11.4.14

Los mejores libros son los que te hacen decir "qué hijo de puta"

Hace una semana o un poco más vengo diciendo a toda la gente que me conoce, que leí un pasaje de un libro que fue (el mismo adjetivo para tutti mis interlocuttori) "orgásmico".
Orgásmico es una palabra que uso, con mucha reserva, para los escritores que tienen ese tacto para provocar un crescendo de placer hasta dejarte la cabeza rebanada al medio. "Orgásmico" es, para mí, una palabra muy especial, un bronce filoso de poco uso. Lo orgásmico es arrasador: te deja tirado sobre un piso sucio sin que te importe demasiado estar desnudo y tirado sobre un piso sucio.

El pasaje es de un libro de Alejo Carpentier que mis colegas conocen demasiado: "El arpa y la sombra". Empieza narrando las aventuras de un tal Giovanno Mastaï, personaje real, nombrado Papa en 1846.
Antes de su pontificado, Mastaï era un oscuro canónigo que viajó desde Génova hasta Santiago de Chile en nueve meses. Las circunstancias que rodean a un viaje en el mil ochocientos eran mucho más interesantes que las de hoy. Los pormenores son narrados por Carpentier con un estilo que intento copiar y no me sale, porque él era un diccionario enciclopédico andante y yo soy un fascículo introductorio al libro gordo de Petete.

El estilo, lo cuento muy al tuntún, consiste en esto: nombrar, nombrar y nombrar. Alejo odia las subordinadas y desenvaina las coordinadas; pone elementos al lado de otros elementos, en un mecanismo que llama (sin mucho esfuerzo) yuxtaposición, no importándole un comino si el lector no conoce las palabras. Utiliza el recurso para describir lugares, gentes, gastronomía, música, arquitectura, iluminación, idiosincrasia y paisajes naturales. Naturalmente, esto requiere un escritor que tenga un bocho interestelar.
Este barroquismo (así lo llama él) revive la cosa a partir de sus detalles. Reconstruye, en la cabeza del lector, cosas que jamás vio. Él quiere que la ceiba sea tan conocida como lo son el pino y el álamo, y que para eso no hay que decir "un imponente y solitario árbol americano" sino decir "ceiba", qué tanto joder; que la musicalidad de las cinco letras c e i b a activen en el lector, por lo menos, un gustito a desconocido, si no las ganas de averigüar de qué estamos hablando.
De esta manera, y para ponerse un poco académico, es como Carpentier quiere inscribir a América Latina en la literatura universal.

En este fragmento del libro, Mastaï llega a Buenos Aires (un chiquero lleno de barro, pulperías, iglesias renacentistas y falsa nobleza) y atraviesa la aburridísima Pampa para encontrarse cara a cara con los Andes.
Acá la cosa se pone hermosa. Ya conozco el paisaje, y hasta ahora no leí una mejor descripción de él. Ni siquiera en los libros escritos en torno a un avión extraviado lleno de rugbiers caníbales. No sé si es por este estilo jodido (que Carpentier no inventó). Me quebró la cabeza al medio en un acto mágico de correspondencia casi sexual, que el mismo Barthes tildaría de enfermizo.

(Una recomendación: se lee de corrido, o no se lee. Puede no entenderse, pero se sigue.
Si uno se detiene, no agarra el hilo nunca más; vuela y se pierde, adiós Carpentier - y adiós posibilidad de pertenecer al exclusivo panteón de los que alguna vez leyeron a Carpentier).

Pero pronto el infinito horizontal se transformó en un infinito vertical, que era el de los Andes. Al lado de esos increíbles farallones erguidos sobre la tierra, de cimas extraviadas en las nubes —como inaccesibles— los Montes Dolomitas, por él conocidos, le parecieron montañas de paseo y adorno (era cierto que sólo había hollado sus primeras estribaciones), revelándosele, de pronto, la desmesura de esta América que ya empezaba a hallar fabulosa a pesar de que sus hombres, a menudo, le parecieran incultos, brutales y apocados, dentro del ámbito que poblaban. Pero una naturaleza así no podía sino engendrar hombres distintos —pensaba— y diría el futuro qué razas, qué empeños, qué ideas, saldrían de aquí cuando todo esto madurara un poco más y el continente cobrara una conciencia plena de sus propias posibilidades. Pero, por ahora, le parecía que a cuanto había visto hasta ahora “faltaba solera” —empleándose aquí una expresión propia de buenos catadores de vinos añejos. Y empezó luego el lento y trabajoso ascenso a las cumbres que, engendrando y repartiendo ríos, dividían el mapa, por caminos en orillas de precipicios y quebradas donde se arrojaban fragorosos torrentes caídos de las cimas de algún invisible pico nevado, entre ventiscas silbantes y ululantes respiros de simas, para conocer, arriba, la desolación de los páramos, y la aridez de las punas, y el pánico de las alturas, y la hondura de las hoyas, y el estupor ante los alocamientos graníticos, la pluralidad de riscos y peñascales, las lajas negras alineadas como penitentes en procesión, las escalinatas de esquistos, y la mentirosa visión de ciudades arruinadas, creada por rocas muy viejas, de tan larga historia que, largando andrajos minerales, acababan por mostrar, desnudas y lisas, sus osamentas planetarias. Y fue el pasar de un primer cielo a un segundo cielo, y a un tercer cielo, y a un cuarto cielo, hasta llegarse al filo de la cordillera, en séptimo cielo —era el caso de decirlo—, para empezar a descender hacia los valles de Chile, donde las vegetaciones recobrarían un verdor ignorado por los líquenes nacidos de brumas. Los caminos eran casi intransitables. Un terremoto reciente había atropellado los pedregales, tirando escombros sobre la escuálida yerba paramera... y fue el contento de regresar al mundo de los árboles y de las tierras aradas, y, al fin, después de un viaje de nueve meses, a contar desde la partida de Génova, llegó la misión apostólica a Santiago de Chile. —¡Qué parto! —dijo Mastaï, aliviado.

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