6.2.14

El método, 4

En Rafaela tengo una especie de tío abuelo. Cuando yo era chico, el viejo fumaba un atado de Parisiennes por día; ahora tiene 81 y vive solo porque enviudó hace dos años. Lo que podría hacer es ponerme en contacto con su hija, la contadora, y pedirle que me mantenga al tanto de su estado de salud. Al primer aviso, voy cagando a Rafaela listo para componer una lúgubre elegía que verse sobre la vida como un estado pasajero y la terrible inexorabilidad de la muerte; que mi tío, a pesar de todos sus vicios, era un buen hombre que no merecía la muerte más de lo que la merece usted o yo.
No tengo que olvidarme de describir los muebles de su casa, el claroscuro de la habitación del lecho de muerte, de las caras de los allegados y por supuesto de sus últimas palabras que, en el mejor de los casos, van a ser débiles murmullos de demencia senil.

Me tengo que acomodar con el laburo para estar presente en todo momento, desde la extremaunción al entierro, cosa de recabar la mayor cantidad posible de sensaciones y emociones. Tengo que conseguirme una agenda. Voy a reservar dos o tres francos, no creo que hagan falta más. (El supervisor entenderá que soy poeta).

"¡Se parece —pensó Lucio impresionado, después de considerar la posibilidad de ponerse a hacer un mate— tanto a un trabajo de reportero, pero no hay que dejarse engañar!"

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