28.2.14

Hotel


No hay nada más ruidoso que un hotel norteamericano; y se suponía que ése era un lugar tranquilo, agradable, anticuado, hogareño... ideal para una "vida apacible" y todo ese tipo de boberías. El chirrido de la puerta de mi ascensor —a varios metros al noreste de mi cabeza, pero que oía tan nítidamente como si hubiera estado dentro de mi sien— alternó hasta mucho después de medianoche con los zumbidos y estallidos de las varias evoluciones de la máquina. De cuando en cuando, inmediatamente al este de mi oreja izquierda [...], el corredor vibraba con alegres, resonantes e ineptas exclamaciones que terminaban en una descarga de despedidas. Cuando eso terminaba, empezaba un inodoro inmediatamente al norte de mi cerebelo. Era un inodoro viril, enérgico, bronco y fue usado muchas veces. Sus regurgitaciones, sus sorbidos y sus corrientes posteriores sacudían la pared a mis espaldas. Después, alguien situado en dirección sud se descompuso de manera extravagante y vomitó casi su vida juntamente con su alcohol, y su inodoro resonó como un verdadero Niágara, justo al lado de nuestro cuarto de baño. Y cuando por fin las cataratas enmudecieron y todos los cazadores encantados conciliaron el sueño, la avenida bajo la ventana de mi insomnio, al este de mi vigilia— una digna, neta avenida eminentemente residencial, de árboles inmensos— degeneró en el vil pavimento de camiones que rugieron en la noche de viento y lluvia.
Nabokov, Lolita 

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