13.3.14

el Mariscal

1.
La costumbre de tomar café en un bar porteño podría ser patrimonio de la humanidad
"Hay que ver el concepto del hábito, que involucra a la literatura y a la música, y no ver el lado físico. Cuántas veces nos decimos '¿tomamos un café y lo arreglamos?', explicó el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi.
2.

Nací en una ciudad del interior. Mi amor por ella se terminó de pavimentar hace poquito. En ella crecí. En ella aprendí. En ella viví. En ella culié, en ella fumé, en ella me escapé a la madrugada y en ella abracé por primera vez un inodoro en un acto de mutua y ebria correspondencia.

Cuando vuelvo a Corrientes no es para buscar aventuras. Estoy muy ocupado recabando recuerdos de cada esquina, o jugando a ser profeta mientras los otros (no al pedo el refrán) se me cagan de risa como diciéndome "que pa decís, chamigo".

3. BRAZIL

Brazil by Django Reinhardt on Grooveshark

En la esquina de Salta y Pellegrini hay un bar conocido con el nombre de El Mariscal. Es propiedad de un señor muy amable, que viene a servirte el café a la mesa, hace veinte años. Antes era una casa vieja de familia; hoy está refaccionado (id est: cuidadosamente descuidado, como se usa en la bohemia correntina) y exhibe fotografías y recortes de diarios viejos y una luz tenue y una mesita ratona coja y una saludable colección de revistas culturales del año del pedo. Creo que no tiene sitio web.
Con Teresita hicimos de El Mariscal nuestro punto de encuentro, desde nuestro primer encuentro (segundo primer encuentro, en realidad; el primero fue en la Feria del Libro, entre lo poco que pude hablar con ella por toda la gente que la saludaba porque Teresita es, digamos, famosa).

La primera vez que compartimos un café en El Mariscal hablamos tres horas; la conversación fue variando desde el periodismo (yo había cumplido una semana de mi iniciación en el oficio) hasta los fantasmas (ella había tenido un encuentro cercano con un espíritu hacía dos o tres años). El café se hizo dos y después se sumaron las tostadas; tan deliciosas eran que no las pudimos terminar. El Sr. Mariscal (sinceramente, no me acuerdo su nombre) musicalizaba la velada con Ella Fitzgerald y Oscar Alemán.
Cuando, a los dieciocho, le agarré el gustito al jazz y (un poco después) al buen vino y a todas esas mariconadas, empecé a ir más al Mariscal. Un día que fui solo, hasta me encontré con un amigo que también había ido solo; tuvimos la delicadeza de sentarnos en mesas separadas.

4.

Escribí esta entrada porque extraño el Mariscal, y me pasa muy seguido que cuando extraño algo tengo la impresión que puedo revivir la cosa que extraño en sus vivos detalles.

A veces estoy en el living y cierro los ojos y me imagino que estoy en el Mariscal, o en la costanera, o en el parque, o en su colchón... es una sensación vívida, casi puedo sentir sus sábanas... casi puedo sentir los lapachos... casi puedo sentir los azucareros.
Entonces es cuando pienso "¡ja, le voy a joder toda la bala a la memoria - voy a dejar esto por escrito, para que no se difumine!".

Otros intentos

12.3.14

El ciudadano que está solo y espera

Saludo al chofer y me aseguro de haber tomado la línea correcta antes de pagar. Me responde sin mover los labios ni separar los dientes. La ventriloquia en los empleados de servicios públicos es un tema que nunca ha sido explotado. Pienso que ciertas pequeñas molestias cotidianas son más nocivas para una comunidad que un desastre natural. No hay cicatriz o mutilación peores que el desgaste de un alma erosionada en su voluntad -día a día, mes a mes, año tras año- por imposibilidades y complicaciones logísticas que escapan a su control. De alguna manera, el hábito hace al monje. El problema sería no poder elegir qué hábitos o cómo ejercerlos.
Cezary Novek, El ciudadano que está solo y espera
En Diario Hoy, Córdoba, 11 de marzo del 2014

9.3.14

Bukowski

waiting for death
like a cat
that will jump on the
bed

I am so very sorry for
my wife

she will see this
stiff
white 
body
shake it once, then
maybe
again

"Hank!"
Hank won't
answer.

it's not my death that
worries me, it's my wife
left with this
pile of
nothing.

I want to
let her know 
though
that all the nights
sleeping
beside her

even the useless
arguments
were things
ever splendid

and the hard 
words
I ever feared to 
say 
can now be 
said:

I love
you.

Bukowski
(16-8-1920 - 9-3-1994)

1.3.14

1, 2 y 3

Este es un fin de semana para no pensar.

Hay otros 362 días en el año para ser un estudiante de claustro: de claustro en el departamento, entre mate y café pasar los soles con la nariz pegada al libro; de claustro en la facultad, cursar y dormir y dormir y cursar escuchando siempre al mismo maestro contagiarnos de su saber pero también de sus miedos; de claustro en mí mismo, donde no saludo a nadie por miedo de que ese alguien no me salude por miedo a que yo no lo salude ahogado en mi propia neurosis y miro raro a todo el mundo, en el supermercado, en la vereda, en el balcón.
Pero hoy no. Hoy el ciclo se interrumpe.
Hoy es una de esas salidas que le dan al esclavo bajo tierra, cuando le quitan la frazada de la ventana para que pueda ver la noche. Asomar la cabeza para oler el espacio exterior (allá: lo que ocurre fuera de la cabeza de uno, fuera de la rutina y fuera de la seria fatal gravedad de lo livianamente pesadamente cotidiano), llenar los pulmones con ese insuflo de vida sin preocuparse si la vida real es lo que él vive en la celda o lo de afuera, mariposas, huracanes.
Hoy no voy a ser un estudiante neocordobés porque llevo dos años ya siendo un asno.

Hoy es un día para no pensar.
Y por eso no puedo escribir más nada.
"Praise the sensual", dice Hunter S. Thompson.

1, 2, y 3 no voy a medir peligros, no voy a escatimar en estupideces ni voy a prever consecuencias.