27.4.14

Bees/abejas

Help me master, I don't wanna fade, I wanna burn!
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El otro día hablábamos de "los ciclos de la vida". El aporte de Mabel fue todavía más importante que el mío: hay que mirar la luna. No hace falta mucha pompa. La luna llena y la luna nueva pegan distinto. En luna llena tendemos a la introspección, al aislamiento y a la esquizofrenia, y es el mejor momento para cortarse el pelo. La luna nueva es una renovación/liberación de energía. Cualquier proyecto que nazca durante la luna llena irá consumándose a medida que la oscuridad va ganando al plato. El cuarto creciente es una tortuosa transición. La luna roja es hiroshímica, y era muy pero muy mal presagio en las civilizaciones animistas.
La vida es un plato agridulce. A mí me encantan los platos agridulces. Por eso está buena tener un poco de los dos.
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"And all that time it took you to get yourself straight
was too late so work harder for the things you made..."

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Le gané respeto al jazz una noche de jueves de invierno cuando, en Santa Fe, fuimos con Martín y con Angie a ver una jam session. Estuvo muy buena.
Los tipos se divertían en serio tocando. Les salía bien. Era imposible no tenerles simpatía. Había un contrabajo, una guitarra y una batería de poquitos cuerpos; era un bar chiquito, con un patio externo en el que no estaban ni los fumadores empedernidos porque el frío pelaba.
Entonces estábamos todos acovachados adentro, en un saloncito alfombrado de carmín. "Iluminado", pero iluminado tan escasamente que no se leían ni los carteles de salida. Tengo dos o tres fotos que me salieron movidas. Las saqué, sin flash, no por querer documentar la calidad de los músicos, sino porque el violero era igual a Gastón Pauls. Además, hasta entonces, jamás había visto un contrabajo en vivo y en directo.
Criado en una tradición que yo creía similar a la de mi primo (gritos frenéticos, violas distorsionadas y mucho olor a chivo) aquella noche fue el destape de otro mundo. Martín estaba ahí otra vez, introduciéndome en algo nuevo (como había hecho cuatro años antes), y yo entraba en la cueva obedeciendo sin chistar.

No hay que dejar de aprender. Dejar de aprender es dejarse, en más de un sentido.
Si uno no repone las góndolas de la cabeza los productos se llenan de hongos y el mal olor deprime a cualquiera.
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Hay gente que cree en la energía y forma en torno a ella su religión.
Qué complejo, qué puro.
Yoda volvé. Cosa de mandinga. ¿Quién nos guía?
¿Cómo fundar una religión sin un ídolo que nos explique en qué consiste?

Y sin embargo creemos en la energía desde Yogurísimo a las catedrales. No cuesta adivinar su presencia en el músico sonriente y en la influencia lunar. La vivimos, la aplicamos, la predecimos, la transformamos, la hacemos responsable del fluir del mundo y percibimos sin pifiarla cuando anda escaseando.

19.4.14

Las bicicletas

Puedo reconstruir detalladamente el ritual de subirme a una bicicleta, pero no estoy autorizado.
Cien millones de chinos se suben todos los días a sus bicicletas, como para que yo pueda decir algo nuevo sobre este aparato tan noble. No puedo.
Además, el chino es un idioma que dispone mucho mejor de las palabras que el español; cualquier descripción del universo de las bicicletas (por motivos lingüísticos, y también culturales) sería mejor en chino.

Puedo hablar sobre mi recorrido con la bicicleta. Eso sería mejor por dos motivos.
Número uno. Puedo describir la emoción del recorrido. Puedo elegir el nivel de detalle como quien enfoca un microscopio. Puedo dar cuenta del viento en el pelo, del barro en las zapas. Y puedo comentar, al pie, cómo me pega emocionalmente: si bien, si para la nostalgia, si me hace pensar que tengo que dejar el pucho.
Número dos. Puedo reconstruir el recorrido mismo. A saber. Un trazo imaginario entre un punto A y un punto B (casi siempre, mi garage y su livingroom), adornado con una serie infinita de puntos medios (A1, A2, A3, A4...) con los que designaría, a gusto y criterio, a esquinas, plazas, cunetas, semáforos, pasos a nivel, violentas bajadas empinadas a 75 grados o a la brisa que anticipa a un río caudaloso. De lo que valga la pena hablar.

Puedo escribir un extenso artículo sobre cómo las bicicletas son beneficiosas para un montón de cosas, desde las piernas hasta los glaciares.
En detrimento, por supuesto, del maldito automóvil, símbolo de la agresividad burguesa, culpable tanto del efecto invernadero como de los bocinazos, los accidentes de tránsito, los desarmaderos clandestinos y las películas de Paul Walker.
La bici no, bicho bueno: una bicicleta tolera tranquilamente una flor en el pelo, y no cría barrigas. Un buen amigo mío engordó 40 kilos desde que se cambió de la bici al auto. Con la bici uno está en comunión con el medio; con el auto uno cierra las ventanillas y se olvida del mundo real, y más todavía si tiene estéreo y decide sintonizar la 100.
Pero para protestar ya están las masas críticas: activistas que salen a andar en bici cada tanto, pintados y disfrazados. Uno puede sentir el cuek-cuek-cuek de los piñones mientras se acercan; sabe que acerca un candombe, andan en bici todos felices. Un domingo los vi andando en bici por una peatonal en Córdoba; les juro (y esto es muy difícil de jurar) que nunca en mi vida vi un grupo de gente tan despareja.

Tengo serios problemas en cómo canalizar mi amor por las bicicletas.
Podría poner una gomería. Pero no sirvo para tratar con ninguna clase de goma. Ni siquiera sé hacer globos con el chicle.
Podría poner una concesionaria. Pero no soy un chulo.
Podría escribir algo... ¿pero qué?

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18.4.14

Decay

1.



How can I keep my composure?
[...]

2.

"Cheer up, the worst is yet to come."

(Mark Twain en una carta a su esposa, 
en la que se declaraba en bancarrota.
18 de abril de 1894)

11.4.14

Los mejores libros son los que te hacen decir "qué hijo de puta"

Hace una semana o un poco más vengo diciendo a toda la gente que me conoce, que leí un pasaje de un libro que fue (el mismo adjetivo para tutti mis interlocuttori) "orgásmico".
Orgásmico es una palabra que uso, con mucha reserva, para los escritores que tienen ese tacto para provocar un crescendo de placer hasta dejarte la cabeza rebanada al medio. "Orgásmico" es, para mí, una palabra muy especial, un bronce filoso de poco uso. Lo orgásmico es arrasador: te deja tirado sobre un piso sucio sin que te importe demasiado estar desnudo y tirado sobre un piso sucio.

El pasaje es de un libro de Alejo Carpentier que mis colegas conocen demasiado: "El arpa y la sombra". Empieza narrando las aventuras de un tal Giovanno Mastaï, personaje real, nombrado Papa en 1846.
Antes de su pontificado, Mastaï era un oscuro canónigo que viajó desde Génova hasta Santiago de Chile en nueve meses. Las circunstancias que rodean a un viaje en el mil ochocientos eran mucho más interesantes que las de hoy. Los pormenores son narrados por Carpentier con un estilo que intento copiar y no me sale, porque él era un diccionario enciclopédico andante y yo soy un fascículo introductorio al libro gordo de Petete.

El estilo, lo cuento muy al tuntún, consiste en esto: nombrar, nombrar y nombrar. Alejo odia las subordinadas y desenvaina las coordinadas; pone elementos al lado de otros elementos, en un mecanismo que llama (sin mucho esfuerzo) yuxtaposición, no importándole un comino si el lector no conoce las palabras. Utiliza el recurso para describir lugares, gentes, gastronomía, música, arquitectura, iluminación, idiosincrasia y paisajes naturales. Naturalmente, esto requiere un escritor que tenga un bocho interestelar.
Este barroquismo (así lo llama él) revive la cosa a partir de sus detalles. Reconstruye, en la cabeza del lector, cosas que jamás vio. Él quiere que la ceiba sea tan conocida como lo son el pino y el álamo, y que para eso no hay que decir "un imponente y solitario árbol americano" sino decir "ceiba", qué tanto joder; que la musicalidad de las cinco letras c e i b a activen en el lector, por lo menos, un gustito a desconocido, si no las ganas de averigüar de qué estamos hablando.
De esta manera, y para ponerse un poco académico, es como Carpentier quiere inscribir a América Latina en la literatura universal.

En este fragmento del libro, Mastaï llega a Buenos Aires (un chiquero lleno de barro, pulperías, iglesias renacentistas y falsa nobleza) y atraviesa la aburridísima Pampa para encontrarse cara a cara con los Andes.
Acá la cosa se pone hermosa. Ya conozco el paisaje, y hasta ahora no leí una mejor descripción de él. Ni siquiera en los libros escritos en torno a un avión extraviado lleno de rugbiers caníbales. No sé si es por este estilo jodido (que Carpentier no inventó). Me quebró la cabeza al medio en un acto mágico de correspondencia casi sexual, que el mismo Barthes tildaría de enfermizo.

(Una recomendación: se lee de corrido, o no se lee. Puede no entenderse, pero se sigue.
Si uno se detiene, no agarra el hilo nunca más; vuela y se pierde, adiós Carpentier - y adiós posibilidad de pertenecer al exclusivo panteón de los que alguna vez leyeron a Carpentier).

Pero pronto el infinito horizontal se transformó en un infinito vertical, que era el de los Andes. Al lado de esos increíbles farallones erguidos sobre la tierra, de cimas extraviadas en las nubes —como inaccesibles— los Montes Dolomitas, por él conocidos, le parecieron montañas de paseo y adorno (era cierto que sólo había hollado sus primeras estribaciones), revelándosele, de pronto, la desmesura de esta América que ya empezaba a hallar fabulosa a pesar de que sus hombres, a menudo, le parecieran incultos, brutales y apocados, dentro del ámbito que poblaban. Pero una naturaleza así no podía sino engendrar hombres distintos —pensaba— y diría el futuro qué razas, qué empeños, qué ideas, saldrían de aquí cuando todo esto madurara un poco más y el continente cobrara una conciencia plena de sus propias posibilidades. Pero, por ahora, le parecía que a cuanto había visto hasta ahora “faltaba solera” —empleándose aquí una expresión propia de buenos catadores de vinos añejos. Y empezó luego el lento y trabajoso ascenso a las cumbres que, engendrando y repartiendo ríos, dividían el mapa, por caminos en orillas de precipicios y quebradas donde se arrojaban fragorosos torrentes caídos de las cimas de algún invisible pico nevado, entre ventiscas silbantes y ululantes respiros de simas, para conocer, arriba, la desolación de los páramos, y la aridez de las punas, y el pánico de las alturas, y la hondura de las hoyas, y el estupor ante los alocamientos graníticos, la pluralidad de riscos y peñascales, las lajas negras alineadas como penitentes en procesión, las escalinatas de esquistos, y la mentirosa visión de ciudades arruinadas, creada por rocas muy viejas, de tan larga historia que, largando andrajos minerales, acababan por mostrar, desnudas y lisas, sus osamentas planetarias. Y fue el pasar de un primer cielo a un segundo cielo, y a un tercer cielo, y a un cuarto cielo, hasta llegarse al filo de la cordillera, en séptimo cielo —era el caso de decirlo—, para empezar a descender hacia los valles de Chile, donde las vegetaciones recobrarían un verdor ignorado por los líquenes nacidos de brumas. Los caminos eran casi intransitables. Un terremoto reciente había atropellado los pedregales, tirando escombros sobre la escuálida yerba paramera... y fue el contento de regresar al mundo de los árboles y de las tierras aradas, y, al fin, después de un viaje de nueve meses, a contar desde la partida de Génova, llegó la misión apostólica a Santiago de Chile. —¡Qué parto! —dijo Mastaï, aliviado.

9.4.14

Yo quiero ser diputau



Yo quiero ser diputau
en vez de un triste paisano
no cinchar como un enano
sino hacer cada vez menos
comprarme perjumes güenos
y no andar jediendo a guano.

Gastar plata a troche y moche
sin sentir la carestía
y en vez de arar todo el día
garufear toda la noche
no andar a pie sino en coche
con distintivo en la chapa,
tomar whisky en vez de grapa
eso es todo lo que quiero,
y en vez de ser un papero
poder estar con la papa.
(fragmento)