1.3.14

1, 2 y 3

Este es un fin de semana para no pensar.

Hay otros 362 días en el año para ser un estudiante de claustro: de claustro en el departamento, entre mate y café pasar los soles con la nariz pegada al libro; de claustro en la facultad, cursar y dormir y dormir y cursar escuchando siempre al mismo maestro contagiarnos de su saber pero también de sus miedos; de claustro en mí mismo, donde no saludo a nadie por miedo de que ese alguien no me salude por miedo a que yo no lo salude ahogado en mi propia neurosis y miro raro a todo el mundo, en el supermercado, en la vereda, en el balcón.
Pero hoy no. Hoy el ciclo se interrumpe.
Hoy es una de esas salidas que le dan al esclavo bajo tierra, cuando le quitan la frazada de la ventana para que pueda ver la noche. Asomar la cabeza para oler el espacio exterior (allá: lo que ocurre fuera de la cabeza de uno, fuera de la rutina y fuera de la seria fatal gravedad de lo livianamente pesadamente cotidiano), llenar los pulmones con ese insuflo de vida sin preocuparse si la vida real es lo que él vive en la celda o lo de afuera, mariposas, huracanes.
Hoy no voy a ser un estudiante neocordobés porque llevo dos años ya siendo un asno.

Hoy es un día para no pensar.
Y por eso no puedo escribir más nada.
"Praise the sensual", dice Hunter S. Thompson.

1, 2, y 3 no voy a medir peligros, no voy a escatimar en estupideces ni voy a prever consecuencias.

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