sí) ni por ver a mis amigos o a mi familia ("los hombres no tienen raíces, les molesta no tenerlas" Exupéry) sino por cortar, gana bien humana, con la tarea constante y dedicada que implica una pertenencia responsable a un lugar nuevo.
Porfía, fracaso amargo. Claustrofobia. Hace varios meses que no salgo de Córdoba. Patience is a virtue. Sólo por accidente cruzo Circunvalación todas las mañanas, después nada. Es como estar encerrado en un ascensor.

28.6.14

La experiencia

"La experiencia es lo que te permite discernir, de un golpe de vista, lo realizable de lo irrealizable. En el umbral de los dos, siempre, encontrás el desafío", me dijo un viejo una vez. "Quien se define se expresa en el mundo, y asume responsablemente sus consecuencias."

Never fear big long words

Dear Son,
Never fear big long words.
Big long words name little things
All big things have little names—
Such as life and death, peace and war,
Or dawn, day, night, hope, love, home.
Learn to use little words in a big way—
It is hard to do
But they say what you mean.
When you don't know what you mean—
Use big words
That often fools little people.

Arthur Kudner

27.6.14

Gregório e Fernanda

Apesar De Você by Chico Buarque on Grooveshark

Descreve a jocosidade, com que as
Mulatas do Brasil bailam o Paturi
Chançoneta
Ao som de uma guitarrilha,
que tocava um colomim
vi bailar na Água Brusca
as Mulatas do Brasil:
Que bem bailam as Mulatas,
que bem bailam o Paturi!
Nao usam de castanhetas,
porque cos dedos gentis
fazem tal estropeada,
que de ouvi-las me estrugi:
Que bem bailam as Mulatas,
que bem bailam o Paturi!
Assim as saias levantam
para os pés lhes descobrir,
porque sirvam de ponteiros
à discípula aprendiz,
Que bem bailam as Mulatas,
que bem bailam o Paturi!

25.6.14

Exodus

Still waters run deep

1.
Somos seres sensibles al abandono. Si uno pierde una pierna queda picando. No es metáfora. Uno se quiere rascar, siente la picazón, y la pierna no está.

2.
¿Alguna vez fueron a despedir a alguien a una terminal? ¿Volvió esa terminal a ser la misma?

3.
¿O la tarde de un velorio?
No hace falta llorar, no pasa por ir o no ir, no pasa por las cinco etapas de una crisis: negación, ira, depresión, negociación, aceptación...
Pero cada vez que muere alguien es un día pesado. Dos o tres veces me pasó, y más todavía hace relativamente poco. No estoy ni triste ni feliz. A veces tengo un poco de impotencia. Pero más que nada estoy como aturdido. Y me doy cuenta cuando me empiezo a fijar en los pequeños detalles de la vida. Cuando me aferro a algo que está ahí, lindo como es o no; pero simplemente me aferro. Como cuando murió Charlie y me fui a jugar al fútbol al parque. Jugué al fútbol sin pensar en nada. Después me senté en un kiosco. Estuve sentado un rato largo con mis amigos sin decir nada, pero riéndome de sus chistes. Después me fui a casa. Fue el domingo más raro de mi vida.
O hace poco, que se suicidó un amigo. Me quedé mirando el mate por un rato largo el mate que tenía en la mano. No podía pensar, pero tampoco podía estar alegre (que es la forma más fácil que tiene uno de darse cuenta que no está pensando).
El abandono nos pega. Cualquier tipo de abandono. No sólo la muerte.

4.
¿Será porque somos seres sociales?

5.
En el caso de la pierna, ¿será porque también, aparte de ser seres sociables, necesitamos y contamos con un apoyo?

6.
¿Será que somos muy narcisistas y el tener un millón de amigos dice algo lindo de nosotros; así como perder a uno dice algo malo?
¿Qué diría Harry Haller, si viniera al caso su opinión?

7.
¿Alguna vez fueron a despedir a alguien a una terminal?
¿Volvió esa terminal a ser la misma?
"Las despedidas son esos dolores dulces" me decía mi hermana en un intento de consuelo tonto. Otro día distinto la tuve que despedir a ella. Ver a un amigo que se va, se va, se va es una fatalidad casi irremediable. No lo es. No es como la muerte. Pero en el momento parece. Uno se queda en una dársena sucia mientras la otra persona "vuelve" (asumiendo que estaba de vacaciones) o "se va" (en busca de aventuras que, evidentemente, no lo incluyen a uno).
El miedo al abandono, ¿no es egoísta?
¿Somos seres de puro amor, desligados de intereses subyacentes, efectivamente capaces de "dejar ir si la amas"?
¿Hasta qué punto necesitamos del otro?

8.
¿Hasta qué punto?

21.6.14

"La vecina orilla": tratado de transición

"Sospecho que quiere decir algo, pero Digamos Isabel no parece estar insinuando nada. ¿O estará insinuando y no me doy cuenta? ¿Por qué seré tan adolescente, Dios mío?"

Me estuve acordando mucho de este fragmento de La vecina orilla, de Benedetti, en estos días. Precisamente de la pregunta: ¿por qué seré tan adolescente, Dios mío? Así, textual, vino a mi cabeza varias veces, recurrentemente, en diversos momentos del día en los cuales desempeñaba o no tareas hacia las cuales me sentía más o menos orgulloso.
Así vino, textual, como un eco: ¿por qué seré tan adolescente, Dios mío?
Entonces tuve que entrar a releer el cuento para buscar el fragmento y tratar de situarlo. No es la primera vez que me acuerdo de memoria un fragmento de ese cuento. En realidad, siempre me pasa. Lo leí alrededor de 50 veces en mi vida, y se lo quise mandar a Charlie porque le decía siempre que era (y sigue siendo) mi cuento favorito, es como un manual para entenderme a mí mismo.

Pero esta semana fui beneficiario de una crisis particular. Todo comenzó un día donde leí en Facebook, de pura casualidad, la frase de algún pelotudo que me dejó pensando. La frase en cuestión decía: "la adolescencia termina y la adultez comienza cuando uno se empieza a hacer cargo de sus propias responsabilidades".
La adolescencia es una etapa gloriosa donde uno no está atado a nada: ni a una identidad que lo define (mi hermana fue punk en el 2007, metalera en el 2008 y flogger en el 2009), ni a una tarea que hay que cultivar, ni siquiera a un talento.
(Eso me hace acordar a otro fragmento de La vecina orilla: "El problema es si uno puede adquirir el talento mediante un extraordinario esfuerzo de voluntad. Depende de muchas cosas, claro. Porque conozco a alguno de esos tipos que no podrían tener talento ni aunque se herniaran en el esfuerzo.
Después de todo, ¿para qué quiero yo ahora talento? Tremenda incomodidad. Tremenda responsabilidad. Tremendo laburo.")

Lo que mi abuelo me reprochaba continuamente cuando yo era adolescente (si es que no lo dejé de ser) era que pensaba que todo era gratis. Era como que desvalorizaba el trabajo, tildándolo de poco necesario; como si el premio no se correspondiera con el sacrificio, sino que éste era como accesorio, opcional, cansador y por lo tanto inútil.
Cuando era adolescente pensaba que todo se iba a lograr con pura energía. Mis ídolos, que en general eran músicos, me parecían sumamente talentosos, unos genios. No entendía la postura del personaje anónimo de La vecina orilla, que tenía sólo diecinueve, cuando evaluaba las desventajas de poseer talento. Si el talento es algo innato, como parece serlo en mis ídolos, entonces ¿cuál es el problema? No hace falta cultivarlo, se muestra solo, y en el momento en que se exhibe, todos caen rendidos a tus pies.

Esta creencia entró en crisis. Creo que ahí pisé el primer peldaño de la adultez.
El reconocimiento, sencillo pero eternamente cierto, de que no hay retribución sin esfuerzo.
La frase favorita de mi abuelo (que me crió, no sé si se nota) era: "ustedes sólo piensan en los derechos, nunca en las obligaciones". Siendo "ustedes" (como siempre, como casi siempre) "la juventud", fuente de todos los vicios y algún día ("el día de mañana", como decía él exactamente) de las virtudes.

La vecina orilla de Benedetti es un cuento que se trata de un chico montevideano que estuvo preso durante 33 días por razones políticas, al cabo de los cuales se tomó un avión a Buenos Aires para evitar ser marcado. El chico tenía 19 años y recién había terminado la escuela secundaria, pero no pensaba en estudiar; simplemente tenía que irse. Sus "ancestros" no le podían mandar mucha plata, así que tuvo que buscar trabajo en Buenos Aires, habitando en una pensión terrible cuya descripción causa ternura y enamorándose eventualmente de una actriz famosa, Digamos Isabel, hermosa y sin los ovarios suficientes para luchar por la revolución.
En este sentido, La vecina orilla se trata de un joven de 19 años arrojado abruptamente desde la adolescencia a la adultez, vía una experiencia traumática cargada de un sentido político. Sus reflexiones, dos de las cuales he citado, son absolutamente apropiadas. No digo que mi caso sea similar ni remotamente, pero desde los 14 años que este libro sirve para entenderme a mí mismo.
Pienso que sus reflexiones van a pasar(me) de moda, pienso que algún día no me van a servir más, pero siguen vigentes. Sus interrogantes son los míos, todavía; no encontré respuesta, así como él tampoco la encontraba al momento de contar su historia. O puedo pensar que los interrogantes son los de un Benedetti maduro, que escribe el cuento encarnando a un joven de diecinueve; y, entonces, sus interrogantes son al menos maduros, si no eternos.
Pero han permanecido 7 años invariable. Sigue siendo mi cuento favorito. Tengo muchísimo que aprender.

En realidad, todo se construye. No hay vuelta que darle.
Ya hace un tiempo aprendí que las cosas perdurables no surgen en un día así como (por suerte) no se desvanecen al día siguiente. Esto, por supuesto, conlleva una especie de proceso de construcción y, si fuera necesario, de sabotaje.
Como dijo Jodorowsky: "lograste ser reconocido, es momento de luchar para que te olviden".
Es así. Y la adultez, en este momento, para mí, implica ese reconocimiento (en alguna medida maduro) de que hay que ponerse a trabajar, responsablemente y en una rutina que un adolescente no aceptaría, por esta construcción con miras a algo que vale la pena.
Ese algo es lo que se elige. Es un objetivo, es un camino. No es igual para dos personas distintas (ay si lo fuera) ni se llega allí en un día, por una cuestión simple: no se puede acelerar la experiencia. Se puede trabajar más o menos por ella, pero no se puede acelerar.

En fin. Esto reconfigura a mis ídolos. No eran genios. En su mayoría, eran laburantes.
Y la verdadera enemiga de la adultez no es la adolescencia, sino la desidia. La procrastinación. La dejadez. La falta de iniciativa. La falta de decisiones. La falta (duele ponerlo en estos términos, y cuando deje de doler es cuando al fin habré superado la adolescencia) de compromiso.

Una vez más La vecina orilla sirve para entenderme a mí mismo. Nombraría todas las veces que mencioné ese libro en este blog, pero son como quinientas.
Acá hay un link para que lo lean. Por si quieren.

El silencio

Era mucho más fácil encontrar silencio en Corrientes.
Cuando pasó lo del 2001, los pesos escaseaban, y la gente se histeriqueaba. Surgieron los CECACOR, cambiamos mucho de presidente, mucho. El silencio por primera vez era más común que la guita. Esto quedó así. No sé por qué.
Las ciudades grandes son como grandes imanes. Por 4 pesos vos te vas a Santa Ana. Para (tratar de) salir de Córdoba tenés que pagar como 20 para ir a Carlos Paz, que en algún momento va a volverse un suburbio de la ciudad, una prótesis de una pata que se tropezó en las montañas. Corrientes, por el otro lado, es independiente: por no decir, existe sólo gracias a un río, y se lleva mal con sus vecinos.

Pero a la siesta está el mango. A la siesta está el patio. A la siesta estás ahí, con las patas puestas sobre un piso alfombrado de hojas caídas, largas como esperanza de pobre, amarillas como el sol que muere en el otoño, tristes como el funeral de tu vieja, y calladas también. La melancolía es la tristeza que se destiló, que pasó por todas las etapas de la crisis, crisis que siempre es ruidosa; y lo que queda es un patio vacío, con la lluvia que se adivina por los nubarrones.

Bring Sally up, bring Sally down

5.6.14

life goes down and up
like all the pretty things
all good rollercoasters
are worth the fucking ride

Bang Bang You're Dead by Dirty Pretty Things on Grooveshark

2.6.14

Bahía Blanca

El que avisa no traiciona. En cualquier momento me agarra un pire a lo Martín Castillo. Yo sé que él tuvo muchos mambos con las bombas, la mina y su padre incestuoso. Mi vida no es tan enquilombada, pero eso no hace que deje de ser hermosa la idea (a la cual acaricio y me aferro como una bola de cristal) de alzarme a la mierda. Hace rato dejé de pensar que es difícil.

Sobre todo porque estoy convencido de que nada es permanente; ni los trabajos, ni los fracasos, ni el estancamiento académico.
Por el contrario.
La única forma verdadera de responder al dinamismo del mundo, es con el dinamismo de uno mismo. Hay que moverse. Lo que no se mueve, se pudre.

Hace rato estoy pensando con cariño en Bahía Blanca.
Pasé una semana y media en Bahía Blanca cuando tenía 16. Fue uno de los mejores veranos de mi vida. No sé por qué (habrá sido por El Modelo) viajamos un mes entero con mis abuelos y mi tío por la Argentina. Fue la primera vez que escuché la palabra "periplo" salir de labios de alguien, y la adopté como una forma más económica de describir un viaje que incluyó Villa Mercedes, Mendoza, Chos Malal, Neuquén, Roca, Las Grutas, Madryn, Bahía, Monte Hermoso y Tandil para terminar en Buenos Aires, más precisamente con mi regreso triunfal a la Bond Street, con plata en el bolsillo y dos latas de speed encima en una siesta calurosa. Ese año vi desde prados infinitos sembrados de girasoles hasta el mítico Aconcagua. Unos meses después veía la nieve caer desde la ventana de un hotel de Jujuy, roto de amor por una salteña. El año próspero.
En Bahía tenía una pieza para mí solo. A la tarde salía a caminar por la ciudad, me perdía un rato y volvía siempre por el mismo camino. Mi tía tenía unos papelitos de colores que siempre llevaba en el bolsillo y con esos escribí bocha de poemas cortos, que titulaba con nombres de canciones que iba escuchando: desde "Why don't we do it on the road?" hasta "California sun".
No conozco a nadie en Bahía además de mis tíos. Él es carpintero, y yo me levantaría temprano todos los días para darle una mano en eso de armar muebles. Es introvertido, sabe manejar camiones, usa anteojos culo de botella y es campeón de la small talk. El mundo me dejaría de romper las bolas un tiempo con una vida tan sencilla.

Amo a Córdoba. Pero cualquiera se cansa un poco de la persona a la que ama. No seamos gansos. O peor, pingüinos emperador.
El que avisa no traiciona. En cualquier momento me agarra un

Verano / c'est l'été

1.6.14

Charlie

Capelettis, duendes, rubias, Belle and Sebastian, 108, remeras con tu cara, Aureliano, París, café, “Salvo el crepúsculo”, Córdoba, Iñaqui, bibliotecas, Asteroide, Chicago, crayón azul, Julio, bar de los papelitos, Corrientes sin bondis, Time of your life; son cosas que hacen al puente que me acerca a vos.
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