12.2.14

¿Por qué soy un mechupaunhuevista?

A lapanadera, mi tronco

A veces me olvido de que, tumbado o bailando, estoy en una ciudad que amo.
(La otra vez ya dije: ciudad que no guarda sorpresas, más que hogar es una celda).
Las sorpresas vienen de todas formas, como las personas: chiquitas, grandes, pelirrojas, urgentes.
Pero vienen.
Entre ellas, hay las que nos hacen sentir alienados, inútiles, pequeñas cacasecas en la vera de una vereda llena de baches. Si no las hubiera no estaríamos vivos, no seríamos jóvenes. La vida, en su bizarra performance, no sería una novela de aprendizaje (escrita por un guionista ebrio, sí, pero no por eso mal escrita).

Uno se pone a reflexionar en un banco de plaza, y resulta que todos los problemas se reducen a uno solo: qué hacer con los problemas.

El ejemplo que voy a poner es algo grotesco, pero puliéndolo un poco, puede llegar a ser flor de analogía.
En mis diez minutos diarios de conexión a facebook vi que un compañero, Nicolás, publicó un fragmento de un libro.
Palabras más, palabras menos, el fragmento recordaba a Deleuze (del que me burlo acá casi constantemente), que definía a la vida como "flujo del cambio perpetuo": desparejo, abundante, en ella está todo lo absolutamente nuevo, lo no repetitivo, donde nada puede ser imaginado todavía ya que todo es por partes iguales regla y excepción. Una doctrina rígida y aparentemente bien formada, por ejemplo el marxismo, es una bomba de tiempo: tarde o temprano la dialéctica que alguna vez nos convenció va a quedarse corta para definir la Historia.
Pregunto yo, llevando esta reflexión a una escala menor (a.k.a. la única útil) qué hacer con esta corriente: ¿intentar agarrarla (¡suerte con eso!) o dejar que corra?
Imaginemos ese problema grande que todos tenemos como un tronco que flota cerca de donde nosotros estamos nadando. Un enorme tronco de bosta dura, peroratio de un resumidero a su vez epílogo del ano de algún amante del membrillo.



Apelo a la sensatez lúcida del que lee esto.
¿Qué hacer?

A. Nadar —deliberadamente— hacia el tronco tratando de hundirlo. A riesgo, claro, de llenarnos de bosta. Y con la esperanza vaga de que no resurja.
B. Seguir nadando a la par del tronco, aguantándonos con estoica firmeza su olor, hasta que finalmente (gracias a la divina gracia que tienen todos los seres del universo: extinguirse) se disuelva.

Contemos con la catarata que llega (SIEMPRE*) aguas abajo.
Ella se va a encargar de llevar el tronco al lado brasilero, y a nosotros nos va a depositar en un río virgen que fluye hasta casa.

Bastante con que hay que nadar para no hundirnos.
¿No es cierto?
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"flujo del cambio perpetuo"

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