17.2.14

Some kinda love

En 2010 tenía diecisiete, sigo tan flaco como entonces, igual de pálido.
Una sana costumbre me hacía poner las manos en los bolsillos cada vez que salía a la calle. En ese entonces no tenía que quedar bien con nadie.
Una "época de oro", como la adolescencia, consiste en no tener el deber de quedar bien con nadie; ni con empleadores, ni con profesores, ni con nadie. De alguna forma, todo te cae del cielo, tengas una sonrisa en la cara o no.
Cuando uno se lanza a mantenerse a flote solo, hay que estar bien alerta: cualquier cosa, tratada bien, puede convertirse en oportunidad. Todo es potencial, y hay que portarse bien para que el tren de la vida no se escape. En parte, eso me hizo desistir de la costumbre de caminar con las manos en los bolsillos: algunos confunden este vicio con carencia de ganas de laburar.


Tengo algunos recuerdos de los diecisiete. Fue el invierno más frío de mi vida. Escuchaba mucho a la Velvet. Tenía muchos amigos extranjeros. Viajé mucho: a Buenos Aires, a Salta, a Neuquén. Lloré la muerte de Sabato en mayo, y canalicé mi dolor con una copia en mega-rebaja de Abaddón el Exterminador, libro que ya había leído y probablemente en la puta vida lo relea.
Mal que mal, a los diecisiete era un tipo feliz.

El otro día me preguntaron si tenía diecisiete. Iba a responder "ojalá", peeeero...

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