24.5.14

Recuerdos de fin de año

Año Nuevo tiende a ser una mierda.
Navidad está bien, porque es el cumpleaños de mamá y una tía; toda la familia se reúne, mal que mal, en torno a un pan dulce, una sidra y un arbolito iluminado sin ganas.
Mi bisabuela, cacique de la familia, tiene tres hijos. De a poco, los hijos se odian.
Ahora ella está en un hogar de día y no la traen más porque es un perno moverla de ahí. Uno de los hijos ya no aparece por casa. La del medio, mi abuela, tomó la sana decisión de tomarse el palo al interior el 24 a la tarde. La pasamos con César, el menor de los tres, en su casa. Yo estaba con Alonso, habíamos llegado a Corrientes viajando a dedo la noche anterior a Nochebuena. Al 24 no lo iba a pasar con mamá, iba a salir de joda. Agarramos el auto de uno de los presentes (no voy a decir de quién) y nos fuimos a hacer la nuestra a un patio largo de la calle Madariaga.
Navidad no está mal.

Pero Año Nuevo sí. Como en Pascua, no paso un Año Nuevo sin lluvia.
En el 2013 me acuerdo de haber estado sacado el agua a baldazos de mi casa cuando se hicieron las doce, y escuchando los Kansas City Six. Éramos cuatro: mis dos abuelos, mi hermana y yo. Como no había ningún invitado (mi bisabuela todavía no estaba internada, pero se fue a dormir a las once y media cagada del embole) la sidra era toda para nosotros; pero mis abuelos se fueron a dormir a las doce y cuarto y a mi hermana no le gusta la sidra. Entonces quedé yo tomando solo, escuchando jazz y mirando a la calle, pensando una sola cosa: "qué año de mierda va a ser".

En el 2014 estábamos en Puerto Iguazú comiendo un asado en un tablón largo, éramos como 10 personas. Ahí estaba con mi viejo y sus amigos, más los padres de sus amigos y los suegros y los cuñados, y Alonso que es mi coequiper en momentos así. También llovía a cántaros, y tenía una gotera que caía justo entre mi silla y mi plato, de modo que comía un poco separado de la mesa y con las piernas abiertas. Era una galería vieja como la miseria, en la casa de un señor respetabilísimo en Puerto Iguazú que tenía por ahí una foto con Alfonsín y una gran colección de zapallos gigantes. El señor era casi totalmente sordo, y no participaba de la conversación. Esa noche comimos mucho y chupamos muchísimo; mi viejo se encargó de los dos o tres primeros champanes y a cada rato me decía "vení a chupar con tu viejo" y me pasaba un vaso lleno de hielo para que le sirva.
En Año Nuevo, Puerto Iguazú se jacta de tener el segundo mejor show de fuegos artificiales de la cuenca del Paraná, superado sólo por los vecinos de Foz. A pesar de la lluvia, nos la arreglamos para meter a los sobrios, a los borrachos y a los hijos de los borrachos en dos autos y nos fuimos picando para el club de jockey para llegar a las doce; allí, en la vereda de una rotisería cerrada, recibimos el 2014 con un show de fuegos artificiales de media hora que uno de los presentes grabó enterito con su tablet y no saludó a nadie hasta darle stop.

Siempre los años nuevos son una mierda. Mierda causada, creo, por las altas expectativas.
Con los cumpleaños me pasaba, hasta que apareció Facebook y empecé a sentirme querido con todos esos mensajes que llueven.
Año Nuevo no es así. Año Nuevo es, sin más, una poronga.
Y la mejor forma de recordarme que no es sino una fecha, cuando me quedo solo (en el medio de la histeria colectiva, los abrazos y los buenos deseos), es mirar al celular. La pantalla dice "1/1/2014 0:03".
Es la primera vez que veo un nuevo año en el cuentavueltas del celular, configurado para decirme la fecha exacta hasta el año 2075 de la era de nuestro señor Jesucristo.
Y pone la fecha así sin hacer tanto lío. No como Google y sus doodles molestos, que te recuerdan cuándo nació el putísimo ocioso que inventó el cubo de Rubik. De una forma muy modesta, el celular te recuerda que es Año Nuevo, pero no te festeja nada: sólo se limita a decirte la fecha, en una actitud desdeñosa, como diciendo "para qué me voy a alegrar, si es mi laburo decirte qué fecha es todos los días".
Y eso me deja más tranquilo. El rodeo de la vida sigue sin más. Tons cuá con toda esa algarabía repentina porque archivamos un año que pensamos que puede dejar de ser una mierda.

Probablemente, cuando sea viejo, voy a pasar todos los años nuevos como el teniente Dan: mirando solo y sin piernas los fuegos artificiales por la tele. Mi familia me demuestra con creciente sinceridad (a medida de que me voy poniendo más viejo) que las reuniones entre tíos son esencialmente caretaje, y la botella que te escabiás solari vale el triple en una fecha patria.

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