1.5.14

The dam

-pónganme la antirrábica!!! -deseó marcelo con toda su alma -pónganme la antirrábica, pónganme la , póngame la .
—Espere, buen hombre, espere, espere por favor su turno, espere.
-póngamela ya!!! -marcelo no podía parar de agitar las piernas en vaivén sentado en una camilla incómoda deseando -pónganme la antirrábica.
—Contrólese, contrólese, por favor, buen hombre. —El doctor no sabía qué pedirle, así que le pidió control. El paciente sí sabía qué pedir. El doctor le pide control; deje quietas sus piernas, compórtese, sea civilizado, humano, sea un buen.
marcelo no podía parar de pensar. sentía algo acá en el pecho. no podía explicar qué eera. si le daban una pastilla, si le daban algo para calmarse, capaz hubiera podido ordenar de mayor a menor cuáles eran sus pequeños y grandes problemas, que todos habían explotado a la vez causando un caos colorido de cosas que marcelo era muy torpe para ordenar.  si abrieran la ventana del galpón que tenía que ordenar, capaz adivinara en qué lugar iba cada cosa. era todo lo que rogaba.
El doctor no se lo facilitaba. Insistía en que espere. —Disculpe, señor. Ahora mismo no se lo puedo facilitar. Déjeme que insista; espere.
una ventana sola, una cosa que lo calme, ese vaivén de piernas, marcelo marcelo marcelo, en qué te has convertido
El doctor en otra época hubiera recomendado que se tome esto un poco más a la ligera, pero sabe que como un problema neurálgico no se soluciona con un dictamen del corazón —¡aparte no estoy calificado!, pensó— lo más correcto sería llamar a la enfermera para que llame al médico de cabecera para que le diera aviso —en tiempo y forma, claro está, porque era feriado— al neurólogo para que disponga su agenda para atender un caso de urgencia...
una ventanita para sacudir el polvo de toda esta bosta y empezar de nuevo, desechando todo lo viejo, acomodando todo lo que vale la pena conservar; si tengo esa remington del año del pedo que está juntando polvo horrible y pelos de gato y me deprime cada vez que la veo porque no escribe más, allá ella, sacarla a la calle ¡]pero no la veo! porque tal es el desorden de mi casa que ni siquiera tengo persianas,  me entiende doctor?
—Yo le entiendo perfectamente —dijo el doctor algo confundido—, pero usted entiéndame a mí. Yo estoy haciendo mi trabajo. Y en el trabajo hay que mantener las formas. El ocio es el taller del diablo... y, si me permite la ingeniosa observación, con ese patalear y esa crudeza en los gestos y esa torcedura de boca, usted ha estado mucho tiempo de balde.
este doctor me viene a cuestionar a mí, cuando el enfermo es él!!!! - pensó marcelo, desesperado. no voy a ceder ni un paso. esto es lo único que yo tengo por seguro: quiero esa pastillita, quiero esa persiana, quiero escuchar su bisagra oxidada, quiero que entre la luz que refleje el polvo que salta cada vez que yo muevo un papel o piso algo o agarro la escoba...
—Me sigue hablando de la pieza —dijo el doctor a la enfermera —me sigue hablando, me sigue, no colabora, no colab- por favor, espere. Espere, señor. Espere.
marcelo estaba parado en el umbral de una pieza desordenada y sucia que no podía ver, y el consejo del gran hombre, del Hombre de Blanco, del poderosísimo y sobre todo del superlúcido Profesor o Licenciado Almamater Fulanensis del lado de afuera, lo único que tenía que hacer era tirar de la persiana
—Insiste, insiste, y si él insiste yo insisto —insistió el doctor
colaboración, por favor, colabore, colabore conmigo, yo colaboro con usted, he dejado de mover las rodillas, mire, trato de suavizar mis gestos, negocio, negocio, negocio, negocio, míreme, sobrio, lúcido, nada endemoniado
—No creo que el señor entienda de qué se trata todo esto —dijo el doctor a la enfermera
almamater fulanensis quizás si pudiera por lo menos tratar de palpar las paredes de la pieza si son de madera de adobe si tienen revoque o estoy viviendo en un trailer horrible sucio, por lo menos para saber qué tan grande es la pieza, para saber que no es una celda porque tiene puertas y ventanas para saber si se termina si en realidad al final todo lo que hace es confundirse con la suya, la suya la pieza suya, ¿será eso? ¿tendrá fin mi pieza?
—Dígame usted, ¿qué es lo que se termina cuando empieza otro?
pues no sé doctor, dígame usted, almulensis fu la m-matasanos
—Pues yo mismo. ¿Me entiende?
no doctor (el río empieza a fluir cada vez más fuerte y yo estoy parado en la orilla a ver si en una de esas el río me lleva a quién sabe dónde, sospecho con toda moción y todo honor que estoy a punto de colapsar)
—Yo mismo. Yo mismo termino cuando empieza otro. ¿Entiende? Yo tengo un límite, que es esto, mi piel, mi nariz, mi ojo; más allá de eso hay aire y un poco más allá esta la suya, la nariz suya propia, puesto que usted también tiene una, y eso (su nariz, o su piel, o su ojo) es el testimonio de que usted existe y que es distinto a mí.
me está hablando de revoques -pensó marcelo ¿quién es marcelo?-el río fluye cada vez más fuerte, mirá, se está llevando esos honguitos, esos pastitos, esas ramitas, esos pequeños animalitos, está viniendo con peces, está viniendo con lagartos, está viniendo con ramas más grandes esta vez frondosas y verdes, no muertas, hasta que al fin pasa rozando la raíz de un imponente roble de trescientos años y cada vez más agua y hojas vivas, recién arrancadas, trozos de tierra, rocas caminantes, bordes de glaciar, picos de volcán, trae una ciudad entera con todos sus habitantes cuyas cabezas entran y salen del agua tratando de salvar a sus autos, a sus bebés, a sus oficinas a sus minimercados, trae mucha más agua detrás, ya no trae nada, sólo agua, sólo grandes extensiones de agua salada, deja de venir todo, simplemente llega el agua, nada más que agua, agua, agua, agua. a ver si me arrastra a mí toda vía, que estoy sentado en la orilla.
— ¿Me entiende lo que le digo, señor?
yo estoy mirando desde la
—Se quedó callado —le dijo el doctor a la enfermera. —Se quedó callado, como en estado de shock. ¿Vos decís que le recete algo?
—Tengo acá algo que le podemos prescribir —dice Gladis —pero habría que internarlo. ¿Qué decís, que lo internemos?
—Tomale los datos —dice Álvaro.
"—Amigo —Álvaro—, acá Gladis te va a tomar los datos. Por favor, respondele como te llamás, dónde vivís, cuál es tu edad y tu grupo sanguíneo. Por ahí podemos ir arrancando. Después te vamos a hacer más preguntas, pero por favor, mantenete tranquilo como estás ahora. Yo tengo otras cosas que disponer, pero voy a darme una vuelta más tarde. ¿Hacemos eso, campeón?

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